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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA IV (Jerónimo de Moragas) |
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Documento sin título
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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA IV
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Por Jerónimo de Moragas
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Extracto textual del libro de Jerónimo de Moragas, Psicología del niño y del adolescente
Capítulo X: En el centro del mundo (Etapa egocéntrica I)
Capítulo XI: El mundo como conflicto (Etapa egocéntrica II)
Capítulo XII: Saber y sentir (Etapa egocéntrica III)
Capítulo XIII: El mundo mágico
CAPÍTULO X: En el centro. del mundo (Etapa egocéntrica I)
A través del movimiento y de la palabra, el niño va abandonando su etapa egocósmica, se da cuenta de que el cosmos constituye su exterioridad. Deshecho el error egocósmico, se comete un nuevo error: es el de creer que él es el centro de este cosmos que ya no está en su interioridad. El cosmos ya no es la propia substancia del niño; es otra que, sin embargo, le pertenece. El cosmos se ha convertido para el niño en un espectáculo del que él se siente único espectador. Los demás figuran como partes del espectáculo. Todo lo que ocurre pasa para que él lo vea; todo lo que existe le pertenece y está a su servicio. A pesar del uso correcto del "tuyo" y del "mío", prescinde del mío de "los demás" y lo hace todo "suyo".
El niño tiene ganada la fama de ser egoísta, pero puede ser tan egoísta como yo o como otro adulto cualquiera, porque el ser egoísta es una condición humana que puede aparecer en todas las edades. Antes de la adolescencia, raras veces es egoísta. Lo que ocurre es que, sin serlo de por sí, se torna egoísta por culpa del ambiente que lo rodea. Por mi experiencia he de decir que he encontrado más casos de egoísmo entre los niños de las clases adineradas, y más casos de generosidad entre los niños de las clases menesterosas. No debemos confundir la posición egocéntrica con el egoísmo. El egoísta quiere las cosas para sí sabiendo que existen los demás, antepone su conveniencia a la de los otros. El egocéntrico sabe algo de la existencia de los demás, pero no la considera, y al no considerarla, sintiéndose el centro de todas las cosas, las interpreta como si le pertenecieran. De aquí surge el conflicto con su hermano y con su vecino, que también considera como él que todas las cosas son suyas. Algunos adultos egoístas son individuos que de niños no consiguieron ser todo lo niños que eran para superar su egocentrismo.
El adulto generoso fue un niño que durante su etapa egocéntrica pudo ejercitarse en resolver por sí mismo y de una manera adecuada el gran conflicto entre el tuyo y el mío.
El niño, a pesar de que, en vez de adaptarse a la realidad, intenta adaptar ésta a su manera de ser, percibe la evidencia de unas experiencias que le dicen que están los otros que, como él, también consideran suyas todas las cosas. Entrando en conflicto el niño con la posesión de los otros, se encuentra con que, al disminuir su propiedad, aumenta su persona.
El niño sigue entre la permanencia y la progresión, pero ahora han cambiado las necesidades que ellas le procuran. Ahora desea permanecer en el mundo distinto que acaba de descubrir, manteniendo su conquista del espacio. De aquí surge la necesidad de jugar con todo y de permanecer en el "mundo mágico" que va creándose. La tendencia a la progresión lo introduce en el mundo de los adultos para descubrir nuevos espacios donde posiblemente hay cosas desconocidas. Y al encontrarlo acotado irrumpirá en él de una manera agresiva. Esta agresividad aumenta al sentirse rechazado por los adultos que no aciertan a comprender que ellos tan sólo constituyen un elemento más del gran espectáculo del mundo, cuyo centro se siente el niño. Desde el deseo de permanencia surge la necesidad de aislarse, conflictiva con los estímulos que intentan sacarlo de su aislamiento. Desde el deseo de progresión surge la necesidad de ser visto, conflictiva a través de las incursiones que alteran la tranquilidad y la conveniencia de los adultos.
También han cambiado los estímulos del ambiente. En sus primeros tiempos todos los estímulos que le llegaron tenían una sola procedencia y una misma tonalidad afectiva. Ahora la atención de la madre tal vez ha disminuido un poco por la autonomía de sus acciones y, porque además, es muy posible que tenga que prestarla a otro hijo. Ahora el interés de la madre por su hijo tiene una parte de curiosidad para ver lo que es capaz de hacer, curiosidad a la que se añade la de otras personas, que ahora lo "descubren" como gracioso o interesante, o como molesto e impertinente. Esta curiosidad de los adultos es la fuente de nuevos estímulos, casi siempre contradictorios, porque a veces intentan sacar al niño de su aislamiento, y otras veces tratan de eliminarlo para no sufrir sus molestias.
Él sigue sintiendo necesidad de afecto, menos protector que antes y, sobre todo, admirador de sus gracias y sus hazañas. Esta necesidad aumenta tanto más cuanto más disminuye la atención de la madre, y porque, con su mayor libertad y su mayor comprensión, se ha dado cuenta de que su madre tiene también otros afectos.
La necesidad de nutrición, entra muy a menudo en conflicto con la necesidad de juego, porque sigue jugando obstinadamente y aparece "inoportunamente" la madre con el plato de sopa; y también con las necesidades de evacuación, que ahora son sentidas de una manera distinta, gracias al hábito, natural o adquirido, de la limpieza. El conflicto que se establece es el de realizarlas y abandonar el juego, ó proseguirlo y no realizarlas.
El niño siente necesidad de compañía y de soledad a la vez. Dentro de su mundo mágico necesita de una gran soledad para poder disfrutar de la maravillosa compañía de sus elementos, que comienza a antropomorfizar. No puede soportar la intromisión de nadie en la magia de su mundo, y si alguien está cerca, lo aísla con su imaginación o lo introduce en su mundo como un elemento más. Pero de pronto siente la necesidad de que el adulto participe de su mundo, e irrumpe violentamente en el mundo de su madre o de su padre y los importuna, arrastrándolos hasta que logra que vean su mundo, y les habla de él como si lo vieran de la misma forma que él lo está viendo. Cuando éstos no saben participar de su magia, busca otra compañía porque necesita compartir su mundo con alguien que pueda ser como un altavoz de su propio entusiasmo y de su propia alegría. Esta compañía la encuentra en otros niños. En otras ocasiones, cuando su horizonte se aleja, cuando la circunferencia de su mundo se ensancha, al no sentirse centro, encontrándose perdido, necesita una compañía que lo ampare y lo proteja, y la halla en la madre si tiende a la permanencia, o en el padre si tiende a la progresión.
CAPITULO XI: El mundo como conflicto (Etapa egocéntrica II)
El niño llega al mundo con una determinada posibilidad de reaccionar a los estímulos externos. Esta reacción tiene un punto inicial impulsivo, que irá adquiriendo una tonalidad afectiva, cada vez de mayor contenido emocional, adoptando modalidades en las que intervendrán progresivamente las fuerzas rectoras del espíritu.
El temperamento es la forma primaria de reaccionar a los estímulos. El carácter es la forma secundaria. El niño no puede dar respuestas caracteriales antes de la etapa de la proyección. La posibilidad de tener un carácter se alcanza sólo cuando antes ha habido un temperamento que dirigir. La respuesta temperamental no es idéntica en cada individuo, depende de la rapidez o la lentitud de sus reacciones. Cuando el niño, en su día, alcance su respuesta caracterial, ésta se hallará a tono con las disposiciones temperamentales que tenga que examinar y dirigir. El niño, durante las etapas egocósmica y egocéntrica, no puede alcanzar de ninguna manera una respuesta caracterial; todas sus respuestas son temperamentales.
Sin temperamento no habría carácter; sin conflictos, el temperamento no podría transformarse en carácter. Para que el niño de etapas más avanzadas pueda iniciar su carácter, es necesario que desde su egocentrismo haya tenido conflictos. El niño demasiado protegido no puede tenerlos porque no vive a través de su temperamento, sino a través del temperamento de quien lo protege. El niño abandonado tampoco, porque la mayoría de conflictos se producen con los padres. El conflicto natural, espontáneo, es totalmente necesario para que el niño vaya acostumbrándose al roce con el mundo, roce del que habrá de surgir el comienzo de su carácter, que lo sacará de su errónea posición de creerse centro del mundo.
Uno de los primeros conflictos es el de decir que no. Se ha llamado a este momento de la maduración etapa de la terquedad. Yo prefiero llamarla del nonismo. Todos los niños son nonistas, pero no todos son tercos. Para entender el nonismo conviene considerar el significado de la palabra “no” y el valor que para el niño tiene el decirla. Fonética y gramaticalmente le es mucho más fácil decir “no” que “sí”. No siempre “no” es un adverbio de negación, sino una manera de manifestarse, de decir que se está presente.
Es también una resistencia a la constante persuasión que los adultos intentan ejercer sobre él para que haga lo que a ellos les parece conveniente; es una protesta contra toda intromisión en su mundo mágico. El final de la etapa egocósmica representa el descubrimiento de la yoidad, desde la que, va a entrar en conflicto con todos los otros yos que también tienen su determinación. Los otros son interpretados como unos extraños.
Para preservar su integridad personal, el nonismo es la mejor arma; anteponiendo el “no” a cualquier proposición, se defiende del adulto, que también dice “no” y se siente, por principio, en desacuerdo con todo lo que se le propone, dice no a todo sin saber qué es lo que se le propone, e incluso aplica su nonismo a aquellas cosas que podrían serle útiles para la magia de su juego.
La terquedad es una porfía molesta y cansada, el terco es pertinaz, despegado, desamorado, y desabrido. Por eso el niño, más que terco, es obstinado; pero, todavía no es muy capaz de resoluciones y propósitos, y menos aún de opiniones. Lo que, ocurre es que, deseando con toda su fuerza aquello que la conocido y lo atrae, no para hasta alcanzarlo. El conflicto surge entre el querer poseer un determinado objeto y el no querer que lo posea por parte de los adultos. El deseo implica una tendencia, una inclinación hacia lo deseado; pero esta tendencia no puede ser considerada como si estuviera ya dentro de la voluntad. Nada más lejos de la voluntad que el niño terco que posee para sí aquello que desea. Con la voluntad se puede anular el deseo para no poseer lo que se desea cuando no entra como un bien en nuestra escala de valores. El niño terco no quiere una cosa determinada, lo único que realmente quiere el terco es negar la voluntad de los demás.
El acto voluntario auténtico aparece tarde. La terquedad puede aparecer muy pronto. El niño obstinado quiere mucho una cosa, la desea vivamente, y hace cuanto puede para obtenerla. Cuando alcanza lo querido, no sabe poseerlo de una manera definitiva. Pronto desea otra. Lo quiere todo sin desearlo auténticamente. La terquedad, en el niño y en el adolescente, representa siempre una dificultad para la conducta voluntaria.
El conocimiento del propio yo no está nunca terminado. En cualquier edad nos interesa y nos apasiona aquello que podamos añadir a su conocimiento El niño vuelve a descubrir sus genitales, y su interés se dirige a ellos para incorporarlos a la imagen de su esquema corporal. Este descubrimiento es un hecho completamente natural, y es deseable que se produzca sin la intervención de los adultos. En él puede intervenir la imagen de los genitales homólogos o heterólogos de otros niños. Esto es también un hecho natural y deseable, mientras no intervenga en él la incorrección de nadie.
Los adultos ineducados pueden intervenir con sentidos muy distintos y opuestos, pero igualmente funestos. Cuando el niño se encuentra con esas gentes el interés natural por sus genitales o los de otros niños o niñas, deja de ser natural y pasajero y se convierte en un interés torpe y excesivamente duradero.
El niño no tiene bastante con ver las cosas para conocerlas; también ha de tocarlas. Por ello, hasta cierto punto es un hecho natural que toque sus genitales. Esto puede ser conflictivo cuando el adulto interviene con castigos inconvenientes o cuando el niño, llevado de su rutina, convierte la palpación pasajera y circunstancial en un juego buscando lo placentero. Depende de la sensatez del adulto que el conflicto desaparezca prontamente.
La conquista del espacio se produce de una manera distinta entre los dos sexos. La niña, especialmente apta para la conquista del espacio pequeño, tiene una mayor habilidad con las manos. El niño, más apto para la conquista de los amplios espacios, se ejercita con mayor empeño en correr, subir y saltar. Los ojos de la niña contemplan el espacio con una cierta vaguedad. Los del niño, de una manera más concreta. El niño comprende el espacio más aprisa, se orienta más pronto. El niño se siente más adherido a las personas; la niña, a las cosas. Las emociones son más extensas y variadas en la niña; en el niño, más profundas y duraderas. Cuando juegan mezclados, tan pronto como pueden se separan, prescindiendo los unos de las otras cuando ya son bastantes los del mismo sexo. El niño intenta imponer su tendencia, la niña no se impone, pero desbarata los intentos de la organización masculina. Cuando él no puede imponer su tendencia y cuando ella se siente en peligro de quedar demasiado sometida, se aíslan, y, dentro de su imaginación, realizan el juego tal como lo habían deseado.
En el juego, el niño pone en evidencia sus tendencias de construcción, de lucha, de conquista. La niña manifiesta su tendencia a lo maternal y doméstico. La niña lleva los vestidos con una cierta preocupación, con una ostensible satisfacción, con una evidente coquetería muy pronto. El niño los lleva con una notoria presunción en el primer momento, que prontamente se convierte en despreocupación y desaliño.
En la adolescencia y la juventud son distintos los individuos cuando ellos de niños, han vivido sólo con niños, o cuando ellas, de niñas, han vivido sólo con niñas. Al niño que no tiene hermanas le falta el pulimento que el matiz de la crítica femenina procura al hombre, haciéndolo menos seguro de aquello que no puede estarlo. La niña que tiene hermanos sabe utilizar su feminidad con mayor soltura y adecuación, porque la ha puesto en contacto con la crítica masculina, que le ha señalado a tiempo lo que era excesivo o tendía a lo ridículo.
El miedo es una inhibición o un olvido de las posibilidades del ser para defenderse, una forma de retirada o de huida cuando no se encuentra la respuesta adecuada a una situación asustadora. No siempre es una huida; también puede fluctuar entre una conducta aparentemente impasible y un violento despliegue de la ira. Parece como si para que existiera el miedo fuese necesaria la situación previa de estar asustado, e inmediatamente después un olvido de lo que uno puede hacer, o un no encuentro de la respuesta adecuada a la situación. Durante la etapa egocósmica, el niño ya ha sentido miedo muchas veces al encontrarse ante situaciones nuevas sin hallar la manera adecuada de alejarlas o de huir de ellas. Probablemente, no tiene miedo todas las veces que lo parece. Para tenerlo, es preciso que sepamos que estamos en el mundo, que estamos de una manera determinada, que esta manera se altera de algún modo y que no tenemos posibilidad de vencer esta situación: Esto no puede ocurrir en las primeras semanas. La etapa egocéntrica puede ser un periodo muy propicio para el miedo. El ruido y la pérdida de la base de sustentación son dos grandes fuentes del miedo; pero puede serlo cualquier situación desacostumbrada: lo no conocido es otra fuente, como también lo es la soledad.
Los animales son aceptados con un gesto acariciador; se tiene miedo ante ellos si el primer contacto ha sido súbito y desmedido, o cuando los padres le han contagiado el suyo. El miedo de los padres es la principal fuente del miedo infantil.
La aparición de otro hermano, especialmente en la etapa egocéntrica, puede aportar el conflicto de los celos. La proximidad del otro hermano no tiene la misma eficacia cuando, entre el uno y el otro, hay un cambio de sexo. Para su aparición, lo de menos es el hermano, porque los celos son el resultado del descubrimiento de que la madre tiene otros afectos. La posición de segundo hijo o de hermano con hermanos anteriores y posteriores próximos, es, la más apta para que, sin la soledad, pueda establecer el conflicto entre lo tuyo y lo mío, que da origen a una disminución del egocentrismo.
El niño celoso no desea la desaparición del rival: incluso puede sentir un afecto sincero hacia su hermano. Lo que desea que desaparezca es el afecto de su madre para el otro ser. Cuando se dirige a un hermano de pocos meses, el celoso adopta una actitud regresiva: se hace más pequeño, vuelve a las situaciones de su etapa anterior. Puede aparecer una actitud anuladora, de olvido, viviendo como si el otro no existiera; una actitud disminuidora, poniendo en evidencia ante la madre las imperfecciones que pueden disminuir su valor; una actitud de amparo, protegiendo y cuidando al otro para que no tenga que hacerlo la madre. Cuando todas estas actitudes fracasan, puede acudirse a la actitud agresiva, haciendo daño al otro. Cuando el otro ser que recibe el afecto de la madre es una persona mayor, la actitud celosa adopta la modalidad neurótica para provocar un nuevo interés hacia su persona. Cuando los celos no son excesivos y el ambiente es correcto, pronto desaparecen, y el niño sale de ellos con una noción más exacta de a realidad v de la necesidad de la convivencia.
CAPITULO XII: Saber y sentir (Etapa egocéntrica III)
El niño, desde su centro, contempla el mundo como desde una ventana, y cuando los nuevos elementos han penetrado por ella, la cierra para que no se le escapen. Esta búsqueda no tiene sistematización alguna, y si se produce de una manera más o menos selectiva, obedece principalmente a motivos de simpatía. Se da cuenta de algo que había visto ya cien veces el día que aquello coincide con lo que conviene a su juego.
El saber está supeditado a las circunstancias de la familia y del grupo social; ello ha contribuido a que quien sólo conocía al niño encerrado entre las cortinas de un piso, creyera que a la niñez no le interesa la Naturaleza. Pero este mismo niño encerrado, tan pronto como por una de sus rendijas ve un pájaro, una flor, un pedazo de Luna, siente polarizado todo su interés hacia estas cosas, que introduce en su mundo mágico. Gracias a la adquisición de los conocimientos de la Naturaleza, aumenta su tendencia antropomórfica. Su necesidad de saber, impulsada por motivos de índole más afectiva que intelectual, le dará un concepto inexacto de la realidad, porque habrán sido eliminados previamente de ella muchos elementos que perturbarían la magia de su juego, y porque los admitidos serán deformados según la conveniencia de sus intereses. La necesidad de saber le crea conflictos con los adultos y también le crea conflictos consigo mismo cuando el conocimiento nuevo no encaja con los ya adquiridos.
Para el niño no pasa el tiempo; lo que pasa son sus actividades. No son las doce o las seis sino la hora de comer o de salir a paseo. El ritmo del tiempo es distinto, según las edades. El tiempo de la niñez tiene un ritmo lentísimo, que permite al niño saborear cada uno de los momentos que pasan, colocándolo en situación conflictiva con el adulto, que tiene prisa. La conquista del espacio es indispensable para que el niño pueda llegar a la noción del tiempo. Cuando llega a comprender lo que está delante y lo que está detrás de él, empieza a tener la noción de lo pasado y de lo futuro
Su afecto se adhiere de una manera tal a las cosas de su contorno, que las vive en su dintorno como si estuvieran siempre presentes. A la fractura de este presente vienen a ayudarlo sus experiencias, en especial, las dolorosas. Y como del dolor nace la esperanza, empieza a vivir la ilusión, que llegará a su presente y que en aquel momento está en un tiempo futuro. A pesar de nuestra tendencia a olvidar lo que fue desagradable, nos sentimos siempre adheridos a nuestro tiempo pasado a través de algún dolor de nuestra infancia, y nos sentimos proyectados hacia lo futuro por la apetencia de algo agradable que esperamos.
El afán de permanecer y el afán de progresar contribuyen también a la noción del tiempo, porque la madre es vivida intensamente hoy a través del recuerdo de lo que era ayer. Progresar es caminar hacia delante, lo cual no puede acabarse en el momento presente que se vive, necesita un mañana, un tiempo futuro, para seguir caminando. El niño llega antes que la niña a la noción del tiempo. Comienzan los dos por el sentido de que antes de hoy era ayer, y después de hoy será mañana. No saben diferir una cosa para esta tarde, porque la quieren para hoy.
El niño siente la necesidad de estar vinculado a alguien, y lo hace en los seres que tiene más cerca, sobre todo cuando los padres realizan la misión que les corresponde, protegiendo ella y guiando él. En la madre siente su tendencia a permanecer, y en el padre, su tendencia a progresar. Esta vinculación, con el transcurso de los días, y gracias a las experiencias adquiridas en torno al padre y la madre, podrá ser dirigida conscientemente; pero en estos primeros momentos, y durante, algún tiempo, es promovida por un impulso inconsciente que adivina en la madre la unión con lo pasado, con lo fundamental de la vida, e intuye en el padre la progresión hacia lo futuro, la fuerza que realiza lo que se espera y se desea.
No siempre es exactamente comprendida la figura del padre; si bien el niño tiende a admirarlo como ser omniciente y omnipotente, también ve en él a aquel que se le anticipa en su proyección, reaccionando de una manera agresiva contra su autoridad, cuando es ejercida de una manera excesivamente direccional. La niña vincula la progresión tanto al padre, que sirve de ejemplo proyectando su persona, como a la madre, que proyecta su feminidad en sus quehaceres. Si la madre cree que para ser tal no necesitaba ninguna cultura, se convierte en un obstáculo para la proyección de su hija. Cuando la madre cree que todas las culturas son aptas para la maternidad, la hija ve en ella un paradigma para su progresión. La hija puede tornarse agresiva contra la madre cuando ésta guía de una manera excesiva.
Todo lo que del no yo entra en el yo partiendo de un estímulo exterior, tiende a convertirse en imagen. Esta imagen está adaptada a la realidad, pero no es exacta a ella, porque ha penetrado en mi interioridad y yo le he añadido algo. No queda dentro como un elemento aislado, sino que se une a otras imágenes integrándose en una imaginación que equivale a una experiencia interna. Esta experiencia está en la base de todo quehacer humano.
Para conocernos necesitamos una imagen de la totalidad de nuestra persona. El hombre no sólo es lo que ha sido, sino que también lo que imagina que será, y en este imaginar entran una serie de experiencias internas no ocurridas en la realidad y que tal vez no ocurrirán nunca. El niño es lo que se imagina que es y ya está siendo en su experiencia interna y en su experiencia externa del juego, donde las cosas llegan a ser, en su concepto de la realidad, como son en la irrealidad de su mundo interior. No todos los individuos tienen la misma capacidad para la imaginación, y los hay que la tienen tan escasa, que sienten su vida reducida a lo más inmediato. Otros, en cambio, construyen en su imaginación un mundo propio, que no comparten con nadie y que les sirve como caparazón para no sucumbir a las asperezas de la realidad. Es muy corriente pensar que esto es lo que ocurre en todos los niños, pero no es cierto porque también hay algunos que sólo saben vivir de lo más inmediato.
Si la imagen de las cosas concretas coincide casi siempre con la realidad de las mismas, no ocurre igual con la imaginación, puesto que es una suma de imágenes que se interfieren, la imaginación anticipada de las situaciones y las realidades de la vida procura tantas veces sorpresas más bien desagradables La imaginación sirve para un conocimiento ulterior, puesto que volvemos a conocer las cosas cuando, imaginándolas, las explicamos.
Al lado de la imaginación, o formando parte de ella, tenemos la fantasía, y la fantasía no sólo nos permite vivir lo futuro, sino también lo puramente posible. La imaginación no crea imágenes nunca vistas, sino que crea una nueva relación entre las imágenes conocidas. Gracias a esta nueva relación, el niño consigue ser cazador de leones entre las sillas de su habitación. Para él, la realidad de la Creación es una irrealidad creada por el mismo.
Gracias al sentimiento, el niño, antes de conocer su persona, la siente; por eso los sentimientos tienen una gran significación para la persona porque le sirven de señal de preparación para unos fines, y tienen una significación para los demás porque se expresan a través del rostro, del gesto, y porque conducen a una determinada conducta que explica lo que somos. El sentimiento, como el afecto y la emoción, pertenece al estar siendo, pero también pertenece al ser, porque es una suma de emociones que, a través de su repetición y de su recuerdo, penetran en la conciencia y se hacen permanentes.
Los sentimientos superiores no vuelven atrás; se quedan formando parte de la persona dispuestos a prestarle sus servicios. En los momentos decisivos de la vida, el sentimiento de la familia, el sentimiento de la comunidad, el sentimiento de Dios, el sentimiento de la propia dignidad, si estaban atenuados, reaparecen, y el hombre vuelve a ser lo que realmente es, cuando en su formación cultural el sentimiento ha tenido una intervención tan decisiva como la inteligencia.
Para que los sentimientos aparezcan no basta que se hayan producido las emociones; es necesario que éstas puedan ser concienciadas. La etapa egocéntrica, en sus comienzos, es predominantemente emocional; pero a medida que aumenta la conciencia, también aumentan los sentimientos y cuanto más madura el niño, tanto más capaz es de enriquecer su persona con sentimientos nuevos..
CAPITULO XIII: El mundo mágico
El mundo mágico no pertenece a la etapa egocéntrica, sino que todas las etapas pertenecen al mundo mágico. Lo mágico es lo extraordinario y maravilloso que vemos o hacemos ver a los demás por medios que se escapan de los usos más habituales pero que están aún dentro de la Naturaleza que nos rodea. El mundo mágico surge de aquello que hay en nosotros de poeta y nos permite crear un mundo imaginario, en el que se realizan nuestras aspiraciones de bondad y belleza, tantas veces irrealizables en el mundo cotidiano.
Muchos hombres no lo tienen hoy, pero si de niños. Este joven y este adulto sin mundo mágico buscan el refugio contra el mundo cotidiano, en el vicio, la perversión, la delincuencia, fueron niños a quienes una circunstancia adversa o una sociedad materialista mató muy pronto al poeta que llevaban dentro.
El juego no es la manifestación de una energía superflua. El adulto juega cuando está cansado. Juega para recuperar las fuerzas y verter hacia fuera su cansancio. Cree -y con ello se engaña- que juega para entretenerse. Se entretiene el que no tiene nada que hacer. El que tiene mucho por delante, el que trabaja, no se entretiene, se divierte; es decir, vierte al exterior lo que lleva dentro y le estorba. Se divierte no porque no sepa qué hacer, sino porque ha hecho todo lo que tenía que hacer. O, aún más, porque ha hecho demasiado.
El niño sólo está cansado de tanto jugar; a medida que avanza por la vida seria necesita el juego para verter fuera el cansancio de su estudio. El niño, ni se entretiene ni se divierte. Juega para afianzar su conquista del espacio, para conocerse a sí mismo, conocer el mundo, hacerse un refugio, aprender a vivir, afirmar su presencia y entrar en la comunidad.
El juego es una actividad que subsiste por sí misma, lo que importa es la actividad misma, por puro placer, sin finalidad. Jugando podrá recorrer el espacio que lo separa de las cosas. Recorriendo estos lugares, afianza cada vez más su conquista del espacio. La actividad del juego le da una seguridad de equilibrio, va realzando la distinción entre su persona y las cosas.
Jugando, se conoce a sí mismo y conoce el mundo que lo rodea. En este mundo hay cosas desagradables, y el juego le sirve de refugio contra ellas. El niño no se da cuenta de que en el juego hallará una preparación para la vida seria, pero va hacia él porque es una parte consubstancial de su vitalidad. El niño realiza su niñez jugando como si ya no fuera niño, como si ya fuera un papá, o un médico, o un guardia de la circulación. Es una preparación para la vida. Con el juego, el niño afirma su presencia; de pequeño, sacudiendo la cuna, riendo, dice: “Estoy aquí”. Además, esta preparación para la vida gracias al juego, viene completada por la preparación que el juego también representa para la entrada en la comunidad. El niño juega complacidamente a una infinidad de juegos que va inventando él mismo, pero también juega entusiásticamente a otros que le han sido propuestos por la tradición comunitaria a través de su hermano adolescente, de su vecino, que los aprendió de sus padres o de sus abuelos.
La magia del juego consiste en que un simple palo de madera tenga, las crines y haga los relinchos del caballo; que un pedazo de trapo, se convierta en el recién nacido a quien se amamanta. Es dar valor a un objeto cualquiera que en la realidad no tiene valor alguno, transformar una piedra en montaña con la sola palabra que se la designa. La magia del juego consiste en trazar con el lápiz un garabato y ver en él la exacta representación de una figura concreta y definida.
Ha sido el adulto el que ha inventado el juguete. El niño, por sí solo, nunca lo hubiera hecho, porque el juguete le roba la poesía, la imaginación de sus juegos, añadiéndoles algo excesivamente real, algo demasiado parecido a lo cotidiano.
El tren eléctrico, no será nunca más que lo que es, mientras que el bastón será caballo de carreras, fusta, espada, flecha, fusil o caña de pescar.
El juguete sólo es válido cuando sirve de punto de partida, no de punto final; cuando, al imaginar cosas sobre él, puede llegarse mágicamente a algo que no está en él mismo, a algo que uno le añade. Y esto no sólo en las primeras edades; en cualquier momento, el juego, por muy organizado que esté, por mucho que obedezca a unas reglas, por muy complicados que sean sus elementos, lo mejor que tiene es la ilusión que lo precede, la imaginación con que se realiza y el recuerdo mágico que deja.
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