Por
Natalia López Moratalla.
Arvo Net, 2006
1. «El amor puede ser mandado
porque antes es dado» (Deus
Caritas est, nº14).
El
mandamiento «amaras a tu
padre y a tu madre» tiene
una especial textura humana. Es
tan connatural con el hombre que
constituye la bisagra de las dos
tablas de la ley que recibió
Moisés: la primera con el
mandato de amar a Dios y la
segunda de amar a los demás. ¿Es
posible que estemos abocados a
perder el sentido del «dulcísimo
precepto», como se ha
llamado al cuarto mandamiento?
Ciertamente, su enorme calado
humano está en peligro. Así lo
manifiesta el cambio importante
del lenguaje que se ha dado en
la cultura del hombre
autónomo. En este lenguaje
el término procreación se
sustituye por el de
reproducción para describir
la profunda relación personal de
amor paterno-filial que lleva
consigo la transmisión de la
vida humana. Ambos conceptos no
son necesariamente excluyentes:
cada persona, que es engendrada
en el amor de sus padres, y
aparece en un momento singular y
concreto de comienzo, es
al mismo tiempo creada por el
Amor del poder creador de Dios,
que le llama a la existencia
desde la eternidad.
Sin
embargo, desde que la humanidad
optó por igualar de modo
arbitrario engendrar los hijos
con generarlos mediante
producción, tras cada uno de
esos términos resuena una
diferente concepción del hombre,
un modo distinto de entender el
mundo natural y de valorar la
intervención manipuladora de la
vida naciente, de la vida humana
en sus orígenes. Esta cuestión
es de gran importancia. Muchos,
en la pasión obsesiva de
emanciparse de toda atadura,
reniegan de deber a alguien su
existencia. Optan por una forma
de emanciparse definitivamente
de su naturaleza, de su
condición de criatura. Quieren
una autonomía
incompatible con la realidad de
su ser natural que tiene su
comienzo en el engendrar de sus
progenitores. Y la técnica de
nuestros días ha permitido
separar fácticamente el
acontecimiento natural y
personal de la unión de un
hombre y una mujer del fenómeno
puramente biológico.
Apoyándose en la necesidad
que rige en el dominio de lo
biológico, se reduce la
procreación a mera reproducción
programada racionalmente, de
acuerdo con los intereses de
terceros. Los nuevos hombres son
confeccionados en el laboratorio
para cumplir convenientemente su
misión; y como resultado de un
ajuste de necesidades los
planificadores han de dar cuenta
del producto final a los que
realizan el encargo. Por esa
eficiencia intrínseca de la
fecundación de los gametos
masculino y femenino, ponen en
la existencia a esos seres
humanos. Obviamente Dios está en
el origen; es garante de la
dignidad de la persona, sea como
sea la forma de su comienzo a la
existencia; es su Amor quien
llama a la existencia a todo
hombre. Los planificadores ni
llaman ni eligen; confeccionan
el cuerpo, siempre de varios
hermanos, y se arrogan
seleccionar por eliminación. Una
selección siempre injusta,
incluso cuando no fuera
caprichosa y dictada por
preferencias arbitrarias.
Los
planificadores, tanto asistentes
como asistidos en la
reproducción, confeccionan. Por
ello, en rigor, se les puede
exigir cuentas de esa existencia
que se ha generado en la
eficiencia de la reproducción.
Más adelante el nacido les podrá
exigir cuentas de por qué le
pusieron en la existencia, por
qué ya existiendo tuvo que pasar
pruebas de cuyo resultado
dependió que se la ganara o
perdiera, y hasta de por qué en
esas pruebas tuvo que ganarse su
existencia en competencia con
otros hermanos. Si el nacido
tiene dificultades de relaciones
personales, o simples
limitaciones físicas, o defectos
podrá pedir cuentas de porque se
le negó el hábitat materno en
esos primeros días de su vida en
que tanto la necesitaba y
permaneció entre cristales o en
el frió de la congelación.
Existe una singular y radical
diferencia entre quienes generan
produciendo y quienes procrean
engendrando. Éstos pueden decir
con verdad al hijo “no te
hicimos, nos amamos y tu
existencia es don fruto de ese
amor”. Una diferencia con la
producción que conlleva una
mentalidad dura y quien sabe si
no llevará a perder lo más
humano de la vida: la fuerza de
los lazos naturales familiares
que atan y unen en las
corrientes del rio de la vida.
Este cambio de lenguaje
-reproducción por procreación-
tiene una cierta resonancia de
la rebelión del primer hombre y
la primera mujer que no se
fiaron del amor de Dios que les
puso en la existencia, sobre la
Tierra. Ellos, los dos primeros
seres humanos, que no tuvieron
padres humanos, son los primeros
padres de todos los hombres al
recibir el mandato del «crecer
y multiplicaros». Ellos
iniciaron la familia humana en
su amor mutuo. «En el
principio», Dios ordena a
Adán y Eva transmitir vida
humana en la unión por la que
se «se hacen una sola carne»;
les encarga engendrar en un acto
de reconocimiento mutuo
personal. De esta forma y para
siempre, en esa unidad de los
cuerpos personales de un varón y
una mujer los hijos son
engendrados.
«Y
puesto que es Dios quien nos ha
amado primero (cf 1Jn 4,10),
ahora el amor ya no es sólo un
“mandamiento”, sino la respuesta
al don del amor, con el cual
viene a nuestro encuentro» (Deus
Caritas est, nº1). La llamada a
la existencia por el poder del
Amor creador de Dios está
siempre garantizado para cada
hombre. Como está, aunque en
otra medida, garantizado el
amor de un padre y una madre a
su hijo. Pero al hijo no le
basta que le quieran a él. Es un
derecho de cada hombre tener el
origen en el amor de los
padres entre sí. Restárselo es
ofenderle. Por ello podría en
este sentido ser solicitado,
pero no mandado, el amor al
padre y a la madre. Y si se pone
en peligro el mandato de honrar
padre y madre, se debilita o
oscurece la relación filial con
el Padre de quien procede toda
paternidad. Una cultura así
genera violencia y muerte: el
amor sólo puede ser mandado si
antes es dado.
2. Cada persona humana tiene su
origen en el ámbito de un amor
dado primero.
Los
padres humanos son primariamente
causa eficiente, pero
tienen confiado participar, al
engendrar, en la creación de la
nada que es exclusiva de Dios;
creación que causa la criatura.
No sólo dan comienzo al
cuerpo, sino que es una
con-creación que
causa el origen del hijo:
el mismo sujeto que es
engendrado es creado
directamente por el Amor de
Dios, «a su imagen y semejanza».
Los padres están en el origen de
la existencia de esa persona
singular que es el hijo.
La
biología nos aporta el sentido
propio del comienzo del
cuerpo de cada hombre. Como en
todo individuo la fecundación
causa eficientemente la
actualización de la información
genética heredada de los
progenitores en una peculiar
unidad celular, el cigoto.
En él está todo el
individuo en la etapa de
comienzo y, por tanto, tiene
en acto todas las
potencialidades propias de esa
etapa y sólo ellas. Es un
verdadero cuerpo de un miembro
de la estirpe humana con el
trazado de los ejes corporales
ya incoados, asimétrico, e
indivisible. La génesis de todo
individuo tiene una dinámica
epigenética que trascurre en el
tiempo, de lo simple a lo
complejo, por retroalimentación
de la información. La génesis de
cada individuo animal está
pautada por la eficiencia de la
materia viva y por ello no es
fin por sí mismo.
Está en función de la especie y
ésta finalizada en la unidad del
mundo vivo donde se manifiesta
una tendencia hacia la
complejidad. También la biología
humana muestra
el plus de
complejidad de cada cuerpo
humano que le permite estar
abierto a más posibilidades que
las que la biología ofrece.
El elemento nuevo, apertura o
relacionabilidad, no es
simplemente más información
genética ni epigenética,
sino potenciación de la
dinámica del único principio
unitario. Un dinamismo
vital abierto a la relación
personal y que no crece en
paralelo al desarrollo corporal.
Dicho de otro modo, ese plus no
es “otro” principio; el
principio vital único de cada
hombre está intrínsecamente
potenciado por la capacidad de
relación personal que posee;
está reforzado con libertad. El
carácter personal de cada
miembro de la estirpe humana es
un “vivir más”, que no es simple
vida biológica más compleja,
sino biografía personal,
liberación del encerramiento en
lo biológico.
La
biología humana muestra también
que el engendrar humano está
liberado del automatismo
biológico de la reproducción
animal. La transmisión de la
vida humana no está en función
de la especie; ni ajustada por
el instinto, ni reducida a los
individuos mejor dotados por la
biología, ni pautada por
selección natural a la
adaptación al entorno. La
menstruación femenina es el
único signo externo percibible
del ciclo femenino de
fertilidad, a diferencia de los
animales en que el tiempo de la
fertilidad es advertida por
cambios físicos y de
comportamiento que marcan el
reclamo instintivo. Es un signo
oculto para el automatismo
biológico y sólo racionalmente
puede ser buscado y conocido,
haciendo de la
paternidad-maternidad un
proyecto personal de uno y una.
De
forma natural se da la
coincidencia intrínseca del
gesto de expresión natural del
amor sexuado con el gesto que
hace potencialmente fecundos a
un hombre y una mujer. El
impulso de unidad que aparece
entre un varón y una mujer que
se aman, los conduce hacia la
unidad peculiar de la una
caro. Por ello, la
fecundidad humana se vincula
expresamente con el amor entre
un hombre y una mujer y esa
unidad es reflejo de la Causa
final de la criatura que es
concebida. La eficiencia que se
origina es esencialmente
dependiente de la unión, que es
por sí misma, bondad, finalidad,
telos para la criatura
engendrada.
Los
procesos que tienen lugar en la
unión sexual de una varón y una
mujer, tienen unidad natural de
sentido en dependencia del amor
que es el impulso natural de esa
unión, que es entrega mutua. El
hijo está “en causa” final en el
abrazo de los padres y llegará a
la vida en un momento concreto,
pero siempre inmemorial, por la
causa eficiente de los procesos
temporales de la generación.
Esos aspectos son mecánicamente
separables, y cuando se pretende
la separación hay que confiar la
eficiencia a alguien capaz de
hacerla técnicamente. Esas
causas eficientes serían los
demiurgos, los cuales por
ser pura eficiencia, son
esencialmente distintos de la
causa final, es decir del bien
de la persona generada, son
necesariamente ajenos a la
bondad. Una cultura en que la
confianza se pone en los
demiurgos el amor no es dado
primero y por ello no puede ser
mandado, ni exigido, ni esperado
3. Cada uno es llamado a la
existencia en el amor de los
padres.
«A
la imagen del Dios monoteísta
corresponde el matrimonio
monógamo. El matrimonio basado
en un amor exclusivo y
definitivo se convierte en el
icono de la relación de Dios con
su pueblo» (Deus Caritas est,
nº11). La alianza entre Dios y
los padres lleva a reconocer que
los padres deben vivir una
entrega mutua completa, que
refleje adecuadamente, con el
lenguaje del cuerpo sexuado, el
Amor con que Dios ama primero a
cada uno de los hombres.
La alianza
que Dios establece con los
padres constituye a éstos en una
imagen propia y específica,
única, de Dios en cuanto creador
de la persona singular. Es en
ese ámbito personal e íntimo, en
el espacio procreador que crean
los cuerpos personales unidos,
es en el que Dios moldea e
insufla el aliento, libertad,
que torna eficaz un nuevo
comienzo humano. Dios moldea al
elegir, “desde la eternidad” a
la existencia a ese hijo
concreto de ese padre y esa
madre entre las infinitas
combinaciones posibles de los
gametos de sus cuerpos. En la
libertad de la naturaleza, en la
libertad de un comienzo
procreado, el hijo es fruto del
amor con-creador y es recibido
gratuitamente por ser quien es,
sea como sea. Solo Dios puede
dar cuenta de esa elección. Y
así, es el Amor
−y
con él, el amor aliado−
el
garante último del valor
absoluto de cada miembro de la
estirpe de los hombre. Es
elegido él y no otro.
Cada ser humano es un nuevo
comienzo con una identidad
propia causada por la
combinación genética aportada
por los gametos concretos de sus
progenitores que se encontraron
y fundieron. La estructura
informativa, o patrimonio
genético, que da la identidad
genética es como el precipitado
material de la identidad
personal, de la llamada a la
existencia a ese ser humano en
concreto. Por ello la dotación
genética es signo de la
presencia de la persona. Dios
insufla libertad y hace viviente
humano, persona, el barro de la
tierra modelado a carne humana.
Cada hombre tiene su origen en
el poder del Amor a él mismo por
él mismo. Todos iguales en
origen. Todos desiguales, y
únicos, en cuanto al comienzo
en un tiempo concreto, desde un
barro concreto modelado a cuerpo
propio de cada uno.
Es
característico de la modernidad
el esfuerzo por la emancipación
de la eficiencia (el aspecto
procreador en este caso)
respecto de la finalidad, que es
el aspecto de unidad, de bien,
de causa final. Ciertamente, hay
un instinto fundamental
que hace que cada ser humano
experimente un impulso de amor y
de protección respecto de los
seres que ha procreado. En esto
la persona humana se encuentra
en una situación que se reconoce
análoga a la de tantos animales
en los que se advierte muchas
veces un instinto fortísimo de
protección a las crías. Los
hijos no son un derecho de los
padres humanos aunque hayan sido
engendrado por ellos; no son
de ellos como una posesión.
o como un simple objeto de
dominio. Es Dios quien llama a
la existencia a esa persona
concreta y singular y encarga a
los padres engendrarle. Por todo
ello, ser engendrado en la
libertad de la naturaleza es un
derecho y no algo neutro para el
concebido. La relación personal
de los padres al engendrar forma
parte crucial de la identidad
del hombre e incluye la
identidad biológica heredada sin
condiciones, pero que es mucho
más.
La
relación del hijo engendrado con
los padres es análoga a
la relación con Dios: fruto de
amores personales. Por
constituir una alianza tan
absolutamente singular con Dios,
participan, en la mirada del
hijo, del carácter de aquello
que no es elegible ni pagable.
Los padres se encuentran al
nivel de las condiciones de la
propia existencia, es decir, de
aquello que siendo necesario
para vivir, no es disponible al
arbitrio personal. De aquello de
lo que un hijo no puede pedir
cuenta. Es el ámbito de la
piedad filial.
4. La llamada a la existencia
exige respuesta.
Toda criatura humana tiene que
responder a la llamada; le
compete aceptar su propia
creación. La persona humana es
creada por una llamada, es
decir, se constituye como
respuesta a una llamada, y por
tanto se constituye como tensión
hacia un fin que ha de ser
asumido personalmente. La
realidad personal tiene un
carácter itinerante ya que la
vida recibida es don y es tarea.
La vida no le viene resuelta por
la biología, a ningún hombre. Su
peculiar fisiología está
indeterminada en su acontecer
biológico y abierta a la acogida
familiar. Solo con esa acogida
se desarrolla, asume la llamada
y responde y alcanza la plenitud
personal a que está llamado.
Desde la visión mecanicista la
persona no es más que un
mecanismo sofisticado, en el
cual se pueden inducir
determinadas influencias para
completar la deficiencia que
tiene en su origen. Y así, se
supone que con el desarrollo
corporal y las relaciones
culturales y sociales emerge la
autoconciencia.
Sin
embargo, la conciencia no emerge
sino despierta. Se ha estudiado
con profundidad la experiencia
humana del despertar de la
subjetividad, como respuesta a
la mirada amorosa
maternal-paternal. El niño
reconoce esa mirada de
aprobación y responde con la
sonrisa. Lo primero que conoce
es la otra persona, la mirada
que le afirma, y es en ese
reconocimiento como despierta a
la vida consciente. La
conciencia de la subjetividad,
del yo, se despertara
más tarde; sin embargo, aunque
yo no pueda recordarlo, la
existencia de mi persona se
retrotrae hasta ese origen.
El
niño se reconoce a sí mismo como
fundamentado en el amor; percibe
que ha entrado en el mundo como
fruto de un amor, es decir, que
ha recibido la existencia de un
modo absolutamente gratuito: el
amor de Dios a él y la alianza
de Dios con el amor de sus
padres. Lo amorosamente gratuito
es la propia existencia, el
regalo esencial es el ser mismo.
Esto es lo que permite a la
persona encontrarse en un mundo
esencialmente favorable y que
necesita para vivir
personalmente.
La
acogida amorosa
maternal-paternal es símbolo
real del acto creador de Amor
creador y aporta la confianza
en que el mundo, el fundamento
de su existencia, está cargado
de sentido, de bondad, de
armonía. A los padres
corresponde transferir la
respuesta del hijo hacia el amor
de Dios. Los lazos familiares
crean el ámbito de aprendizaje
para la vida que abarca no sólo
el derecho elemental a la vida,
sino todas aquellas condiciones
que posibilitan la vida humana:
relaciones personales,
comunicación, cultura, historia,
etc. Éste es un ámbito
importante, porque el
reconocimiento de la propia
historia es condición
imprescindible para el
reconocimiento de la propia
identidad. Gracias a las
tradiciones sabemos quiénes
somos, y como responder.
¡Honra a tu padre y a tu madre!
puede sernos mandado. Es un
mandamiento.
Natalia López Moratalla
natalialm@unav.es
Arvo
Net, 2006