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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA II (Jerónimo de Moragas)

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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA II

 

Por Jerónimo de Moragas



Ir a capítulo I

Extracto textual del libro de Jerónimo de Moragas, Psicología del niño y del adolescente.

Capítulo II: La persona.
Capítulo III: Las etapas de la evolución.
Capítulo IV: Etapa prenatal.
Capítulo V: El niño nace (Etapa egocósmica).


Capítulo II: La Persona

La persona es lo que da al ser su trascendencia. Aquella radical unidad del ser tiende a un fin, se hace trascendente. Va más allá del mismo hombre. " La persona - ha dicho J. J. López Ibor - es persona porque trasciende de sí misma, hacia instancias superiores, hacia Dios, hacia lo absoluto, hacia los valores. La trascendencia de la persona es premisa fundamental de su existencia, aquello que le da su más auténtico ser ". Cuando el hombre siente y sabe lo que es en realidad, comienza a ser persona. Para Locke, una persona "es un ser pensante, inteligente, que tiene razón y reflexión y puede considerarse a sí mismo como siendo un sí mismo."

La persona es una totalidad que vive. No es una parte mía. Es todo mi yo. No es algo que está en mí. Soy yo que está en ella. Si muestro algo que está en mi persona, podré creer que sólo muestro este algo; pero tan sólo podré mostrarlo estando enclavado en mi totalidad. En cualquier cosa que muestre de mí, está toda mi persona.

La persona se contiene a sí misma. Es ella, independientemente de todas las demás. Como criatura, depende de su Creador, y depende de Él de una manera total; pero el primer atributo que Dios le ha dado como persona, es su suprema libertad. La persona es la única criatura que tiene la libertad de intervenir en su destino.

El hombre es un ser compuesto de alma y cuerpo, pero no somos en parte cuerpo y en parte alma; somos las dos cosas conjuntamente. Una parte de nosotros mismos, a través de su límite, nos procura los elementos de la experiencia. Es nuestra corporeidad. Pero también nos conviene una parte que, precisamente porque no tiene límite, pueda introducir la imagen del mundo y pueda reflejarnos a nosotros mismos, hacia nuestro interior. Esta parte es nuestra espiritualidad.

Vemos la realidad del mundo a través de nuestros ojos; no los sentimos a ellos, pero entendemos que nuestra experiencia penetra por ellos, como entendemos que tocamos las cosas de la realidad del mundo con nuestra boca y con nuestras manos. El oído también nos da una experiencia de nosotros mismos.

La experiencia de la persona no es sólo un conjunto de hechos que ella percibe y convierte en materia de pensamiento, sino que también es una experiencia de proyecciones hacia las cosas y de proyectos sobre las cosas. Lo más específico que tiene la persona es lo que tiene de proyecto, en tanto que ya está realizando su futuro con su aspiración y su esperanza.

Ser persona no es sólo ser lo que se es hoy; también es ser lo que se será mañana; serlo en el pensamiento, en la ilusión, la esperanza. Ser persona es estar trazando el proyecto de una actuación futura. No importa si luego la circunstancia nos obliga a realizar otra proyección.

La vida del hombre se desarrolla entre estas dos tendencias, aparentemente contradictorias: el afán de permanecer y el afán de progresar la vida como constancia, la vida como proyecto.

La persona tiende a ver el mundo y los demás seres como cosa suya, entiende que las cosas son como ella las ve, las supone y las desea; no le pertenecen porque de cada cosa hay un conocimiento que es patrimonio de muchos; pero se siente vertida hacia la comunidad.

Nuestra persona se engrandece cuando al conocimiento subjetivo que tiene del mundo logra añadir un conocimiento objetivo. En este momento es cuando la persona puede decir: Yo soy distinto al mismo individuo que era ayer, pero sobre todo distinto a los otros. Para ser totalmente persona sólo le falta la gran peripecia de convertir al otro en prójimo. Y esto lo alcanza a través del diálogo y la convivencia. Entonces, penetra en la comunidad. Comunidad que nos es necesaria, porque no hay yo posible, sin un tú


Capítulo III: Las etapas de la evolución

El niño es un ser distinto a sí mismo a cada momento. Cada niño es lo que es, según su manera personal de ser y según el día y la hora en que esté de su maduración.
Nunca dos hermanos son idénticos, aun siendo los padres los mismos. Y es que en cada uno de ellos han sido diferentes las combinaciones que se han producido en la transmisión de los caracteres hereditarios. Los frutos de una misma mujer varían entre sí, porque también varía la manera de gestar a cada uno de los hijos. Después de su llegada al mundo, el niño sigue recibiendo el troquelado de su madre, de su padre, de sus hermanos.

La posición del niño dentro de la constelación familiar tiene también alguna influencia en la manera actual y futura del ser. El primogénito ha de crear el antecedente de casi todas las experiencias familiares. El segundo llegará a todos los acontecimientos con un antecedente para los padres, que los hará actuar de una manera distinta, y con un antecedente para sí mismo. Tiene que aceptar que el primero haga cosas que a él aún no se las dejan hacer. El primer nacido pasa por una experiencia por la que no pasarán los demás hermanos: la experiencia de estar solo.

La posición del niño dentro de la constelación familiar viene influida por el tiempo que media entre cada uno de los hermanos y por el número de ellos. Cuando los hijos están separados por bastantes años, el segundo, el tercero o el que sea, vuelve a ser el primogénito. La posición del último nacido es muy distinta, según se trate de un último nacido porque aún no han nacido otros, o de un último nacido definitivo.

El factor edad de los padres también ejerce una influencia en la variabilidad psíquica de hijo a hijo. Factor realmente decisivo puede ser el truncamiento familiar por la muerte o desaparición de uno de los progenitores, o por un cambio profundo en la conducta de uno de ellos.

Todos estos hechos pueden influir dando una variabilidad a la evolución de la vida afectiva, de la voluntad, del lenguaje, del juego, de la capacidad para el estudio o el trabajo. No sería sensato atribuir a esta variabilidad una regla fija y otorgarle un valor categórico, pero también sería una insensatez no tenerla en cuenta entre aquellos factores que contribuyen a que cada ser humano trace su biografía propia.

Cada niño puede ser distinto a los demás niños, por recibir el influjo de otra sociedad, de otro pueblo. Son especialmente distintas las estimativas de los valores en los que se fundamenten la ética y el concepto del mundo de cada uno, según el grupo social al que se pertenece.

La evolución del ser es una línea parabólica que comienza en el momento del engendramiento y ,ya no cesa en su camino ascensional hasta el momento de la muerte. La vida es un curso y sólo uno, en el que cada uno de sus momentos es consecutivo al anterior, sin interrupción posible. Los fenómenos psíquicos no cesan hoy aquí, por la noche, y vuelven a comenzar mañana por la mañana. Siguen siempre su curso.

A mi entender, la evolución del niño y del adolescente puede ser dividida en las siete etapas siguientes. Cada una de estas etapas será la continuación ininterrumpida de la etapa anterior, tanto que en muchos aspectos ya había comenzado antes de que la anterior estuviera totalmente acabada:

a) Etapa prenatal: La madre está troquelando en el niño los surcos de su urdimbre afectiva.
b) Etapa egocósmica: Por medio de sus instintos, impulsos, deseos y afectos, el niño consigue establecer una solución de continuidad entre el yo y el no yo.
c) Etapa egocéntrica: El niño se siente colocado en el centro del mundo, con el que entra en conflicto.
d) Etapa de la proyección: Establece contacto con la realidad intentando adaptar a ella su mundo interior.
e) Etapa de la introyección: Amplía el conocimiento de sí mismo y el conocimiento del mundo.
f)Etapa autista: El adolescente descubre el mundo por segunda vez y, refiriéndolo todo a sí mismo, se aísla.
g)Etapa de la superación: descubre una nueva estimativa de los valores, que lo lleva hacia una orientación definitiva de la vida.

¿Cabe establecer una cronología exacta para estas etapas? No, pero se puede decir que la etapa egocósmica dura hasta alrededor de los 2 años; la egocéntrica, aproximadamente hasta los 4 años; la de proyección, hasta los 7 u 8 años; la de la introyección, hasta los 10 ó 12 años; la autista corresponde a la adolescencia, y la de la superación, al final de la adolescencia y comienzo de la juventud.


CAPITULO IV: Etapa prenatal

Si la psique es la manifestación del alma, esta psique será posible desde el mismo momento en que el ser ha sido animado. Mis conceptos psicológicos parten del supuesto de que el niño es un ser animado desde el momento del engendramiento. Por tanto, la posibilidad psíquica comienza con el engendramiento. Sin alma no hay psique. Para que la manifestación sea posible, el alma se halla tan necesitada del cuerpo, como éste lo está de ella para poder vivir.

Pero ¿Cuándo puede comenzar a manifestarse la psique del niño?. Desde el momento en que su alma anima a su cerebro para que se manifieste. Cuando su cuerpo haya alcanzado el desarrollo necesario para poder ser manifestativo del alma.

¿Cuál es el grado necesario de este desarrollo, y cuándo se alcanza?. Los movimientos fetales que las madres pueden percibir desde antes del quinto mes de embarazo, también podrían ser considerados como manifestaciones de una vida psíquica que se está preparando para una actuación posterior.

Las diferencias que en el grado de madurez presentan los recién nacidos son atribuidas por Gemelli a que ha habido un ritmo evolutivo más rápido durante la vida intrauterina, es decir, que ha habido ya una maduración psíquica antes del nacimiento. Allport dice que la creación de la herencia, para la obtención de una personalidad, está modificada por la probable existencia de un aprendizaje prenatal.

Que el feto no tenga sus vías sensitivas desarrolladas; que éstas no puedan recibir los estímulos exteriores; que la corteza cerebral no pueda recibir lo que viene del mundo exterior, no presupone que aquél no pueda tener vida psíquica. Porque cada Uno de nosotros no está tan sólo frente a su mundo exterior, sino que también se halla frente a su mundo interior.

Ciertamente que el feto no puede tener la conciencia de su estado de ánimo, pero si puede sentir lo agradable o lo desagradable de un estado tisular propicio ó adverso.
Pero es que, además, ahí está su madre, con toda su afectividad. Es imposible suponer que esta situación afectiva cambiante, que implica un cambio en la situación neuroendocrina de la madre, no tenga una repercusión estimulante sobre la interioridad de su hijo, estímulo que el feto recibirá propioceptivamente. Cuanto más duradera sea esta nueva situación de la madre, tanto más podrá ser sentida por el feto. De aquí la capitalísima importancia que para la salud mental tiene el que, cada madre, pueda atravesar su gestación en un estado de placidez.

“... Cuando Isabel tuvo la alegría de oír las palabras de María... el niño saltó dentro de sus entrañas”


CAPÍTULO V: El niño nace (Etapa egocósmica)

El nacimiento del hombre, filogénicamente tan parecido al de cualquier otro mamífero, ontogénicamente es distinto por completo. Para el hombre, nacer representa un naufragio y significa comenzar la vida como un riesgo. La situación del feto durante la gestación es la de una máxima seguridad. Nunca más volverá a estar tan seguro: consigue una temperatura perfecta; respirando la madre, recibe él todo el oxígeno que le es necesario; está perfectamente alimentado... Pero en un momento dado, este nauta tranquilo y plácido, se siente empujado de esta nave, y echado al mar por una de sus escotillas, con la asfixiante necesidad de tener que respirar por primera vez y con dos terribles situaciones: siente frío y tiene hambre.

Hay, muchas veces, un fenómeno en el momento de exteriorizar la cabeza: una expresión de angustia. Esta expresión significa que para el niño ha comenzado el drama de la vida, que ha comenzado la lucha para la seguridad del nido que acaba de perder. A esta angustia corresponde él primer grito del niño, que se produce con una tonalidad con que ya no se oirá nunca más. Para mí, lo que más define al primer grito es el ser un fenómeno expresivo de la primera angustia. Si el grito es siempre un fenómeno expresivo, ¿por qué había de dejar de serlo la primera vez que se produce?.

Durante sus diez primeros días, el niño se mantiene en continuo movimiento. De aquí, que ya desde las primeras semanas la actividad de la madre moviendo a su hijo dentro del baño, acunándolo, cambiándolo de posición, es tan importante como la de darle el pecho.

Junto al impulso de moverse, el instinto de nutrición llevará al niño muy pronto a la búsqueda de alimento, que alcanzará a través de otros movimientos. El movimiento será para la tendencia a la progresión, lo que el sueño es para la tendencia a la permanencia.

¿Qué es el instinto? Es algo congénito que pertenece a la especie y al individuo, que puede estar latente hasta mucho más allá del nacimiento (instinto genético) o bien estar patente ya antes del nacimiento (instinto de seguridad). El instinto inicialmente es una tendencia; más tarde, una fuerza. Alcanza de golpe el fin hacia el que se dirige, sin experiencia, sin reflexión. Es una fuerza dirigida a un fin, que entra en juego movida por un estímulo que se produce en la interioridad.

Así, el niño que acaba de nacer tal vez ya ha manifestado la angustia de sentir su seguridad amenazada: ha cogido con la boca el pecho de la madre y ha intentado hacer los movimientos de mamar. Al cabo de unas horas los ha repetido con la misma intensidad, con la misma dirección y, tal vez, con una mayor eficacia, que ha ido progresando a cada nuevo intento. Al día siguiente se ha repetido la misma operación, y en el momento que lo han sacado de la cuna, ha iniciado ya los movimientos de succión, y cuando lo han puesto al pecho, se ha cogido a él mejor que las primeras veces, de una manera más segura. Y ahora la madre ha tenido no la sensación, sino la seguridad de que tiraban de su calostro, y al cabo de pocos minutos el niño se ha dormido profundamente, con una evidente expresión placentera en el rostro.

La nidación del niño es tan larga porque ninguna hembra puede modelar a su hijo como lo hace la mujer con el suyo a través del enorme caudal de sus instintos, afectos, sentimientos y vivencias que le han servido para su propia formación. El troquelado que la madre realizó sobre su hijo mientras lo albergaba dentro de su seno, sigue realizándolo después del nacimiento. Entre la madre y el hijo se produce una simbiosis que va tejiendo sobre su urdimbre afectiva cada uno de los progresos en el desarrollo de la vida corporal y en la evolución de la vida psíquica.


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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

01/06/2005 ir arriba
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