Por
Ramiro Pellitero *
Arvo
Net, 6.04.2006
Los
griegos llamaron eros al amor
entre hombre y mujer. Lo
describieron como un arrebato, una
“locura divina”, que lleva a un
“éxtasis” por encima de la razón.
Considerado más en general, el amor
es ante todo para vivirlo, para
vivir de él y en él, para dejarse
conquistar por él y para
conquistarlo día a día. Pero también
es un gran tema para reflexionar y
dialogar.
La
encíclica “Deus caritas est” recoge
la crítica de que el cristianismo ha
matado el eros, el amor, y la
rebate, dentro de su propósito
global: “Vivir el amor y, así,
llevar la luz de Dios al mundo: a
esto quisiera invitar con esta
Encíclica” (n. 39).
Se trata, por tanto, de poner el
amor en el centro de la existencia
personal, en el centro de la vida
cristiana y de la Iglesia. El amor,
que es comunión entre las personas y
que se realiza respetando la
diversidad de cada uno y contando
también con las dificultades.
Quien
lee la encíclica sin prejuicios
puede encontrarse con tres
sorpresas, por lo que respecta al
“extasis divino” del amor:
Primera sorpresa: el eros
puede presentarse como modelo y
origen de todo amor. Así lo hace la
Biblia al emplear la metáfora del
amor esponsal para hablar del amor
de Dios por la humanidad.
Cabría
preguntar: ¿pero no es más bien el
agapé, el amor que da sin
esperar nada a cambio, el amor más
perfecto? ¿Acaso el Antiguo
Testamento no fustiga los excesos y
engaños del eros?
Ciertamente, pero en ningún caso se
niega al eros su
característica de pregustar lo
infinito, lo eterno; sin olvidar,
claro está, la necesidad de dominar
el puro instinto, para armonizar el
cuerpo y el espíritu. Ambos
elementos remiten a la relación con
Dios. Porque sin Dios, pretender
alcanzar la eternidad en el amor
sexual, ha observado Ricard María
Carles, sería como
buscar
todas las palabras de una novela en
su tapa, o apoyar un precioso
capitel sobre un frágil tallo.
Parece fundamental percibir que lo
que presenta la encíclica como
modelo de todo amor no es el eros
sin más, sino
el eros que se esfuerza en
convertirse en agapé. Esto,
no importa repetirlo, exige ante
todo el respeto por la persona y la
diversidad entre varón y mujer. Con
expresión de Jutta Burggraf, “la
comunión goza de las diferencias”.
Segunda sorpresa: en el cristianismo
el eros se mantiene y se
perfecciona. No se trata de que
desaparezca la vehemencia del
eros cambiándose en la absoluta
generosidad del agapé. En
realidad, el agapé también
necesita recibir; pero resulta que
todo lo que recibe se va
transformando en capacidad para dar.
Esta dinámica sigue el ejemplo y el
impulso del amor de Dios, que sin
necesitar nada, ama apasionadamente
de modo que que en Él no hay
resquicio de egoísmo.
Tercera sorpresa: el eros
acaba por ser, en el cristianismo,
nada menos que un icono vivo del
amor de Dios por la humanidad. Los
evangelios presentan a Cristo como
el “esposo” de la humanidad, salvada
anticipadamente en la Iglesia. Él
mismo explica la esencia del amor
hablando del grano de trigo que
muere para dar fruto, lo que alude a
su sacrificio en la Cruz. Por eso,
dice la encíclica, agapé es
un nombre que en el cristianismo
designa la Eucaristía, que es,
precisamente la actualización del
sacrificio de la Cruz.
Este planteamiento sitúa al amor
entre hombre y mujer en el nivel del
amor de Cristo. Decía Josemaría
Escrivá que el lecho matrimonial es
como un altar. Con otras palabras:
si el Evangelio afirma que el amor
“vale más que todos los sacrificios
y holocaustos”, es porque en unión
con Cristo (sobre todo en la
Eucaristía) se convierte en
verdadero culto a Dios y se traduce
en servicio a la humanidad. Este es
el auténtico “éxtasis divino” del
amor.
“Amor y siempre más amor, es la
solución a cada problema que
aparece”, dijo una campeona de la
paz y los derechos humanos (Dorothy
Day).
El verdadero “éxtasis” del amor
consiste en salir de sí mismo para
encontrarse con el otro, y en esa
comunión, abrirse a Dios y a los
demás. Ante todo, la relación con
Dios (la oración cada día, la Misa
del domingo) es imprescindible para
descubrir en el cónyuge la imagen
divina. De la misma manera, la
atención a las necesidades concretas
de la esposa o del esposo es
imprescindible para una relación
auténtica con Dios.
Observa la encíclica que el amor es
divino, porque proviene de Dios y a
Dios nos une, superando nuestras
divisiones.
Con palabras de Gustave Thibon, el
amor no es contemplarse y saborearse
el uno al otro, sino entregarse
ambos a las mismas realidades que
comprenden y rebasan los límites
egoístas del yo, mediante el
esfuerzo y el sacrificio.
Su amor transforma a los esposos en
un “nosotros” cuya fecundidad se
abre a la familia y a todas las
personas del mundo, especialmente
los más necesitados.
El amor de los esposos es, en suma,
la fuente continua, el motor y la
belleza de su tarea en el mundo. Y
todo lo que es fruto del amor
alimenta el amor: la preocupación
por los demás con detalles
concretos, la coherencia entre la fe
y la vida, el “estilo cristiano” del
hogar, el tiempo dedicado a los
hijos.
Concluyendo, el amor de los esposos
está llamado a abrirse a Dios y a
los demás. En esta medida puede ser
un “modelo” de todo amor, al irse
convirtiendo en un reflejo del amor
divino. Por eso en el cristianismo
el amor de los esposos lleva a rezar
y adorar, alcanza la categoría de un
verdadero culto a Dios. Es también
un servicio eficaz a la humanidad,
porque contribuye a aliviar lo que
para Teresa de Calcuta era la mayor
ignorancia y la mayor miseria: no
saber amar.
*
Ramiro Pellitero
Profesor de Teología Pastoral
Miembro
de la Catholic Theological
Society of America
(www.Analisisdigital.com,
4-IV-2006) |