Por
Natalia López Moratalla
Catedrática de Bioquímica
Arvo Net, 6.4.2006
1. El lenguaje
simbólico de la naturaleza.
Hay una
“peculiar no–verdad”[1]
de la visión del mundo y del hombre que
consiste en reducir la realidad a lo
empírico, aquello que aparece ante
nuestros sentidos, y que permite
percibir la dimensión cuantitativa de lo
real. El mundo natural no es sólo las
apariencias sino que tiene un
significado propio; habla con un lenguaje
simbólico, de forma que lo visible es signo
de una realidad más profunda. El cuerpo de
cada hombre, con sus procesos vitales y sus
gestos corporales, habla de la persona
titular de ese cuerpo; su lenguaje propio
muestra el misterio de cada hombre.
La cultura del
hombre “autónomo” –el hombre que no acepta
deberle a alguien su existencia – ha creado
un nuevo lenguaje, especialmente para hablar
de su origen y de los orígenes del
mundo natural; esa realidad que no es obra
suya. Es una mentalidad con la
pretensión de que sea el hombre quien dé
sentido a la realidad, reinventando el
proyecto original y despreocupado por
conocer la verdad que encierra; es una
pasión obsesiva de emanciparse de toda
atadura. En ese nuevo lenguaje hay cambio de
importancia capital: al término
“procreación” le sustituye el de
“reproducción” para describir la transmisión
de la vida humana. Ambos conceptos no son
necesariamente excluyentes. Efectivamente,
cada persona, que evidentemente es
engendrada por sus padres y aparece en un
momento singular y concreto de comienzo,
es al mismo tiempo creada por parte de Dios;
tiene un origen más allá de su
comienzo. Sin embargo, tras el uso de cada
uno de estos términos resuena una concepción
del hombre diferente y un modo distinto de
entender el mundo natural.
La técnica de
nuestros días permite separar fácticamente
el acontecimiento natural y personal de la
unión de un hombre y una mujer (procreación)
del fenómeno puramente biológico
(reproducción) que subyace a la transmisión
de la vida humana. La biotecnología le ha
permitido apropiarse de un nuevo poder sobre
la naturaleza y en concreto sobre los lazos
naturales de la filiación humana. Este poder
se le ofrece como una forma de emanciparse
definitivamente de su naturaleza, al
rechazar ser un “ser natural” que tiene su
origen y comienzo en el
engendrar de sus progenitores. La forma de
optar por dominar la procreación es
reducirla a mera reproducción.
En efecto, los
cuerpos personales de los padres, en la
unidad plena de un encuentro personal, es un
ámbito procreador que goza de la libertad de
la naturaleza y escapa de suyo a una
programación artificial desde fuera. Los
hijos engendrados son un don y no el mero
producto necesario de un proceso biológico
puesto en marcha. El intento de programación
racional, finalizada a los intereses de los
manipuladores, exige que los hombres sean
“confeccionados” y seleccionados para
cumplir convenientemente la misión que se
les marque. La necesidad que rige en el
dominio de lo biológico permite la
eficiencia del proceso fisiológico de
reproducción, por el que se da comienzo a
una nueva vida; se puede fácticamente
intervenir en ese proceso biológico para
generar seres humanos convertidos en medio
para los fines de los programadores.
Ahora bien,
todo viviente humano posee ese plus
de realidad, o carácter personal, sea cual
sea la forma en que haya tenido lugar su
comienzo a la existencia. La biología
humana, al describir espléndidamente los
presupuestos biológicos del don de la
libertad personal, muestra que cada ser
humano no está sumergido en los procesos
naturales de la fisiología. El titular de un
cuerpo humano no está encerrado en el
necesario automatismo de lo meramente
biológico. Pone así de manifiesto la
presencia de una potencia real, distinta de
la fuerza de la vida, involucrada en el
origen de cada ser humano. Un dinamismo
vital propio de cada ser humano que potencia
el dinamismo de la vida biológica. Lo que no
puede la ciencia es dar razón de por qué
cada hombre es un viviente libre, ni del
origen de esa capacidad.
El lenguaje de
la biología humana pone de manifiesto el
sentido natural propio del cuerpo de cada
hombre y deja abierto el camino racional
para entender lo que de suyo dicen
las realidades naturales. La ciencia no es
el único modo; desde siempre el hombre ha
buscado comprender el sentido profundo de la
realidad, la realidad verdadera que
está escondida en las apariencias.
Ambos planos de la realidad no están
separados por un abismo intransitable
racionalmente; entre ambos hay un mensaje,
una voz. Y sólo atendiendo a ese mensaje se
puede hablar de manera apropiada del hombre,
sin caer en la falacia intelectual de negar
la existencia de ese “plus de realidad” que
la ciencia no puede explicar. Este
conocimiento racional es una revelación
natural de su Hacedor; es el lenguaje
luminoso de la naturaleza que la hace
accesible a nuestro conocimiento. Y, también
desde siempre, el hombre ha encontrado apoyo
en la coherencia plena entre la verdad que
alcanza con la razón y la verdad contada en
la revelación primitiva para todos los
hombres. Revelación que tomará una forma de
expresión nítida en la revelación judaica y
definitiva con la revelación cristiana (1).
Se trata en
esta ponencia de recorrer el camino desde el
conocimiento de la biología, acerca del
sentido propio del comienzo del
cuerpo de cada hombre, hacia la comprensión
de su origen. Es legítimo que la
racionalidad humana tenga de fondo lo que de
diversas formas ha relatado Quien lo crea.
La confianza en lo que dice tiene el apoyo
ineludiblemente universal en la coherencia
de sentido de la realidad natural y en la
unidad de sentido de cada ser humano.
2. El comienzo
de cada viviente.
Hasta el ser vivo más simple es un individuo
que se constituye desde un material de
partida que es un material informativo,
el DNA, que hereda de sus progenitores y
transmite a sus descendientes. Lo que se
transmite por generación es
una
información, un lenguaje, un mensaje
genético, o secuencia de los cuatro
elementos del DNA de los cromosomas. El
orden de los sillares
del DNA se traduce en la secuencia de
aminoácidos de una proteína, secuencia que
determina su estructura tridimensional y por
tanto su función. De este modo, la
información genética del DNA se traduce
a información funcional de la cadena
polipeptídica. Y estas a su vez catalizan la
formación de las estructuras
orgánicas ordenadas, y progresivamente más
complejas, en el desarrollo individual.
Es el lenguaje molecular de la vida
Los
progenitores aportan el sustrato material de
ese mensaje genético
inmaterial,
como lo es toda información. Cada uno
de ellos una mitad no idéntica de cromosomas
y que juntas constituyen una versión
completa del patrimonio genético del nuevo
individuo y que es la base de su
identidad biológica. El significado
biológico del mensaje genético del genoma es
informar la construcción del
organismo y las
funciones biológicas. En este sentido
se puede decir que es la forma, o
diseño del viviente. Describe al
individuo puesto y le da la identidad
biológica que mantiene a lo largo de su
existencia, a pesar de los cambios de
fenotipo.
El fenotipo del individuo es el resultado
del tipo de proteínas sintetizadas y con
ello de las funciones que pueden desempeñar.
Depende en primer lugar del genotipo, pero
no sólo de él. Para que la información se
traduzca es necesario que el DNA reciba
señales moleculares que regulan cuándo y
cómo se traduce.
Estas señales
aparecen con el desarrollo y reconocen una
configuración espacial concreta del DNA;
configuración que es cambiante a su vez con
el desarrollo y maduración del organismo.
Por ello el primer nivel de información (la
secuencia de sillares del DNA heredado) no
basta.
La
construcción del organismo requiere un
segundo nivel de información que aporta
la secuencia espacio-temporal en la que se
emiten los mensajes que portan los diversos
genes. Esa regulación ordenada,
unitaria, armónica y coordinada
de la expresión de los genes, en el espacio
corporal y en el tiempo, es el programa
genético: una ordenada sucesión
de los mensajes de los diferentes genes. Su
función específica es
precisamente el crecimiento unitario,
lo que podríamos
denominar el principio vital de cada
viviente. Con él se inicia la existencia
del nuevo individuo y se mantiene su unidad
porque permite la diferenciación armónica y
sincronizada de las diversas partes del
cuerpo
El programa, o principio unitario, no se
hereda, sino que genera con la concepción de
cada nuevo individuo.
La fecundación fusiona el material genético
de los gametos de los progenitores en un
proceso en que ambos gametos se reconocen y
activan mutuamente. Así al terminar las
sucesivas etapas de la fecundación, el
soporte material está en una situación
diferente de la que tenía en los gametos y
es más que su suma. Es una nueva unidad de
información en acto, “encendida”. Es decir,
la fecundación da lugar al comienzo
de la vida de ese ejemplar concreto al
activar el inicio del programa. No sólo
reúne los materiales de la herencia, sino
que genera un nuevo principio vital
unitario. El contenido del mensaje, el
texto, es entonces el lenguaje de un
individuo, que posee el texto y que lo
encarna; es decir el texto se traduce a
cuerpo vivo.
El primer “hito”, el comienzo, en la
vida de un organismo es su constitución como
individuo por la actualización de la
información genética en una peculiar unidad
celular, el cigoto. Los componentes del
citoplasma ponen en marcha, en acto,
la información potencial de la información
genética de los gametos, iniciando la
emisión del programa. Aparece
el individuo en su etapa unicelular. En el
cigoto está todo el individuo en la
etapa de comienzo; y, por tanto,
tiene en acto todas las potencialidades
propias de esa etapa y sólo ellas. Es un
verdadero cuerpo, con los ejes cabeza-cola y
dorsoventral trazados, asimétrico, e
indiviso (2).
Con el tiempo de su
existencia se irán actualizando las
potencialidades que le corresponden a cada
etapa vital, y con el fluir de la vida cada
individuo genera una información
-información
“epigenética”-,
que no está en los genes sino que aparece
con el desarrollo. Así la construcción de un
determinado órgano aporta la función o la
operación propia del mismo, aquello a lo que
el órgano está ordenado: el riñón a filtrar,
el corazón a bombear la sangre, etc. Esas
operaciones, o funciones, emergen
del órgano. No están contenidas en el
soporte material de la información que
hereda sino que es información
epigenética. De esta forma, el individuo
es el beneficiario de todas las operaciones
y en todas las etapas hace autoreferencia a
la información genética con que se
constituyó. Es el mismo pero no está lo
mismo. La diferencia de realidad fenotípica,
o de operatividad, de un embrión, respecto
de un feto o de un organismo joven es
innegable; y es igualmente innegable la
referencia del viviente neonato, joven,
maduro o envejecido, con el feto, embrión o
cigoto que tuvo su comienzo en la
fecundación de los gametos de sus
progenitores.
Si en el
patrimonio de la especie no hay información
genética para construir un determinado
órgano, el individuo de esa especie no posee
la operatividad que emerge de tal sistema.
De ahí que la operatividad propia de los
animales superiores se hace posible porque
poseen información genética para construir
su sistema nervioso que procesa información
de otro tipo: la que le llega a través de
los sentidos. Las capacidades como la
memoria, el “conocimiento” animal, o el
comportamiento instintivo, surgen y dependen
de la integración de circuitos neuronales.
Como toda función, en última instancia
descansa en la configuración de la materia
aportada por la información genética
inicial: sin información genética para
configurar neuronas no puede existir un
sistema nervioso. Tampoco puede existir sin
información epigenética que aporte la
capacidad de “reformatear” la
información que recibe cada neurona para que
se establezcan los circuitos neuronales y
con ello se complete y madure el cerebro, y
aparezcan las operaciones propias del animal
de esa especie.
Podría decirse,
por tanto, que los animales superiores están
preprogramados o predispuestos,
por el contenido de su mensaje genético,
para aprender determinadas pautas de
comportamiento y aprenderlas de manera
paralela al crecimiento orgánico del
individuo. Según la edad existirá un
tipo u otro de respuestas, siempre iguales
para todos los miembros de la especie. Y
según la especie, esos circuitos neuronales
podrán ser más o menos automáticos y
cerrados, o más o menos plásticos y no tan
estereotipados. Esa forma de “capacidad
curiosa”, que les permite una cierta
exploración el entorno, emerge de la
dinámica funcional de los circuitos
cerebrales. En efecto, la posesión y la
expresión regulada de genes que codifican
proteínas para la síntesis de
neurotransmisores inhibidores, permite a
estos animales una capacidad de regulación
de la dinámica cerebral, en función de sus
necesidades. Y, obviamente, sólo se regulan
los circuitos estímulo-respuesta que le
corresponden por ser individuo de una
especie determinada.
El comienzo, la
constitución de todo individuo de cualquier
especie animal está pautada por los ciclos
biológicos de la transmisión de la vida. Por
ello la causa eficiente de la
constitución del cigoto animal es el proceso
de fecundación. El proceso biológico de
constitución causa la vida de un
individuo que está finalizado a vivir
(construir y madurar el organismo) y
transmitir la vida. Un ciclo vital cerrado
en sí mismo y pautado por la naturaleza y
sólo en orden al mantenimiento de la
especie. Cada viviente no-humano
carece de fin en sí mismo y no requiere una
causa final que dé cuenta de su existencia
individual: su existencia está sumergida en
la dinámica de la vida de la especie a que
pertenece y de las especies que pueblan la
Tierra.
Transmitir la
vida es aportar con los gametos propios el
soporte material que contiene la información
genética de la especie. Es dar paso a la
vida a un congénere que realizará su propio
y nuevo ciclo vital, repitiendo el contenido
del mensaje.
3. Comienzo
de un nuevo mensaje genético.
La vida en la Tierra
lleva aparejada evolución: el contenido de
los mensajes ha cambiado con el tiempo
y lo han hecho en el sentido perfectible, de
lo más simple a lo más complejo.
Las diferencias que
existen entre los seres vivos de distintas
especies, su diversa identidad biológica y
formas de vida, con mayor o menor
autosuficiencia, o mayor o menor dependencia
del exterior, se deben a diferencias en el
contenido del mensaje: número y tipo
de genes. Pero la mayor complejidad de un
organismo no viene dada sólo por los genes
que constituyen su genoma. El dinamismo
propio de lo vivo supone que la información
aumenta con el proceso mismo de desarrollo
del organismo, de modo que las diferencias
entre especies son debidas principalmente a
diferencias en la emisión del programa.
Poseer un principio unitario más rico, o
tener más dinamismo vital, significa más
regulación espacio-temporal
de la expresión de los genes, y más
retroalimentación de la información del
inicio. La capacidad de amplificación
epigenética de la información es lo
que hace posible que se construya un
organismo más complejo y con más capacidades
vitales, a veces con escasa información
genética adicional.
Evolucionar es,
en primer término, dar paso al transmitir la
vida a un nuevo y diferente soporte material
de información genética. Un cambio en el
contenido del mensaje, del genoma que
generará descendientes con otra forma;
evolucionar es transformar. Es una
transmisión de vida que no la realizan
progenitores sino antecesores. Al dar
comienzo a esa nueva vida se
habrá generado un principio unitario de otro
orden, del que dimanan todas las
potencialidades del nuevo fenotipo. Cada una
de estas transformaciones, que suponen la
aparición de ramas en el árbol de la vida
emergen de la eficiencia propia de la
dinámica de lo vivo (3). Cada comienzo
evolutivo es causado por la eficiencia
propia de una materia que posee información
para configurar un organismo, e información
que puede cambiar, por cambio en el soporte
material, al transmitir la vida.
Tanto la
génesis de un individuo como la de una
especie tiene una dinámica epigenética de lo
simple a lo complejo, y no exige una causa
final que dé cuenta de su aparición. No son
fines por sí mismas. Es en la unidad del
mundo vivo, en las ramas del árbol de la
vida, donde se manifiesta una tendencia
finalizada a la complejidad. Y de forma
evidente en la rama de los homínidos se
manifiesta una tendencia de cambio evolutivo
que tiene su término en los individuos del
género Homo,
Homo sapiens.
4. La génesis humana.
Como en toda transmisión de vida, la vida
humana se inicia con la generación del
cigoto iniciando la emisión de un programa
como una sucesión ordenada de mensajes
genéticos. El cigoto es un cuerpo humano. La
constitución de cada cuerpo se debe a la
eficiencia de los mecanismos de la
fecundación de los gametos de los padres.
Sin embargo, la dinámica de la génesis de
los mamíferos (un programa que se genera y
que amplifica epigenéticamente la
información genética del material genético
heredado), es insuficiente para dar razón de
la génesis de cada hombre.
La biología
muestra
el plus de complejidad de cada cuerpo humano que le permite estar
abierto a más posibilidades que las que la
biología ofrece, convirtiendo la vida en
biografía. Y, sin embargo, el genoma
que hereda cada viviente de la especie
humana es, en lo que se refiere a
información, muy similar al de los primates
más próximos, los grandes simios.
¿Qué hace humano un genoma? ¿Cómo puede
construirse un organismo tan peculiar como
el cuerpo humano desde el genoma,
prácticamente idéntico, del Pan
troglodytes, el pariente más cercano?
La biología actual, con la secuenciación de
genoma humano y su comparación con el del
chimpancé, muestra la profunda coherencia
lógica del viviente humano. La información
genética human
-cuantitativamente
pobre, pero permanentemente amplificable y
regulable-
predispone la generación de un tipo
de programa, de un principio vital unitario
que es “más”. Construye un peculiar
organismo que es presupuesto de la
capacidad humana de liberación del
automatismo de los procesos biológicos.
Obviamente, no se dice con esto que unos
genes causen la libertad. Sin embargo, sin
ser la causa, son imprescindibles para que
el mensaje genético pueda constituir un
cuerpo humano cada vez que da comienzo una
nueva emisión. El mensaje genético, y sus
amplificaciones, en vez de quedarse ordenado
a la mera vida corporal, en función de la
especie, se ordena hacia el fin propio
personal.
Es decir, los cambios en el material
genético que causan eficientemente el
proceso evolutivo de hominización
están unitariamente finalizados al plus de
complejidad del cuerpo humano.
En efecto, el viviente humano es una
realidad específica y distinta, capaz, cada
uno, de novedad radical. Lo específico del
cuerpo humano y de la vida de cada ser
humano se puede resumir precisamente en
apertura y relacionabilidad. Apertura en
las dos direcciones: hacia su interior, la
intimidad, de tal forma que el cuerpo de
cada hombre es un organismo, que expresa en
gestos humanos al personaje titular. Y,
porque está abierto hacia dentro puede
relacionarse abierta, es decir, libremente
hacia fuera: hacia el mundo natural, los
demás hombres y Dios. En efecto, ese
plus de realidad de cada hombre, que
es capacidad de desatar
ese
tipo de ataduras que encierran al animal en
los ciclos biológicos de la especialización, se manifiesta en apertura en los ciclos vitales de intereses-conducta y
es al mismo tiempo lo que le permite abrirse
“más allá del nicho ecológico”. Cada hombre
tiene “mundo”, en cuanto que se relaciona
con los demás y se hace cargo de la realidad
en sí misma, objetivamente, y no sólo de
modo subjetivo en función de su situación
biológica.
Su actuar no está estrictamente
sometido a las condiciones materiales, por
lo que es capaz de operaciones no
determinadas estrictamente por las
condiciones previas: A) No tiene un conjunto
fijo de estímulos, sino que puede
interesarse por cosas que incluso no
existen. B) Una vez captado el estímulo,
puede reaccionar a él de formas diversas, no
determinadas biológicamente, a veces
culturales y a veces “contraculturales”, e
incluso no reaccionar en absoluto. C) No se
pone automáticamente en marcha,
cuando se dan acontecimientos biológicamente
significativos; o, si se pone, puede
liberarse de ese automatismo.
Su actuar manifiesta una operatividad
creativa que sobrepasa todo aquello que los
más sofisticados procesamientos de
información neuronal podrían hacer emerger.
Las facultades como el habla, el
conocimiento intelectual, la voluntad y la
capacidad de amar, son facultades no
ligadas directamente a órgano, y la
prueba más obvia de ello es que están
abiertas a desarrollarse mediante hábitos. A
diferencia de lo que sucede en el
comportamiento animal, estas facultades no
crecen de forma paralela a la maduración del
órgano. De hecho, al estar abierto a
incorporar a la emisión del programa la
información que procede de su capacidad de
relación, no está nunca terminado.
Más aún, la criatura humana que nace siempre
en un parto prematuro, sin acabar, necesita
de un “acabado” en la familia para
ser viable y para alcanzar la plenitud
humana de atención y relación con los demás.
Tiene una enorme plasticidad
neuronal; la
construcción y maduración del cerebro de
cada hombre no está cerrada, sino
abierta a las relaciones interpersonales y a
la propia conducta.
Ese elemento nuevo, la apertura o
relacionabilidad, no es simplemente más
información genética ni epigenética,
sino potenciación de la dinámica de
emisión del programa de desarrollo. Un
dinamismo vital abierto a la relación
que no crece en paralelo al desarrollo
corporal. La ciencia biológica, al dar razón
de la construcción de un cuerpo humano
inespecialidado e indeterminado en su
funcionamiento, aporta un conocimiento de
gran riqueza: el principio vital único de
cada hombre está intrínsecamente potenciado
por la capacidad de relación personal que
posee.
No
es “otro” principio operativo, sino
potenciación de la dinámica de la emisión
del único programa genético de cada hombre.
No
es un segundo principio de vida, al modo de
más información genética o epigenética, sino
refuerzo de la información genética de cada
viviente humano. No le viene con el tiempo
sino que comunica libertad al principio de
vida transmitido por sus padres con la
constitución misma del patrimonio genético.
Cada hombre dispone en propiedad de
la naturaleza humana común a todos los
hombres. Por ello, el carácter personal no
emerge con el desarrollo corporal. Ni la
transmisión de vida humana es mera
reproducción, ya que, a diferencia de los
demás seres, los humanos no reproducen
íntegramente su naturaleza en nuevos
ejemplares de su especie.
Cada uno posee un
plus que potencia la vida biológica
convirtiéndola en tarea personal,
precisamente al liberarle del encierro al
mero fin biológico.
El fin de cada hombre no está
biológicamente dado y por ello el ser
personal no está sumergido en el automatismo
de los procesos fisiológicos. La libertad
humana queda situada en lo más alto e íntimo
del ser humano, más aún, es la explicación
última de su intimidad y de su
manifestación (4). Esa dimensión
corporal, abierta y relacional, que es
precisamente el elemento constitutivo de la
personalidad humana, es signo de la
presencia de la persona y no causa. Esta
cuestión es de especial importancia en un
mundo en el que la eficiencia aparece como
independiente de la finalidad natural. La
libertad que capacita a cada uno para
marcarse sus propios fines y decidirse,
procede de la persona.
El origen de cada hombre involucra de
modo explícito la fuerza creadora del mismo
Dios, que le otorga el carácter personal, al
llamarle a la existencia a vivir en relación
con Él, haciendo de la vida del hombre el
espacio para responder personal e
insustituiblemente a la llamada que le puso
en la existencia “desde la eternidad”. Quien
no acepta una intervención de la Causa
final, que crea de la nada, deja sin
explicación el origen de ese “vivir más”,
que no es mera vida biológica más compleja.
.
5.
El origen de
cada ser humano “más remoto” que su
comienzo.
El primer
capítulo del Génesis describe como Dios hace
al hombre: “modeló al hombre con el barro de
la tierra…insufló aliento…y fue ser vivo”.
Ӄl quiso formar nuestro cuerpo con sus
propias manos”[2].
El lenguaje de la mano de Dios que forma el
cuerpo, se corresponde con su Palabra
“¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza!”. Con sus propias manos forma al
primer hombre y a la primera mujer (“hombre
y mujer los creó”) y a todo hombre y a toda
mujer. Lo que la Biblia dice del primer
hombre vale para todos.
5.1. La
eficiencia de la generación humana en el
engendrar de los padres.
“En el
principio” la fecundidad humana se
vincula expresamente con el primer hombre y
la primera mujer a quienes encarga
transmitir vida humana mediante la
procreación. La unión por la que se
«se hacen una sola carne» es un gesto humano
genuino de reconocimiento mutuo personal,
del que la biología humana da buena cuenta
(5). El sentido de la unión sexual no queda
descrito en términos de eficiencia, sino en
términos de unión, de entrega mutua.
Engendran los cuerpos personales de un varón
y una mujer. Los padres humanos, siendo
primaria y fundamentalmente causa eficiente,
participan al engendrar en la creación de la
nada que es exclusiva de Dios; que es causa
total. No sólo dan comienzo al
cuerpo, sino que los padres están en el
origen de la existencia del hijo al
participar en el acto por el que Dios llama
a la existencia, crea el alma de esa persona
singular que es el hijo. Es una
con-creación que
causa del origen del hijo, ya que el
mismo sujeto que es engendrado es creado
directamente por parte de Dios.
El impulso de
unidad que aparece entre un varón y una
mujer que se donan, les conduce hacia la
unidad peculiar de la una caro. La
coincidencia del gesto de expresión natural
del amor sexuado con el gesto que les hace
potencialmente fecundos, esa unidad, es
reflejo de la Causa final de la criatura que
es concebida. La eficiencia que se origina
es esencialmente dependiente de la unión. En
ese ámbito personal e íntimo del espacio
procreador Dios moldea e insufla el aliento
que torna eficaz un nuevo comienzo. La
estructura informativa generada en ese
comienzo, es como el precipitado
material de la llamada creadora a ese ser
humano en concreto. Por ello la dotación
genética es signo de la presencia de la
persona: es su identidad biológica y el
apoyo material de su identidad personal. La
relación personal de los padres en el
engendrar forma parte crucial de la
identidad del hombre e incluye la identidad
biológica heredada sin condiciones.
Una combinación
de información concreta, entre las infinitas
posibles de los gametos de los cuerpos
de los padres, no elegida por ellos sino por
Dios en la libertad propia de la naturaleza.
Dios forma el cuerpo del hijo con sus manos
en la libertad de un comienzo en el
acontecimiento espiritual y personal de la
una caro de sus padres.
Acontecimiento en el que el hijo está “en
causa” final y llegará a la vida en un
momento concreto por la causa eficiente de
los procesos temporales de la generación.
Ser engendrado en la libertad de la
naturaleza es un derecho y no algo neutro
para el concebido. Más aún, la gestación en
el cuerpo personal de la madre del hijo
engendrado en ella es una unidad de sentido
biológico y de sentido personal. La biología
humana aporta un aspecto profundamente
significativo del carácter personal de la
maternidad. El cuerpo materno es la primera
habitación que no la suple un
hipotético “útero artificial”. El encuentro
inicial con la madre es humano; da el “último
terminado afectivo” que le permitirle
asimilar e incorporar las estructuras
formales del ambiente a las estructuras
organizadas por la herencia y le dotan de
una capacidad de adaptación a su mundo
peculiar. Una “urdimbre” -en terminología de
Roff Carballo-, que le permite la vida
personal, biográfica, creativa y cultural.
La ciencia muestra la influencia de la
situación personal y los habitos de la madre
en la construcción o “cableado” del cerebro
del hijo que gesta. Más aún, ese desarrollo
es dependiente de las relaciones
interpersonales afectivas. Es bien conocido,
que no acaba de construirse un cerebro
adecuado, que no madura la estructura
orgánica misma, si la vida no es vivida en
relación personal[3].
No solamente las emociones modulan la
capacidad cognitiva, sino que incluso la
relación personal afectiva permite que
desarrolle la lateralización de los
hemisferios cerebrales, imprescindibles para
una operatividad específicamente humana[4].
El desarrollo
del cerebro tiene que ver con la información
genética y la epigenética, con las señales
que recibe del entorno familiar y cultural y
en definitiva con la biografía personal. Los
procesos psíquicos inmateriales emergen de
la estructura funcional del cerebro labrado
por la vida de cada uno. La limitación la
pone el órgano, pero la operatividad es más
libre que la apertura de posibilidades que
la masa cerebral ofrece. En efecto, el
“plus” humano, que es la facultad
inteligencia, tiene como base biológica la
indeterminación de los circuitos neuronales;
una indeterminación que es intrínseca a la
dinámica funcional y que consiste en una
regulación del funcionamiento mediante
frenado de los procesos neuronales (6). En
cuanto que el intelecto detiene, frena, o
inhibe lo inmaterial psíquico, no está
determinado por lo fisiológico. Por ello, si
la facultad inteligencia se manifiesta en la
regulación de las estructuras psíquicas,
puede afirmarse que lejos de que emerja de
ellas, permite liberarlas del automatismo
biológico.
En definitiva, dar origen a un viviente
humano significa insuflar libertad a un
cuerpo que comienza a generarse en la
eficiencia de la confección de un genoma
humano desde progenitores humanos.
5. 2.
Hominización
La cuestión que
se plantea a continuación es el origen
evolutivo del cuerpo humano. Es decir, cómo
se origina un patrimonio genético humano sin
progenitores.
El proceso de
hominización, que da paso al hombre, se
inserta en el proceso evolutivo de los
primates del viejo mundo. En el camino
ontológico hacia el hombre, con la
eficiencia propia del proceso evolutivo de
lo simple a lo complejo, se han ido
fraguando una serie de cambios en los
materiales de la herencia de los grandes
simios que suponen incoación de procesos
anatómicos y fisiológicos que alcanzarán su
“plenitud de significado biológico” en la
generación de la “carne humana”. El Creador
formó con sus manos el cuerpo del primer
hombre y la primera mujer en la eficiencia
de la materia de la vida orientada y
finalizada a cuerpo humano. Los
seres humanos divergieron fenotípicamente de
los grandes monos de forma repentina. Ante
nosotros está el desafío de encontrar los
cambios genéticos en el linaje humano que
explique nuestros rasgos inusuales[5].
Los datos de la ciencia muestran que ha
habido dos etapas de preparación. En una
primera, remota,
se mejoran las
condiciones generales para un modo de vida
pautada por un buen cerebro[6].
Por ejemplo, la
selección natural ha favorecido en la línea
de los primates antropoides, particularmente
de los humanos por su larga vida[7],
aquellos cambios que permiten la producción
de energía limpia en el cerebro.
La etapa más
próxima de la hominización tiene una
fase de divergencia de Homo y Pan desde un
antecesor común; y una última fase en que
los australopitecos dan paso a la primera
etapa de la humanidad, el Homo habilis.
Recientemente se ha realizado la comparación
del genoma del chimpancé con el humano, y se
ha generado un catálogo completo de las
diferencias genéticas entre ambas especies[8],
que permiten analizar la selección positiva
y negativa de las mutaciones acaecidas en
ambos genomas. Algunos datos de interés son
los siguientes.
1) En la línea humana ha habido “pérdida” de
genes que suponen reducción de capacidad de
adaptación al medio y que llamativamente son
ganancia en posibilidad de manifestación del
carácter personal. Por ejemplo, el registro
anatómico fósil[9]
muestra la perdida del gen d