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Por Jerónimo de Moragas
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Extracto textual del libro de Jerónimo de Moragas, Psicología del niño y del adolescente
Capítulo VI: Contacto con el mundo (Etapa egocósmica II).
Capítulo VII: Relación con los otros (Etapa egocósmica III)
Capítulo VIII: El lenguaje (Etapa egocósmica IV)
Capítulo IX: Vida consciente y vida inconsciente.
CAPÍTULO VI: Contacto con el mundo (Etapa egocósmica II)
El niño está dentro del mundo, y el mundo está dentro de él; íntimamente unidos, confundidos. Él es el frío que tiene y la manta que lo abriga; es el hambre que siente y la leche que lo alimenta. Durante esta etapa, el niño ha de descubrir.
1º Descubrirá la imagen de su esquema corporal, base de su futura noción del yo.
2° Descubrirá la imagen del perimundo, base de su futura noción del no yo.
3° Descubrirá que debe establecer una separación entre él yo y el no yo.
La primera experiencia que el cuerpo da a la persona es la de su corporeidad. El niño, se pone en contacto con su exterioridad y con su interioridad. Porque se nutre y porque se mueve, adquiere dos sensibilidades: una interior y otra exterior, que, sumándose, le procuran lentamente la imagen de su cuerpo, de aquello que un día podrá designar como su yo.
También toca la cuna, las cosas y el pecho de su madre. A través de ellos entra en relación con su perimundo. A medida que prosigue su maduración motora, irá alcanzando una cierta verticalidad y aumentará su conocimiento de su yo y de su no yo. Con el cuatripedismo verá que no son los objetos los que se mueven, sino que es él que va hacia ellos, y podrá separar el yo del no yo
Mas para ello habrá sido preciso que se produjera, empujando la evolución del ser, una sincronización y un ejercitamiento de las funciones: la posibilidad de dar unas respuestas psíquicas, el desarrollo de los sentidos y las sensibilidades, una maduración del movimiento y la aparición de la palabra.
El niño irá perfilando su fundamental empresa de adquirir la imagen de su esquema corporal. Ésta es adquirida paulatinamente a través de la satisfacción e insatisfacción de sus necesidades.
La manera parsimoniosa de la formación de esta imagen está regida por la rapidez o lentitud del desarrollo de las funciones visuales, auditivas.y táctiles. Esta formación no habrá terminado hasta que el niño no haya conseguido la posición vertical e iniciado la marcha". Para que un organismo funcione normalmente es preciso que esté recibiendo constantemente estímulos sensoriales, y que éstos sean variables".
En el momento de nacer, ojos, oídos y manos ya son capaces, anatómicamente, de contribuir a la formación de la imagen del esquema corporal y a la captación del perimundo; pero funcionalmente les falta la ejercitación necesaria para hacerlo de una manera totalmente útil. Los ojos, por ejemplo, verán más cuando sus movimientos se hayan sincronizado con los de la cabeza, para escuchar, y con los de la mano para coger. Esta sincronía, gracias a la cual se enlazarán las sensaciones auditivas con las visuales y las táctiles, irá haciendo cada vez más posible el ejercitamiento necesario para conseguir la imagen del esquema corporal y la noción del perimundo.
El niño tiene ya desde el primer momento la posibilidad de recibir un estímulo exterior y darle una respuesta. Pero No hay que confundir las respuestas psíquicas que da el recién nacido, a los estímulos que recibe, con los actos reflejos, que constituyen un fenómeno automático sin participación del alma. El reflejo es una reacción ineludible e inevitable a un estimulo siempre idéntico. La respuesta psíquica no es ineludible; puede presentarse o no, con mayor o menor intensidad, independientemente de la intensidad del estimulo. Las primeras respuestas son a veces tan vagas; que parecen estar muy cerca del reflejo, pero reacción refleja y respuesta psíquica son dos fenómenos distintos. El uno corresponde exclusivamente al cuerpo; el otro, al cuerpo y al alma.
Entre las respuestas psíquicas las hay que, buscan el estímulo cuándo es agradable, o evitan el estimulo cuando es desagradable. Son más intensas cuando se refieren a estímulos desagradables. La respuesta de defensa es una de las más diferenciadas. El recién nacido es capaz de alejar el estimulo desagradable con unos movimientos variables, que pueden adaptarse plásticamente, a los diversos estímulos. Puede alejar el objeto estimulante rechazándolo, o alejarse de él huyendo. Estas respuestas no es preciso que sean provocadas artificialmente, pues también las producen situaciones naturales y cotidianas, como el enfriamiento, el calor excesivo, la mojadura.
No hay ningún argumento fisiológico para suponer que el recién nacido no sea vidente; seguramente no será una visión exacta, pero hay algo más que dificulta que la visión sea exacta: la falta de ejercicio. El recién nacido ve y en muchos casos mira; también oye, puede discriminar entre distintos ruidos; al final de la segunda semana reconoce la voz de su madre. El sentido del olfato es el menos desarrollado en el recién nacido por la escasa evolución, de las vías olfatorias. Al contrario que el del gusto, junto con el táctil y el estático, por ser los más convenientes a sus necesidades de alimentarse y de formar su esquema corporal, dos funciones muy relacionadas con el instinto de seguridad.
Al nacer, el niño salió de la oscuridad más completa, y estableció contacto con el mundo: luces, sonidos, ruidos, contactos con objetos y personas, empezaron a provocarle estímulos. A este reclamo del perimundo se añadió el impulso a la progresión, motivando movimientos inespecíficos y movimientos dirigidos a satisfacer necesidades. Incitado a ver las cosas, a oirías, tocarlas, no alcanzaba siempre a mirarlas, escucharlas, cogerlas; le faltaba el enlazamiento de las sensaciones diversas para llegar a una percepción correcta del mundo con el que iba estableciendo contacto, y, ante, todo, le faltaba separar cada sensación, sentida dentro de sí, del objeto del perimundo que la producía. Cuando se mueve el objeto, los ojos, la cabeza y las manos se dirigen hacia la nueva situación. Pero en ésta, el objeto y sus sensaciones siguen permaneciendo en la interioridad del niño. Cuando el movimiento del objeto es tal que ya no puede verlo ni alcanzarlo, adquiere la primera experiencia de que el objeto ha salido de su interioridad. Cuando el objeto es colocado no tan lejos como para no verlo, pero sí para no alcanzarlo con las manos, éstas descubren, que, haciendo un movimiento más largo, pueden llegar hasta el objeto cruzando el espacio.
Entonces la distinción entre su yo y su no yo será casi definitiva. Sólo le faltará establecer con la palabra una nueva distinción entre él y lo que lo rodea.
El movimiento es la facultad que tenemos de dirigirnos con todo nuestro cuerpo o parte de él hacia un objeto determinado. Y también la de apartarnos de un estímulo u objeto del perimundo. Para que el movimiento se produzca, es preciso que se dé un impulso de progresión. La maduración del movimiento es lenta; varía mucho de niño a niño, ya que, por razones genéticas y metabólicas, varía también la maduración encefálica y, sobre todo, la circunstancia ambiental del niño.
CAPÍTULO VII: Relación con los otros (Etapa egocósmica III)
En este momento la búsqueda de la madre con los ojos, el reconocimiento de su voz, no es un reconocimiento de ella como madre, sino como mujer que le da alimento. El reconocer a la madre como tal, el penetrar en la vida de relación con ella, llegará algo más tarde cuando la madre haya conseguido establecer con él un lazo más profundo que el que procura la satisfacción de la necesidad nutritiva; cuando haya satisfecho su necesidad afectiva de seguridad amorosa. Entonces el niño sonríe por primera vez a la madre, de una manera distinta a como lo hará más tarde a otras personas; porque encuentra en ella la base dé su seguridad, y porque ella, lo introduce en el mundo y lo pone en contacto con las cosas; le sonríe buscando el diálogo; porque tiene la experiencia de que con su sonrisa obtiene algo de ella. Posiblemente, la sonrisa a la madre no es sólo un pedirle algo, sino también un ofrecerle; no es tan sólo el medio para obtener una compensación egoísta, sino también para darle algo de su afectividad.
También se relaciona con la madre con el juego de sus manos y de sus pies, con sus gritos y su balbuceo, que le sirven para dar testimonio de su existencia. Cuando la madre no existe, o está ausente, el niño busca aquella relación con la persona que lo cuida haciendo las veces de su madre. El llanto es muy a menudo una manera de dar testimonio de su existencia, una manera de no pasar inadvertido. Durante las primeras semanas, el niño no llora; sólo grita, y lo hace sin lágrimas; posteriormente, el grito se acompaña de llanto con lágrimas, y más adelante aún, el llanto se produce sin gritos.
La madre introduce al niño en la relación con las otras personas. Junto a ella aparece enseguida el padre, prontamente distinguido de la madre y de las otras personas. Luego los hermanos y más tarde distingue a las personas que habitualmente entran en su perimundo.
La relación con el padre ha sido muy mal comprendida por algunos hombres que han confundido su periférica virilidad con el desinterés y el egoísmo, creyendo que no debían interesarse por sus hijos pequeños ni que éstos pudieran interesarse por ellos. Y también ha sido mal comprendida por ciertos psicólogos, empeñados en demostrar las teorías edipianas. Pero en la realidad, ya durante los primeros meses, el niño y la niña pueden hacer una distinción tal de su padre, que la relación con él iguale a la de su madre.
Respecto a las personas nuevas, establece entre ellas una relación por simpatía o antipatía, intentando atraer a las primeras con su mirada, su sonrisa, su balbuceo, y rechazando a las segundas volviendo la cabeza, agarrándose más fuerte a quien lo sostiene, o escondiéndose entre su ropa si ha llegado ya a la postura bípeda.
La relación del niño con su padre y con las demás personas no se limita a ser una provocación de actitudes en el otro, a una manifestación de las propias querencias, sino que consiste también en una imitación de la actitud de los otros. El niño y la niña imitan el gesto, la mímica, el tono de la voz del otro; esto va a ser de gran importancia para el desarrollo de la persona, que se irá realizando a través de una copia de los mayores, que, aunque inconsciente, será cada vez más deliberada.
Al tiempo que distingue unas personas de otras, también aprende a distinguir los objetos entre sí. Ya su madre le sirvió para distinguir el pecho o él biberón, de la cuchara; la esponja, de la toalla; el bote de los polvos, de la botella de la colonia. Prontamente también se alegrará cuando, después del aseo minucioso, regrese a su cuna y vuelva con ella junto a la luz de una ventana que le ha procurado ya tantos estímulos.
Cuando haya descubierto ya el espacio y lo haya ampliado andando, se dirigirá de un objeto a otro, y aunque vuelva siempre a los que ya le son conocidos, sentirá la gran atracción de todo lo desconocido y mirará todos los objetos, tanto con sus ojos como con sus manos; e irá haciendo el inventarió de lo que haya en su perimundo.
La relación con los padres, los hermanos, las demás personas, además de buscarla el niño con el movimiento y antes de poder hacerlo con la palabra, o cuando ya está haciéndolo con ella, la busca también con la expresividad. Expresarse es manifestar lo que uno piensa o lo que uno siente, por medio de un signo sensible. Este signo será una palabra, una frase, un grafismo, un movimiento del rostro, una actitud del cuerpo, un gesto de la mano.
El niño durante los primeros meses sólo se expresa mediante la expresión de su rostro. Después del primer año puede hacerlo ya con su lenguaje interjeccional, con el gesto de la mano y con la aparición de la risa. Dentro aún de la etapa egocósmica, el lenguaje puede expresar también una cierta manera de pensar, aunque en él seguirá teniendo una mayor importancia lo afectivo.
La sonrisa puede convertirse en risa después del primer año. Más tarde puede aparecer ya ella sola, sin ser precedida de la sonrisa. Ésta tiene un valor más expresivo que la risa, porque cuando uno sonríe, es su persona la que sonríe; en cambio, cuando uno ríe lo hace mucho más con aquello que tiene de común con los demás. Más tarde surge el sentido de lo cómico. Entonces la risa puede ser uno de los caminos más amplios para la relación con las personas, favoreciendo la comunidad con el que ríe, estableciendo con él una complicidad
Los afectos penetran alterando el sentido de nuestro ser. Sentimos que algo ha variado en nosotros, algo que ha cambiado el tono de nuestro estado de ánimo hacia el placer o el displacer, algo de lo que a veces sólo tenemos conciencia de que ha alterado nuestro ser cuando hemos recuperado el estado de ánimo plácido. Pero en otras ocasiones la alteración, por ser mucho más intensa, invade la totalidad de la persona y la subordina a su vivencia provocando alteraciones somáticas de rubor, temblor, palidez, taquicardia etc. La emoción nos explica cómo somos, y lo explica a los demás. Con nuestra emoción expresamos algo que forma parte de lo más substancial de nuestra mismidad: nuestra manera de reaccionar al intramundo y ante el perimundo. No es ésta la reacción motora del instinto o del impulso; se trata de una reacción más íntima, en la que interviene mucho más nuestro ser y que, aunque venga a alterar todas nuestras percepciones momentáneas, penetra mucho más en nuestra conciencia y nos da un conocimiento, si no más claro, sí mucho más intenso de las cosas y, ante todo, de nosotros mismos.
Además de expresarnos, nos adapta al estímulo o situación que la provoca. La emoción aumenta el conocimiento subjetivo de la relación entre el yo y las cosas, entre el yo como totalidad, y la intimidad como forma de la figura del ser.
Cuando el niño se emociona al descubrir cualquier realidad del mundo, aquella realidad le es conocida ya como cosa que no está en su perimundo, sino en su intramundo. El niño, que en su primerísimo comienzo no podía ser consciente de sus emociones, llega a poseer la conciencia a través de ellas.
CAPÍTULO VIII: El lenguaje (Etapa egocósmica IV)
Dos actitudes definen al hombre como ser distinto de los otros: la posición bípeda y el lenguaje. El niño va a alcanzar las dos durante su etapa egocósmica. Lo que lo hace distinto de los otros es el que desde la posición bípeda su visión del mundo es completamente distinta y, por ello, puede pensar en torno al mundo, y si puede hablar, es porque piensa y ha descubierto que la palabra es el significado y la expresión de su pensamiento.
Para comprender el lenguaje del niño hay que pensar que esta función está mucho más involucrada en la maduración psíquica que en el desarrollo motórico. Cuando el niño ha descubierto las distancias del espacio, para separar radicalmente su yo de su no yo sólo le falta darse un nombre a sí mismo y dar otro nombre a las cosas del mundo. Necesita de una palabra con la que poder expresar algo concreto cuando está cerca, y representarlo cuando está ausente.
El niño no habla, al principio, porque no tiene nada que decir. No tiene ningún pensamiento para expresarlo. Antes de que aparezca el lenguaje, ya ha aparecido la palabra, y antes que la palabra, el fonema. Con la sucesión y repetición de éstos forma el balbuceo. El lenguaje obedece a una necesidad de expresarse, y mucho antes de que la imitación pueda comenzar, el niño ha expresado ya interjeccionalmente muchas experiencias agradables o desagradables por medio de sus fonemas.
Ni el grito ni el balbuceo son lenguaje aún, pero son muy necesarios para su ulterior formación. Cuando el niño de unas pocas semanas llora y grita, " expresa " lo que no puede expresar de ninguna otra manera. El balbuceo está formado por sonidos labiales, como "ma" o "pa" pero puede ser muy rico en formas y, muy semejante en todos los pueblos, por distanciados que vivan. En el balbuceo hay muchas veces una imitación de sí mismo, repitiendo un fonema nuevo que ha aparecido súbitamente en su balbucear; aparecen a veces fonemas que no existen en el idioma habitualmente hablado en su medio. Pero un día estos fonemas pueden indicar una determinada persona o un determinado objeto, y convierte el ma-ma-ma, en " mamá ". En tal día, aquel fonema tiene ya el valor de una primera palabra, que si gramaticalmente tal vez no es correcta, desde el punto de vista del lenguaje, como expresión, tiene ya un valor decisivo.
Yo no me atrevería a afirmar que el niño es capaz de inventar todo un lenguaje. Pero me resisto a aceptar que sólo lo produzca por imitación del lenguaje de los adultos. La necesidad de expresarse impulsa al ser hacia la manera de hacerlo, hacia la palabra. El niño acaba diciendo lo que quiere decir, oyendo cómo lo dicen los demás; mas para su lenguaje, lo esencial es que quiera hacerlo.
Este querer hablar es el motor que lleva al niño a la creación de palabras completamente nuevas, sin relación fonética alguna con las del lenguaje gramatical. Si estas palabras inventadas desaparecen enseguida, es porque el impulso de progresión permite al niño descubrir muy pronto el valor social del lenguaje, que lo conduce a la imitación de las palabras oídas, porque no sólo tiene la necesidad de expresarse, sino también la necesidad de ser entendido.
Cada objeto distinto de otro necesita un nombre que acabe de delimitarlo. El niño da individualidad a los objetos con su nombre; es como si los nombres tuvieran mayor realidad que las mismas cosas. Los objetos son distintos porque hay una palabra que los significa. A través del significado de las palabras, el niño llega a poseer el mundo de una manera nueva.
El niño comienza el juego de sus melodías silábicas. Después de largos ejercicios, va aprendiendo que aquellos sonidos pueden representar algo. Entonces utiliza un lenguaje con el que aspira a entenderse a sí mismo y hacerse entender por los demás. Con la unión de dos o más fonemas parece que diga una palabra.
La primera palabra que usa el niño con el sentido de ser ya un lenguaje, es un substantivo pero desde el punto de vista del lenguaje tiene el valor de una frase. Durante algún tiempo, para el niño la palabra seguirá siendo una frase en la que van involucrados un substantivo que expresa un objeto determinado, un verbo, que expresa la acción de aquel objeto o una acción en torno a él un adjetivo adjetivo que expresa alguna cualidad del objeto o un adverbio que expresa alguna de sus circunstancias. Así, “sopa” puede querer significar: “quiero la sopa que está buena y está allí”.
En el espacio en el que hay todos los elementos substantivables, también está el que los substantiviza, y éste también necesita una palabra que lo signifique. Éste requiere la palabra yo, que no será usada como pronombre, sino como nombre. Con esta palabra quedan constituidas las dos categorías del yo y del no yo. El nombre que el niño se da a sí mismo la mayor parte de las veces es una palabra imitada. Se llama a sí mismo Pedro o María, porque así lo llaman los adultos. Pero un día descubre que los adultos, cuando hablan de sí mismos, no usan su nombre, sino su pronombre, y él, por imitación, no tardará en convertir su nombre en su yo. Del otro yo de su hermano o de su vecino surge un engrandecimiento de su propio yo, porque aquél le hace imitar el pronombre tú para referirse a su hermano o a su vecino, con lo cual dará una nueva distinción a su. Estos dos pronombres serán pronto reforzados, en su valor de substantivo, cuando añada a ellos los adjetivos "mío" y "tuyo", quedarán una mayor fuerza a la posesión del "yo".
El lenguaje queda dentro de nuestra conceptuación enclavado en la inteligencia. En el niño es, antes que un fenómeno intelectual, un fenómeno afectivo. El lenguaje nace de los movimientos mímicos y fónicos que expresan la emoción. Fundamentalmente, el lenguaje tiende al diálogo, y el niño ya dialoga con el adulto antes de poder utilizar palabra alguna. Antes de hablar se explica con el gesto, y entiende el gesto del adulto y, ante todo el tono afectivo de sus palabras.
Cada niño tiene su cronología del lenguaje de acuerdo con su forma personal de ser, a tono con su maduración de los aparatos auditivos, fonatorios y articuladores, a tono con su manera de ser afectiva, con su nivel de inteligencia, a tono con las circunstancias de su ambiente.
La ampliación del vocabulario no es cosa de una sola de las etapas de la maduración, sino de todas las etapas de la vida. El niño pasa de la cosa a la palabra, ampliando su vocabulario. Más tarde, busca la cosa representada por la palabra nueva que repite, y al ampliar, por imitación, su vocabulario, amplia también el conocimiento del mundo. La ampliación del vocabulario no es cosa de una de las etapas de la maduración, sino de todas las etapas de la vida, y cada cual va realizándola de acuerdo con sus posibilidades intelectuales.
El ambiente influye, y es mucho más amplio el vocabulario del niño atendido por una madre afectuosa que le dice cosas tranquila y pausadamente. Además, la niña comienza antes que el niño con el lenguaje, y su vocabulario es más extenso, pero el niño alcanza antes la corrección sintáctica.
CAPÍTULO IX: Vida consciente y vida inconsciente
La norma fundamental por la que estimamos que nuestra actitud, frente a un hecho o a una situación, es la conciencia moral que cada uno tiene, ésta, queda involucrada en la conciencia como fenómeno psíquico; pero tener conciencia, psíquicamente, es saberse a uno mismo, saber quién es uno. La conciencia es la totalidad de las experiencias del ser en un momento dado. Experiencias externas e internas. Es conocer, sentir y querer dentro de uno lo que le pasa a su persona y lo que hace, lo que les pasa y hacen los demás seres. No es un fenómeno pasivo, sino una actividad que está por encima del querer, del sentir y del pensar, dándoles una unidad que los organiza y resume. No es un hecho aislado y sin continuidad; es algo que está surgiendo siempre de una manera continua y de una manera nueva como el agua de una fuente. Es la continuidad ininterrumpida de las experiencias de una serie ininterrumpida de momentos. La conciencia nunca es la misma, porque a cada minuto el saber que me da de mí mismo es el saber de una cosa distinta Siempre está aquí surgiendo, dándonos el saber de nosotros mismos, indicándonos qué es lo que hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos. La conciencia es un diálogo con la mismidad.
El hombre no sólo tiene conciencia, sino que, además, sabe que la tiene. Este saber que se tiene conciencia es tal vez lo que distingue y separa de una manera más clara la conciencia del adulto de la conciencia del niño. El niño, a partir de un determinado momento, tiene conciencia; pero aún no lo sabe. Sabe quién es, dónde está y cómo está. Entrar en la edad de la conciencia quiere decir, para el niño, que comienza a saber que tiene conciencia. Si ésta es una unidad que organiza y resume nuestro querer, sentir y pensar, su aparición dependerá de lo que sean estos elementos, del momento en que hayan aparecido y de la manera cómo lo hayan hecho.
Lo que el niño va conociendo de su perimundo, va pasando lentamente de ser un sólo conocer las cosas, a ser un pensar sobre ellas. Las cosas ya no son únicamente conocidas, sino pensadas, y no sólo pensadas, sino creadas; y ya no son sentidas con la afectividad, y queridas con la voluntad, y pensadas con la inteligencia, sino que son sentidas, y queridas, y pensadas con la conciencia, que no es un fenómeno aislado, sino el conjunto armónico de todos los fenómenos psíquicos posibles.
El niño está preparándose, desde el primer día, para alcanzar la conciencia; pero ésta, por cuanto es la clave de toda la vida psíquica, no puede aparecer mientras todos los elementos que constituyen lo psíquico no hayan adquirido un cierto grado de maduración. Experiencia es ver el mundo ahí delante. Conciencia es verlo dentro de uno mismo. El niño es, primero, un ser con sólo experiencia; cuando ésta se convierte en vivencia y penetra en la interioridad, empieza la conciencia.
Por sus escasas experiencias, el niño tiende a una simplicidad de conciencia, a una maravillosa ingenuidad que lo conduce a una estimativa de los valores más categórica pero menos extensa, más inconmovible pero menos matizada. En la aparición y maduración de la conciencia puede haber grandes diferencias individuales, atribuibles a disposiciones congénitas, a circunstancias personales y ambientales, a aciertos y errores educativos.
Por debajo de la vida consciente hay una vida inconsciente. A Sigmund Freud le corresponde el mérito de haber revuelto el pensamiento de los que no pensaban colocando el inconsciente en el centro de la vida. El inconsciente está al servicio de la conciencia. Si hubiéramos de ser conscientes de todos nuestros actos, si todas nuestras acciones hubieran de ser dirigidas por la conciencia, no nos sería posible esta vida habitual de los actos automáticos que nos permite seguir pensando en nuestras ideas. Está al servicio de la conciencia, cuidándose de recibir todos aquellos estímulos que están llamando a su puerta y que ella no puede atender por estar atareada en otras cuestiones. Nada de lo que llega a nuestra periferia se pierde, estos estímulos penetran en nuestro inconsciente, en el que quedan como una fuerza latente, dispuesta a penetrar tan pronto como sea en la conciencia. Otras veces los estímulos no son admitidos porque la conciencia los rechaza, estableciendo una censura según un sentir religioso, o una norma ética, o una idea de la dignidad humana. Aquellos estímulos, se quedan en el inconsciente, interviniendo en la dinámica de la vida consciente y alterándola al penetrar en ella de una manera encubierta, como los actos fallidos, los descuidos, las actitudes neuróticas; o bien, bajo la fuerza de un espíritu elevado, sublimándose hacia las grandes intuiciones, que se convierten en obra de arte, en creación científica.
La vida inconsciente que tiene una fuerza tan extraordinaria en la dinámica de cualquier persona, es fundamental en las primeras edades, cuando la vida consciente no ha podido alcanzar todavía un cierto desarrollo. Pero a medida que el ser evoluciona, va siendo cada vez más un ser consciente de sus actos.
Freud ignora que los motivos que conducen a las actitudes neuróticas no surgen tan solo en la primera infancia, sino que también surgen, y aún más, en la adolescencia. Supongo, que son ciertos los complejos que Freud ha descubierto en el trasfondo de sus neuróticos. Edipo, Caín y Diana tal vez sean tristes realidades de personas profundamente neurotizadas. Pero de ninguna manera intervienen en la dinámica de todos los niños. En un principio, niños y niñas se sienten adheridos a la madre porque es quien los protege. Los niños varones se sienten vinculados a su padre porque es el que las guía y les ofrece un modelo. El niño siente una mayor preferencia por el progenitor del sexo opuesto, cuando éste es más simpático que el otro. El complejo de Edipo no tiene nada que ver con la tragedia de Edipo Rey. Y ahora me atrevo a hacer esta otra pregunta: ¿había leído Sigmund Freud comprensivamente alguna vez la tragedia de Sofocles?
Me parece realmente lamentable que tantas personas que no debían hacerlo se hayan tragado el complejo de Edipo con toda su escenografía sofocliana, que le viene grande, complejo que es, ante todo, el producto de una imaginación prodigiosa pero muy calenturienta que, puesta a no respetar nada, tampoco ha respetado la grandeza del trágico griego.
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