El ecumenismo,
responsabilidad de todos los bautizados
Ramiro Pelletero
Arvo.net, 24.05.2006
Antes de su pasión, Jesús rezó por
la unidad de sus discípulos, y por
tanto por la unidad de los
cristianos, de todos los bautizados.
Y no quería para ellos una unidad
cualquiera...
En 1910 tuvo lugar en Edimburgo
una Conferencia mundial de los misioneros
protestantes, donde un delegado de las
jóvenes iglesias (los recién convertidos al
cristianismo) del Extremo Oriente, se alzó
para expresar una súplica:
“Vosotros nos habéis mandado
misioneros que nos han dado a conocer a
Jesucristo, por lo que os estamos
agradecidos. Pero al mismo tiempo, nos
habéis traído vuestras distinciones y
divisiones: unos nos predican el metodismo,
otros el luteranismo, otros el
congregacionalismo o el episcopalismo.
Nosotros os suplicamos que nos prediquéis el
Evangelio y dejéis a Jesucristo suscitar en
el seno de nuestros pueblos, por la acción
del Espíritu Santo, la Iglesia”. Estas
palabras sencillas e impresionantes
simbolizan la conciencia, que se tomó
entonces, de qué necesaria es la unidad para
la difusión del Evangelio y, por tanto, para
la unidad y la paz del mundo. Aquella
reunión marcó el inicio del Movimiento
ecuménico. La Iglesia católica se unió
plenamente a ese movimiento a partir del
Concilio Vaticano II, pero ya en las décadas
anteriores había reconocido que se trataba
de una inspiración del Espíritu Santo.
Las principales divisiones entre los
cristianos antes de nuestro tiempo son dos:
la producida en el siglo XI entre Occidente
y Oriente (con los ortodoxos), y la crisis
de los Reformadores (protestantes) en el
siglo XVI. El Concilio Vaticano II puso las
bases para la tarea ecuménica (la promoción
de la unidad de los cristianos) por parte de
los católicos: la importancia, ante todo,
del Bautismo y de los elementos de verdad y
bien que poseen las Iglesias y comunidades
eclesiales que no están en plena comunión
con la Iglesia católica.
Antes de su pasión, Jesús rezó por la unidad
de sus discípulos, y por tanto por la unidad
de los cristianos, de todos los bautizados.
Y no quería para ellos una unidad
cualquiera, sino que participaran de aquella
unidad que Él mismo tenía con su Padre: “Que
todos sean uno (ut unum sint), como
tú Padre en mí y yo en ti; que sean uno como
nosotros somos uno”.
Sobre esta oración de Jesús
escribió Juan Pablo II: “La invocación
‘que sean uno’ es, a la vez, imperativo
que nos obliga, fuerza que nos sostiene y
saludable reproche por nuestra desidia y
estrechez de corazón. La confianza de poder
alcanzar, incluso en la historia, la
comunión plena y visible de todos los
cristianos se apoya en la plegaria de Jesús,
no en nuestras capacidades”.
La promoción de la unidad es,
por tanto, deber y responsabilidad de todos
los bautizados; no sólo porque la unidad es
voluntad de Dios, sino porque la división es
un escándalo que perjudica la extensión del
Evangelio. Benedicto XVI ha hecho de esta
tarea una de las prioridades de su
pontificado.
El ecumenismo se lleva a cabo
en diversos planos: teológico o doctrinal
(llamado “diálogo ecuménico”), entre
especialistas; institucional, entre las
autoridades de la Iglesia católica y de las
distintas confesiones cristianas; espiritual
(a partir de la oración de todos los
cristianos); y práctico, por medio de la
colaboración en el bien común, en la
justicia y en la caridad.
La contribución más importante a
la unión de los cristianos es el esfuerzo de
cada cristiano por llevar una vida coherente
con el Evangelio. Junto con esto, la oración
privada y pública, como en la “Semana de
oración por la unidad de los cristianos”
(del 18 al 25 de enero), comenzada por Paul
Wattson en 1908. La oración es el “alma” del
movimiento ecuménico, su origen y su
principal y continuo impulso. Además de la
Misa (principal oración), se pueden
“ofrecer” por esta intención las actividades
cotidianas: las tareas familiares, el
trabajo, la enfermedad, etc. Todo ello ha de
conducir a acrecentar la fraternidad,
primero entre los católicos (evitando las
críticas destructivas, las ironías y las
polémicas) y después con los demás
cristianos. También deben cuidarse: el
conocimiento de la doctrina cristiana, el
mutuo conocimiento entre las diversas
tradiciones cristianas (incluyendo sus
mártires), el testimonio común de la fe y la
colaboración con los otros cristianos en los
diferentes aspectos de la justicia y la
caridad.
A veces se dice, con más o menos
fundamento: somos lo que comemos, lo que
hablamos, lo que pensamos o leemos... Sobre
todo habría que decir: una persona es
aquello que ama. Un cristiano tendría que
poder definirse como aquél que, en todo lo
que piensa, siente y realiza, busca siempre
lo que une, no lo que separa. Aquél que ama
la unidad.
Ramiro Pellitero,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas,
Universidad de Navarra
Artículo
publicado en “La Verdad”
(Semanario diocesano de la Iglesia en
Navarra)
n. 3734, 23-I-2008, pp. 26-28