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SED DE HOMBRE, SED DE DIOS (Antonio Orozco )

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 EL POZO HONDO DE SICAR

Sed de hombre, sed de Dios. Sed de Dios-hombre

Todos los olivos conducen a Getsemaní
Todos los pozos conducen al de Jacob

Antonio Orozco

Arvo.net, 15.04.2011

Jesús de Nazaret había caminado mucho durante una soleada mañana de verano. Hacia las tres de la tarde se sentó junto a un pozo cercano a Sicar. Sus discípulos fueron a comprar algo para comer. Cansado, sabe que vendrá una mujer samaritana a por agua y espera. Los judíos no se hablaban con los samaritanos. Estos no adoraban a Dios en el templo de Jerusalén. En general, descendían de inmigrantes, gentes advenedizas de origen sirio, conversos a medias, paganizados, enfriaron el judaísmo. Eran considerados cismáticos. El agua corriente, viva, en lugar desierto es vida. En otras regiones puede ser también muerte. Puede tragarse barcos, hombres y pueblos. Aquí indudablemente es vida, apaga la sed y limpia personas y cosas. Llega la mujer con su cántaro y Jesús le dice (cfr. Jn 4, 7 ss):

"-Dame de beber."

Le dice a la mujer samaritana:

-"¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?"

--Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva."

--Le dice la mujer: "Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?"

Hay ironía en las palabras de la mujer. Quizá un aire juguetón de leve coquetería.

--Jesús, le respondió: "Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna." 

--Le dice la mujer: "Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla."

Enemistados con lo arduo, por pequeño que sea, se nos antoja que la felicidad se halla en lo cómodo. Nos gusta lo fácil. Quisiéramos tener de todo. Y tenerlo ya. Ciframos la felicidad en el tener, no en el ser. Todos hablamos siempre de lo mismo, la felicidad. Tal vez fascina a la samaritana la idea de ver algún gesto mágico. A ver cómo sale del lance ese hombre alto, bien proporcionado, de rostro amable y mirar profundo. Jesús, al parecer, gira en seco:

--El le dice: "Vete, llama a tu marido y vuelve acá."

--Respondió la mujer: "No tengo marido."

--Jesús le dice: "Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad."

«En eso». Hasta ahora habías estado divagando. Ahora has tocado la verdad. Tu verdad. La objetiva. Hablando en serio, no te gustas. Quisieras un buen marido. Ya van seis y reconoces que no tienes marido. A partir de aquí podemos hacer grandes cosas contigo...

¿Qué cosas le diría Jesús a la samaritana, y cómo lo diría, que lejos de replicar despechada, dice ella:

--Señor, veo que eres un profeta.

No podemos vivir eternamente en la mentira, engañados, engañándonos. Tenemos sed de verdad, de la verdad. La verdad de nuestro bien y de nuestro mal. Necesitamos saber la verdad. La verdad de dónde venimos y a donde vamos. Si de verdad vamos a donde queremos o a donde el viento nos lleva. Necesitamos sinceridad en la conciencia, con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Necesitamos una mirada sabia, serena, seria, liberadora, de ternura, como la de Cristo. Sin reproches ni humillaciones. Que ayude a conocer nuestra propia identidad por dura que resulte, y muestre a la vez la grandeza de nuestra dignidad nativa, abierta a una esperanza cierta. Dios es un padre amoroso, lleno de infinito amor...

San Josemaría conduce como de la mano a confiar en la ternura de Dios con estas consideraciones: «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. / Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo y perdonando. / ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende, a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! / Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los Cielos.» (Camino, 267)

Así, aproximadamente, se explica la continuidad del diálogo de Jesús con la samaritana, la cual plantea al Señor nada menos que una cuestión teológica:

--Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar."

¿Salida por la tangente o verdadera inquietud teológica? Me inclino por lo segundo. Emerge del fondo del pozo personal de la mujer lo bueno de la infancia. Lo sembrado por sus mayores ha brotado por la palabra de Jesús. El corazón humano es un pozo abismal. Su dimensión es inconmensurable, no es una víscera, es espíritu encarnado, creado a imagen de Dios. Tiene muchos niveles. Una gran capacidad de bien y de mal. Bien y mal se hallan entreverados y en tensión. Componen mixturas dolorosas. Por ello el ser humano a menudo no se entiende ni se comprende a sí mismo. Es la herencia original. Requiere salvación. Es preciso estimular la luz de la razón en el encuentro con la verdad. Una verdad que pueda actuar simultáneamente desde fuera y desde dentro. Jesús de Nazaret es esa verdad adorable, amable, tangible, humana y divina.

-Jesús le dice: "Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad."

-Le dice la mujer: "Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo."

-Jesús le dice: "Yo soy, el que te está hablando."

La mujer se va corriendo, se supone, loca de alegría al pueblo a contar lo sucedido. Hay cosas que no se pueden callar. Hay noticias explosivas, que dan un vuelco a la gran historia. ¿No será este el Mesías? El anuncio de la mujer al pueblo es ingeniosa, intrigante: ¿No será éste el Mesías...?

Aquí tenemos la sed material y la sed del espíritu, la sed del hombre y la sed de Dios, el don de la criatura y el don del Creador; la mirada de Cristo y la transparencia del corazón libre en su presencia. La conversión y la expansión apostólica, inmediata, de la mujer. La alegría de la mujer y la alegría de Jesús. Un episodio densísimo de elementos significativos. Sin olvidar el cántaro, olvidado.

La alegría de Jesús. Habríamos de pensar más en la alegría del Señor cuando le reconocemos ante nosotros, junto a nosotros, en nosotros y escuchamos su palabra: ¡Si conocieras el don de Dios! El primer don es Su Presencia. El estar Él presente, expectante, abierto a la conversación. El segundo se solapa con el primero: el saber que él está ahí. Es la fe. La sustancia de las cosas que se esperan (Hbr 11, 1; Spe Salvi, 7). El corazón humano aguarda desde su primer latido a Jesús. Aún no lo sabe pero así es. Tan hondo es que solo puede llenarlo la Verdad que es Cristo. Tan sensible que solo puede llenarlo la sublime Belleza. Tan amplio que solo puede llenarlo el Amor supremo. Tan flexible que el agua viva solo puede moverse a su gusto en la libertad que, una vez más, es Cristo.

Conocerle y conocerse en él, es lo más necesario y urgente para un corazón, tanto como el agua viva para el sediento en lugar desierto. Puede haber un mar, un océano alrededor. El sediento no puede beber agua del mar. La sed sería más torturante.

El Creador carece de agua para saciar su sed de hombre. Es hombre verdadero. Está cansado y sediento. Ha asumido nuestra flaqueza para poder establecer con cada mujer, con cada hombre, un diálogo que partiendo de las necesidades cotidianas se remonte a la sed radical de toda criatura en el encuentro con Dios. Adorar en espíritu y en verdad. La adoración no es un gesto frío y humillante, es el reconocimiento gozoso de que Dios es Todo. Nos postramos ante Él. Nos ve andar en verdad –adorar en verdad-, que le amamos sobre todas las cosas. Entonces, sobre todas ellas nos levanta y comparte con nosotros su vida divina, de Amor puro e inmenso. Su proyecto es este: «Cristo ha querido ser hombre para que el hombre pueda ser lo que Cristo es» San Cirpriano, De idol. van., c. II]. San Agustín va más allá: «Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios» [San Agustin, Sermo 13 de temp.] ¿Cómo es esto posible? Habrá que verlo. 

Por ahora recordemos que Jesús espera. Cada día, junto al pozo de agua viva. El pozo es tu casa, tu calle, tu campo de trabajo, tu hogar de familia. Es, sobre todo, tu corazón. Te espera para pedirte algo, una cosa pequeña. Un poco de agua. «Contempla al Señor detrás de cada acontecimiento, de cada circunstancia, y así sabrás sacar de todos los sucesos más amor de Dios, y más deseos de correspondencia, porque El nos espera siempre» (Forja, 96). «Dios os llama a servirle "en y desde" las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay "un algo" santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir» (San Josemaría Escrivá de Balaguer).

-Dame de beber.

-¿Tú me pides a mí, Señor, que soy un pobre hombre? Tú eres todo, yo nada. No veo qué pueda darte.

-Dices bien, que no ves nada. Requieren colirio tus ojos. ¿No ves ahí un vacío?

-Vacío sí. Enorme.

-¿Me lo das?

-¿Cómo puedo darte un vacío, si es nada?

-¿Tienes sed o no?

En la sed se resumen todas las ansias del corazón humano y especialmente la más profunda. La sed de ser “como Dios”. Recordamos aquella tentación primera, narrada en el libro del Génesis. El problema del hombre es que necesita ser como Dios, dice Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. El problema es que el primer intento discurrió por una vía tremendamente equivocada, quiso el hombre ser como Dios sin Dios. Las consecuencias las vemos cada día. Dios creó al hombre para la inmortalidad y sin embargo muere cada día. Había sido avisado. Tenía una luz en el corazón para discernir el bien del mal. Ante sí tenía la vida y la muerte. Creyó que una cosa es la libertad y otra la responsabilidad. Que el bien y el mal son compatibles. Que podía arreglárselas sin Dios. Y cayó desde una altura excelsa a un abismo de vilezas increíbles. Y no podía salir de ella por sí mismo como un jarrón roto no se puede recomponer por sí solo. Con una sed insaciable, buscando sin nunca encontrar en el mundo el agua de la vida. Siempre llega el momento en que ya no hay más. Y el hombre, creado para la inmortalidad, muere.

¡No quiero morir!¡No quiero morir!, se oye tantas veces. ¡Quiero ser inmortal, como los dioses! Y la muerte llega sin remedio.

Junto a la profundidad de tu alma, Jesús espera. El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna (Jn 4, 14). Te imaginas un surtidor anchuroso que sube y sube y sube cada vez más alto hasta perderse de vista en el cielo, sin dejar por ello de llenar ríos y ríos de agua viva en la tierra, fecundando a su paso extensiones inmensas de tierra feraz. Ese surtidor podrías ser tú... si tienes sed.

-¡Jesús, tengo sed, dame de esa agua!

-Has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido. Caso de que seas hombre, podemos hablar de mujeres. Con otras palabras, de las cosas que impiden el paso de la verdad limpia a tu corazón. Yo soy el agua que apagará tu sed. Yo soy el camino, la verdad y la vida. La samaritana no se ha molestado por haber oído todo lo que había hecho. Al contrario. Mi voz no la acusa. Acusar es cosa del diablo. La palabra ha entrado en su corazón como agua viva y fuego ardiente. Luz verdadera.  Ha descubierto la diferencia entre el bien y el mal. Ha optado por lo bueno. Yo no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. ¿Cómo? Mostrándole el bien, lo bueno que es el bien. Lo que vale la persona, sea quien sea, ante Dios. El cuidado con hay que tratarse a sí mismo y a los demás. Que vale la pena dar la vida por la salvación de una sola alma. Te entiendo. Cuesta abrir el corazón. No hay dos iguales. Yo espero. Espero que seamos amigos. No te diré nada. Cuéntamelo tú. Yo espero. Entretanto te hablaré de otras cosas que quizá te interesen. ¿Quieres que te hable del grano de trigo?...

Jesús nos conduce como por un plano inclinado de lo humano a lo divino. Para llegar a ser divinos, en cierto sentido, “como Dios”, es preciso, antes, ser muy humanos. Hace falta tener sed, como Él. Dios se hace hombre en Jesús de Nazaret. Padece nuestras ansias y flaquezas. Será como el grano de trigo que se entierra y se transforma en una nueva vida. Morirá en la cruz para expiar nuestros pecados, cumplirá toda justicia y derramará sobre el mundo toda la misericordia del Padre. Ha recorrido un largo camino para encontrarnos. Todos los días lo hace, “para decirnos algo”, algo precioso. El gesto de Jesús no atiende a raza, lengua, sexo, religión, condición social, situación moral. A todos dice: “Dame de beber”. A cada uno nos descubre lo que llevamos en el corazón escondido. Lo entiende todo, lo comprende todo, ofrece su amistad y el don inefable, oculto desde la eternidad en el silencio eterno del amor anhelante del Padre celestial. «El hombre no acierta ni siquiera a descubrir enteramente la profundidad y la belleza de los regalos del Señor: "¡Si tú conocieras el don de Dios!", responde Jesús a la mujer samaritana. Jesucristo nos ha enseñado a esperarlo todo del Padre, a buscar, antes que nada, el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura, y bien sabe El qué es lo que necesitamos» (San Josemaría).

Todos los días: “dame de beber”. Desea que descubramos en cada uno de sus gestos humanos, un gesto de Dios (id). Que sepamos que cuando pide algo, pide para dar mucho más de lo que podemos imaginar y de lo que podemos pedir. Se ofrece a Sí mismo, con su cuerpo y su sangre, su alma y su divinidad unida al Padre y al Espíritu Santo. Pide de beber pero nos da a beber su sangre gloriosa derramada para el perdón de nuestros pecados.

“Dame de beber”. Necesito tu amistad. Yo soy el Amor creador de todo amor y te he creado por amor, me he hecho hombre para que me puedas querer fácilmente. Te lo muestro al extremo de dar por ti mi vida, hasta la última gota, hasta el último suspiro. No son cosas del pasado. Te estoy hablando hoy, de hoy, ahora. Hablo en presente, lees en presente. Todo lo que Cristo es e hizo, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, permanece en un “hoy” que trasciende el tiempo.

“Dame de beber”. Jesús ve como en un libro abierto lo que hay en cada rincón de los entresijos de tu alma. La quiere llenar de su vida plena y eterna, para que su alegría de Hijo del Padre esté en ti. Necesitas fe en que Él es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Verbo del Padre, el Logos hecho carne. “Por la fe Cristo habita en nuestros corazones” (San Pablo). ¿Crees que es un decir? La Virgen María concibió en su seno al Hijo del Altísimo porque, por la fe, lo había concebido antes en su mente. Es la enseñanza constante de la Iglesia, hasta hoy.

Un acto de fe tiene un poder increíble. La fe es el más grande don de Dios que a nadie niega, si se pide, si se quiere de veras. “Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad”. Y Cristo viene al corazón confiado, fiel. Porque Cristo te ha amado primero. Te dice: Tengo sed de tu fe y de tu amor.

-Todo esto me suena a música celestial.

-Lo es, sin duda. La música celestial existe y es veraz ¿Qué cabeza humana hubiera podido imaginar algo parecido? No existe nada igual en las religiones. Se pueden encontrar elementos semejantes. Dioses semejantes a los humanos, con pasiones humanas, con frecuencia horrorosas. Hay mitos, como el de Gilgamés, que anda buscando por todas partes el árbol de la vida. El hombre busca a Dios sin cesar, en todas las culturas vivas tiene sed de infinito y se fabrica mitos y dioses. Pero aquí contemplamos al Dios creador de cuanto existe, trascendente al cosmos, tres veces santo, hecho hombre, en todo igual a nosotros salvo el pecado. Al que encontramos sin buscarle. Nos espera. Sale a nuestro encuentro. Entregado libremente en una cruz, muerto, sepultado, resucitado a una vida nueva, gloriosa. Por nosotros. Es Dios creador y sediento. Es preciso dar de beber al Sediento. Al Dios enamorado de la criatura humana. Al Dios alegre porque una criatura que tenía sed de amor le ha encontrado y ha salido corriendo loca de alegría a contarlo a todo el pueblo. ¡Qué fácil es darle alegrías a Dios! ¡Cuántas podemos darle al día! Más alegría hay en el Cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no lo necesitan. El agua cristalina corre por los suelos de la Nueva Jerusalén, el Cielo. Si no quedáramos presos de la imagen podríamos decir que el Cielo será un mundo de locos enamorados del Amor, sendientos insaciables, que se saciarán sin ser saciados, pues «nuestra alegría eterna será […] caminar infinitamente en un descubrimiento siempre nuevo y alegre hacia el infinito y así experimentar la aventura del amor eterno como respuesta a nuestra sed de felicidad" (J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Cristiandad, 2ª ed. Española mayo 2005, p.69)


 

 a.o.

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