
|

 |
SIGNIFICADOS NATURALES Y MANIPULACIÓN CIENTÍFICA (Natalia López Moratalla) |
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
|

Significados Naturales y Manipulación Científica
Por
Natalia López Moratalla
El
grado de intervención en los procesos
naturales que ha alcanzado la ciencia
contemporánea plantea cuestiones nuevas
a la conciencia ética del científico.
Algunos ámbitos
de la ciencia actual ya no pueden ser
considerados como una actividad que busca un
conocimiento objetivo y riguroso orientado a
hacer más ordenado y eficaz el gobierno del
hombre sobre el mundo. Tal gobierno supone un
reconocimiento de la entidad propia de la
realidad gobernada. La novedad que se plantea en
la ciencia de nuestros días radica en que el
gobierno sobre el mundo se ha transformado en
una actitud dominadora que está en el origen de
las modernas ciencias positivas experimentales:
el camino hacia el conocimiento ya no era, como
en las ciencias premodernas, la contemplación,
sino la intervención alcanzada por la simple
contemplación sensible (1). Las consecuencias de
este nuevo conocimiento, aunque apuntadas por
algunos, sólo se han hecho patentes con el
desarrollo avanzado de la ciencia actual.
La ciencia engendra así una técnica que no
gobierna propiamente el mundo, sino que
considera la naturaleza como un conjunto de
materiales neutros, con los que puede fabricarse
cualquier producto. La orientación en este
proceso no es tomada de los significados
naturales que se reconozcan en el mundo, sino
exclusivamente del propósito del hombre
manipulador, sin más limites que las propiedades
«positivas» de los materiales de que dispone.
Cuando este proceso alcanza a todos los ámbitos
del mundo humano, es lógico que la ética se
trasforme en consecuencialismo, donde lo «mejor»
o «peor» de las consecuencias es por principio
ajeno a todo contenido ético.
Esta capacidad de dominio ha engendrado en la
mentalidad contemporánea un sentido nuevo de
responsabilidad; ya no se siente al hombre en
una naturaleza cuyos procesos absorberán los
posibles errores en lo que de todos modos
ocurre, porque es la marcha misma del cosmos la
que se advierte como sometida al dominio del
hombre. La matematización de la ciencia moderna
(2) produjo como efecto inmediato la
homogenización del espacio y el rechazo
displicente de la vieja física de lugares
propios. La mentalidad surgida de este método
científico ha conducido a no tener reparos en
desencadenar en el planeta Tierra procesos
altamente energéticos que, aunque son propios de
otros lugares del universo, y muy beneficiosos
para la Tierra cuando tienen lugar en el sol,
son extraños en el ámbito humano y amenazan su
destrucción. De esta manera el hombre se ha
hecho responsable de su propia aniquilación o de
su propia supervivencia.
En los primeros tiempos de la ciencia moderna
aún se reconocía un límite a la responsabilidad
universal, había algo dado naturalmente cuya
dignidad no era fruto de decisión humana: el
mismo hombre. Los siglos de la modernidad
contemplan la paradoja del desarrollo de una
ciencia de la naturaleza mecanicista y
ateleológica y, a la vez, sucesivas y enfáticas
declaraciones de los derechos humanos (3). La
tensión ha sido rota en favor de la afinalidad,
y también el hombre ha caído a la condición de
material de dominio por parte de las tecnologías
avanzadas. Las declaraciones de los derechos del
hombre, separadas de la tradición clásica y
cristiana, quedaron convertidas en un elemento
extraño a la mentalidad del cientifismo moderno.
«El hombre - llegará a decir Foucauld (4) - es
un invento del siglo XVIII».
En esta situación, en la que la mentalidad
cientifista y dominadora se hace primero
explícitamente escéptica y luego,
consecuentemente, negadora de significados
naturales, cualquier discurso ético es
imposible: todos los significados, y por tanto
los valores, han quedado reducidos a asunto de
decisión.
La formidable embestida de esta mentalidad
requiere más que nunca la reconquista del
carácter de criatura de Dios que tiene el hombre
y el mundo en que fue situado. Sólo en esta
visión se puede dar explicación cabal de la
dignidad absoluta del hombre y de los valores
objetivos - aunque relativos al hombre que se
encuentran en el mundo (5).
Manipulación genética con fines eugenésicos
Un paradigma de la novedad del dominio del
hombre lo encontramos en la posibilidad de
manipulación genética del mismo hombre. Es
específicamente nueva la situación, porque la
manipulación genética supone un dominio sobre la
clave de guía de la constitución del cuerpo
humano. No se trata de conocer mejor la
naturaleza humana - en su corporalidad - para
gobernarla, sino de constituir esa naturaleza.
Se busca configurar un hombre diferente,
interveniendo en el soporte de lo que
caracteriza biológicamente la especie humana y
lo específico de cada cuerpo humano, en su mismo
origen. Se pretende modificar el patrimonio
genético donde se inscriben tanto los caracteres
comunes, como los individuales, e incluso
mezclar la dotación genética de varias especies,
para producir un tipo humano (o humanoide)
«mejor»; es decir, más apto para determinadas
funciones que se deseen asignar.
Esta manipulación es esencialmente diversa de la
posible y deseable intervención terapéutica
para curar una enfermedad genética, que no
tendría en tal caso el carácter de un cambio de
la dotación, sino que sería la reparación de un
defecto de la dotación genética que le impide
ejercer su propia función con normalidad. Y, por
supuesto, esta eugenesia por manipulación
genética sería totalmente distinta de aquella
que se limitara a seleccionar - para transmitir
la vida - sólo a determinados individuos
considerados biológicamente mejores.
La moderna eugenesia se propone como objetivo
hombres distintos, programados genéticamente
por los manipuladores.
1. La constitución del patrimonio genético de
cada persona como expresión de su individualidad
La ciencia biológica ha demostrado con
suficiente rigor que con la fecundación del
óvulo se determina irreversiblemente el
individuo con todos los caracteres propios de la
especie, expresados en la concreción de ese
individuo, al establecerse la dotación genética
- inédita e irrepetible - que porta la célula -
cigoto - a partir de la cual se desarrollará ese
ser vivo.
El patrimonio genético – completo ya en la
concepción - contiene las instrucciones precisas
para que se constituyan los diversos tejidos y
órganos, y contiene también la guía para
terminar su vida una vez alcanzado el limite de
duración propio de cada especie.
El desarrollo de cada ser vivo es un proceso
continuo, con etapas que se suceden en un orden
riguroso y preciso, y todas ellas necesarias
para la normalidad e integridad de sus
funciones. A pesar de las múltiples etapas de
ese desarrollo, la dotación genética de cada
individuo se mantiene en cada una de sus células
durante toda la vida. De este modo, aunque los
elementos materiales que constituyen el cuerpo
experimentan recambio, puede hablarse con
propiedad de una identidad biológica de cada
individuo vivo desde su concepción hasta su
muerte. Esto hace que la identidad de los seres
vivos sea muy superior a la de los demás
elementos del mundo, y, por supuesto,
esencialmente distinta de la de los artefactos.
En efecto, la identidad de los artefactos es muy
débil y difícil de cifrar en alguna
característica bien determinada. En su biografía
de Tereo, cuenta Plutarco que «la nave de
treinta remos en la que Tereo navegó y volvió
salvo con los jóvenes fue conservada por los
atenienses hasta el tiempo de Demetrio Falereo,
quitando la madera gastada y poniendo madera
nueva, de forma que esto dio materia a los
filósofos para sus discusiones, tomando como
ejemplo esta nave y argumentando unos que era la
misma y otros que no lo era» (6). En el siglo
XVII, Hobbes (7) recurrió a esa vieja historia
para argumentar sobre el principio de
individuación de los artefactos: la nave a la
que hubieran repuesto la madera conservaría la
unidad de forma, pero la posible nave construida
con las maderas repuestas tendría identidad
material con la primera, de modo que la
identidad formal no podría ser criterio de
identidad absoluta a. Estas ambigüedades,
debidas a la debilidad de la identidad de los
artefactos, desaparecen completamente en los
seres vivos pues la identidad de cada individuo,
en su unidad y variedad de características, se
expresa adecuadamente en su dotación genética,
permanente y presente en todas sus células, en
medio del continuo intercambio de materiales que
supone el metabolismo de la vida.
La individualidad, con la unidad que supone, es
rastreable biológicamente a lo largo del
desarrollo del organismo desde las primeras
divisiones del cigoto. Durante los primeros
estadios del desarrollo embrionario, las
células, que se van originando por divisiones
sucesivas del cigoto, son más o menos
equivalentes entre sí: sólo cuando han llegado a
ser 16 células pueden observarse diferencias
entre ellas. Sin embargo, esto no quiere decir
que se dé una multiplicación de la identidad, o
que la identidad se haga difusa o problemática.
En efecto, las células que resultan de la
división del cigoto no son un simple conjunto de
células semejantes entre sí y semejantes al
cigoto y, por tanto, dotadas cada una de la
misma individualidad de éste. Aunque puedan
separarse, cuando están unidas constituyen una
única realidad biológica, forman como un
elementalísimo organismo bicelular o
tetracelular, etc. Ese conjunto de células
constituye una verdadera unidad gracias a la
aparición de proteínac específicas que se sitúan
en la membrana – como llamada proteína F-9 -,
una especie de «pegamento» que no sólo las
mantiene unidas sino además «da noticia» a cada
célula de la presencia de las otras,
estableciendo una conexión e interacción precisa
entre ellas y ordenándolas en la fase de mórula
mientras el número de células va desde 32 hasta
100 aproximadamente. Las proteínas como la F-9
son los elementos biológicos que nos permite
afirmar que la mórula no es un conjunto
indiferenciado de células muy parecidas sino una
unidad verdaderamente articulada. La señal para
la elaboración de esas proteínas está ligada al
mismo proceso de fecundación y es posiblemente
de las primeras instrucciones emitidas por el
programa genético recién constituido. La
proteína F-9 que articula en unidad las células
nacidas de las divisiones del cigoto no está
presente en los gametos de los progenitores, ni
en el cigoto, ni estará en ninguna de las
células después de superado el periodo de mórula.
De modo patológico puede volver a aparecer en
uno de los tipos de células del tumor maligno
teratocarcinoma.
En la especie humana - como en otras muchas -
cuando el programa genético está recién
iniciado, es decir, en los primeros días, es
posible una multiplicación vegetativa, que no es
la propia de los mamíferos, pero que es la forma
normal de reproducción de otras especies. Las
células presentes en ese período se separan
entonces en dos mórulas que darán lugar a
gemelos monocigóticos. Si la división no fuera
completa nacerían hermanos siameses. La
posibilidad de tal multiplicación no es ningún
argumento válido contra el carácter individual
del cigoto o de la mórula, como tampoco
significa carencia de unidad orgánica el que una
bacteria se reproduzca por escisión, o que la
estrella de mar, por ejemplo, siendo adulta
pueda ser escindida y dar lugar a un nuevo
individuo a partir de cada mitad.
Más aún, la posibilidad de que las células en la
fase de mórula se dividan en varias depende de
las interacciones establecidas a través de las
proteínas de membrana, F-9, cuya aparición,
desaparición y cantidad están genéticamente
controladas. Experimentalmente se ha comprobado
que si se deshace la articulación que esa
proteína establece entre las células de la
mórula - mediante la adición de un anticuerpo
específico frente a esa proteína -, ésta se
desintegra al separarse las células 9. Cabría,
por tanto, incluso afirmar que el caso de la
gemelaridad no es un accidente que ocurre al
azar sino establecido en la dotación genética
que controlará la disposición y cantidad de
estas proteínas. Esto no querría decir que en el
único cigoto con esa dotación genética haya dos
individuos, sino que a ese único individuo le
está facilitada o permitida por su dotación
genética una multiplicación vegetativa.
Muy infrecuentemente puede ocurrir en los
primeros días, una fusión embrional de hermanos
heterocigóticos. La muerte de uno de ellos tiene
lugar cuando sus células, es decir, todo su
cuerpo, es incorporado por el otro en una
especie de trasplante que hará que el receptor
manifieste más adelante en las regiones de su
cuerpo derivadas de las células incorporadas,
los caracteres propios de su hermano. El caso
sería similar al del trasplante de riñón, que
sigue manifestando los caracteres inmunológicos
del donante.
A pesar de la magnitud del cambio que implica la
fusión embrional no supone tampoco argumento
contra la unidad de la mórula, aunque cuando
tiene lugar, la unidad de la mórula
efectivamente se debilita. Como también se
debilita la unidad del cuerpo al que se ha
transplantado un corazón. En el fondo, la
capacidad de debilitamiento de la unidad es
propia de los seres que la poseen, y que por
tanto pueden enfermar: en efecto, la enfermedad
es un debilitamiento de la unidad de un cuerpo
en que la materia y la forma se copertenecen. El
barco de Tereo no puede enfermar, como no puede
enfermar ningún artefacto, porque su materia y
su forma son de suyo extrañas y separables.
2. El patrimonio genético humano como
expresión biológica de la individualidad
personal
Todo problema antropológico puede reconducirse
directa o indirectamente a la «doble» condición
del hombre que es a la vez individuo de una
especie, y persona dotada de dignidad absoluta.
La clave de esta polaridad la expresa la
doctrina cristiana cuando afirma que en el
origen concreto de cada persona se encuentra,
junto con la generación por parte de los padres,
una acción creadora del alma individual por
parte de Dios. La antropología cristiana, ajena
a cualquier tipo de dualismo, supone que los
padres engendrantes y Dios creador del alma no
son dos causas separadas que tengan efectos
distintos, sino verdaderas con-causas que
constituyen un único principio de la persona.
Esto significa que los padres que engendran son
verdadera y propiamente partícipes del poder
creador de Dios (10). Pero significa también que
entre la llamada creadora de Dios, fundamento de
la dignidad absoluta de la persona, y la
disposición corporal existe una correspondencia
biunívoca, aunque el alma espiritual no quede
sumida totalmente en su función de forma. En
efecto, la individualidad de la llamada creadora
se expresa en la concreta disposición del
cuerpo, y por tanto es de esperar que la
singularidad personal se exprese también
biológicamente. La expresión de la singularidad
personal dentro de la comunidad específica con
los demás «individuos de la especie humana» es
la dotación genética, única y singular para cada
persona. El patrimonio genético es como la
precipitación material - y como tal investigable
por la ciencia positiva - de la función
ordenadora e integradora del alma como forma
sustancial: como la forma sustancial, también el
patrimonio genético está presente en cada una de
las células somáticas, «marcando» cada parte del
cuerpo como parte de un único todo que se
expresa en ese patrimonio completo, aunque en
cada parte sólo configure el órgano o las
células correspondientes.
De este modo la identidad personal, cuyo
fundamento está en la llamada singular por parte
de Dios y cuya expresión formal es el alma
espiritual, tiene su expresión biológica
justamente en el patrimonio genético. Podría
decirse que el patrimonio genético es el
«órgano» de la identidad personal. En su
correspondencia con la identidad personal radica
la importancia de la significación no sólo
biológica, sino antropológica - y por tanto
ética - del patrimonio genético, pues implica
que a través de éste la identidad pueda ser
manipulada técnicamente.
Que la persona humana puede ser manipulada a
causa de la corporalidad es algo evidente. La
protección de la dignidad absoluta de la persona
frente a ese peligro está expresada como
exigencia moral en el 5° mandamiento del
Decálogo. Pero la posibilidad de manipulación y
por tanto el alcance de ese precepto se ha
ampliado con el desarrollo de las técnicas de
manipulación genética. Aún cuando las
posibilidades fácticas de manipulación sean
actualmente bastante limitadas es necesario
recordar que manipular el código genético no es
una manipulación indiferente del «material» del
cosmos, sino una manipulación de la identidad
personal"" (11). El 5° precepto del Decálogo
adquiere un nuevo alcance para la conciencia del
científico: «respetar la dignidad del hombre
supone salvaguardar esta identidad» (12). Por
tanto la dignidad de la persona prohibe
manipular su patrimonio genético, que como
demuestra la Biología, se establece en el
momento de la concepción, al fundirse los
núcleos de los gametos de los progenitores
3. La cuestión del «status» del embrión
precoz
El programa contenido en el patrimonio genético
se va explicitando a lo largo de la vida en un
sucederse de etapas sin solución de continuidad.
Hay momentos en la vida de un individuo que se
podrían calificar de biológicamente más densos:
el nacimiento, la pubertad, etc.; uno de esos
momentos particularmente cruciales desde el
punto de vista biológico es la implantación del
embrión en el útero materno, indispensable para
la supervivencia. Esto tiene lugar
aproximadamente dos semanas después de la
concepción: las células del embrión articulado
en la ordenación propia del estado de blastocito
quedan determinadas a seguir un camino concreto
de diferenciación, y éste abandona la
posibilidad de dividirse y por tanto de
multiplicación vegetativa.
Algunos de esos momentos han sido a veces
interpretados como el comienzo de la vida
humana, calificando la situación anterior como
una fase de vida pre-humana y por tanto
manipulable sin reservas éticas. Es necesario
advertir con énfasis que esas opiniones no
tienen ningún fundamento científico, y no son
más que expresiones varias del deseo de
manipulación sin restricciones, con un leve
adorno ideológico.
“Los científicos -afirma Flynn (13)- tienen una
casi insuperable inclinación a identificar el
comienzo de la hominización no antes de que el
embrión alcance el estado de blastocito”. Pero
tal inclinación, si es real, no es algo
insuperable, y desde luego no es científica,
aunque fuera sostenida por científicos, sino
ideológica y manipuladora, pues no tiene apoyo
serio en el proceso biológico. Más bien se trata
de un significado voluntariamente añadido a la
anidación y negado a la concepción al que de
forma natural pertenece.
Referencias
1. ARENDT H., La condición humana. Barcelona
1974, pp. 378-384.
2. GALILEO GALILEI. Il Sogdiatore §6. “La
filosofa está escrita en ese grandioso libro que
está continuamente abierto ante nuestros ojos
(lo llamo universo). Pero no se puede descifrar
si antes no se comprende el lenguaje y se
conocen los caracteres en que está escrito. Está
escrito en lenguaje matemático».
3 STRAUSS L., Natural Right and History. “People
were forced to accept a fundamental, typically
modem, dualism of a nonteleological natural
science and a teologícal science of man”.
Chicago 1970, p. 8.
4 FOUCALD M., Las palabras y las cosas, p. 375,
passim.
5 Ruiz RETEGUI A., La ciencia y la
fundamentación de la ética y Principios éticos
de la relación del hombre con la naturaleza, en
LOPEZ MORATALLA et al., Etica Biológica,
Universidad de Navarra, Pamplona 1985.
6 PLUTARCO, Vidas paralelas, 1, § 23
7 HOBBES, De cive, II, cap. 11, § 7.
8 NUBIOLA J., Hablando de artefactos, «Anuario
Filosófico», XVII (1984-2), pp. 113-119
9 JACOB F:, Teratocarcinoma et diiérenciation
cellulaire, «La Recherche», 9, 421-429, 1978.
10. RUIZ RETEGUI A., La pluralidad humana y la
sexualidad, en LOPEZ MORATALLA et al., Etica
Biológica, Universidad de Navarra, Pamplona
1985.
11. Podría decirse que supone el cambio de una
persona por otra persona: la primera sería
propiamente matada, y la segunda sería
«construida» a partir de los elementos de la
primera y los otros materiales que se
introdujeran. Lo que hasta hace unas décadas era
sólo objeto de fantasías en las novelas de
ciencia-ficción se presenta como posibilidad
real. La manipulación genética puede realizar de
una manera técnicamente perfectísima los toscos
experimentos del Dr. Frankestein.
12. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea
General de la Asociación Médica Mundial.
Febrero, 1984.
13. FLYNN E.C., Human fertilization in vitro: a
Catholic moral perspective, Fordham University,
University Microfilm Intemational, New York
1983, p. 317.
(*) Este artículo con el título "Significados
naturales y manipulación científica" fue
publicado por Natalia López Moratalla en
“Persona veritá e morale”. Atti del
Internazionale di Teología Morale. Roma, 1986,
pag 828-830.
|
|
©
ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005 |
|
Contacto: mailto:webmaster@arvo.net |
|
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés |
|
Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós
|
|
|
|
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
|
 |
 |
Enviado por , - 05/01/2005 |
  |
 |
|
|
|
|
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
|
|
|

|