Por Víctor García de la Concha,
de la Real Academia Española
En ABC, 22.12.2002
DECÍA José Hierro en uno de los poemas de Cuaderno de Nueva York, un libro que, en buena medida, podemos considerar su testamento poético:
«Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blan- quísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir».
Ya sé que al fondo de estos versos está el precepto clásico -«si vis me flere...»- de que si el poeta quiere conmover, ha de comenzar por llorar él primero. Pero en ellos hay o, al menos para mí, en ellos resuena mucho más. En el libro que cerraba su primera etapa poética, Quinta del 42 (1952), Pepe Hierro dictaba esta advertencia «Para un esteta»: «Tú, que sigues el vuelo de la belleza, acaso / nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda, / ni cómo vida y muerte, agua y fuego, hermanadas / van socavando nuestra roca». Él y sus amigos de generación habían entrado en la vida y en la escritura poética en tiempo de muerte, de guerra civil. Cuando después de ella, tras cuatro años de cárcel, llegó a Valencia llamado por su amigo del alma, José Luis Hidalgo, que se iba a morir tan pronto, Hierro tenía ya muy claro que la poesía española no podía ser entonces aquella que se dedicaba a cantar temas devotos, a pintar paisajes, a devanar convenciones amorosas.
No se trataba tampoco entonces de ceñir la escritura poética a los hechos. Para eso -explicaría más tarde en la Antología Consultada (1952)- están los periódicos: «la poesía ha de registrar la huella que en el corazón del poeta dejan unos hechos». Vividos estos, en el poeta, mezcla de iluminado y lógico, queda un conjunto de sensaciones sutilísimas que desea transmitir: como el recuerdo de una música que escuchó en el pasado y siente necesidad de comunicar a los demás. Pepe insistía mucho en que la célula germinal de un poema era siempre un ritmo, una música, «de pena, de felicidad, de desesperanza...», en fin, de lágrimas, sobre la que él intentaba cantar la letra de lo vivido en comunidad con los hombres. Por eso la palabra poética, añadía, «canta y sugiere al mismo tiempo que dice».
A Hierro se le ha encasillado de manera expeditiva en el grupo de los poetas sociales. Pero cuando Leopoldo de Luis agavilló en los años sesenta la Antología de ese tipo de poesía, Hierro no dudó en denunciar la equivocación que en muchos de sus cultivadores había supuesto el ceder a la anécdota, dura ciertamente y terrible, y a engolar la voz. Él entendía que el poeta ha de comprometerse a fondo con su tiempo, pero, precisamente, comprometiéndose con la poesía, con el trabajo de saber transmitir a las palabras esas vibraciones que las hacen trascender los días y suscitar en quien las lea o las oiga muchos años más tarde una emoción fresca.
«Ser clásicos -afirmaba- es ser universalmente de un tiempo». Porque ha sido fiel, en un trabajo tenaz de artífice, a ese concepto de la poesía, Hierro es y será uno de los clásicos del tiempo histórico de la España que le tocó vivir. En algún momento escribió: «si algún poema mío es leído por casualidad dentro de cien años, no lo será por su valor poético, sino por su valor documental». Debemos entenderlo en la línea de lo que vengo explicando. Su obra poética no nos transmite hechos; nos comunica vivencias de un tiempo convulso, descubriéndonos las huellas que ha impreso en su corazón. Porque no se presenta nunca como protagonista, sino como testigo y mensajero. «Yo no soy más que un «menestral» de la literatura», me decía con insistencia cuando, en nombre de la Real Academia, le pedía que aceptara ser miembro de ella.
Gracias a ese «menestral» -y a otros muy pocos como él- podrán los hombres de los tiempos futuros entender la historia humana de tres cuartos del siglo XX español. Cantada, al decirla, por un hombre que en el tramo final de su vida confesaba: «Yo ya no sé llorar, y ¡mira que he llorado!», y en cuyo corazón nunca anidó el rencor; que jamás se puso medallas de sufrimiento por la patria -¡y mira que sufrió!-; que reservó celosamente las anécdotas de los padecimientos en su almario y sólo le importaron para extraer de ellas el jugo de humanidad que pudiera dar testimonio de una época injusta y triste, y guardar memoria y aviso.
¡Quién lo adivinaría en aquel hombre vital, malabarista del ingenio de la palabra, que con las flores de las mesas de los almuerzos iba pintando en servilletas y hasta en manteles quijotes, mujeres hermosísimas, retratos y otras invenciones! Bien había advertido él de que «el hombre puede llorar, pero debe saber guardar las apariencias». A nosotros nos toca ahora hacerlo así. Como epílogo del Cuaderno escribió un poema formidable paradójicamente titulado «Vida»:
«Grito «¡Todo!» y el eco dice «¡Nada!»·.
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada».
Sí, pero cenizas que en sus palabras arden y arderán siempre alumbrando vida. Justo, como en aquel «pichón de nieve» al que dio vida en su «Villancico en Central Park»:
«Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura,
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío». [*]
No son los libros de Hierro, ahora que ha muerto, «papel deshabitado». En ellos vive un hombre. Y del frío de su ausencia nos protegerán sus versos.
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Nota de Arvo Net:
Villancico en Central Park
Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero de otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.
Soledad de Hierro
Por Juan Manuel de Prada
En ABC, 23.12.2002
EN alguno de sus versos dejó escrito su lema vital: «Ganar a costa del dolor la alta cumbre de la alegría». Las biografías de Hierro siempre nos hablan de una juventud ajetreada de cárceles, pero en su vida nunca asomaba el rescoldo del resentimiento, el látigo del improperio o la monserga de la lamentación jeremíaca. Hierro era, ante todo, una criatura anhelosa de vivir, de seguir viviendo; incluso en sus años postrimeros, cuando la muerte lo arañaba con zarpazos que le abreviaban el aliento, seguía tomándose a risa sus achaques, con esa escueta alegría de quien entiende los pocos días que aún le restan por vivir como una propina bienvenida mientras dura. Todos los años coincidía con él en el jurado del premio Teresa de Ávila, cuyas deliberaciones sobrellevaba al arrimo de una copita de Chinchón, de la que primero bebía, para después utilizarla como recipiente de extrañas mixturas: el licor, mezclado con la tinta de rotuladores, adquiría un prestigio de acuarela que dejaba su rastro en cualquier papelote o servilleta que saliese a su encuentro. Hierro pintaba con los dedos, como los hombres de Cromagnon; y su mirada estaba permanentemente en ascuas, como si hubiese aprendido el secreto de las metáforas a la lumbre de una hoguera.
Tenía una voz modesta y cazallosa, siempre con un punto de socarronería, que desdeñaba las verdades solemnes y se demoraba en el temblor de las cosas pequeñas. En él se cumplía, mejor que en ningún otro poeta, ese axioma que identifica el estilo con el hombre: al asomarse a sus versos, uno tiene la impresión vívida de estar escuchándolos de su propia voz, tal es el caudal de susurrada verdad que transmiten. Son versos equidistantes de la realidad y del misterio, porque Hierro siempre entendió que la misión del poeta consiste en enfangarse en el barro de la pasión humana, aunque sin renunciar a esos ámbitos de misterio donde se hincan las raíces casi sobrenaturales de la creación. De esta difícil amalgama brota una poesía vibrante de una como dolorosa exultación, en la que la angustia nunca desagua en el desencanto, sino en una esperanza fértil y lastimada. En los libros de Hierro nos tropezamos con la clarividencia de un poeta que, aún sabiéndose íntimamente resquebrajado, se resiste a claudicar, porque siempre existe una «luz de cauce imposible» capaz de alumbrar las bocanadas de sombra que acechan nuestro tránsito por la tierra. Y, aunque el poeta hubiese apurado hasta las heces el cáliz donde se guardan los «zumos de la pesadumbre», siempre encontraba motivos para fundir su respiración herida con la respiración tumultuosa del mundo.
Amarrado a la bombona de oxígeno y al equipaje de cordialidad que completaban su estampa -un rostro tártaro, un cráneo bruñido, un cuerpo menestral y enjuto en el que anidaba el azogue-, Hierro siguió despilfarrando vida a troche y moche, dejándose traer y llevar de un sitio para otro, hasta más allá de las fronteras de la resistencia. Estaba tan negado para la altivez como para el resentimiento; y esta campechanía ronca y desprendida que definía su carácter fue el asidero al que sus amigos nos aferrábamos, un tanto abusivamente, para solicitarle favores que otro hombre menos pródigo de sí mismo nos hubiese denegado. Ahora que respiramos el hueco de soledad que ha dejado en el aire ya sólo podemos corresponder a tanto derroche de generosidad leyendo sus libros, tan concernidos con el barro multitudinario del hombre y, sin embargo, tan ensimismados e introspectivos.
José Hierro obtuvo con su obra los premios más importantes de nuestra literatura como el de Cervantes, el de las Letras y el Príncipe de Asturias.
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