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GOETHE: «FAUSTO» (Rafael Gómez Pérez)

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GOETHE: «FAUSTO»

Karl Jaspers escribió: «Goethe es totalidad de hombre y obra, en la que poesía, investigación, arte y práctica no son más que momentos. Tal vez sea Goethe el único hombre que se ha realizado en toda la historia con tal plenitud».

Por Rafael Gómez Pérez

Sobre la plenitud y sus fracasos

Símbolo y realidad de esa observación es el Fausto, al que Goethe dedicó sesenta años, de los ochenta y dos que vivió. Pero a la vez el motivo central del Fausto, la aspiración humana a ser todo, a ser Dios, con la ayuda del Demonio, es un motivo tan antiguo como el mismo hombre. Ésa es en esencia la lección de las primeras páginas del Génesis, la tentación, para Adán y Eva, el «seréis como Dios». Goethe lo dice abiertamente: cuando, en la primera parte del Fausto, el diablo, Mefistófeles, haciéndose pasar por el doctor Fausto, recibe a un estudiante primerizo. Éste le pide, al final de la entrevista, que le escriba algo en su álbum, un autógrafo. Mefistófeles escribe: «Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum», una cita de Génesis, 3, 5: «Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal», las palabras con las que la serpiente tentó a Adán y Eva.

Mientras que otras obras de Goethe, salvo quizá el Werther y acaso Las afinidades electivas , no tienen muchos lectores fueran de los especialistas y del ámbito germánico, Fausto sigue editándose, leyéndose y dando pie a versiones de los tipos más diversos.

Una vida fáustica

Goethe nace en Frankfurt en 1749. Muere en 1832, en Weimar, donde residía ininterrumpidamente desde 1775. Su padre era consejero de la ciudad, y educó al hijo cuidadosamente: antes de los 15 años sabía varias lenguas, dibujaba, componía versos, era aficionado al teatro. De los 16 a los 19 años está en la Universidad de Leipzig, estudiando Derecho, pero en realidad aficionándose más a las letras. De esta época es su primer enamoramiento, Katharina Schónkopf. Una enfermedad le obliga a volver a Frankfurt sin terminar los estudios.

En Estrasburgo durante el curso de 1770 1771 acaba Derecho. En la ciudad descubre el gótico, a un buen amigo y consejero, Herder, la poesía popular y otra mujer, Friederike Brion.

Para hacer prácticas de derecho se traslada a Wetzlar. Tiene 21 años y conoce a Charlotte Buff, joven mujer casada, de quien se enamora. Viendo que Charlotte no traicionará a su marido, Goethe abandona Wetzlar, pero de todo aquello saldrá más adelante Las desventuras del joven Werther , la primera gran novela romántica. En Frankfurt de nuevo, lee a Rousseau, Shakespeare, Hornero y empieza a escribir. Trabaja en el Werther , en los principios del Fausto , en el Egmont , en Goetz von Berlichingen . Son los años del fervor del movimiento Sturm und Drang, antiacadémico, pasional, iconoclasta. Werther se publica en 1774 y el éxito es inmediato, completo. Para muchos, Goethe será conocido casi sólo por esta obra que, leída hoy, resulta algo pesada y un poco falsa.

Carlos Augusto, duque de Weimar una de las muchas cortes en las que entonces estaba dividida Alemania , atraído por la fama del joven de Frankfurt, lo invita. Es el año 1775. Goethe, salvo para los viajes singularmente a Italiaya no saldrá de allí. Weimar era una ciudad de no más de 6.000 habitantes, pero Goethe la convertirá en uno de los centros intelectuales y artísticos más importantes de Europa. Allí será consejero, director del teatro, casi factótum. En Weimar se une a Christiane Vulpius, una muchacha modesta y nada culta y viven como respetados amantes hasta que en 1805 legaliza la situación y se casa con ella.

Esto no le impedirá, en plena vejez, mantener, en tiempos distintos, relaciones con dos jovencitas, Marianne von Willemer y Ulrike von Levetzov. Termina el Fausto en 1831 y muere en la siguiente primavera.

Una obra difícil

Fausto, obra maestra de Goethe y una de las grandes de la historia de la literatura, es sin embargo de difícil lectura. En principio es una obra de teatro, pero muy pocas veces se ha dado entera. En vida de Goethe, en 1819, se representaron algunas escenas de la primera parte. También cuando Goethe aún vivía, en 1829, hubo varias funciones con la primera parte. En 1854 se estrena en Hamburgo la segunda parte, pero reducida a la quinta parte del total. En 1876 se representó en Weimar la obra completa.

Las dificultades de la puesta en escena son muchas. La trama de más interés, es la historia de Margarita, con cuya muerte acaba la primera parte, pero entre el nudo y el desenlace están la Noche de Walpurgis, una reunión de brujas, y el Sueño de la Noche de Walpurgis que, además de retrasar el desenlace, contiene alusiones a personajes y situaciones que sólo se entienden en una edición anotada. La Noche de Walpurgis se soporta mejor que el Sueño, por algunas alusiones o anticipaciones a lo que le está ocurriendo a Margarita. Así, una bruja dice: «La horca pincha, la escoba araña, el niño se ahoga, la madre revienta». Otra dice: «No hay aquí ninguna joya que no haya seducido a una mujer amable» (y se puede pensar en los sucesivos regalos de joyas que Fausto hizo a Margarita). Terminando la escena Fausto cree ver una pálida y hermosa joven, sola y apartada, con los pies encadenados. Parece Margarita...

En la segunda parte el interés de la trama reside en la suerte final de Fausto, pero en medio hay, además de la Noche clásica de Walpurgis, escenas de mitología, con tantos personajes y tan difíciles de identificar a no ser que llevaran un letrero que aburrirían incluso al público mejor dispuesto. En realidad, la obra interesaría casi sólo a quienes hubieran leído una y otra vez el texto y lo llevasen en la mano.

Otra cosa es considerar el Fausto como teatro para leer. La primera parte, exceptuando esas dos interrupciones, es de un interés indudable. En la segunda hay escenas simbólicas de la síntesis entre el Norte y el Sur, la Edad Media y el Clasicismo griego que es de lo mejor que se ha hecho en el intento de buscar una unidad de la cultura. Cuando aparecen en escena Fausto y Mefistófeles, la obra cobra siempre vivacidad, acrecentada por la figura de Helena de Troya, ideal de la belleza no ya sólo clásica sino humana. Pero actos casi enteros (como el segundo, donde se inserta la Noche de Walpurgis clásica) resultan tediosos y poco pertinentes, con exceso de simbolismo y escasa entraña humana.

Sucede, sin embargo, que en el Fausto Goethe fue acumulando los resultados de su gran cultura, poderosa inteligencia y notable sensibilidad. Por eso la obra parece una summa artis donde se pueden leer cosas de la más sutil perspicacia, correspondiente a dos grandes filones: el del espíritu burlón y el de la sabiduría filosófica. Al lado, una multitud de observaciones sobre las cuales vale lo que en un determinado momento Fausto dice a Mefistófeles: «Excúsame tal fárrago de enigmas».

La trama esencial

El drama empieza en el Cielo: Dios da permiso al diablo, Mefistófeles, para que ponga a prueba la virtud de Fausto; hombre sabio y fiel a Dios. Fausto, en realidad, está aburrido con su saber y lo ha probado todo, desde la magia a la filosofía. Se encuentran, llegan al tradicional pacto firmado con sangre y, para empezar, Mefistófeles hace probar a Fausto un brebaje de una bruja que le quita treinta años de encima. Joven y apuesto, ve por la calle a una muchacha, Margarita, de quien se enamora. La quiere ya. Margarita es huérfana de padre, vive con su madre y tiene un hermano soldado, Valentín. Para poder gozar de la muchacha, que se ha enamorado de Fausto, Fausto proporciona a Margarita un somnífero, que debe administrar a su madre. La madre muere. Margarita queda embarazada. Su hermano quiere vengar su honor, pero en un encuentro con Fausto es herido y muere. Margarita ha tenido el hijo y, medio loca, lo mata. Fausto, ayudado del poder de

Mefistófeles, entra en la prisión donde han encerrado a Margarita, pero ella muere. Mefistófeles dice: «Está juzgada». Pero se oye una voz desde lo alto: «Está salvada».

La segunda parte de la obra es complejísima, pero con el hilo conductor del cumplimiento de las aspiraciones de Fausto, que dará al Emperador dinero, le ayudará como guerrero a ganar una batalla contra el Antiemperador, se hará constructor de grandes obras, rico, disfrutará del amor de Helena de Troya, realizando la síntesis de Medievo y Clasicisimo. Y en ese afán de hacer acción, acción, actividad le llega de nuevo la vejez y muere. Cuando Mefistófeles cree que se va a hacer con el alma de Fausto ve que no. La escena final, en el Cielo de nuevo, como el principio de la obra y el final de la primera parte, nos hace ver un coro de ángeles que llevan el alma de Fausto: «Se ha librado del malo el noble miembro del mundo de los Espíritus. Aquel que se afana siempre aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle ; y si, además, desde las alturas por él se ha interesado el amor, el coro bienaventurado le acoge con una cordial bienvenida». Aparece entonces la Mater Gloriosa, María. Margarita pide a ella por Fausto. La Máter Gloriosa dice a Margarita: «¡Ven! Elévate a más amplias esferas. Si él te presiente, irá en pos de ti». Y un coro final dice. «Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo Inaccesible es hecho, aquí se realiza lo inefable. Lo Eterno femenino nos atrae hacia lo alto».

Espíritu burlón

Goethe tuvo tiempo y ocasión para dar en el Fausto todo lo que formaba su visión del mundo y del hombre. No es algo simple sino una amalgama de elementos, que han de ser considerados todos a la vez. Lo que cabe para el espíritu burlón es enjundioso y atractivo. Desde el principio Dios dice: «Jamás odié a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan, el burlón es el que menos me molesta». Y poco después, Mefistófeles comenta, en la misma línea: « De tiempo en tiempo, me gusta ver al Viejo, y me guardo de romper con él. Linda cosa es, por parte de todo un gran señor, el hablar tan humanamente con el mismo diablo».

Mefistófeles se toma en serio la perdición de Margarita y de Fausto, pero a la vez desea divertirse. « No soy omnisciente, pero sé algunas cosillas».

En un diálogo de Fausto con su ayudante y discípulo Wagner, éste dice: «No pocas veces he oído decir, como elogio, que un comediante podría dar lecciones a un predicador». Y Fausto: «Cierto, si el clérigo es un comediante, como puede darse el caso algunas veces».

Fausto se entusiasma ante la hermosa cara de mujer que aparece en un espejo en casa de la bruja: « ¿Existe en la tierra cosa igual?» La respuesta de Mefistófeles: «Naturalmente, cuando todo un Dios se afana primero durante seis días, y al fin exclama ¡bravo!, por fuerza ha de resultar una cosa razonable».

Para atraer a Margarita, Mefistófeles traba amistad con Marta, una vecina, cuyo marido hace tiempo que la dejó. El diablo le dice que el marido ha muerto. Ella se siente libre e intenta conquistar a Mefistófeles: «Ahora sí que es tiempo de largarme. Esa mujer sería capaz de coger por la palabra al mismo diablo».

Espíritu filosófico

La filosofía destilada en el Fausto es, antes que nada, un elogio del ideal, de la actividad singular, del perseguir sin descanso una meta. Fausto modifica el famoso inicio del Evangelio de San Juan («En el principio era el Verbo») y afirma: « En el principio era la Acción», aunque quizá no cayera en la cuenta de que ese Verbo es creador: una palabra que hace la realidad.

Este valor de la singularidad y de la experiencia personal es la clave de la vida de Fausto. «Si un día le digo al fugaz momento: detente, eres tan bello, puedes entonces cargarme de cadenas, entonces consentiré gustoso en morir». Vivir, sentir: «Apaguemos las ardientes pasiones en los abismos de la sensualidad. Lancémonos en el bullicio del tiempo, en el torbellino de los acontecimientos (...) Sólo por una incesante actividad es como se manifiesta el hombre».

No gusta Goethe de las filosofías «colectivas». « Lo que llamáis espíritus de los tiempos no es en el fondo otra cosa que el es

píritu particular de esos señores en los que los tiempos se reflejan; y a decir verdad todo eso resulta muchas veces una miseria tal que uno se aparta con asco al primer golpe de vista». Le gusta en cambio el sabor del pueblo: «Oigo ya el barullo de la aldea. Aquí está el verdadero cielo del pueblo (...) Aquí soy hombre, aquí me permito serlo». Mefistófeles, cuando se hace pasar por Fausto, repite esa misma filosofía: «Toda teoría es gris, caro amigo, y verde es el árbol de oro de la vida». En la taberna de Auerbach, cuando le piden una canción, dice. «Precisamente ahora llegamos de España, hermoso país del vino y las canciones». Y para tentar a Fausto: «Y ahora salgamos al momento. No puedes estar en reposo».

Frente a todo eso, el diablo es « el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado y, por lo mismo, mejor fuera que nada viniera a la existencia». Consecuencia ésta, en Mefistófeles, de una mala elección inicial: « Es ley para diablos y espectros, que por donde entraron, por allí han de salir. En lo primero, se es libre; en lo segundo, somos esclavos». Porque « al fin dependemos siempre de las criaturas que son obra nuestra».

La religión de Goethe

La leyenda de un sabio que vende su alma al diablo es por lo menos medieval, aunque los principales Faustos y el personaje histórico así llamado pertenecen al Renacimiento. Sin embargo, Goethe sitúa a su Fausto en la Edad Media quizá para aprovechar la simbología católica. Goethe pudo ver la vida del catolicismo en sus viajes a Italia, y los juicios que hace, aunque de un protestante, no son nada desfavorables, en conjunto. Pero quizá la religión de Goethe era una religión filosófica, que quería estar por encima de cualquier división confesional.

Hay en la obra una escena clave para entender esto. Margarita, ya muy enamorada de Fausto, está inquieta por las ideas religiosas del joven. «¿Qué piensas en materia de religión?», le pregunta. «Dejemos eso, hija mía. Ya ves que yo te quiero bien, y por las personas a quienes amo, daría mi cuerpo y mi sangre. No quiero arrebatar a nadie sus sentimientos ni apartarle de su Iglesia». Ella insiste: «No basta eso, es preciso creer (...). Tampoco veneras los santos Sacramentos». «Los venero» «Pero sin fervor. Hace mucho tiempo que no has ido a misa ni a confesar. ¿Crees en Dios?»

Fausto no contesta directamente. Dice a Margarita que nombre a Dios como quiera, Felicidad, Corazón, Amor, Dios. «Para ello no tengo nombre, el sentimiento es todo.»

Aprendiendo a leer a Goethe

Goethe no ha tenido excesiva suerte entre los lectores españoles. El prestigio del Fausto , tan claro, ha hecho que el libro se edite con relativa frecuencia, pero a veces sólo en la primera parte. Las traducciones tampoco han sido siempre felices y la sonoridad del estilo de Goethe, una especie de feliz combinación de sabiduría y de poesía, de poesía y de verdad, se pierde.

Es una pena, porque Goethe es de esos autores que tienen mucho que decir, cuyas observaciones no son nunca triviales. Un autor que conoce la trayectoria de la humanidad y que no desprecia casi nada. En él se puede ver el valor de lo clásico greco romano, de lo medieval, del racionalismo posterior, del barroco (adora a Calderón), del romanticismo.

Lo mejor, para aprender a leer a Goethe, sería ese interesante libro de Eckermann, Conversaciones con Goethe. Es verdad que Eckermann coloca a su maestro en un pedestal demasiado solemne, pero ver departir a Goethe sobre casi todo lo humano y no poco de lo divino es como cursar estudios de humanidades.

Después, acudir a lo más fácil de digerir: el Werther, la deliciosa novela Las afinidades electivas o el jugoso Viaje a Italia. Y ya sí, el Fausto, esa maravilla que se puede leer durante toda la vida.


Bibliografía

Existen numerosas ediciones castellanas del Fausto , según las diversas traducciones: Rafael Cansinos Assens, 1944; A. A. Barberán, 1931; J. Rovirata, 1920; J. M. Valverde, 1963; A. Janés,

1977; F. Ruiz Noriega, 1981; P. Gálvez, 1986. Aquí se ha utilizado la de la edición de Manuel José González y Miguel Ángel Vega, 1997.

Esencial para la vida de Goethe su Poesía y verdad, que es una autobiografía, y las Conversaciones con Eckermann ; hay versiones castellanas de 1983 y 1984. La principal biografia de Goethe es la de A. Bilschowsky, Goethe in Selbstzeugnisse und Bilddokumente , con más de veinte ediciones.

En castellano: E. Trías, Conocer Goethe y su obra , 1980; A. Reyes, Trayectoria de Goethe , 1954; G. Lukács, Goethe y su época, 1968.

Sobre el Fausto : R. D. Miller, The meaning of Goethe"s Faust , 1939; D. J. Enright, Commentary on Goethe"s Faust , 1977.

 

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01/07/2005 ir arriba
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