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El culto cristiano
Ramiro Pellitero
Arvo.net, 20.01.2009
El culto es una de las
realidades esenciales de toda religión. En ese sentido, dice el
diccionario del español, el culto es el homenaje externo de respeto
y amor que el cristiano tributa a Dios y a los santos, que se
realiza por medio de ciertos ritos o ceremonias litúrgicas. Sin
embargo, cabe preguntarse, ¿se reduce el culto a la celebración que
tiene lugar en el templo?
En una de sus
catequesis más importantes sobre San Pablo, en la primera audiencia
general de 2009, Benedicto XVI ha explicado la naturaleza del culto
cristiano. Y lo ha hecho en continuidad con los principales textos
de su pontificado (sus dos encíclicas y la exhortación sobre la
Eucaristía, sacramento de amor).
Ha apoyado su
explicación en tres textos de la carta de San Pablo a los Romanos.
1. En
primer lugar, San Pablo dice que Cristo fue un “instrumento de
propiciación”. Con esa expresión se recuerda el propiciatorio o
cubierta del arca de la alianza (en el templo de Jerusalén), que se
consideraba el punto de contacto entre Dios y el hombre. Por eso se
echaba sobre el propiciatorio la sangre de los animales
sacrificados, como símbolo y sustitución del deseo de perdón. Ahora
bien, el verdadero “propiciatorio” es la cruz de Cristo, pues ahí se
sustituye aquél “culto del deseo” por el “culto real” que manifiesta
el verdadero amor divino-humano.
2. En un
segundo texto, San Pablo exhorta a los Romanos “a que ofrezcáis
vuestros cuerpos –vuestra persona entera– como una víctima viva,
santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". Las
religiones no cristianas (también la del Antiguo Testamento, más
perfecta que otras) ofrecían sacrificios que exigían la muerte de la
víctima. La palabra sacrificio significa hacer algo sagrado. En el
cristianismo, se trata de convertir la vida ordinaria en una ofrenda
a Dios. Esto es lo que Pablo llama un “sacrificio vivo, santo y
agradable a Dios”. Y lo califica como un “culto espiritual”, o
“razonable”, como traduce la Plegaria eucarística romana.
Se
pregunta Benedicto XVI si no es este “culto espiritual razonable”,
que propone Pablo a los cristianos de Roma, una sustitución del
culto con los animales por un mero esfuerzo moralista e individual,
sin repercusión en la vida.
No es así,
responde, porque el culto cristiano se realiza por Cristo, con Él y
en Él, en comunión con Él, que se ha unido a cada uno de nosotros y
a todos nosotros en la comunión de la Iglesia: “Jesucristo, en su
entrega al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que
comporta realmente en sí al ser humano, nuestras culpas y nuestro
deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la
comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos
convertimos, a pesar de nuestras deficiencias, en sacrificio vivo”.
Es lo que
dice bellamente San Agustín hablando de la Eucaristía: “Este es el
sacrificio de los cristianos: aun siendo muchos somos un solo cuerpo
en Cristo... Toda la comunidad redimida, es decir, la congregación y
la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios mediante el Sumo
Sacerdote que se ha entregado a sí mismo”.
3.
Finalmente, un tercer texto de San Pablo habla de "la gracia que me
ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro de
Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio –oficio sacerdotal– del
Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea
agradable, santificada por el Espíritu Santo".
Aquí
subraya el Papa dos aspectos: el apostolado cristiano es un acto
sacerdotal, que prepara el verdadero sacrificio; y ese verdadero
sacrificio consiste en que todos los pueblos se conviertan, unidos a
Cristo, en ofrenda para la gloria de Dios y espejo de su amor.
Recapitulando. En el culto cristiano se realiza el verdadero culto:
un culto que asume los anhelos del hombre: los gozos y las
preocupaciones de cada día, en unión con la familia de Dios, que
intercede por toda la humanidad. Un culto que sobrepasa los muros
del templo y se continúa en la vida misma de los cristianos.
En otras
palabras, la vida concreta (las relaciones familiares y
profesionales, las actividades de cultura y ocio, la salud y la
enfermedad) es lo que ofrecen los cristianos en unión con Cristo,
por los pecados del mundo. Y esa ofrenda y ese culto se prolongan en
el afán de que todos los hombres lleguen a conocer y amar a Dios,
porque ahí encuentran la raíz de la felicidad, del progreso, de la
vida verdadera.
*Ramiro Pellitero,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas,
Universidad de Navarra
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