Por Julián Marías,
de la Real Academia Española
En ABC digital 25.07.2002
HACE un siglo justo que Azorín publicó su primera novela, «La Voluntad». Tengo su primera edición, publicada en Barcelona en una Biblioteca de Novelistas del Siglo XX, que había iniciado con «Amor y Pedagogía» de Unamuno. El libro está firmado por J. Martínez Ruiz. A esta novela siguió «Antonio Azorín», personaje cuyo apellido se convirtió en el permanente seudónimo del autor.
En la frontera de los dos siglos se hablaba con frecuencia de «La Voluntad», quizá por influencia lejana de Schopenhauer y más cercana y eficaz de Nietzsche. Ganivet hablaba de la «abulia»; se hablaba con frecuencia de «profesores de energía». Antonio Machado escribió: «Don Francisco A. de Icaza / no es profesor de energía / sino de melancolía».
He pasado unas horas releyendo a Azorín; cada vez se me impone más la evidencia de su puesto único dentro de la generación del 98 y de toda nuestra literatura contemporánea. Por dondequiera que se abra un libro suyo se encuentran varios rasgos que se perpetuaron a lo largo de su obra casi centenaria. Frecuentemente divide sus escritos en capítulos brevísimos, que significan otros tantos puntos de vista, lo que podríamos llamar una minuciosa circunstancialización. Azorín fija la mirada en alguna realidad: aspecto mínimo de la vida cotidiana, figura humana, personaje al que conoció en su infancia, autor de cualquier tiempo, leído y releído, repensado, revivido. O bien paisajes, fragmentos de la tierra española, conocida palmo a palmo: campos, ríos, bordeados por una hilera de chopos o álamos, parajes solitarios, conventos, pueblos minúsculos, a veces abandonados, casi muertos, que mira con abrumadora ternura.
Azorín va tomando posesión de todo ello; la fragmentación es el método de la atención, de la concentración en cada punto, de la absorción. Es increíble el grado de la plenitud con que se apodera de cada elemento de la realidad vista, recordada, evocada. La placidez de su mirada le permite retener la prodigiosa integridad de aquello sobre lo cual pone los ojos. Libros como «Las confesiones de un pequeño filósofo», escrito en su juventud, evocación de su niñez y de los primeros pasos de la vida adulta, encierran una fabulosa toma de posesión de un tiempo, de personas y cosas, de horas vividas lentamente. Hay un breve capítulo, «Esas mujeres...», que revela una inesperada sensibilidad para lo femenino, una atención y percepción de lo que es la mujer, que sería difícil encontrar en autores que han escrito largamente sobre todo ello.
En la obra de Azorín encontramos toda España, en su realidad física, en su historia, en su literatura, en el horizonte de sus posibilidades. Y porciones considerables de otros países, en especial de Francia, un París revivido parsimoniosamente, con la misma detención, con la mirada concentrada en innumerables puntos de vista, todo ello visto a la luz de una obra literaria de muchos siglos, que da su enorme espesor a Francia, a pesar de posibles limitaciones recientes. Respecto a España, si se reunieran los comentarios de Azorín sobre sus escritores, desde el Poema del Cid hasta los mucho más jóvenes que Azorín mismo, se tendría la más iluminadora historia de nuestra literatura. Cada personaje de ficción, cada autor, están evocados, puestos en su ambiente real o ficticio, interpretados en el lugar que les corresponde, y así resucitados.
La clave de Azorín es su generosidad. Lejos de posar una mirada negativa, desdeñosa, recelosa, sobre personas y cosas, más lejos todavía de ese supuesto ingenio que se complace en la maledicencia, en la mezquindad real o inventada de los demás, que solamente descubre la propia, Azorín retiene lo que hay, lo que ve con ojos amorosos, lo que aísla de su contexto, potencia, pone a la luz para que dé ante nosotros todas sus reverberaciones.
La estructura de los escritos de Azorín es infinitamente respetuosa con el lector: no impone nada, no avasalla, no deslumbra. Permite la lectura sosegada, paso a paso, con pausas, con interrupciones, que se puede seguir o abandonar. Y así libro tras libro, artículo tras artículo, durante una larga vida. Ante Azorín sentimos gratitud por una donación de magnitud inmensa, que nos ha permitido un enriquecimiento sin par.
Para mi gusto, la culminación de su obra es otra novela: «Doña Inés (historia de amor)», de 1925, que dedicó a don Ramón Menéndez Pidal. He escrito sobre este libro -hecho con un talento casi cinematográfico, en una época en la que todavía Azorín no se había aficionado al cine, que llenó su vida en los últimos años, cuando veía un programa doble casi todos los días- que algunos pasajes suyos parecen fragmentos de un guión cinematográfico, que reclaman una película que todavía no se ha compuesto. La novela lo interesó siempre; en su vejez tenía predilección por Salvadora de Olbena; como siempre, el recatado y púdico Azorín fue jalonando sus escritos en torno a figuras de mujer.
Tengo la impresión de que la obra de Azorín está en los últimos decenios algo preterida. Torpeza, malquerencia, un apresuramiento en la lectura incompatible con el sosiego de su estilo, han hecho que se desvíe la atención de una obra inmensa, de inusitada variedad y riqueza, de intensidad extraordinaria. Ahí está, sin prisa, que parece no haber sentido personalmente nunca. La prisa no es aconsejable. Ortega escribió una vez: «No tengo prisa por que se me dé la razón; prisa sólo tiene el enfermo y el ambicioso».
Espero que algún día los españoles, sobre todo los jóvenes, sin prisa, se enteren de Azorín, lo conozcan, aprendan a mirar la realidad actual y pretérita de España con el instrumento que fue elaborando pausadamente a lo largo de casi un siglo de vida. Sería interesante saber qué generaciones han poseído a Azorín, se han nutrido de él; es probable que ya dos o tres lo hayan desconocido. Si esto es así, se podría descubrir en ellas lo que los médicos llaman un «estado carencial». Pero siempre se está a tiempo. Si se mira bien, nada se pierde de lo que es realmente valioso. Por múltiples razones y alguna sinrazón se está difundiendo una actitud que consiste en desear que los libros tengan éxito rápido y una vida corta. La civilización requiere lo contrario: que los libros duren años; algunos, siglos; que se pueda volver una y otra vez a ellos. Es la clave de la continuidad histórica, de lo que da coherencia a los países, más aún a los conjuntos de países que tienen como propia la misma lengua. A veces me pregunto qué se puede leer en algunas lenguas; las diferencias son enormes; se oscila entre el océano y una angosta charca. Azorín espera tranquilo la posible atención de cuatrocientos millones de personas.
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