Jueves - 02.Septiembre.2010

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Etica y Política Etica y Política
Introducción a la filosofía Introducción a la filosofía
Curso de filosofía elemental Curso de filosofía elemental
Metafísica Metafísica
Filosofía sobre dios Filosofía sobre Dios
Metafísica y Persona Metafísica y Persona
Filosofía del hombre Filosofía del hombre
Filosofía del conocimiento Filosofía del conocimiento
Psicología Psicología
ética general Etica general
Filosofía / teología de la rel Filosofía / teología de la religión
Estética, arte y belleza Estética. Arte y belleza
Filosofía sobre la naturaleza Filosofía sobre la naturaleza
Sobre el materialismo Sobre el materialismo
Filosofía y derecho Filosofía y derecho
Filosofía de los valores Filosofía de los valores
Filosofía de la educación Filosofía de la educación
Filosofía actual del ser Filosofía actual del ser
Historia de la filosofía Historia de la filosofía
Conceptos frecuentes en filoso Conceptos frecuentes en filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Estás en: Filosofía > Psicología

Y PSICOLOGÍA EVOLUTIVA VII (Jerónimo de Moragas)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Documento sin título

Y PSICOLOGÍA EVOLUTIVA VII

 

Por Jerónimo de Moragas




Ir a capítulo I
Ir a extracto capítulos II, III, IV y V
Ir a extracto capítulos VI, VII, VIII y IX
Ir a extracto capítulos X, XI, XII y XIII
Ir a extracto capítulos XIV, XV, XVI y XVII
Ir a extracto capítulos XVIII, XIX y XX


Extracto textual del libro de Jerónimo de Moragas, Psicología del niño y del adolescente

Capítulo XXI: Curso de la adolescencia.
Capítulo XXII: La etapa de la superación.
Capítulo XXIII: Realización de la masculinidad y la feminidad.


CAPÍTULO XXI: Curso de la adolescencia

La adolescencia no ha venido a anular nada. Tan sólo es un tránsito por el que ha de pasar la persona que era niño, para llegar a ser joven y hombre maduro siendo aún la misma persona. No anula lo ocurrido, sino que lo confirma. Cada adolescente es distinto de los otros porque sigue siendo el niño que era. La personalidad que ya había comenzado a manifestarse durante la niñez, va a determinar la nueva existencia adolescencial, y ésta va a ser una confirmación de lo que era la niñez.

El que era introvertido de niño, tenderá al aislamiento, al replegamiento. El extrovertido, a la agresividad, a la expansión contradictoria. El obstinado afirmará lo que lo separa del adulto. El sumiso evitará ponerse en evidencia. El decidido adoptará el diálogo querulante. El tímido hará insinuaciones más hirientes. El supervalorado será más vehemente. El infravalorado opondrá mayor resistencia.

Muy distinta será la adolescencia de cada individuo, según haya sido su niñez. Cuando ésta ha transcurrido por los cauces de la alegría, desembocará en una adolescencia menos tumultuosa. La infancia que ha transcurrido por cauces impuestos, irá a parar a una adolescencia torva, rebelde, negativista. La infancia que ha transcurrido sin dirección, conducirá a una adolescencia turbulenta.

La actitud de los padres es decisiva para la forma de empezar y la manera de proseguir la adolescencia. Será diferente la adolescencia según haya sido la protección de la madre y la guía del padre. El niño siente que su cuerpo se transforma, que en su espíritu se produce un cambio. Y lo siente con nostalgia y alegría al mismo tiempo.

El adolescente siente temor ante lo desconocido y está indeciso entre lo que fue y lo que será, entre el desear ser lo que era y el desear ser lo que aún no es. Esto lo resolverá según sus padres lo hayan protegido y guiado durante la niñez.

Se dice que la adolescencia es la “edad del cambio” y que, con su aparición, van a modificarse o desaparecer determinados rasgos personales del niño que hacían de él un disminuido en su desarrollo intelectual o afectivo. No hay nada de esto. Para los rasgos que sería deseable una modificación o su total desaparición, ya no es posible esperar que ocurra nada por haber entrado en la "edad del cambio". Se modificarán tal vez por la terapéutica o por una nueva estructuración del ambiente, pero no porque haya llegado la adolescencia, ya que ésta sólo ha venido para confirmar lo que ya estaba presente, para arraigarlo aún más si cabe.

El adolescente no se da cuenta de que está en un momento evolutivo. En sus momentos iniciales, es un ir y venir del comportamiento anterior al comportamiento nuevo, de unas actitudes "viejas" a unas actitudes distintas. Precisamente las discrepancias entre él y sus padres se producen porque él se siente niño para todas aquellas cosas para las que sus padres lo consideran mayor. Y se siente mayor para aquello para lo cual todavía es considerado como un niño. Se producen las discrepancias porque él no se conoce exactamente y porque nosotros lo desconocemos. Ello nos dificulta el darnos cuenta de cómo empieza la adolescencia. Comienza con una reflexión sobre sí mismo y con un aumento de la susceptibilidad. La franqueza de cuando era niño se transforma en reserva. Se encierra. Vive de lleno y largamente su ensimismamiento. Para darnos cuenta de ello es preciso no seguir aceptando el mito de que la adolescencia es una edad feliz, porque entonces no la descubriremos nunca, puesto que la susceptibilidad, la reserva, es muy probable que en vez de conducir al adolescente a la felicidad, lo lleven al dolor de estar en el mundo.

La diferencia entre el varón y la hembra, va a encontrar en los años de la adolescencia un nuevo y decisivo motivo para hacerse más manifiesta. Si ser adolescente es manifestar una oposición a los adultos, la oposición del muchacho se manifiesta principalmente a través de las palabras y las ideas, mientras que la muchacha lo hace a través de los hechos y las actitudes. El muchacho pone de relieve los errores de su padre; la muchacha, las debilidades de su madre. Ante las organizaciones y agrupaciones, el muchacho siente mayormente la conveniencia de ellas y les presta mayor colaboración; a la muchacha le cuesta aceptarlas y se desinteresa pronto de ellas. Para cl muchacho, la amistad es algo que parte de la propia intimidad y se dirige hacia la intimidad de los otros para hacer una entrega. Para la muchacha, la amistad parte de los otros v se dirige hacia ella; está más-neutro del egoísmo. El muchacho es más leal con sus amigos. La muchacha es más propensa a romper los secretos. Cuando el amor llega, es más cierto en la adolescente que en el adolescente. La muchacha ama más auténticamente, se entrega de una manera más cierta y su dedicación es más total y resuelta.

La manera de ser inteligente puede ser un factor de diferenciación individual para lo adolescencial. Podría parecer que cuanto más inteligente sea el adolescente, tanto mejor podrá adaptarse a su nueva situación. Pero esto sólo es verdad en parte, porque la inteligencia no es sólo una cuestión de cantidad, sino también de calidad. Una buena inteligencia podrá resolver los problemas vitales de una manera más rápida y certera, pero también encontrará muchos más problemas de los que encuentra la inteligencia tosca. Cuanto más bajo es el nivel intelectual, tanto más seguro se siente ante sus problemas y tanto más acepta su resultado final como valedero por mediocre que sea. El adolescente inteligente se encuentra con mayores necesidades de elección, y por eso es más difícil su adaptación a las situaciones que plantea la vida.

Entre la infancia y la adolescencia se produce un notable cambio en la esfera intelectual. Muchas veces las buenas calificaciones escolares de niño, al penetrar en la adolescencia disminuyen, y no sólo por la variación de las disciplinas, sino porque también ha variado su manera de ser inteligente. A ello contribuye el tipo de escuela a la que el niño haya asistido. Aumentan las posibilidades de aprehensión, y los sentidos se hacen más perfectos, pero disminuyen la comprensión y la intuición. El adolescente se encuentra ante esta triste situación: que cada día le es más necesario aprender un mayor número de cosas por su cuenta, y que cada día se siente con mayores dificultades para poder hacerlo.

Su comprensión disminuye porque en su mundo irrumpen numerosos intereses sexuales, afectivos, laborales y sociales que reclaman su atención, y ante la dificultad de atender uno solo, no atiende ninguno. Es muy susceptible a las pequeñas sugestiones que lo hacen soñar despierto, alejándolo de la posibilidad de comprensión.

Desde su autismo impone su razón a la razón universal porque sólo es capaz de comprender la suya. Disminuye el valor operativo de la inteligencia y aumenta su aspecto afectivo; las cosas no sólo se conocen porque se entienden, sino también porque se sienten. Las cosas no son vistas a través de la razón, sino de la conveniencia que es interpretada como razón, haciéndose una crítica benévola de los propios actos, mientras se critica acerbamente la conducta de los adultos.

Desde la conveniencia interpretada como razón, el adolescente penetra por los caminos de la cavilosidad, la soledad, la rebelión y la agresividad. La cavilosidad sin pensamiento del adolescente es una realidad en el sentido de que es un no pensar porque se está pendiente no del pensamiento, sino del estado de ánimo. Muchas veces desde esta cavilosidad, se está enfrentado con los problemas del universo y con los de su propia vida. Entonces, convierte en una cierta inquietud que lo está introduciendo en una nueva metafísica. Llega a la idea de que está solo, consigo mismo. Siente como si entre su yo y los otros se hubiera abierto una sima, que los hace distantes, extraños. Desde esta soledad crea un mundo independiente que lo conduce a una fantasía, ahora no dialoga con las cosas, sino que sostiene un monólogo sin fin ante ellas.

En esta soledad, que inicialmente es placentera, no puede permanecer indefinidamente, porque se le convierte en una cárcel, desde la que siente hambre de contacto, sed de comunicación con los otros. Para su desgracia, esto lo conduce a la rebeldía, y necesita alguien contra quien rebelarse y lo encuentra entre los que tiene más cerca. Se rebela contra las costumbres, los vestidos, los horarios, las diversiones, los libros, los amigos que le son propuestos o impuestos.

La rebeldía puede convertirse en agresividad, con hechos físicos, contundentes, contra sus hermanos y sus compañeros, a quienes da los puñetazos que no puede dar a sus padres. Esta agresividad no es otra cosa sino una manera de automanifestarse, de demostrar que se existe con unos derechos al pensamiento y a la opinión paralelos a los de los adultos. Si el adulto sabe comprenderla como tal, pronto cederá, porque precisamente lo que él persigue inconscientemente con ella es ser comprendido.

Otras veces, la agresividad se torna contra las cosas. Un día, el adolescente se marcha de casa, o la adolescente se encierra en su habitación dando un portazo. Entonces se sienten libres, sin vigilancias y se entregan a la satisfacción de estar solos en el mundo, satisfacción que pronto se convierte en desazón y desesperanza, al darse cuenta de que a su soledad le falta una base y una compañía. Por otra parte, sienten un ideal de paz, de entrega a algo que acabe con su desasosiego, su duda, su vacilación. Quieren vivir tranquilos y llegar a un objetivo. Su soledad y su subjetivismo les impide recordar los valores en los que antes se sustentaba. Casi sólo uno queda en pie: el de la belleza. La belleza que está en todas partes pero, sobre todo, en el otro sexo. Entonces vuelven a cruzar la puerta por la que se marcharon con la profunda nostalgia de algo que no saben qué es ni dónde está.

Conviene tener muy en cuenta que la dirección hacia el otro sexo se hace partiendo de su supuesta belleza; es un ir a buscar, en un ser concreto, este valor de lo bello. Es ir a buscar en su ser concreto el valor de la belleza. No puede olvidarse esto minimizando la grandiosidad del impulso sexual, que tanto eleva el hombre por encima de la bestia.

La muchacha que aparece en la imaginación del muchacho es bella; la que aparece en la realidad tal vez no, pero pronto le transferirá él su belleza imaginaria, y, ante todo, descubrirá él que la belleza no está en unas determinadas líneas, sino en unas expresiones, unos gestos, unas actitudes que revelan la alegría, la amabilidad, la esperanza, la capacidad para la entrega, que constituyen el meollo de la feminidad. La muchacha ve lo bello en el muchacho a través de lo que ella ha imaginado como la fuerza de la virilidad y la expresión de la hombría. No es sólo por el valor de la belleza por lo que un sexo se dirige hacia el otro.

El adolescente acaba de descubrir el mundo por segunda vez, pero ya no está en el centro del mismo, aunque la realidad quede truncada, estrecha, aparece la noción de que la vida es para algo. Aparece también la imagen del otro sexo, pudiendo quedar esta imagen reducida a un límite exiguo, como si el sexo fuera sólo una parte del cuerpo y no toda la persona.

El adolescente, por la maduración de su inteligencia, intuye que más allá de la realidad de la gestación hay la realidad de la fecundación, y lo indaga de maneras muy distintas, según sus padres hayan estado por encima de la cobardía del silencio, o hayan sucumbido a la confusión de la inocencia con la ignorancia. Esta realidad puede quedar en un primer plano, conduciendo lastimosamente a la idea de que el otro sexo es sólo un órgano del sexo propio. Afortunadamente, aparece el pudor, que es un fenómeno vital coadyuvante del impulso sexual, que lo encauza y perfecciona. Impulso sexual y pudor aparecen conjuntamente y pertenecen por igual al cuerpo y al alma.

El adolescente, la adolescente, están muy cerca de descubrir en el otro sexo su base y su compañía, están muy cerca del día en que se abrirán de nuevo todas las ventanas y divisarán un panorama en el que hay un ser al que habrán de ofrecer no su exterioridad, sino su interioridad, lo más intimo de la persona. Esto es posible porque han descubierto que el pudor es una virtud interna que se siente ante el otro y ante uno mismo, que sólo deja mostrar de la propia persona lo que no puede avergonzarlo; que no sólo avergüenza lo malo, sino también lo bueno cuando se muestra de una manera excesiva; que tener pudor no es esconderse, sino no exhibirse provocando una torpeza en los demás. Aunque ahora se hallen tan cerca del otro sexo, por un momento los dos van a rehuirse. En este momento es tal vez cuando ellos hablan más de ellas, y ellas de ellos Así, la virilidad y la feminidad, los atrae, comprenden que en el otro sexo está la base y la compañía para emprender y proseguir el camino que ha de servirles para dejar la situación nostálgica de estar solos en el mundo.

Hay un elemento importantísimo para la maduración del adolescente: el compañero. Ya existía antes, y lo necesitaba para el juego y para subrayar lo que ocurría en la realidad y en el mundo mágico. Pero ahora es un enigma. ¿Sabe lo mismo que él sabe? ¿Qué sabe del mundo de los mayores que él no sabe? Y de aquí que hablan, hablan, pero no se escuchan, puesto que lo que hace cada uno de ellos es monologar con el otro yo igual que el suyo, con las mismas preguntas, idénticas cuestiones, parecidos problemas. Al darse cuenta de que el enigma del compañero no encerraba ningún misterio distinto del suyo propio, busca otro compañero y empieza con él otro diálogo, inquiriendo lo mismo que ya había inquirido, hallando las mismas respuestas y convirtiendo otra vez el diálogo en el monólogo de dos que hablan y no se escuchan. Pero no se desentiende de ninguno de ellos, porque se siente ligado por las confesiones que se hicieron y porque se crea una solidaridad a través de la similitud de discrepancias con sus padres.

Todos los padres son exigentes. Ninguno sabe lo que ellos saben. Ninguno entiende lo que ellos desean. Sólo ellos pueden entenderse, aunque lo hacen sin especificar nada, con sobrentendidos y cosas a medio decir. Dentro del grupo de los compañeros encuentra la oportunidad para hallar su lugar, realizar su papel, su hombría, que no encuentra dentro de la familia, y su adhesión al grupo va a convertirse casi en una esclavitud. Se adapta a su conducta, se amolda a su aspecto, adopta, sobre todo, su opinión. El grupo de los suyos lo separa del resto de los adolescentes. Cada uno de los miembros del grupo critica al otro desaforadamente, pero, sin embargo, hay entre ellos una gran trabazón y constituyen un can, del que es tan difícil entrar como salir.

No en todos los grupos, pero sí en muchos de ellos, hay un compañero que es aceptado por los demás como jefe, y si sus cualidades son realmente positivas, incluso venerado, pudiendo representar para los demás adolescentes aquel ser que necesitan encontrar cuando sienten que están solos en el mundo, para que los defina, para que afirme la bondad de su existencia. A pesar de que el grupo es un refugio contra la familia, el pertenecer a una familia que sobresale dentro de la sociedad es una buena condición para ser jefe del grupo.


Algunos adolescentes no forman parte de un grupo. El adolescente excesivamente ensimismado no siente necesidad del grupo; el que vive aislado por el espacio estrecho y distante de su localidad, tampoco encuentra los compañeros con los que formar algún grupo. Cuando un muchacho o una muchacha no encuentran compañeros entre las personas de su propio sexo, se trata casi siempre de que es muy escasa su posibilidad de adaptación a lo social.

El deporte le interesa en tanto que puede realizarlo. Le interesa el de los otros cuando surge el as que puede convertirse en arquetipo. Se interesa cada día menos por el deporte-espectáculo, que considera cosa para su padre o para sus vecinos adultos. Hay adolescentes que se sienten más a gusto sentados en una butaca divagando con sus nubes imaginarias, o paseando lentamente hablando con su compañero.

El adolescente acostumbra estar fascinado por las lecturas. Devora los libros y los esconde para poder leerlos cuando no lo vigilan. Lee primero aventuras, después historias auténticas y finalmente, historias de amor. Para él, y aún más para ella, la lectura es un hambre de vida y las figuras de las novelas son como personas reales que ejecutan sus más íntimos anhelos. Al comenzar la adolescencia cesa su anterior actividad de dibujante porque ejerce en esto una severa autocrítica, y porque no le sirve para expresar lo que siente en su interior. Esta necesidad de expresión la consigue a veces, a través de la poesía, que conviene estimular.

Es difícil, dada la perturbadora influencia del medio, saber cuál es la actitud del adolescente frente a la música auténtica. Sin embargo, la adolescencia sigue siendo el momento en que la música deja de ser un juego de sonidos para tener un contenido espiritual que puede llenar los anhelos de vida que siente el adolescente y puede disminuir las tensiones que a veces lo torturan desde su interioridad.

El adolescente, como tantas veces suponemos, no es un ser antisocial. También tiene ansias de merecer la aprobación de sus maestros, de sus padres, y está haciendo esfuerzos para demostrar que él también desea participar en las tareas, los anhelos y las inquietudes de la comunidad.

Lo que ocurre es que se torna demasiado sensible, y siempre teme no ser comprendido. Pero sigue deseando una comunicación con el mundo de los mayores. Tanto desea hablar, pese a sus horas de mutismo, que no sabe escuchar. Cuando no consigue comunicarse porque somos nosotros los que no escuchamos, y mantiene largas conversaciones imaginarias, habla solo ante unos seres inexistentes, a los que explica todo lo que desearía decir, sin poder hacerlo, en una situación real.

En otras ocasiones, su interés por un determinado tema es tan grande, que está hablando de él oportuna e inoportunamente, y hace preguntas a los adultos para obtener respuestas a tono con su tema, o para lucirse ante sus hermanos, o para poner de relieve los errores y las insuficiencias de los adultos. El deseo de comunicación se torna fácilmente afán de discusión. Para el adolescente, "una de las características esenciales dé una buena diversión es el tener gente interesante con la que discutir " y durante la cena lo discute todo con sus hermanos, y la mejor diversión para él es encontrar personas con las que discutir.

Oras veces cuando, a la hora de la cena, habla por toda la familia, es que está compensando el desencanto que ha sufrido ante sus compañeros de grupo o de clase, que no lo han dejado hablar de tanto como hablaban ellos. Este deseo de, comunicación es con cualquier persona que esté dispuesta a escucharlo.
La adolescencia viene a ofrecer otra bipolaridad de la vida. Ensimismamiento y deseo de comunicarse; autismo y afán de comunidad; hurañismo y sociabilidad. Un ir entrando y saliendo de una sociedad que es considerada como un enemigo y como una necesidad a la vez, y a la que, finalmente, se integrará resueltamente cuando, superándose, esté entrando en la juventud.

CAPÍTULO XXII: La etapa de la superación

El paso de la etapa autista ala de la superación requiere un período de transición. Su disidencia había anclado demasiado hondo. Los procesos de su integración son demasiado importantes para realizarlos armónicamente y de una vez. Y los adultos no saben comprender su retorno. Les costó aceptar la oposición y la rebeldía y ahora les cuesta aceptar que se reintegre. También le cuesta a él porque ha de confesar su fracaso. Sin embargo, cada vez siente más clara la necesidad de un retorno para, proseguir su camino.

Vivir es integrar la esencia de la persona en su existencia. Vivir es integrar el universo en el propio ser y no ser uno solo con sí mismo, sino ser uno mismo con los demás. Vivir es proyectar la propia sombra sobre el contorno que nos rodea y ponernos a tono con lo que requiere la convivencia con los demás.

La niñez ya fue una adecuación de la esencia a la existencia, La adolescencia ha sido un resquebrajamiento de esta adecuación y una lucha para conquistarla de otra manera. La etapa de la superación va a convertir aquella adecuación en una integración. Ser uno mismo se convierte en la autoexigencia de plantearse los problemas universales como si fueran propios. El adolescente está tan asombrado de sí mismo, que no ve más problemas que los suyos, pero comienza a sentir que la vida es una problemática, con sus problemas propios y los problemas de los demás. Finalmente, intuye que no se puede permanecer pasivo ante la problemática del mundo, sino que ésta obliga a un planteamiento, un quehacer, una lucha.

En lo más profundo de nuestra intimidad sentimos que somos un ser que necesita de otro ser. Necesitamos otra intimidad que nos devuelva el eco de la nuestra. Surge el amor entre el hombre y la mujer, del que nace la familia y de la que procede la comunidad. Si la sociedad es tantas veces amarga, y desapacible, es porque no consigue ser una comunidad; porque demasiadas veces la familia no nace del amor y lleva en sí el germen de la disgregación y del individualismo, que nos arrastran hacia la soledad y el hurañismo.

Comunidad quiere decir sentir la propia voz interior en a voz de los demás. Vivir es dialogar, y para dialogar estamos regresando constantemente a la comunidad, integrándonos en ella. La sociedad sufre de intranquilidad, de desesperanza, de falta de caridad, de sobra de injusticia, y está reclamando soluciones a grandes voces. Al adolescente le resulta difícil porque se siente más adherido a lo concreto que a lo abstracto, a lo individual que a lo genérico. Cuando se siente adherido a una persona, es de una manera tan intensa que no consigue penetrar en la generalidad que representa aquella persona. Cuando entra en alguna agrupación, lo hace a través de una persona que lo empuja, y más que ser “socio” de tal agrupación, es amigo de uno de los socios.

La adhesión al grupo social en el que penetra, viene sensiblemente determinada por la adhesión de su familia a la comunidad. Cuanto más solidarios son los padres, tanto más lo son los hijos, y al revés. También viene determinada por el trabajo específico o inespecífico de los padres. Y por el factor económico: cuanto mayor sea el bienestar, cuanto mayor sea la estrechez, mayor dificultad para la integración. El demasiado rico y el demasiado pobre son insolidarios; el uno, por materialismo; el otro, por resentimiento.

Integrarse en la comunidad quiere decir sentir la necesidad de ocupar un cargo dentro de la sociedad, la necesidad de ofrecer algo de la propia persona a la labor colectiva para un determinado ideal político, cultural, artístico, deportivo, sentir que lo que les ocurre a los demás también le ocurre a uno mismo.

El adolescente, por su ensimismamiento o porque los adultos se lo esconden, no sabe qué es lo que pasa por el mundo. Pero, un día u otro, el adolescente empieza a superarse, descubre el dolor, la miseria del mundo que sufre, la abnegación, la alegría del mundo que se entrega, y, si bien al principio tal descubrimiento puede replegarlo por un momento hacia su aislamiento, bien pronto sentirá la necesidad de ser algo que le permita ingresar en el mundo de los que se integran.

Durante la niñez, la incitación al trabajo llegó siempre inoportunamente como algo desagradable, como un negocio que venía a interrumpir su ocio. Trabajar quería decir dejar de hacer algo que estaba haciendo con gusto y comenzar a hacer alguna cosa cuya conveniencia no acertaba a ver de una manera muy clara. Sin haber tenido tiempo ni oportunidad para saber algo de los posibles trabajos humanos, cuando su estimativa de los valores está desfocada y su comprensión disminuida, el adolescente se encuentra en el trance de tener que elegir una carrera u oficio. Esto es un grave error de nuestra sociedad. Ejercer una profesión equivale a encontrar una parte de nuestra plenitud en el gozo y la alegría de realizar un trabajo, que no nos ha sido propuesto como un castigo.

Más allá de lo que el trabajo representa como sustento material, también es nuestro sustento espiritual. La vida es a la vez un negocio y un ocio, y el adolescente ha de ser educado en el sentido de que la vida se torna alegre cuando convertimos el negocio en ocio que nos llena y nos ayuda a ser nosotros mismos.

La persona sin ninguna disposición no existe. La familia y la escuela han de ayudar a descubrir las disposiciones auténticas y útiles; han de ayudar para que el hombre no descubra demasiado tarde la disposición para una determinada profesión cuya existencia ignoraba.

Descubierta la disposición, necesita del ejercicio y de la experiencia, que se adquiere con el aprendizaje y el estudio. Con la disposición descubierta a tiempo y la aptitud alcanzada con los años, falta la vocación, que es amor a lo que se hace, gusto por lo que se hace, sacrificio por lo que se hace. Tener vocación es haber escuchado aquella voz que nos introduce en la tarea que ha de hacernos coincidir con el hombre que realmente somos. Incluso cuando es Dios el que nos llama vocacionalmente hacia Él. Esta voz no nos llama de una vez y a grandes gritos, sino paulatinamente; y cada vez de una manera más clara y persistente. Nos llama diciéndonos lo que debemos ser. Coincide contigo mismo, nos dice, sé el hombre que eres. Y cada uno puede ser el hombre que es, con tal que sea fiel a la llamada de esta voz interior que nos ha dicho que había algo que nos era necesario para realizarnos a nosotros mismos y que aún no poseíamos: una profesión. No tal o cual profesión, sino, simplemente, una, a la que debíamos entregarnos con amor, con gusto y sacrificio.

El adolescente no conoce sus auténticas disposiciones, se supone de inexistentes, y cree que la disposición y el éxito son dos puntos contiguos sin la distancia del ejercicio y el esfuerzo. Su ambiente le perjudica con la prisa que le hace aprovechar oportunidades de trabajo desviadoras, o con la predeterminación de lo que ha de ser. El adolescente educado puede entender que tener vocación es estar superando la propia tarea mejorándola.

La crisis de la duda ante Dios se produce cuando el adolescente descubre la realidad de sus padres y maestros, que no son tal como le parecían. Durante la adolescencia aparece la duda de Dios, y desde ella el adolescente penetra en la desesperanza, sale de la caridad, va y viene del agnosticismo, buscando un Dios personal que calme su desasosiego. Esta crisis es inevitable y, hasta cierto punto, beneficiosa. Se produce cuando el adolescente descubre la realidad de sus padres y de sus maestros, que no son tal como parecían, no son mejores que las demás personas. Cuando comienza esta crisis, el adolescente encuentra en ella otra razón para liberarse del dogmatismo familiar que lo estaba asfixiando; porque está rozando el enredo ideológico del adolescente sobre todas las cuestiones morales, sociales, políticas, y así, liberándose del uno, le parece que también se libera del otro.

Esta crisis puede ser estimulada a lo largo de unas repetidas consideraciones en torno al sexto mandamiento, como si fuera al mandamiento único y como si los otros ya pudieran dejarse sueltos, o a través de un confesor que convierte la Penitencia en un, traumatismo psíquico y moral. No ocurre lo mismo cuando el sexto mandamiento queda incluido entre los otros, y cuando la Penitencia da el perdón, la paz y una reorientación serena de la vida. El adolescente es muy sensible al escándalo, y lo que más le hiere es la falta de sinceridad, no pudiendo tolerar que ciertos ministros de Dios sean personas mediocres. Su compresión es muy distinta a la nuestra, y a veces no puede entender lo que nosotros entendemos, y se hace inaccesible a algunos dogmas y reacciona contra las manifestaciones de la piedad corriente. En cambio, a veces, partiendo de las normas evangélicas que entiende y hace suyas, nos juzga implacablemente, poniendo al descubierto nuestros errores y nuestras negligencias. La vida crea nuevas inquietudes, que exigen una causa del mundo, reapareciendo la figura de Dios, al cual se lo provoca con preguntas, se lo pone a prueba, se discute con Él.

Dios vuelve a ser para el adolescente aquello que es, o sea, lo Absoluto. Desde su crisis religiosa está realizando su integración en Dios. Integrarse quiere decir sumergirse, luchar, y ahora, se sumerge cada vez más en la profundidad de Dios. Esta integración, que es lenta, depende de la manera cómo hayan sido planteados los demás problemas, como, por ejemplo, el de la injusticia social, el de haber sucumbido a la anticipación sexual, o el haber tropezado, sin suficiente madurez, con los problemas científicos y metafísicos, o el haber considerado el Arte o el deporte como fin supremo de la vida

Psicológicamente, para la integración del ser, lo fundamental es que sea judío, o protestante, o católico, o ateo, y que lo sea sinceramente, aceptando todas las consecuencias de serlo. El que por comodidad tiende a un sincretismo religioso o a un naturalismo teísta que no comprometen a nada; el que por pereza dominguera tiende a la indiferencia religiosa, es un ser que no está integrado. El adolescente está penetrando en la juventud cuando duda, cuando lucha y cuando se arriesga, y nos revela claramente que está integrándose, que está sumergiéndose, ascensionalmente, en la gran profundidad de Dios.

CAPÍTULO XXIII: Realización de la masculinidad y la feminidad

La vida comienza a ser sentida en tono menor. La vivencia de lo que está en el mundo que era la del niño, se convierte en la vivencia de estar en el mundo, y el adolescente se vive a sí mismo desapaciblemente. La etapa de la superación, empieza cuando el adolescente siente la posibilidad de la plenitud del ser a través de sus integraciones. Prosigue la vivencia de estar en el mundo, pero ahora es un estar en la presencia de Dios, en la compañía del prójimo, en la realidad del trabajo. Intuye lo que será, y lo vive como si ya lo estuviera siendo, aunque siente él peso de que los otros no lo saben. El adolescente siente la posibilidad de su plenitud aunque no la haya realizado. Intuye lo que será y lo vive como si ya lo estuviera siendo, aunque siente el peso de que los otros no lo saben. El adolescente presiente su futuro como algo que ignoran su padre y sus maestros. El conflicto será más o menos tumultuoso,

La seguridad, cuando se alcanza, es tranquila, pacifica, amable. En realidad, lo que el muchacho explica con su agresividad y con su impertinencia es su desolada inseguridad.

Buena parte de su afán de tener un compañero surge de aquella inseguridad, porque lo que él necesita es alguien que le dé un poco de seguridad. Pero un día el compañero se estabiliza y se transforma en amigo. Los une algo ideal que surge del fondo de su alma y, más que unirlos por la vivencia de lo presente, los une por la vivencia intuitiva de lo futuro, hacia el cual se proyecta todo su afán de ser, toda su ilusión. Al lado del amigo y con el amigo, se da cuenta de que el hombre no termina en sí mismo, que perdura más allá de su existencia y que lo hace a través del amor y de la cultura. Él es la consecuencia de un amor y lleva el nombre de un linaje que le dieron y que tal vez transmitirá a otros. Se preguntan hasta dónde su cultura es suya y hasta dónde su nombre es suyo, y quieren emprender un camino en el que puedan desarrollar un trabajo como creación y conseguir un nombre propio, realizando así su posibilidad. Con el amigo se habla de lo social, de lo religioso, de lo profesional, y se habla, sobre todo, de la mujer, un tanto temerosos al principio, enumerando sus gracias y sus excelencias

Cuando el arquetipo de lo femenino se ha formado partiendo de la imagen de la propia madre, ésta, con su sola presencia, irá empujando al hijo hacia aquella mujer que hay al final de su camino y en la que encontrará algo que le hará comprender que la feminidad no está sólo en el cuerpo, sino en la totalidad de la persona.

Para el adolescente, la entrada en la Universidad, el taller, la oficina, a más de representar una nueva modalidad de trabajo, también consiste en una coexistencia con otras personas que son de distinta esencia y que están en el mundo con una circunstancia tal vez opuesta a la suya. No todos creen que la virilidad esté en la interioridad de la persona, no todos creen que llegar a la mujer sea darle algo de uno mismo, sino poseerla, y aún a través de una sola parte de ella.

Los compañeros de la Universidad, o del taller, o de la oficina, no sólo son diferentes en la problemática sexual, sino en todas las otras. Lo sorprenden por su falta de caridad, por su desmedido orgullo, por la complacencia en hacer daño, por su irreverencia, por sus ideas amargas, por su apegamiento a ridículas minucias de lo cotidiano. Cuando se encuentra solo en la calle, pero con la compañía de sus anhelos, sus ilusiones y sus esperanzas, quiere integrar a sus compañeros en los valores del mundo y aspira a ser jefe de un grupo que no haya dimitido de la vida, de la dignidad de ser hombre. Quiere ayudarlos a encontrar una posibilidad de superación. Si fracasa, se sentirá amargado, pero si triunfa, sentirá que su integración es más cierta aunque le faltará mucho camino por recorrer, ya que el hombre no termina en sí mismo y ha de perdurar más allá de su existencia a través del amor. ¿Qué es el amor? La llegada al otro sexo a través de la donación de sí mismo. Comprenderá que él es un ser que trasciende de sí mismo, ama a Dios, ama a una mujer que está en el mundo, y trabaja.

Las ilusiones de la muchacha, cada vez más, giran en torno a un ser fuerte. Tal vez ella ha visto ya algún día este ser en alguna parte. Muchas veces ha tenido la sensación de que sus ojos se clavaban en otro ser que no sentía su mirada y pasaba de largo sin verla. Este pasar de largo no es como la huida de los amigos de su hermano que era una huida de miedo. ¿Dónde están aquellas sensaciones placenteras que le ha dicho su amiga, que no siente en ningún sitio o que siente demasiado por todas partes?. ¿Será aquello que aparece en sus sueños? La muchacha entra en lo erótico a través de la admiración que siente por la fuerza de otro sexo. Pero esta sensación no se queda en ella; parte de ella, y en el lapso de tiempo y de espacio que va de ella a él se espiritualiza, se ensancha y no queda localizada en el cuerpo.

La muchacha no se conforma con que este ser sea sólo imaginario. Desea su concretación, adivinando que su actitud, más que la de una búsqueda, ha de ser una espera confiada. Ella quiere ser conquistada. Un día se da cuenta que para la concretización del ser imaginario le es necesario un arquetipo de lo masculino, individual, personalísimo, intransferible. Sin embargo, en su formación intervienen las circunstancias familiares: si su padre, con su ejemplo, con su proyección sobre el mundo, le sirvió de estímulo para su progresión, en su arquetipo de lo masculino habrá mucho de la imagen paterna.

La muchacha siente la atracción del cuerpo masculino en tanto que es la expresión de una totalidad personal, la expresión de una fuerza física y espiritual.

La muchacha tiene también la ilusión de ser ella misma. Tener su nombre, su cultura, ser alguien en el mundo del trabajo, del arte, de la sociedad.


© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

11/06/2005 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v01.91:0.40
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós