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REDIMENSIONAR LA CIENCIA POSITIVA (Natalia López Moratalla)

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 REDIMENSIONAR LA CIENCIA POSITIVA

Por Natalia López Moratalla

  Sumario

2. Las dificultades de la ciencia positiva en el camino hacia la verdad
2.1. Conocer para poder
2.2. El conocimiento científico, el más seguro
2. 3. Reducir los misterios a problemas
2.4. Extraños maridajes ciencia-filosofía
2.5. La desconfianza en el conocimiento que aporta la Revelación
 
3. Repensar la ciencia: la apertura a los enfoques de las diversas disciplinas
3.1. El mundo natural habla del Creador
3.1.1. La luz del sentido último de la realidad y las ciencias de la vida
El valor de los diferentes seres
3.1.2. La naturaleza no contesta a preguntas mal enfocadas
3.1.3. El mundo natural habla también cuando dice “no” a la manipulación.
3.2. La Ciencia no puede, aunque quisiera, ocuparse sólo del ”cómo”. Es preciso teorizarla poniéndola así en relación con los otros modos de conocer
3.2.1. Materia y forma como estructura de la realidad inerte, viva y humana. Acto y potencia en la dinámica de la vida. Automatismo biológico e indeterminación respecto al fin.
 
1. Pensar y repensar la ciencia positiva.
 
Los cultivadores de la ciencia positiva son gente con la ambición de comprender el mundo natural, conocerlo y dar razón de él. Ambicionan conocer por qué es como es y funciona como funciona. Y todo esto, para poder intervenir en ese mundo de manera y sistemática, programada y cambiarlo, con la idea de mejorarlo en sí mismo, y sobre todo manipularlo en función de la mejora de las condiciones de la vida humana. Desde las lejanas e inconmensurables galaxias al más simple y diminuto representante del mundo de la vida caben en el marco de interés de la ciencia positiva. 
 
La ciencia positiva no es neutra. La ciencia y la técnica que de ella derivan son productos culturales. Pocas ideas favorecen más una pasividad temeraria respecto al valor y la orientación de la técnica y la ciencia, que pensar que la única finalidad de la ciencia consiste en la producción de conocimientos verdaderos acerca del mundo. Una especie de angélica actividad humana que carece de calificación moral, y que comienza precisamente cuando empieza su aplicación. La ciencia positiva necesita ser redimensionada porque no es importante sólo en el plano de los descubrimientos científicos. Lo es porque, entre otras cosas, cambia la forma en la que la gente ve y vive en el mundo.
 
La ciencia positiva ha sido capaz de introducir en nuestra cultura una visión dualista, según la cual, los hechos son hechos; las proposiciones científicas son objetivas e indiscutibles, y quedan fuera de su consideración las cuestiones de sentido, éticas o estéticas (a las que se denomina valores). Si bien se reconoce que no pueden desaparecer del discurso humano, se subraya que sobre ellas no es posible un discurso estrictamente científico. 
 
En la comunidad científica, los investigadores mantienen de hecho diversos niveles de actividad y protagonismo. El progreso científico se verifica esencialmente por la acción de unos pocos que piensan la ciencia. Inteligencias audaces, a veces hasta temerarias, que lanzan las redes -las hipótesis- en busca de datos, preguntan y observan y se atreven, en definitiva, a mirar la realidad desde su propia perspectiva y, sobre todo, con el enfoque desde el que han decidido mirar. Preparan y dibujan los paradigmas, o simplemente aplican a su campo los que otros proponen; en cualquier caso proporcionan una visión nueva e innovadora de cuestiones ya planteadas, sacando a la palestra otras nuevas. Son muy pocos los que acometen esta tarea innovadora.
 
Estos pensadores originales son los que determinan “el color y la graduación” con que se enfoca un determinado aspecto de la realidad. Y desde esa perspectiva de la ciencia que cultivan, así como del enfoque teórico que marcan, se ponen en marcha miles y miles de laboriosos y eficaces investigadores que diseñan experimentos, perfeccionan y amplían el alcance de las tecnologías en boga; pesan, miden, calculan y resuelven problemas; diseñan modelos y dan explicaciones que interpretan la realidad teñida del color de los cristales; explicaciones supuestamente cada vez más verdaderas aunque, al mismo tiempo, siempre provisionales.
 
«Problemas convergentes»
 
Hay problemas científicos -que Schumacher denomina, en su obra “Guía para perplejos”, problemas convergentes- cuya resolución ofrece un aumento de la capacidad de percepción de la realidad en facetas muy concretas y fundamentalmente en los aspectos que hacen referencia a estructuras, composición, interacciones e interferencias mutuas entre diversos componentes, etc. En este nivel descriptivo la investigación no sólo permite, sino que de suyo exige, limitarse a los aspectos meramente cuantitativos de la realidad, y que se resuelven "buscando más datos" que permitan confrontar las propuestas o plantear otras hipótesis. El plano de verificación de estos juicios es la realidad sensible como tal: los procesos explicables a través de mecanismos causa-efecto. Las soluciones son comunicables de suyo y por ello cuando se resuelven los problemas la solución pasa al acervo común de la ciencia. Es el mundo de los especialistas y expertos que fundamentalmente describen y cuantifican en modelos matemáticos. La actividad teórica se limita prácticamente al establecimiento de marcos mínimos, leyes que permitan unificar o expresar y ordenar los resultados. Los marcos conceptuales o teorías unificadoras, el nivel propiamente teórico, está ausente en la mayor parte de los grandes laboratorios y grupos de investigación. La labor se limita a constatar si los experimentales, obtenidos de la cada vez más sofisticada experimentación, son coherentes con los planteamientos teóricos generales. Si no es así, los datos obtenidos se rechazan como inútiles. Muy pocos equipos pueden publicar resultados propiamente negativos que cuestionen dogmas establecidos. Recuerdo el comentario, no libre de un cierto cinismo, de Peter Mitchel al conocer datos que podrían poner en duda la teoría por la que le habían galardonado meses antes con el Premio Nobel tras muchos años de rechazo de sus postulados: “antes de que sea posible que se difundan y acepten tales datos yo me habré ido a la tumba con una carcajada”. 
 
Necesidad de intercambio interdisciplinar
 
Ciertamente para añadir algo innovador que descubra lo que otros no han visto aún, es necesario una aceptación crítica de los conocimientos anteriores, que permita salirse en cierta medida de aquellos supuestos que no están firmemente fundamentados, aunque sean ideas establecidas en la comunidad científica. Esta labor de teorización de la ciencia es necesariamente una labor de intercambio interdisciplinar; de colaboración entre cultivadores de diversas disciplinas que permitan profundizar desde los diversos aspectos con enfoques diferentes, y todos ellos rigurosos -con el rigor propio de la disciplina que se cultiva-. Sólo cuando se ahonda, los principios comienzan a converger hasta unificarse en síntesis capaces de iluminar los variados enfoques desde los que se puede mirar la realidad. La investigación requiere esos focos de interés y trabajo comunes que hacen posible que cada parcela dilate sus horizontes. Son focos vivos donde la amistad y el respeto por la autonomía de los diversos métodos hacen posible superar los obstáculos de un trabajo intelectual en común. Con frecuencia la competitividad de los centros de investigación, donde el tópico del “publica o perece” lleva a tantos a definir al científico como “esa gente seria que no pierde el tiempo contemplando el universo o tratando de conocerse”, mata la creatividad del pensamiento convirtiendo la investigación en mera experimentación acumulativa de datos. La labor interdisciplinar exige estudio, dilatación del ámbito de interés, dedicación de tiempo a profundizar en aspectos que van más allá del puñado de datos que se requieren para redactar un trabajo científico en un área obligatoriamente especializada. 
 
«Repensar» la ciencia
 
En cierta medida por ello, la mayor parte de los científicos, tanto de los experimentalistas, como de los líderes que dictan los paradigmas y las modas, se despreocupan por completo de repensar la ciencia. No atienden a la cuestión esencial acerca de si su actividad les pone o no en contacto con la realidad, con la verdad de las cosas que tratan de conocer. Están ausentes las preguntas del tipo ¿a dónde lleva en definitiva todo ese cálculo, ese pesar y medir y simular y teorizar y tratar de unificar teorías en una única que abarque y explique todo? La pregunta sobre la ciencia positiva misma, como modo de conocimiento, no inquieta a la mayoría de sus cultivadores. Y generalmente esa pregunta se disgrega de los cometidos propios de las ciencias positivas aproximándose a la filosofía de la ciencia, donde constituye una cuestión permanentemente candente.
 
Tal despreocupación por la cuestión sobre si la ciencia positiva nos dice o no, o nos puede llegar a decir, la verdad sobre las cosas ha recibido justificación teórica en los postulados del conocido filosofo de la ciencia Kuhn. Los científicos, según Kuhn, comparten puntos de vista sobre sus disciplinas y sobre el mundo en general. Estos puntos de vista compartidos, los paradigmas, no son ni verdaderos ni falsos, y unos desplazan a otros -así sucede en las revoluciones científicas- por motivos mucho más subjetivos que el grado de verdad que contienen: modas, acuerdos, capacidad de arrastre de quienes los proponen, etc. Esta visión ha “humanizado” la ciencia. Ésta no es vista como un cumulo de conocimientos, sino que fija la atención en la persona del científico, en los hombres que ejercen la actividad científica.
 
La comunidad científica de forma paradójica parece haber aceptado, sin más profundización, estos postulados. Es contrario a la actividad investigadora misma que la ciencia positiva no ofrezca la verdad sino solamente una sucesión de interpretaciones, unas mejores que otras para los objetivos específicos y prácticos que dictan las modas. Pero que de ninguna de ellas puede decirse que es verdad en el sentido estricto del término.
 
El propio Kuhn refiere una experiencia personal que le confirmó en el relativismo de la verdad. Llevaba tiempo enfrentándose a la Física de Aristóteles, desconcertado por los funestos errores que percibía. Sin embargo, un día cambió sus gafas por las de Aristóteles y desaparecieron sus perplejidades: le fue necesario aprender a pensar en cierta medida como si fuera un aristotélico. Es decir, el paradigma especifica lo que se puede y lo que no se puede aceptar como teoría y de esta manera determina la forma y el contenido de la ciencia. Esta experiencia podría haberle proporcionado la consideración de que necesitamos analizar y revisar el bagaje intelectual con que se mira la realidad a fin de alcanzarla más directamente, con menos interferencias; sin embargo sus propios prejuicios le llevaron a la afirmación de que lo que se ve está en función de la cantidad de equipaje utilizado en el acto de mirar, y no en función de lo que realmente se está mirando. 
 
El cambio de una visión por otra no produce en absoluto un crecimiento lineal del conocimiento de la realidad. Los paradigmas son despóticos; la comunidad científica se basa en agrupaciones que aceptan mirar la realidad desde el mismo paradigma; lo que implica ponerse las gafas de determinado color y aceptar por tanto que lo que se ve no es la realidad. Lo que cabe afirmar de la realidad no está en función de la realidad misma, sino en función de los presupuestos, prejuicios, el color del cristal con se mira.
 
Esta descripción de la actividad científica que expresa la renuncia a conocer o alcanzar, aunque sea muy parcialmente, algo de la verdad, resulta muy desconcertante. La tarea de la ciencia positiva es encontrar verdades, parciales o de aspectos concretos de la realidad, pero verdades al fin. Serán por propia naturaleza verdades penúltimas, ya que no se refieren a los aspectos últimos de la realidad, pero sí que se busca certeza. Verdades inscritas en la realidad y que están a la espera de ser encontradas ¿Cómo puede realizarse esa tarea si se parte de la negación de que la realidad tenga algo cierto que mostrarnos? De hecho, el científico utiliza constantemente ideas que proceden del conocimiento natural espontáneo; de la observación directa. Si no hay una realidad objetiva -o si habiéndola no es posible verla por la interferencia que suponen las ideas preconcebidas aceptadas, los paradigmas, las visiones compartidas en la cultura dominante en un lugar y en un tiempo-, la ciencia no es un modo de conocer humano; un camino hacia la verdad. La indiferencia ante esta cuestión manifiesta una crisis profunda que hace urgente encontrar modos de repensar la ciencia y poder así situarla en su lugar propio en el conocer del hombre.
 
2. Las dificultades de la ciencia positiva en el camino hacia la verdad.
 
Un breve análisis de los obstáculos, que entorpecen la actividad científica, como camino hacia el conocimiento de la verdad del mundo natural, puede ayudar a dilucidar cómo salir de esta crisis. La ciencia positiva, como búsqueda de verdad, es un camino que exige capacidad de liberarse de las ataduras intelectuales que hay tras esos obstáculos. Me voy a referir fundamentalmente al campo de las ciencias de la vida, no sólo porque investigo en él, sino porque es el ámbito en las que, en estos últimos decenios, se ha dado un enorme progreso que ha traído además consigo el desarrollo, verdaderamente espectacular, de la biotécnologia. Son ciencias desarrolladas después de los inicios de otras ciencias positivas, cuyo nacimiento tuvo una clara y potente vinculación con la concepción cristiana del mundo. La biología actual, especialmente la biología humana” no ha tenido tal vinculación.
 
2.1. Conocer para poder
 
Posiblemente la tentación de renunciar a conocer la realidad obedece a que se busca el conocer para poder. El conocimiento científico es muy fácilmente reducible a técnica, convertible en un saber para manipular y doblegar lo conocido, precisamente porque su objetivo es conocer los aspectos materiales cuantitativos y mecánicos. De ahí la tentación de valorar sólo la tecnología derivada de la aplicación de los conocimientos. La técnica de suyo es progresiva, innovadora e imparable. El desarrollo tecnológico asegura una sociedad de progreso material, consumo y bienestar. Asegura, o al menos promete, salud y calidad de vida, sin atender al precio a pagar. El poderío de la técnica no admite límites cuando proviene de la renuncia expresa a la verdad. No hay frontera alguna si se desconfía en que algo sea como es, y no como se quiera que sea, para que funcione al servicio de intereses. 
 
El precio a pagar ha resultado ser excesivamente alto: se ha llegado a la desconfianza acerca de lo que no sea producto de la acción humana. Nada significa nada de suyo, sino sólo en función del significado que se le otorgue, en cada situación y en cada momento, y siempre en función del progreso técnico, y de la opinión mayoritaria. Son pocos los que confían plenamente en las soluciones técnicas del tipo de lograr la energía de la fusión atómica para solucionar el hambre del mundo. La tecnología misma, en sus aplicaciones destructivas o sus imprevistos incontrolables, ha generado un miedo real. La fe en la omnipotencia del hombre moderno ha ido perdiendo fuerza, incluso en áreas como la biotecnología aplicada a la agricultura y a la industria alimentaria. Los alimentos transgénicos, por ejemplo, provocan un rechazo generalizado porque se considera que el riesgo supera los beneficios que aportan. En cambio, el auge de la confianza en la técnica se centra en el área de la salud, las condiciones de calidad de vida y la llamada medicina del deseo. 
 
No deja de ser paradójico que en España, en los últimos años, los medios de comunicación hayan llamado continuamente la atención, y presionado a los legisladores, en relación con las posibilidades que ofrece la biotécnologia biomédica que pretende el uso de embriones humanos como material de partida para investigación y uso terapéutico. De hecho, España no ha superado nunca el listón de “aspirante a promesas” en tecnología innovadora y tampoco en la biotecnología; existen muy pocas “Bioempresas” capaces de competir en el selectivo mercado internacional, y sólo muy tímidamente empiezan a despuntar investigadores dispuestos a lanzarse a la empresa tecnológica, al tiempo que crecen las posibilidades de ayuda en forma de inversión pública o privada o de capital de riesgo. Como en otros países europeos, las empresas biotecnológicas se apoyan en el carácter emprendedor de los científicos norteamericanos capaces de crearlas, con sorprendente agilidad, en el seno de universidades y centros de investigación. Pero, las expectativas acerca de los efectos de la ciencia y la tecnología en la calidad de vida, la salud y el trabajo aparecen y se mantienen como claramente positivas. 
 
En España, como en otros países del entorno cultural, el aspecto quizás más paradigmático de la adquisición de poder es la aceptación -como un beneficio aportado por la ciencia, un bien impagable a los científicos, - de la práctica de la fecundación artificial. La aceptación de la reducción de la generación, con todo el significado antropológico de la transmisión de la vida humana, a mera producción. Para muchos al inicio fue un remedio de excepción, y mientras no se supiera combatir la esterilidad; y con el tiempo, el acceder a esta técnica se ha convertido en obligación: si no es posible engendrar, y la ciencia médica puede aportar la felicidad de la paternidad -afirman- no hay argumentos que oponer. La realidad, en este caso la fecundidad procreadora, son sólo hechos y procesos -se afirma-. No hay misterio alguno, ni significado alguno más allá de un proceso biológico, eso sí cargado de una emotividad irracional. Ni siquiera en el origen mismo de la persona del hijo existe más misterio que el misterio de la reproducción animal. Oponer razones profundamente humanas que muestran la gravedad de reducir la procreación a mera reproducción, o la defensa de la dignidad de la procreación, o el derecho del hijo a ser engendrado en el amor de los padres, se ve como una forma de insensibilidad o incluso de crueldad. , como un fundamentalismo paralizador del progreso y limitante de una opción, que ofrece el poder de la ciencia. Se tiene derecho a optar por una forma u otra de conseguir un hijo sin que exista necesariamente un problema de esterilidad o de infecundidad. Más aún, negarse a proporcionarlas es una injusticia con aquel o aquella que desea y necesita ser padre o madre. 
 
Se plantea que toda convicción, incluso la religiosa, tiene que estar disponible y rendirse ante los beneficios del poder técnico. No merece atención quien mantenga decididamente que hay convicciones que no están disponibles ilimitadamente. Son los prejuicios religiosos los que enfrentan a los beneficios que ofrece la ciencia. De ahí que el relativismo llegue a verse como presupuesto necesario para la tolerancia. Es inhumano, se añade respecto a la práctica de la fecundación artificial, denunciar que la lógica del sistema de producción de seres humanos tenga una cara amarga. No se puede responsabilizar a nadie de que los embriones tengan necesariamente que ser producidos en exceso para seleccionar, y destruir, o usar para otros fines, los productos subóptimos. En este sistema sobran los hijos más enfermos, más débiles, o sencillamente excesivos para un proyecto procreador controlado por la técnica y no dejado al albur de la naturaleza. Abandonarlos sin oportunidad de continuar la vida recién comenzada no es más que un efecto no deseable, en principio, pero necesario para la eficacia del proceso. 
 
Incluso para quienes la dignidad del hombre supone un límite intrínseco a la investigación médica y científica y se saben criaturas amadas por Dios, la idea de poner limites a la investigación suena como un error oscurantista. Consideran inaceptable que formas de progreso biomédico puedan tener como límite la dignidad humana de seres humanos considerados “poca cosa” desde el ángulo de la calidad de vida -incluso vidas humanas en un estado más cercano a la cosa que a la persona- por el hecho de ser el excedente acumulado de la práctica de la fecundación in vitro-. De momento, existe una cierta sensibilidad para rechazar la posibilidad de crear embriones sólo como medio para otros fines que no sean la procreación. Pero muchos no lo tienen claro y menos aún perciben que se está traspasando la última frontera para llegar a convertirse a sí mismos en dueños de la vida y de la muerte; dueños de desmontar y montar la vida de nuevo. Como escribe Ratzinger, “ignoramos lo que sucederá en el futuro en este ámbito, pero de una cosa estamos convencidos: Dios se opondrá al último desafuero, a la ultima autodestrucción impía de la persona. Se opondrá a la cría de esclavos que denigra al ser humano. Existen fronteras últimas que no debemos traspasar sin convertirnos personalmente en destructores de la creación superando de ese modo con creces el pecado original y sus consecuencias negativas”[1].
 
2.2. El conocimiento científico, el más seguro 
 
Si la ciencia positiva no es conocer para saber, sino sólo para poder, los científicos no deberían tener nada que decir respecto a los límites éticos, a la bondad o malicia de sus orientaciones prácticas. Y, paradójicamente, los científicos, y precisamente en cuanto que científicos, son los nuevos sabios a los que se convoca para dar respuesta, no ya de los límites éticos de la tecnología, sino para dar respuesta de las eternas cuestiones esenciales acerca de “de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos”. Una segunda tentación más insidiosa aún que la primera: el prestigio de sabiduría. 
 
No deja de resultar paradójico que un científico o un técnico sólo porque trabaja en un laboratorio, sin más estudio, pase a convertirse en un reconocido filósofo capaz de afirmaciones rotundas acerca de la naturaleza humana, la existencia del alma o el origen y destino del universo. No se le exige rigor, ni se le examina acerca de su bagaje filosófico. El reconocimiento como pensador: se le otorga credibilidad per se; por ser científico. Ciertamente, es excesivo aceptar que las personas afronten a ciegas, sin otra forma de conocer que la científica, las cuestiones fundamentales de la vida; pero aunque dispongan de otras referencias sólo consideran segura la ciencia. 
 
Por lo general, los investigadores tienden a ocuparse sólo de las ideas claras, precisas y ciertas más allá de toda duda razonable; el único camino para progresar es fiarse de la geometría, las matemáticas, la cuantificación, la medida y la observación exacta, abandonando cuestiones que provocan emociones u otras irracionalidades. Todos los verdaderos problemas pueden resolverse y se resolverán. De esta forma, en la cuestión de la fecundación artificial a la que nos acabamos de referir, parece suficiente con dar primacía al supuesto “derecho al hijo” de los progenitores frente a los del hijo mismo. Cuantifiquemos derechos y ponderemos valores en conflicto teniendo en cuenta cuál es la opinión mayoritaria. 
 
Entre las pocas áreas de la ciencia positiva en las que España ha entrado sin retraso, en relación con otros países, es la Biología molecular y la Bioquímica. La influencia de Severo Ochoa, que formó y acogió a numerosos jóvenes en su laboratorio, la continua relación de investigadores de centros de investigación españoles con los de otros países, y las largas estancias en los más prestigiosos centros de numerosos científicos, ha permitido un desarrollo destacado. Se sigue con especial interés las cuestiones relativas al desciframiento del genoma humano, en cuya labor el prestigio de Santiago Grisolía, reincorporado a España tras largos años en EEUU, ha desempeñado un papel importante. Una labor de análisis, de desmontar las piezas una a una para secuenciar los genes, que de suyo aleja de la comprensión del funcionamiento como un todo del mensaje escrito en el material de la herencia. Y sin embargo, con un nivel de pretensión que raya en el ridículo, muchos creen que a partir de ahora conoceremos, con el rigor propio y la seguridad del método científico, el genoma que nos dará a conocer qué es el hombre, de forma que después de la lectura del mensaje ya no quede nada por decir sobre él y sobre su presencia en el mundo. 
 
2. 3. Reducir los misterios a problemas
 
Mantener el prestigio de la ciencia positiva como único saber seguro, y no sólo como poderío técnico, requiere desmitificar la realidad: reducir el misterio a simple problema. Sin embargo, la acumulación de datos hace que sólo se pueden seguir pensando en el plano de lo fáctico, sin capacidad para dar el salto al misterio. 
 
Las imágenes que vierte hoy la ciencia experimental son de una identificación casi plena de la realidad con los meros procesos cuantitativos y mecánicos. Cuestiones como la finalidad, el valor de los diferentes seres, etc., hasta el sentido de la existencia misma del mundo natural se aloja dentro de paréntesis en los que hay que colocar todo aquello que no es accesible pesando y midiendo. Más aún, se intenta identificar los conceptos humanos fundamentales, o las situaciones antropológicas, con los procesos materiales, de los que habla la ciencia con sus observaciones. Las experiencias humanas se interpretan sólo en términos de afecciones bioquímicas, y en esta medida se induce una perspectiva del mundo y del hombre reducida a las dimensiones manipulables: el amor a química, la agresividad a genes… En efecto, el intento de dar explicación total incluso de la conciencia humana desde la materia, la cosmovisión científica evolucionista, ha pasado de ser una teoría científica a constituirse en una verdadera piedra de toque que discrimina entre la visión considerada progresista científica (esto es, ilustrada, materialista e inmanente) y la visión creacionista, calificada de oscurantista y transcendente. 
 
El misterio mismo del origen de cada persona o de los orígenes de la humanidad son paradigmáticos de este proceso de reducción de una realidad profunda y rica a nuestro conocimiento sobre ella. En España, como en otros países, se está intentando ir más allá en el debate ya aludido sobre la práctica de la fecundación in vitro; el debate se centra ahora en el carácter personal del embrión humano y por tanto del reconocimiento o no de la dignidad inviolable de la persona en sus primeros días de vida embrionaria. Se construye una nueva filosofía en torno a la diferencia ontológica del embrión precoz frente al feto, que tiene ya un sistema nervioso incipiente, o en torno a una supuesta diferencia entre el embrión en la madre, concebido de forma natural, o el producido en el laboratorio y mantenido fuera de ella. La razón del sentido común se pregunta, ¿cómo es posible que ustedes científicos, con datos tan precisos del comienzo de cada vida y de la biología del desarrollo, no puedan llegar a un acuerdo acerca de si es, o no, persona humana un embrión, o cuándo llega a serlo? Más aún, ustedes se declaran católicos y no se ponen de acuerdo acerca de si la vida personal comienza o no con la concepción de una nueva vida. Y es que la razón más profunda del debate (sin posible consenso) es el disenso, entre de los propios católicos, de la doctrina de la Humanae vitae. 
 
La biología no puede ser más contundente en su afirmación de que la vida individualizada se inicia con la concepción, con la constitución de un cigoto. Otros parámetros, ajenos a la biología, como la “suficiencia constitucional” o la adquisición en el tiempo de la suficiente “robustez homeostática” del embrión, se esgrimen con firmeza para mostrar que una vida humana precoz no alcanza, y no lo hará hasta pasado el tiempo, el carácter de persona. El misterio de la transmisión de la vida humana, la alianza del Amor Creador de Dios con la expresión propia del amor sexuado que se aúnan en el origen del hijo, ha sido desmitificado por las tecnologías anticonceptivas o de fecundación artificial. La transmisión de la vida humana no es sacra, no es una capacidad humana, sino un proceso biológico separado y distanciado de la práctica sexual. Todo esfuerzo por separar en el tiempo el inicio de la vida de un ser humano del alcanzar el carácter personal es liberar a los hombres de la sociedad tecnológica de un viejo tabú, impuesto por la doctrina católica conservadora. Si la biología no deja resquicio a la duda del inicio de la vida, la interpretación de los datos se desplaza del hecho biológico a su sentido propio. Puesto que la biotecnología aplicada a la reproducción humana (las manipulación de la fecundación in vitro, los intentos de clonación, etc.) hace posible separar físicamente el inicio de la actividad sexual ¿cómo consentir el fundamentalismo de querer mantener la unidad de sentido humano de la procreación? Por ello se plantea que una cosa es el hecho biológico necesario –el inicio de un nuevo individuo de la especie humana- y otra el desarrollo temporal suficiente para alcanzar el carácter de persona.
 
Es preciso, por tanto, interpretar los datos experimentales en nuevos paradigmas que den cuenta de la disociación entre el proceso de inicio de una nueva vida, necesario para dar origen a una persona, de aquellos otros suficientes para que alcance tal carácter. En España la corriente filosófica más involucrada en esta línea ha partido de los presupuestos de Zubiri. Algunos de sus discípulos han desarrollado, tras su muerte, un pensamiento que puede definirse como un sistematismo teloenómico, según el cual la realidad (la persona) se constituye en interacción con el medio. Las realidades fenotípicas, cigoto o embrión preimplantatorio, se constituyen, adquieren el carácter personal, sólo después de un periodo de tiempo. Sólo tras un periodo constituyente la realidad de partida adquiere propiedades sistémicas nuevas sin las cuales no puede predicarse de tal realidad el carácter personal. Esta visión es compatible con una animación retardada, una infusión del alma por parte de Dios desplazada en el tiempo. De esta forma se resta misterio a la concepción. Las consecuencias derivadas son obvias: la vida del hombre durante ese tiempo no es un valor absoluto sino sólo un valor importante pero ponderable respecto a otros valores. Es el precio a pagar por desacralizar la sexualidad humana. 
 
Otro campo en ebullición son los estudios actuales en el yacimiento de Atapuerca, descubierto recientemente en España, con una riqueza única de restos de nuestros más remotos antepasados que alcanzaron las tierras de Europa. Merecería un análisis más amplio del que cabe aquí. Me detengo brevemente en dos aspectos. Por una parte, aparece la pretensión frecuente entre los cultivadores de una disciplina, de que la perspectiva propia, la coloración de sus gafas, es la que mejor deja ver la realidad. Pretensión que oscurece el hecho de que, con esas gafas, se están observando aspectos muy concretos y diferentes de otros que también forman parte del objeto común a mirar. En efecto, por su propia naturaleza la Paleontología mira objetos culturales, piedras talladas, y mide el tiempo con un instrumento concreto, la descomposición de isótopos. La Biología molecular mira los genes y mide el tiempo transcurrido en términos de mutaciones en el material genético. La lógica del método científico llevaría a complementar; a que los datos de unos arrojen luz sobre los otros y así cada disciplina, con su propio rigor, avance apoyada en otras que tienen derecho a ser convocadas en la búsqueda del saber acerca de nuestros orígenes. La condición humana puede ser explicación de la dificultad de un auténtico trabajo interdisciplinar, aunque se acepte que problemas complejos, como sin duda es éste, requieren que se convoque más de una disciplina. ¿Todas las que invocan tener que decir sobre la cuestión? Curiosamente no; declaran que la Antropología con fundamentación cristiana, o la Teología católica, no tienen nada que decir. De hecho, desde que las excavaciones tuvieron como fruto un buen fósil de gran antigüedad, la divulgación de los datos se acompañaron de un mensaje nítidamente desmitificador: no somos una especie elegida, no somos más que barro de la tierra[2]. 
 
El conocimiento científico puede quedarse encerrado en sí mismo en esta pretensión de “no hay más que”. Cabe ignorar que datos aportados por la ciencia no pueden dar cuenta de los aspectos más profundos, los cualitativos, de la realidad y, mucho menos, dar cuenta de lo que nosotros sabemos que somos. Tras esta postura está la "falsa modestia" y el germen de una perspectiva que es ateleológica y materialista. Se ha olvidado todo aquello de la realidad que se puso entre paréntesis para poder acceder a ella pesando y midiendo.
 
2.4. Extraños maridajes ciencia-filosofía 
 
También en España, y posiblemente por la influencia de Ramón y Cajal, contamos con una rica tradición de cultivo de las neurociencias. En este campo es difícil que el investigador escape a la pregunta acerca de la relación existente entre el funcionamiento neuronal y la mente. Diversas disciplinas, que han alcanzado un considerable desarrollo en los últimos años, y cuyos bagajes cubren el espectro de la física, la química, la fisiología o la anatomía, concurren con la neurología, la psicología o la psiquiatría en el terreno interdisciplinar de las neurociencias. Para muchos es evidente que la filosofía (al menos en algunas de sus ramas) tiene un papel importante, e incluso imprescindible, en el intento de elucidar tal relación; pero aún así -y expresándolo en palabras del Premio Nobel Francis Crick- "un neurobiólogo moderno no ve necesidad alguna de tener un concepto religioso del alma para explicar el comportamiento de los humanos y de otros animales... puesto que los hombres con sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de moléculas asociadas"[3]. Para otros, la existencia del alma inmortal no se ve expuesta a negación sólo porque se descubran qué neuronas en concreto funcionan cuando, por ejemplo, se toma libremente una decisión, aunque tampoco traten de dar razón de ello. Es manifestación de ese cómodo fideísmo derivado de los presupuestos de Descartes. Otros sienten temor de que alguien demuestre con circuitos neuronales que el alma espiritual no es más que un mito de épocas pasadas. Es, para todos ellos, la desconfianza en lo que no sea contrastable empíricamente. En términos generales, se presenta como evidente que las acciones humanas no se reducen a pura química, pero se duda demasiado acerca de qué hay de la química tras el enamoramiento, o en qué medida las hormonas hacen incontrolable la atracción sexual. 
 
Con frecuencia, la divulgación de este tipo de visión del hombre, de Dios, de la vida eterna, es buscada por sus exponentes, y generalmente aireada, como demostración de la tensión que inevitablemente provoca la ciencia cuando sus hallazgos ponen en duda algunos de los principios fundamentales de la religión católica, como es la supuesta existencia del alma. Crick, de moda en la prensa española, asegura que su investigación ha descubierto una amenaza contra la religión, una amenaza a la creencia en la creación. Algún día, declara, toda la Humanidad llegará a aceptar que la idea del alma y la promesa de una vida eterna han sido un engaño, de la misma manera que ahora acepta que la Tierra no es plana. Ciertamente este científico se propuso como objetivo último, al buscar los componentes neuronales implicados en la conciencia, rebatir la idea de alma. Los casos de científicos de indiscutible genialidad en descubrimientos científicos -pienso en mis admirados en tanto que bioquímicos Monod y Crik-, con sus endebles embates a la idea de proyecto divino en la naturaleza y a la de alma humana transcendente, son paradigmáticos de la situación actual.
 
Obviamente, al buen científico, el que busca conocer para conocer y, por supuesto también para aplicar los conocimientos, le es esencial la convicción de que al aplicar su mente a los datos que se obtienen de la experiencia o de la observación directa puede descubrir, al menos en una pequeña parcela, y a un nivel limitado, la verdad sobre la naturaleza y su funcionamiento. Paso a paso las teorías se van completando, los modelos se ajustan y se llega a un saber acerca del mundo. Saberes siempre, de suyo, penúltimos. No quiere decirse con ello que la mente del científico no esté capacitada para alcanzar el sentido último, la verdad final de lo que conoce por la ciencia positiva. Sí puede, -dice Etienne Gilson - a condición de que acepte filosofar. A condición de que acepte que hay otra forma de conocer rigurosa y segura cuyo cultivo le exige al menos el mismo rigor que le exige la investigación científica. De que supere la desconfianza en la contemplación como modo de conocer la realidad a un nivel más último que los saberes siempre penúltimos de la ciencia positiva. Y esté dispuesto a considerar que está objetivamente fundamentada la percepción de la realidad que no es demostrable en un laboratorio.
 
Pienso que uno puede liberarse fácilmente de este tipo de obstáculos captando algo tan simple como que hay científicos, algunos muy buenos científicos, que son muy malos filósofos. Y caer en la cuenta de algo tan sencillo a veces no es fácil, porque exige una aptitud personal de apertura interdisciplinar que distinga el rigor de los presupuestos filosóficos. Como bioquímica no puedo menos que ser ferviente admiradora de Jacob y Monod por su modelo de regulación de la expresión de los genes, que supuso un paradigma sin el que esta parcela de la ciencia no habría podido avanzar. La visión de Monod de la realidad como un sinsentido, fruto de la casualidad, es de hecho contradictoria con la precisión determinista con que, según el modelo insuperable que creó junto a Jacob, se reconocen mutua y específicamente regulador y gen. “Su” ciencia dice exactamente lo contrario a su afirmación de que todo, incluso cada uno de nosotros, es fruto de la casualidad. La filosofía de Monod no estaba a la altura de su ciencia. No se trata por tanto de sospechar de su ciencia, y menos aún del saber filosófico, que él no llegaba a calar. 
 
2.5. La desconfianza en el conocimiento que aporta la Revelación 
 
Al fomento de tal desconfianza no es del todo ajeno el esfuerzo, bien intencionado pero erróneo, de algunos que parecen empeñados en introducir el misterio por la puerta trasera. Así, por ejemplo, la incapacidad, más o menos aparente, de la ciencia positiva de explicar de dónde proviene el sentido del “yo” de los humanos se interpreta como una prueba “científica” de la existencia del alma inmortal. Con frecuencia se vierten, ciertamente, noticias que hacen que algunos se sientan demasiado inquietados ante las posibles consecuencias filosóficas de determinadas teorías científicas; de hecho, en más de una ocasión, se han presentado logros científicos como destructores de la fe o contrapruebas de doctrinas reveladas. Con el tiempo se ha visto que o no han sido rigurosos o tan nocivos, pero rara vez se hace referencia de ello. La desconfianza, en lo que de suyo es no “accesible” desde la ciencia positiva, va unida a un cierto déficit en la inculturación de la fe cristiana en la sociedad tecnológica actual. Y así, la ciencia positiva se ha convertido en cultura pública; una cultura tecnocientífica que impone como explicación de la realidad unos criterios capaces de desplazar los valores tradicionales judeocristianos. 
 
Precisamente, uno de los postulados del cientifismo, derivado de su pretensión de ser el único conocimiento seguro, es presentar la ciencia y las nuevas tecnologías como las únicas fuentes capaces de guiar la toma de decisiones, sin tabús ni dogmatismo religiosos, especialmente en lo relacionado con el comienzo, la conservación y el final de la vida humana. Para algunos incluso los conocimientos aportados por el descifrado del mapa genético humano aportarán la clave, tanto para comprender y definir la naturaleza humana, como para declarar lo que es bueno o malo. Con ello aparece y se instala el indiferentismo. Si incluso el hombre no es más que biología pura y dura, “todo vale porque no vale nada”. 
 
En otros campos de la ciencia positiva, más alejados de la vida y por tanto de la vida humana, como son las ciencias físicas contemporáneas, las cuestiones más debatidas se centran fundamentalmente en la verdad alcanzable con el método científico sobre los orígenes más lejanos del cosmos: si el universo ha sido creado o se ha autocreado. Aunque la divulgación de los postulados de Paul Davies y Stephen Hawking de que el universo se podría haber formado espontáneamente, ha llegado en España a los medios de comunicación, no tiene el impacto cultural con la inmediatez de las ciencias de la vida. Algunos físicos prestigiosos, como Landsberg, no escatiman esfuerzos por mostrar que la física no puede dar una explicación completa del universo; que la ciencia positiva no sabe investigar la "causa primera". Y en cierta medida llega noticia de que, justamente por estos debates, los científicos hablan ahora mucho más de Dios. Pero, las polémicas no se reducen a lo que la ciencia pueda decir o negar sobre la existencia o no de Dios. Lo que aparece es toda una visión del mundo apoyada en la confianza en la ciencia y desconfianza en la fe. La visión cientifista condena a reducir la necesidad de Dios, que todo hombre experimenta, a un motivo emotivo e irracional.
 
Recuperar la confianza en la Revelación requiere armonizar, en síntesis vitales y personales, ciencia, filosofía y fe. Ciertamente, no se trata simplemente de que algunos científicos de prestigio se declaren fervientes creyentes; tampoco de que científicos creyentes hagan declaraciones de que no encuentran problemas entre su actividad científica y su fe vivida. Lograr una unidad real armoniosa entre las formas de conocimiento exige no dejar cada una de las partes en una independencia completa; al tiempo que se sitúa el conocimiento científico en el lugar propio, dentro del conjunto del conocimiento humano. Es importante para la cultura, y también para la ciencia misma, evitar el complejo de inferioridad ante lo que la “la ciencia dice”. Es preciso saber bien cuáles son las preguntas que contesta y cuáles no. Es preciso saber bien qué contesta y en nombre de quién y de qué. La capacidad de predecir de las teorías científicas, y la exactitud de las predicciones, son deslumbrantes; pero con demasiada frecuencia se acompañan de una gran oscuridad en las cuestiones de fondo, que en definitiva son las únicas que nos permiten un vivir personal. 
 
3. Repensar la ciencia: la apertura a los enfoques de las diversas disciplinas.
 
Juan Pablo II en el discurso en la inauguración del año académico de la Universidad Roma III defendía que “La humanidad necesita cátedras de verdad… (los que trabajan en las universidades) no pueden por menos de tener como brújula de su comportamiento la honradez intelectual, gracias a la cual es posible distinguir lo falso de lo verdadero, la parte del todo y el instrumento del fin”. En la actualidad, para un investigador, la apertura a los diversos enfoques de la realidad, el estudio interdisciplinar de la realidad, que por compleja no puede abarcarse desde una única perspectiva, exige una actitud personal de libertad interior y honradez intelectual, que como actitud personal tiene calificación moral. Actitud existencial que compromete cabeza y corazón. Y aquí la fe cristiana tiene mucho que aportar. 
 
San Josemaría Escrivá enseñaba a estimular el pensamiento de forma que a la luz de la fe permita progresar en la comprensión de la realidad; así se hace posible una participación solidaria en la empresa colectiva de búsqueda de la verdad: “En este ayudarse los unos a los otros ocupa un puesto importante el contribuir a conocer, a descubrir, la verdad. Nuestra inteligencia es limitada, sólo podemos -con esfuerzo y dedicación- llegar quizás a distinguir una parcela de la realidad, pero son mucha las cosas que se nos escapan. Una manifestación más de la solidaridad entre los hombres es hacer comunes los conocimientos, participar a los otros las verdades, que hemos llegado a encontrar, hasta constituir así ese patrimonio común que se llama civilización, cultura”[4] 
 
Obviamente no se trata de ceder a la tentación fundamentalista que se aferra a una explicación científica que parece apoyar los contenidos de la fe; la alternativa, tanto al integrismo a ultranza, como al progresismo tolerante para el que todo vale igualmente, es una reforma cultural que entre otros cometidos tiene la capacidad de situar la ciencia positiva en el lugar que le corresponde como modo de conocimiento. Una síntesis perseguida personalmente que pasa por el camino del estudio y no se queda en la mera especialización. Se trata, como propone Llano en su libro “Repensar la Universidad”, de una lucha por la libertad de indagación y de no enfrentar, por el prejuicio de la neutralidad de la ciencia, la contribución al progreso con el respeto a la tradición humanista. 
 
3.1. El mundo natural habla del Creador
 
La primera propuesta es aceptar que la ciencia positiva ha de escuchar el mensaje que encierra el mundo natural, si quiere estar a la altura de constituir uno de los modos humanos de conocimiento. ...
06/05/2005 ir arriba
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