PENSAR LA CIENCIA
Por Natalia López Moratalla
Catedrática de Bioquímica
Arvo Net, 09.08.2006
Picasso dijo una vez, con cierta brusquedad y en un tono burlón, “yo no busco, encuentro”. Por la misma época, el gran Filósofo de la ciencia Karl R. Popper había titulado “Búsqueda sin termino” a su biografía intelectual, en la que describe la lógica de la ciencia: Un solo cisne negro echa por tierra la hipótesis de que todos los cisnes sean blancos; pero millones de cisnes blancos no nos permiten dar por seguro -sí por cierto- que todos los cisnes sean blancos. Popper fue positivista. Uno de los mayores positivistas de la historia. Quiso seriamente ir más allá del positivismo, pero no lo logró. El positivismo es nuestra atmósfera intelectual; una atmósfera cada vez más contaminada y que deseamos con distintos grados de intensidad abandonar y poder respirar más libremente. En la mera y absoluta neutralidad no se puede respirar. Pero no es muy fácil salir. Popper quedó atrapado, pero el esfuerzo que hace por salir, por ir más allá es muy interesante para aprender.
No mucho más tarde Kuhn, otro filósofo de la ciencia, rompía el cerco de la lógica positivista para acentuar el papel que juega la psicología del científico en las búsquedas y en los encuentros. La ciencia como actividad -viene a afirmar- tiene su lógica propia, pero el científico, como persona, tiene su psique y su mundo. La ciencia queda con él humanizada al poner en el centro de mira la actividad del científico; sin embargo, con él y los que vienen después, la racionalidad científica pasa a ser una mera lucha de poderes e intereses. El contenido de certeza de un modelo o paradigma, incluso la irrupción de nuevos fenómenos tienen poco, o casi nada que ver con el proceso revolucionario por el que el antiguo modelo estalló en pedazos.
Son dos orientaciones muy distintas, tanto del pensamiento como de la actividad de búsqueda de la verdad. ¿Cuál es la auténtica? ¿Cómo dar cuenta de la relatividad sin caer en la grave enfermedad del pensamiento que es el relativismo? ¿Cómo, sin darse de bruces en el dogmatismo, que no es un pensar humano, dar cuenta, en cambio, de algo que es profundamente humano, como la permanencia y la consistencia de la realidad?
Encontré una respuesta sencilla. Las grandes preguntas, y éstas lo son, ya que no sólo se trata de la ciencia sino que hace referencia al conocimiento en general y a la vida social, tienen siempre respuestas sencillas. Trato de comunicar esa respuesta sencilla. No es una autobiografía intelectual, ni un libro de filosofía de la ciencia y menos aún de lógica o racionalidad de las ciencias positivas. Es un poco de historia viva de una deudora de ideas. Historia de diálogo abierto a lo largo de la vida con personas con las que he compartido la pasión y el gozo de conocer. Libros releídos y anotados a lápiz en los márgenes, que es otra forma de dialogar con las personas que se han hecho las mismas preguntas y muestran el camino seguido hasta alcanzar alguna respuesta. Diálogo que se busca, y que a veces uno logra abrir al meterse por las rendijas del pensamiento que una frase “suelta” - incluso en la sobriedad de un artículo científico- muestra el chispazo de la intuición y la luz del genio. Es historia de la deuda impagable a quienes, en el momento oportuno, te hacen esas preguntas inevitables pero que peligran quedarse arrinconadas en el olvido, a menos que alguien te regale un ¡párate y piensa; y dime que piensas!.
La respuesta sencilla es que toda idea o afirmación es algo de lo uno y algo de lo otro y además, algo más. Como aprendí en los escritos de Lewis, cuando los cambios de la mente humana producen suficiente desagrado por el antiguo modelo y suficiente anhelo de otro nuevo, los fenómenos que hayan de apoyar al nuevo aparecerán oportunamente. No es que esos nuevos fenómenos sean ilusorios; es sencillamente que la naturaleza dispone de toda clase de fenómenos almacenados, de misterios, con los que puede satisfacer interrogantes diversos. Ciertamente, en todas las épocas la mente humana se ve profundamente influida por el modelo aceptado del universo. Pero existe un intercambio en las dos direcciones: el modelo también recibe el influjo de la mentalidad predominante. Las redes que uno compone para pescar algo de la realidad tienen una trama definida y se echan en el sitio y dirección elegidos y en cierta medida acordados.
No podemos despachar la dinámica del cambio de un modelo por otro como un simple progreso del error a la verdad. Todas las teorías son intentos serios de abarcar todos los fenómenos conocidos en una época determinada y todos consiguen abarcar un gran número de ellos. Dudley Shapere publicó una recensión del libro de Kuhn en la que lo calificó de “ataque sistemático contra la imagen vigente del cambio científico como proceso lineal de conocimiento creciente”. Ciertamente a pesar de que científicos trabajemos en comunidades definidas por ideas afines y creencias de fondo compartidas se pueden descubrir y se descubren autenticas verdades sobre la naturaleza. Pero al mismo tiempo, no es menos seguro que todos los modelos reflejan la idiosincrasia predominante de una época, casi tanto como el estado de sus conocimientos. El nuevo modelo no se establecerá sin pruebas palpables, pero éstas surgirán sólo cuando la necesidad interna de que él llegue a ser suficientemente grande para preguntar a la naturaleza. El carácter de las pruebas depende de la forma del interrogatorio de tal forma que un buen interrogador puede hacer maravillas. La realidad es un testigo honrado y por ello nadie conseguirá sonsacarle falsedades. Ahora bien, en relación con la verdad plena, la pregunta determina el porcentaje de la verdad que aparecerá y el modelo que podrá surgir como respuesta. Somos interrogadores que llevamos gafas con cristales coloreados; pero si lo sabemos siempre podemos ajustarlas de manera que sea posible ver la naturaleza en sus auténticos colores.
La vida actual de los hombres de las sociedades occidentales muestra hasta qué punto es necesario para sobrevivir, pensar la ciencia. Poder así hacerse cargo de lo que significa el abandono en la pasividad que acepta, sin pensarlo dos veces, que la ciencia es neutra y, por tanto, la valoración humana y ética de la actividad científica sólo comienza cuando la actividad experimental ha terminado. Y, con ello y por ello, se llega sistemáticamente tarde al debate sobre la orientación de la ciencia y el desarrollo tecnológico que le acompaña. En la base de un vivir humano, ¡incluso de sobrevivir!, está la imperiosa necesidad de conocer algo acerca del sentido último de las cosas. Los datos experimentales, de los sentidos o de los experimentos, son sólo el primer paso. Necesario pero insuficiente.
Pensar la ciencia es alcanzar la posibilidad de contestar a las cuestiones de su mítica neutralidad, su posible dogmatismo y su carga de absoluta relatividad. ¿Qué motiva hoy al interrogador del mundo natural, del mundo de la vida? ¿Acerca de qué, cómo y para qué pregunta?
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La autora va respondiendo a estas y otras preguntas
que hoy nos urgen en torno a la Ciencia positiva en:
Repensar la ciencia
Ed. EIUNSA, Pamplona, 2006