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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA VI (Jerónimo de Moragas)

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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA VI

 

Por Jerónimo de Moragas




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Extracto textual del libro de Jerónimo de Moragas, Psicología del niño y del adolescente

Capítulo XVIII: Del coexistir al convivir. (Etapa de la introyección II)
Capítulo XIX: La adolescencia.
Capítulo XX: La pubertad.


CAPÍTULO XVIII: Del coexistir al convivir (Etapa de la introyección II)

Para el niño, el mundo extraescolar es una ampliación de la escuela. Las cosas aprendidas dentro del aula están en el camino que va de casa a la escuela. La orientación en el espacio y en el tiempo la hemos aprendido casi todos cumpliendo algo a lo que nos impelía nuestro gusto, o a lo que nos empujaba la necesidad familiar. El manejo de muchos utensilios, el conocimiento del reloj, han tenido casi siempre un aprendizaje doméstico. El conocimiento de la Naturaleza, para el niño urbano, en tanto que realidad tangible, con la forma de sus árboles, el color de sus hojas, el olor de sus frutos, el canto de los pájaros, y el fenómeno de sus nubes, sus vientos y sus lluvias ha ido penetrando en nosotros mucho más durante las vacaciones que durante los días escolares.

El conocimiento del hombre como ser y de cada hombre en particular; el saber de sus costumbres y sus leyes; el aprendizaje de lo que es la sociedad y el conocimiento de las situaciones humanas cambiantes, también ha sido un conocimiento extraescolar. La escuela nos ha servido para ordenar los mecanismos de aprehensión y para que nos acostumbráramos a ver las cosas, no sólo tal como las vemos, sino también tal como pueden ser.

Fuera de la escuela y dentro de ella, el niño encuentra lo contradictorio de la vida. Los cuentos, los periódicos, radios y espectáculos ofreciéndole realidades que a veces son falsas y perturbadoras. El niño habrá de encajarlo, dándose cuenta de que por debajo de la realidad aparente hay otra más profunda, que es distinta. El mundo de los que no cumplen los preceptos, las leyes, que viven fuera de lo bueno y lo justo. Oye y escucha conversaciones en torno a los que han cometido un fraude, han perpetrado un asesinato, han caído en el divorcio, viven una vida deshonesta. Las personas que conoce tampoco son tan buenas como le parecían: un compañero que lo ha delatado, una amiga que la excluye del grupo de juego. También el maestro o la maestra, a los que se sentía adherido y que un día lo asombran con un trato brusco o con una injusticia. Con profundo dolor descubre una falta de la madre o un defecto del padre, y averigua que fuera de casa dicen o hacen algo que está en contradicción con lo que de ellos pensaba. Cada uno de estos descubrimientos le procuran una enorme sorpresa, en la que se mezclan la desazón por lo injusto, la angustia por lo contradictorio, la indignación por lo falso; sorpresa que se convierte en dolor y lo impulsa casi ineludiblemente a esta pregunta : ¿Es verdad que hay un vivir recto y honesto? El niño se plantea el problema de la moral.

Hemos de proponernos ver al niño desde su mundo ético. El niño, como el hombre, es una realidad "debitoria" que necesita imponerse unos deberes. Y si, de otra parte, la actitud ética es el esfuerzo del hombre por ser justo, este esfuerzo lo está realizando el niño desde el momento en que en su etapa de la proyección entra por el camino de la voluntad y de la estimativa de los valores. Si tener una ética es implantar una justicia, esto es lo que está haciendo el niño por su cuenta. No importa que a veces sea injusto. Lo importante es que desde su imperfección humana, no demasiado distinta de la nuestra, entró ya por el camino de lo ético y ahora está planteándoselo de una manera consciente. En un principio se ocupa más en lo que está mal que en lo que está bien, y se indigna especialmente ante el engaño y el fraude. El. asombro que le producen los demás puede servirle para atenuar el remordimiento que su mala conducta le produce o, al contrario, rehusándolo, para seguir por el camino que entiende como más bello, más bueno y más verdadero. Entonces realiza sus actos sintiendo la satisfacción de haber cumplido el bien libremente, sin tener en cuenta el provecho o el perjuicio que puede proporcionarle.

El mundo ya no está sólo ahí fuera como algo que puede ser visto. Se ha introyectado en su conciencia y ocupa su pensamiento. Su intimidad se amplía porque está formada por la intimidad de los demás y lo más nuevo, lo más vivo que hay ahora en ella, es la noción clara de que su mundo de valores ya no es suyo exclusivo; es un mundo universal que pertenece a todos los hombres. El mundo de los valores ya no es suyo exclusivamente; es un mundo universal que pertenece a todos los hombres.

Cuando expresa un juicio de valor, espera encontrar un eco en los demás; si no lo encuentra, se retrae, para volver a salir de su mismidad tan pronto como pueda con la misma cuestión. Si encuentra el eco, siente su intimidad ampliada y, sobre todo, llena de algo que ha de servirle para participar alegre y confiadamente en las tareas que la Humanidad tiene planteadas como centro del Universo que es.

El niño se da cuenta de que esta ampliación de la intimidad le sirve para la convivencia con el prójimo. El hombre no es una unidad aislada. Siempre está presente ante nosotros el otro. Frente al prójimo nos descubrimos a nosotros mismos. Lo que caracteriza nuestra relación con el prójimo es el diálogo, algo que gira en torno a lo que de humanamente común tenemos con los otros; es decir, nuestro dolor y nuestra alegría; un hallarse con el otro.

Dialogar no es siempre hablar; es estar presente: callar y escuchar, responder, a veces, con una mirada, con un gesto. Y estar presente quiere decir no sentirse como una unidad aislada, estar frente al otro olvidándose de uno mismo, estar frente a aquel que se nos parece y convertirlo en prójimo. Esta conversión no es precisamente una aproximación en el espacio y en el tiempo. Dos seres pueden coexistir en un mismo espacio y en un mismo tiempo, pudiendo estar ausentes el uno frente al otro. Pero cuando los dos seres, por una circunstancia exterior, coinciden en una misma vivencia que se comunican expresivamente; cuando uno de ellos se siente impelido a comunicar al otro la idea que está iluminando su pensamiento, el otro ya es el prójimo y la coexistencia se ha convertido en una convivencia.

Convivir es estar presente ante los demás a través de aquello que hay en nuestra intimidad que puede ser comunicado a la intimidad de los otros. Además, se puede convivir con otro sin coexistir con él, lo único que se necesita son dos intimidades que quieran o necesiten comunicarse. Ésta es la gran necesidad del niño que se introyecta: comunicar su intimidad a otra intimidad.

Lo malo es que demasiadas veces sólo nos damos cuenta de ello cuando ya no es un niño y ha entrado en una nueva etapa en la que la intimidad se cierra, girando sobre sí misma y olvidando que el mundo de los valores no es un mundo de su exclusiva pertenencia.

CAPÍTULO XIX: La adolescencia

Pubertad y adolescencia son dos procesos íntimamente relacionados de la evolución del ser, no son el mismo proceso, ni son exactamente simultáneos, y en algunos de sus aspectos son independientes por completo. Donde ha habido una pubertad, ha habido, precediéndola, acompañándola y prosiguiéndola, una adolescencia.

Si, por una causa orgánica, la pubertad no apareciera, no dejaría de manifestarse la existencia adolescencial. A esta existencia le faltarían los estímulos de la modificación del cuerpo y de las situaciones vitales que las gónadas plantean. Pero quedaría la problemática que no se refiere a lo genital. Las variaciones de la pubertad se producen en el contorno de la figura humana. Las de la adolescencia se producen en el contorno de la figura del ser. La pubertad es un cambio radical en las estructuras bioquímicas del soma que queda terminado en un período aproximado de cuatro años. El cambio de la adolescencia se refiere a los deseos y las aspiraciones, produce una hueva concepción del mundo interior y del mundo exterior, un nuevo enfrentamiento con los conceptos éticos, religiosos y sociales, y una nueva valorización de lo pasado y, sobre todo, de lo futuro, que colocan al ser en una crisis humana, acuciante, profunda y larga.

La adolescencia se manifiesta ya antes de que comiencen los cambios puberales. Se es adolescente porque se está en el mundo de otra manera. Se existe de otro modo. Ha comenzado una existencia adolescencial.

La pubertad ha comenzando en un día más o menos preciso, dirigiéndose inexorablemente hacia la transformación del cuerpo del niño en el cuerpo del adulto y que, una vez ha empezado, ya no vuelve atrás. La adolescencia, ha empezando de una manera más imprecisa, pero se dirige hacia una variación de la afectividad, el entendimiento y el quehacer cotidianos, que durará y desconcertará, pero que también, de una manera inexorable, conducirá al ser desde su dimensión de niño, a su magnitud de hombre joven, y que ya no cederá de ninguna manera.

Estos dos procesos no son simultáneos. Antes de que se produzcan estas modificaciones corporales, muchas veces la adolescencia ya se ha manifestado de otras maneras. Desde el momento en que comienza la adolescencia, se existe ya de otro modo. Ya no se está esperando a ver qué es lo que surge del mundo mágico, sino que se está contra este mundo. Ya no se está dentro de la familia para completarla, ni dentro de la escuela para recibir una formación y una información, sino para discutirla o rechazarla. Ya no se está en la calle para admirarse, sino para hacer como si ya no fuera posible la admiración. La adolescencia afecta especialmente al estar siendo.

Todos nosotros hemos llegado a un primer conocimiento de nuestro yo a través de la imagen que hemos alcanzado de nuestro esquema corporal. La pubertad provoca un cambio radical en esta imagen, y el esquema corporal penetra en una variación constante. Cada una de las posibles variaciones representa un estímulo para nuestra persona anímica. Se preocupan para saber el por qué de estos cambios, qué sentido tienen. Las experiencias en cuerpo ajeno no sirven. Ésta es una época de dolorosa sensibilidad. Casi se hacen intolerables las miradas, como si los ojos de los demás rozaran, arañándola, la propia piel. Sobre todo en las adolescentes que a veces lloran, sin comprender nosotros el motivo de su llanto

Los genitales plantean nuevas situaciones vitales. Mas para el adolescente la modificación puberal de sus genitales representa una fuente de enigmas, de interés, que le es preciso resolver. Los genitales interesan por su forma, por su dimensión, que tanto ha variado; sobre todo al muchacho, por sus variaciones momentáneas, acompañadas de estados de ánimo, de momentos incomprensibles, por su inclusión igualmente posible en el mundo de lo sorprendente como en el mundo de lo placentero. Interesan por sus posibles funciones, que van a aparecer de un momento a otro: la primera menstruación, en la muchacha; las primeras poluciones nocturnas, en el muchacho.

Si la madre ha sabido informar y educar a la hija, la primera menstruación será una fuente de alegrías y determinará un acercamiento. Si ha sido rodeada de silencio, puede ser un traumatismo neurotizante. Al muchacho, las primeras poluciones le causan una sorpresa entre dolorosa y satisfactoria, que lo encierran en sí mismo y lo desazonan, y espera su repetición o la provoca penetrando en la torpeza masturbatoria. Las cosas no ocurren así cuando el padre, al notar los cambios puberales, le ha advertido clara y correctamente de lo que le iba a ocurrir.

Las variaciones de la pubertad pueden ser rápidas y disarmónicas, como si se realizaran a saltos, haciéndose manifiestas hoy en unos sectores del cuerpo, mañana en otros. La pubertad queda totalmente establecida cuando el cuerpo del muchacho ha conseguido una morfología típicamente masculina; cuando el cuerpo de la muchacha ha alcanzado una morfología típicamente femenina y luego, cuando el óvulo es fecundable y cuando la polución se acompaña de la presencia de espermatozoides fecundantes. Ahora bien, esto no significa que el adolescente ni la adolescente, por el hecho de poder fecundar o de ser fecundada, han llegado a una madurez biológica y psíquica suficientes para ser padre y madre. Les falta aún mucho, porque la función de la paternidad y de la maternidad no consiste tan sólo en el engendramiento de un cigoto, sino en la conducción de otro ser hacia el camino que habrá de recorrer entre el alfa y la omega de su vida.

La adolescencia es un proceso. Hasta que no llegue a los comienzos de su etapa de superación para ir entrando en la juventud, su problemática será cada vez más la problemática de una existencia adolescencial. El cambio adolescencial puede ser lento o tumultuoso; tiene variaciones en su ritmo y en su intensidad. A veces parece que el adolescente quede sumido en su niñez, para reaparecer lo adolescencial con mayor intensidad o mayor prisa. A veces su aparición es tan tumultuosa, que parece que va a quedar consumida en pocos meses ; pero esta apariencia es engañosa, puesto que la manifestación adolescencial perdura, aumenta y tarda mucho en estar totalmente terminada.

Aparece el deseo de poseer unos conocimientos concretos y aplicables de una manera inmediata. Quiere saber lo que ocurre hoy, esta tarde, para aplicarlo inmediatamente a su realidad. Ello representaría una afirmación de su yo y una liberación del papel exclusivamente familiar. El adolescente y la adolescente, en la variación de su deseo se siente vivamente impelido por el vivo deseo de poseer un buen cuerpo, de ser bello o bella. Y cuanto más alejado está su cuerpo de esta belleza, tanto más la desea. Para él, para ella, resulta verdaderamente agobiante la constante transformación de su cuerpo, que tanto tarda en adquirir una fórmula definitiva y que está pasando por unas continuas, súbitas y disarmónicas transformaciones. Desea el dinero por el dinero, desea el dinero que llene la cartera como la de su compañero, desea el dinero para sentirse más seguro, ante la desazón que. le provoca la falsa afirmación de que el dinero da el poder.

De entre todos los deseos el más acuciante es el de poseer el otro sexo o de ser poseída. No saben lo que es esta posesión, pero la desean vivamente. Este deseo es tal vez el que de una manera más determinativa contribuye a que la existencia del adolescente esté, dentro de la intimidad del ser, tan lejos de la existencia del niño.

Muchos de los antiguos deseos desaparecen. Ya no desean echarse en el regazo de la madre. Dan vueltas a su entorno para ser preguntados, pero se sienten ofendidos si se les pregunta algo. Entretanto, también ha desaparecido el deseo de ser una persona dentro de la familia; se es casi sólo el huésped de una casa donde se come y se duerme Tampoco desean permanecer en el mundo de lo mágico. Están demasiado atareados con ellos mismos para dedicarse a los juegos. No sólo varían los deseos. También varían porque se tornan incongruentes, imposibles, más imperiosos, inmediatos, desmedidos. Se aspira a cosas muy distantes, se desea lo imposible, lo que es inaccesible desde el lugar donde se vive, lo que está en completo desacuerdo con las posibilidades e imposibilidades personales desmedidas. De aquí que, en contraste con estas grandes aspiraciones, aparezca también el hundimiento de las aspiraciones posibles, aquellas que serían accesibles a la propia condición y que los conduce, a él y a ella, a la inseguridad de su orientación, a la volubilidad y precipitación de sus decisiones.

Aparece en el adolescente la nostalgia, que consiste en la ausencia de un estado de ánimo concreto. Ya no se está triste, ya no se está alegre, sin saber qué es lo que sustituye la tristeza o la alegría. Se siente que se está triste sin saber por qué. Pero su nostalgia proviene de sentirse raro ante sus padres y sus maestros. Ha perdido lo que lo definía, su equilibrio, su seguridad interna, y no se conoce tal como es. En este momento aparece también la angustia.

Su irascibilidad es poco manifiesta, y se muestra tan sólo en forma de inquietud paseando arriba y abajo de su habitación, saliendo de pronto a dar un paseo inexplicable, dando algún portazo.

Se siente movido contra aquellas personas que él considera que no le atienden, su venganza se realiza despreciando a los mayores, ridiculizándolos ante sus hermanos y compañeros de escuela.

Entremezclándose con esto aparece la angustia sexual. Mi sexo, ¿es como el de los otros? ¿Podré usar de él como los demás? ¿En qué consiste su uso?. Puede encontrarse situaciones distintas. Ser hijo de un padre que ha encontrado más cómodo ignorar el problema y no ha tenido la valentía de afrontarlo con claridad y decisión. No ha tenido esta valentía pero ha cometido la temeridad de someter a su hijo o a su hija al seguro peligro de que fueran mal informados por alguien no demasiado honesto. Otra situación es la del adolescente que ha recibido una información tal vez minuciosa sobre la sexualidad; y cuyos padres y maestros, creyendo en la eficacia de la ilustración, viven satisfechos durmiendo una siesta permanente bajo el frondoso árbol de la cultura entresacada de las enciclopedias. Pero La ilustración no basta. Sólo entendemos a través de las vivencias

Sólo cuando el adolescente sepa, lo que encontrará en otro ser a través del amor; cuando sepa que la unión sexual nos sumerge en el torrente anónimo de la vida, y que en ella el otro no existe, sino como órgano y función de la parte más ínfima de nuestro yo; sólo cuando sepa que la plenitud del ser comienza al conseguir estarmás allá de uno mismo, dirigiéndose a la idea de un TÚ, y hacia la realización, en el otro, de esta idea, no podrá superar y vencer la angustia sexual, convirtiéndola en la esperanza de ser algún día lo que aún no es, a través no del sexo que esclaviza, sino del sexo liberado por el amor.

El humor del adolescente es muy distinto del adulto, y no acierta a comprender el nuestro ni nosotros el suyo. Teme ponerse en ridículo, lo cual le aparta de la comicidad. Pero, a veces, para satisfacer su deseo de superación se ríe de los demás. La adolescencia no es una edad propicia para la ironía, porque el pensamiento en esta edad no se produce con arreglo a la lógica aristotélica, y la ironía precisamente consiste en una alteración consciente de la lógica, aunque partiendo de ella misma, y es difícil ironizar desde un concepto del mundo distinto de aquel que hay que alterar. El adolescente siente cómo aumenta la timidez y se hace más entorpecedora. Es una de las causas de su inseguridad. Se es tímido ante el otro, especialmente ante el otro del sexo opuesto, sea cual sea su edad y condición. A solas, el adolescente se siente valeroso, pero cuando se aproxima a la realidad donde existe el otro, empieza a sonrojarse y a temblar por el temor a sonrojarse y a ponerse tembloroso. No todo lo que parece timidez lo es. A veces es una excusa para no tener que realizar determinados esfuerzos. La timidez puede manifestarse con actitudes que le parecen contrarias, como la sonrisa forzada, la locuacidad, la insolencia, con las que consigue mostrar lo menos cierto de la persona, para que ésta pase de contrabando. La adolescencia es una edad propicia para los presentimientos y, las preocupaciones. El adolescente acierta a veces en sus empresas cuando se dirige por sus presentimientos. En cambio, yerra cuando se deja conducir por sus preocupaciones.

El adolescente no reconoce los valores, sino que los otorga. Las cosas son buenas porque él lo dice. Son verdaderas, porque él lo afirma. Los valores ya no son universales, sino propios. Muchas veces se produce primero un cambio de los valores estéticos. En la adolescente, por lo general, esta inversión de los valores estéticos es menos ostensible y pronto los sitúa en un primer plano, arrinconando los otros y dando una importancia cada vez mayor a la belleza de su propio cuerpo. Algunos adolescentes varones las acompañan en esta actitud, llegando incluso a situaciones narcisistas.

Algún día, tanto él como ella, irán dando mayor importancia a los valores vitales. A medida que el adolescente vaya saliendo de su ensimismamiento para acercarse a la etapa de la superación, irá dando mayor importancia a los valores morales, sin que ello signifique que su conducta sea forzosamente buena. Precisamente ahora que aprende a valorizar lo moral es cuando se encuentra con la posibilidad de ser inmoral. Es más bien un deseo de conocer el bien, sin darse cuenta de que el bien puede estar dentro de uno mismo.

El mundo, en su realidad, no ha sufrido ningún cambio, pero ha variado totalmente la imagen que tenía de él. Es decir, su mundo interior empieza a ser otro, cada día es más distinto. El mundo es referido de nuevo a su yo. Todo existe en él en relación con su yo. Más que de un egocentrismo se trata de un autismo. No soy el centro del mundo, pero en cada una de las vueltas, que da el mundo, hay algo que se refiere a mi persona. El mundo no gira a mi alrededor, pero sin mí, el mundo no existiría. Pese a este ensimismamiento, ahí fuera, frente a mí, está el mundo exterior. Pero éste está ahí para poder dominarlo, y para ello ha de luchar contra él.

El mundo ya no es como era, es otro. Comienza a percibir por primera vez, una serie de estímulos eróticos, intelectuales, de estímulos que lo requieren para la actuación social, estímulos que contribuyen a que su concepción del mundo exterior sea distinta, sufra una variación total.

Mientras fue niño, su ética era un reflejo del medio en el que vivía; era una ética familiar, escolar, que se refería a las normas de una conducta en la que no se producía un enfrentamiento con grandes problemas. Ahora, todas aquellas normas le parecen mediocres; sobre todo, ante su deseo de compromiso total, ante su anhelo de perfección, que se hallan más en la imaginación de lo que será, que en la realidad de lo que es. Él cree que su vida ya es buena porque se entusiasma con las grandes palabras, los grandes ideales, cuanto más alejados de sus posibilidades, tanto mejor.

Vuelve a plantearse la pregunta: ¿Es verdad que hay un vivir recto y honesto? Y es posible que la respuesta lo aleje de su anhelo de encontrar lo bueno, y que a ella se añada otra pregunta: ¿Realmente es bueno lo que me proponen como bueno? Depende de su contextura espiritual, del ejemplo y la lección que reciba de su ambiente.

La adolescencia representa también un nuevo enfrentamiento con lo religioso. Depende de que la educación de sus padres haya sido buena o mala y de la escuela, el que este enfrentamiento sea una crisis pronto superada o una crisis angustiosa y tal vez definitiva. Aparece por primera vez la duda. ¿Dónde está Dios? ¿Quién es este Dios? Y al no obtener una respuesta inmediata, ahora no lucha con Dios, sino contra Dios, y le exige respuestas, hechos contundentes, revelaciones para su uso particular.

Y a través de la duda penetra en la desesperanza, se sale de la caridad y va y viene del agnosticismo buscando un Dios personal que lo tranquilice, que calme su desasosiego, un Dios que le tienda la mano y con el que pueda hablar.

También la adolescencia representa un nuevo enfrentamiento con lo social: es incapaz de sentir y percibir los sentimientos de los seres más próximos, que le parecen demasiado fríos, demasiado insensibles, y empieza a sentir un desprecio por su propio grupo social. Ante los otros grupos posibles, siente desconfianza y rencor. Entonces adopta posiciones extremistas que le sirven de autoafirmación y, sobre todo, de contraposición a sus mayores.

A pesar de esta ruptura con su grupo originario, y antes de entrar en el grupo de los "suyos" no puede resistir su soledad. Ha penetrado en ella sintiendo la gran satisfacción de interpretar su existencia como un estar solo en el mundo. Pero pronto este estar solo va convirtiéndose en una desazón, que convierte la dicha de la soledad en el "dolor de estar en el mundo". Entonces siente la necesidad de estar ante otro que lo defina, alguien que desde fuera de él mismo apruebe su manera, afirme la bondad de su existencia, y, se entrega a la dependencia total de un ser que lo comprenda, lo atienda y al que pueda adorar de una manera ciega.

Desde su soledad, en algunos momentos desde su enamoramiento o desde su dependencia totalitaria, se siente enfrentado con la sociedad porque no sabe comprenderlo, ni él desea comprenderla, y va encaminándose hacia la preparación de otra sociedad que será casi igual a aquella de la que ahora se desprende agresivamente.

Esta situación es mucho más manifiesta ahora, y creo, que hoy la suerte del adolescente es más difícil que antes porque se encuentra ante una sociedad en crisis, inestable, en la cual los sucesos y los cambios mundiales se producen renovadamente cada semana.

Otra valoración nueva es la que se produce entre lo pasado y lo futuro. El pasado de los otros no interesa. Como si no existiera. A pesar de la nostalgia que en algún momento siente de su niñez que se le escapó, por otro lado la desprecia, no quiere que le hablen de cuando era niño, y siente casi una aversión por los que aún son niños. A pesar de la ilusión que siente por el joven que será, teme lo desconocido, y siente una inquietud por lo que va a ocurrirle. Entonces hipertrofia el futuro inmediato y comienza a creer que el futuro lejano no existe. El contorno visible se estrecha, se le cierran muchas ventanas y mira casi exclusivamente por la de la transformación sexual, mirando hacia su tiempo futuro muy próximo y perdiendo la visión lejana de lo que realmente será su juventud y su madurez.

He aquí lo que, en una visión global, resulta ser la adolescencia, como variación en el dintorno de la figura del ser, anticipadamente algunas veces, paralelamente y más allá aún de lo que pueda ser la pubertad como variación en el contorno de la figura del ser.

CAPÍTULO XX: La pubertad

La pubertad está ligada a un largo período. La madurez sexual no se obtiene al comienzo, sino al final de este período, cuando se ha conseguido el aumento total de la talla y se ha logrado la sazón psíquica. En su cronología intervienen factores raciales y climáticos y económicos. Las razas nórdicas son las que comienzan más tarde. Entre los latinos, el inicio de la pubertad ocupa un punto medio, y en el otro extremo se hallan las razas hindúes y africanas. La hembra inicia el aumento de la talla entre los 10 y los 12 años. El varón, a los 13. La hembra termina el desarrollo de su morfología femenina entre los 15 y los 18 años. El varón termina el desarrollo de su morfología masculina entre los 20 y los 22 años. Lo fundamental de la pubertad es el aumento de la talla, la aparición de los signos sexuales secundarios, la instalación de la morfología masculina o femenina, el desarrollo de los genitales y el comienzo de sus funciones específicas - eyaculaciones fecundantes y ovulaciones fecundables -. La pubertad no es una línea parabólicamente ascendente ; se produce a saltos dispares en la medida y el tiempo. El púber y la púber se caracterizan por lo incaracterístico, amorfo, desgarbado y disgracioso de su cuerpo. La mímica es excesiva, brusca. La postura y los ademanes son torpes, groseros. Los movimientos, rudos. La graciosidad del niño se convierte en disgraciosidad; la belleza, en fealdad. A medida que avanza, disminuye la disarmonía, el crecimiento se produce de una manera proporcionada, y aparece el cuerpo juvenil con una renovada belleza.

Las hormonas no son la causa de la pubertad, sino un factor condicionante. La causa de la pubertad está en el impulso vital que, desde el primer momento, empuja al cuerpo por el camino de su evolución. Hormonalmente, la pubertad viene precedida y acompañada por un aumento de la actividad de la hipófisis, que, con su hormona del crecimiento, que va produciéndose a un ritmo creciente, acelera el desarrollo de la talla actuando específicamente sobre los cartílagos de crecimiento de los huesos.

Las gónadas realizan dos funciones distintas : el desarrollo de lo que es necesario para la procreación - espermatogénesis y ovulogénesis - y las hormonas que masculinizan y feminizan categóricamente al púber y a la púber. También hay un aumento de la función tiroidea, necesaria para la oxidación de los tejidos (posible bocio puberal) y también el páncreas ha de rendir más prestando su insulina para que la hormona del crecimiento pueda ejercer su función sobre los tejidos. Este mayor rendimiento puede producir un agotamiento de la glándula, que será la causa de una diabetes que encuentra en la pubertad su momento propicio.

Las glándulas suprarrenales aumentan también su actividad, contribuyendo en parte a ciertas obesidades. La hormona andrógena favorece la masculinización, incluso en la mujer, contribuyendo a la aparición del vello sexual, al crecimiento del pene y del clítoris, del escroto y de los labios mayores de la vagina.

La hormona estrógena del ovario favorece el desarrollo de los genitales femeninos. También se produce en la pubertad una nueva modalidad funcional del sistema neuro-vegetativo, que es el que ha de regular las funciones anabólicas y el que contribuye a algunas manifestaciones que en la pubertad están aumentadas como el sudor, el temblor, el sueño y la fatiga.


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11/06/2005 ir arriba
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