Viernes - 25.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
NUESTROS TEMA DE HOY Temas de portada
Relativismo Relativismo y verdad
Ideologías Ideologías
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

«VIAJE AL CENTRO DEL HOMBRE»,

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo

 .
«Viaje al centro del hombre», de Carlos Llano

       
    Los que gustan de ensayos serios sin complicaciones innecesarias,  leerán con gusto y posiblemente con aprovechamiento, el Viaje al centro del hombre, de Carlos Llano (Ed. Rialp, Madrid 2010).
 
            La contraportada del libro ya resulta estimulante: «El tiempo actual, se nos dice, es el mejor de los tiempos, el único tiempo que tenemos para respirar». El principio pinta bien. Las Escrituras también nos advierten de que suponer que "cualquier tiempo pasado fue mejor" indica padecer de estulticia. Se nos informa que Carlos Llano aporta su experiencia de maestro, filósofo, empresario y humanista, y nos propone un viaje. «No se trata de un recorrido fácil (nunca lo ha sido conocerse a sí mismo), pero sí de un peregrinaje fascinante, personal e intransferible».
 
           Un libro para la Navidad del que sabe hacer más tiempo para pensar. No se trata de un texto navideño, pero cabe ponerse ante las pajas del pesebre donde la Madre Virgen ha reclinado al Niño Dios, y leer estos párrafos de nuestro libro, que yo, con permiso, titulo así:
 
.
 Lo necesario y lo superfluo. ¿Soy o no soy un pleonéxico?
Texto de Carlos Llano (Viaje al centro del hombre, Ed. Rialp, Madrid 2010, pp 44-46)
 
            La artificialidad no implica, en sí misma, superfluidad. Hoy tenemos el derecho de hacer cómoda la satisfacción de nuestras necesidades. Si necesitamos luz, la podemos obtener eléctricamente; si queremos cocinar, lo hacemos con gas... Estas son formas artificiales de satisfacer necesidades de carácter natural, no necesidades añadidas o superfluas.
 
         Hay una pequeña piedra de toque que nos hace ver si algo es natural o es superfluo: la naturaleza se apacigua, llega un momento en que ya no necesito más pares de zapatos -aunque alguna mujer diga que sí- o controles de televisión -aunque los hombres se subleven-; llega un momento en que ya no puedo comer o descansar más. En cambio, las necesidades superfluas tienen como rasgo característico el no saciar nunca. Cuando se tienen necesidades materiales no susceptibles de apaciguamiento, se califican entonces como superfluas, sea por el afán de poseer -avaricia-, sea por el impulso de consumir -consumismo.
 
         El no saciar nunca es lo que caracteriza los bienes superfluos, y es lo que da paso a una enfermedad muy bien diagnosticada desde hace 2.500 años, que lleva el extraño nombre de «pleonexia». Así como hay una anorexia, que es la pérdida total del apetito, también hay una pleonexia, que es un apetito insaciable de cosas de carácter material. Si tradujéramos de modo implacablemente literal este término, en castellano tendríamos que decir «aún - no - bastantidad». Pleonéxico es aquél que considera que todavía no tiene bastante, porque ignora que su espíritu no puede calmarse ni saciarse con cosas materiales. Hay muchos pleonéxicos anónimos. La pleonexia es, en efecto, una enfermedad contraída por muchos de nosotros, aquellos que ignoramos que nunca nos cansaremos de poseer cosas materiales cada vez más numerosas.
 
         Nuestra armonía y pacificación va a venir por el lado del espíritu, no por el lado de las cosas materiales que tengamos o que consumamos. Sin embargo, hay una gran diferencia entre la pleonexia de hace 2.500 años y la padecida actualmente. Para Platón era una enfermedad; para nosotros es signo de éxito. Entre los dos extremos, evidentemente se ha dado un cambio de 180 grados. Esa es, en realidad, nuestra gran enfermedad: considerar como éxito lo que nos perjudica.
 
         ¿Qué es entonces lo que distingue a lo necesario de lo superfluo? No existe tan solo lo superfluo, por un lado, y lo necesario, por otro. Hay además dos categorías de bienes que deben tenerse en cuenta. Existe lo necesario, pero también lo conveniente; y se da lo superfluo, pero también lo nocivo. De esta manera, no hay sólo una clasificación bipartita de bienes, sino cuatripartita: lo necesario, lo conveniente, lo superfluo y lo nocivo. La tesis que aquí se sostiene es que, poco a poco, por la tendencia de las cosas, lo conveniente desemboca en lo necesario y, por la caída o la degradación de los mismos bienes, lo superfluo se convierte en nocivo. Sorprendente hipótesis para una época marcada por la superfluidad. Lo superfluo se convierte en nocivo, no en necesario. Y ninguna lista de cosas necesarias y superfluas brinda suficiente luz, porque lo superfluo y lo necesario no corresponden objetivamente a los bienes que se tiene, sino abiertamente a la persona que los posee. Esa es la importante idea generada primeramente por Aristóteles y retomada después por la ética cristiana. Los bienes no son buenos ni malos referidos en abstracto a sí mismos, sino en directa relación con la persona. Son buenos los bienes que me hacen bueno, y malos los que me hacen malo. La misma droga que perjudica al morfinómano puede ser necesaria para un enfermo grave. Los bienes son necesarios y convenientes, o superfluos y nocivos, por la repercusión que tienen en cada individuo que los posee, de manera que no se trata de una lista de carácter exterior, sino de una introspección para ponderar si mis bienes me hacen más o menos hombre. Esta es justamente la piedra de toque que hace distinguir los bienes superfluos de los bienes necesarios. Aristóteles nos ofrece, en el libro primero de la Ética a Nicómaco, una medida del valor de los bienes que no ha podido ser superada, por más que durante 2.500 años la filosofía ha hurgado en lo superfluo y lo necesario. Hoy somos víctimas no porque no hayamos encontrado una fórmula diferente para distinguir lo superfluo de lo necesario, sino porque nos hemos olvidado de ella.
 
         Dice Aristóteles que son bienes necesarios y convenientes aquellos que hacen asequible al hombre el ejercicio de la virtud. Esto nos aclara hoy muy poco, entre otras cosas porque la palabra «virtud» ha perdido su fuerza, lo cual constituye una de las paradojas del lenguaje: ¿Cómo ha podido perder fuerza un vocablo que significa precisamente fuerza, pues tal es el significado de «virtud»? En efecto, no poseemos en la actualidad ni siquiera una palabra equivalente. Es una de las palabras decisivas de nuestro lenguaje, pero también una de sus mayores pérdidas.
 
         El término virtud significa fuerza, consistencia: aquello mismo que nos hace hombres. El hombre se define por su espíritu. Por eso Aristóteles, al identificar la virtud con lo que amplía las posibilidades humanas, lo dice justamente de una manera bella e insuperable: «llamamos felicidad al desarrollo o expansión de la actividad del espíritu». Como es manifiesto, he cambiado la palabra virtud y he puesto la palabra felicidad en su lugar. Pero ello no es ningún despropósito. Los griegos no tenían más que un solo vocablo para expresar esas dos realidades: areté servía tanto para expresar la virtud como el éxito. El hombre de éxito era el hombre virtuoso, y el hombre virtuoso era el hombre de éxito. Por ello, el valor humano no se medía por los bienes materiales poseídos, sino por el vigor que trae consigo el hecho de vivir su propia humanidad. Quiere esto decir que son bienes necesarios aquellos que amplían nuestra capacidad de ser hombres, que esponjan nuestra naturaleza espiritual, que nos hacen ser más.
 
         La voz clara de Juan Pablo II lo ha afirmado en la encíclica Sollicitudo rei socialis sobre la cuestión social, y hay que advertir -que me perdone Aristóteles- que lo dice de una forma más bella que el griego. No es explicable que un polaco hable mejor que un griego, pero Juan Pablo II posee una gracia de la que Aristóteles carecía. «Los verdaderos bienes -dice- son los que le abren el horizonte al hombre». Los falsos bienes son los que nos encierran en nuestro armario, en nuestra cochera...
 
A.O.D.
Compártelo:
meneame digg delicious technorati google bookmarks yahoo blinklist twitter Facebook
15/12/2010 ir arriba

v01.99:0.42
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós