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SAN JOSÉ, LA VERDAD DE UN HOMBRE JUSTO (Antonio Orozco Delclós)

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El Undécimo, no estorbar

 
La verdad de un hombre justo, San José

 

Escultura de Josep Viladomat, Sant Joan de les Abadesses

 

Autor: Antonio Orozco 
Fuente:  Arvo.net

 

Contamos con una entrañable tradición cuyo origen se remonta al siglo XVI que consiste en dedicar a la devoción de San José, Esposo de María Virgen, los siete domingos anteriores a su fiesta solemne del 19 de marzo, para expresarle cariño y pedirle mercedes. Se suelen contemplar los principales misterios acontecidos a los largo de su vida en la tierra, entretejidos de gozos y dolores, en los que se refleja de algún modo toda vida humana, la nuestra también. En la del Artesano de Nazaret encontramos luz, serenidad, fortaleza, sentido sobrenatural, amor a Dios y a la Santísima Virgen. En el primer domingo de san José, como a lo largo de la semana, podemos meditar sobre el siguiente dolor y el correspondiente gozo:

 

 Dolor: El de pensar que no era digno de permanecer junto a María su Esposa Inmaculada, al conocer que por obra del Espíritu Santo se había convertido en Madre (cf Mt 1, 18)

 

 Gozo: Al recibir la noticia del Ángel de que no debía tener reparo en recibir a María en su casa como Esposa, pues él había de ser padre adoptivo del hijo de la Virgen Santa (cf Mt 1, 20)

 

La perplejidad del Santo Patriarca no se refería a la virginidad de su Esposa, evidente para él, sino a su papel en el misterio divino que de pronto se manifestaba en Ella. ¿Cómo se había atrevido a desposarse con la madre del «Emmanuel» (Dios con nosotros) anunciado por los Profetas y realizado en María? : He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14)

 

Transparentes eran para José los ojos de María. ¿Cómo no iba a adivinar que el Santo engendrado era todo de Dios? ¡Si lo adivinó Isabel nada más entrar María en su casa! Se requería, por supuesto, una alta sensibilidad espiritual para captarlo. Sin duda Isabel se hallaba ilustrada por el Espíritu Santo. ¿Y José, no?

 

Tengo por cierto que san José recordaría las citadas palabras de Isaías 7, 14, mil veces meditadas. Justamente, Mateo, al final de la revelación del Ángel al santo,  menciona esta profecía ratificando su cumplimiento  (Mt 1, 23). Grande sería la sorpresa de José al advertir que María se hallaba radiante de pureza y embarazada, antes, por cierto, de que se celebrase «la boda», y la llevasen según las festivas costumbres del lugar, a casa del esposo. Quizá entendió entonces por qué María le había hecho la singular propuesta de permanecer virgen en su matrimonio, o al menos, durante el tiempo de los desposorios. Él había aceptado con gusto, porque el amor, cuando es eximio, no requiere la satisfacción de la sensualidad. Muchos no lo entienden, pero también son muchos los ciegos que no ven la luz del sol, y existe. Pudo ser así. Tanto más cuanto María era inmaculada, llena de gracia, y José dotado de singulares dones con vistas a la misión que había de cumplir en el hogar de Nazaret. León XIII, en la Encíclica Quamquam plures (año 1899), escrita para declarar a San José patrono de la Iglesia universal, dice: «Como San José estuvo unido a la Santísima Virgen por el vínculo conyugal, no cabe la menor duda que se aproxima más que persona alguna a la dignidad sobreeminente por la que la Madre de Dios sobrepasa de tal manera a las naturalezas creadas [... ]; si, pues, Dios le dio por esposo a José, ciertamente no sólo se lo dio como ayuda en la vida, sino que también le hizo participar, por el vínculo matrimonial, en la eminente dignidad que Ésta había recibido»

 

María y José se han conocido en Nazaret, pueblo de un centenar de habitantes o poco más. Sus miradas se han cruzado en innumerables ocasiones. Más aún después de haberse desposado. Era un compromiso muy fuerte, aunque no era todavía el matrimonio. "Las bodas" se celebrarían seis u ocho meses más tarde. La mirada, se ha dicho, es casi el alma hecha fluido. Entre nosotros, el otro es siempre, al menos en parte, un enigma; vemos zonas opacas, indescifrables. Pero, como dice un buen filósofo, "la vida humana es en sí misma inteligible; el rostro, re­presentación de la persona, concentrado en los ojos -el primer inteligible-, descubre lo que hay detrás, la interioridad que rezuma hacia el exterior. Se puede leer. La condición para ello, evidentemente, es mirar con atención y conocer el «alfabeto», la significación de los rasgos fisiognómicos en cada raza, sociedad, sexo, edad. Lo malo es que el hombre occidental contemporáneo -no sé lo que pasa fuera de estos límites-, por ser más racionalista que racional, no suele ver lo que es inteligible en el rostro ajeno, y además rara vez tiene en cuenta lo que ha visto. Esta posibilidad tiene el máximo alcance entre hombre y mujer, porque es el rostro, en su expresión, donde se manifiesta más claramente el proyecto en que consiste la persona" (Julián Marías).

 

La Virgen María es inmaculada, deificada por la Gracia santificante en plenitud, no hay opacidad alguna en sus ojos. Es pura transparencia. La mirada de José era la del más casto de los hombres, el hombre elegido desde la eternidad para Maria (Virum preadestinatum Mariae), dijo Ireneo. Resulta impensable que se le ocurriera una hipotética infidelidad de su Esposa o alguna inconfesable situación que le hubiese obligado a entregarse a otro. La mirada de María era un libro abierto: Dios estaba con Ella. Él era indigno de tanta santidad.

 

Dios permitió que entrara en su mente de honda humildad la preocupación de si no se habría entrometido como de rondón en un  proyecto divino en el que no haría más que estorbar. No era digno, pensaba, de ser el esposo de la Madre del Mesías. Nunca podremos hacer un análisis exhaustivo de los pensamientos de José en aquella circunstancia. Sólo intentos de aproximación. Y esos intentos han de ser ajustados al texto sagrado original, no necesariamente a las traducciones poco ilustradas. Y si el texto resulta en algún punto ambiguo, habrá que intentar resolverlo teniendo en cuenta la unidad de la Escritura, las interpretaciones de los Santos (a veces dispares, cuando no están definidas por el Magisterio de la Iglesia) y las ciencias auxiliares.

 

Lo que dice Mateo (1, 19) es que José, como era justo (= santo, cumplidor de la Voluntad de Dios por encima de todo), no quería "denunciarla" (deigmatisai). Hay que reconocer que el verbo (deigmatizô) es de difícil traducción, muy raro en griego y por eso se ha traducido de modos muy diversos. Es más común el verbo compuesto paradeigmatizô, que significa exponer a la afrenta, exponer a las injurias. Pero esta resonancia negativa no se incluye necesariamente en el verbo sencillo utilizado por Mateo, que puede significar simplemente "dar a conocer", "sacar a luz", "revelar", "hacer visible", "manifestar", sin resonancia negativa alguna. ¿Por qué derivar a una interpretación negativa, como si san José se planteara revelar algo malo sobre la Virgen? Con más motivo cabe admitir la interpretación positiva, cuanto que lo que dice Mateo en seguida es que [no queriendo revelar (publicar) lo sucedido] "pensó apoluô en secreto" (Mt 1, 19), lo cual podría significar "pensó despedirla" o, en sentido técnico "deshacer, romper el vínculo matrimonial con ella". Por eso algunos traducen "pensó repudiarla en secreto". Pero también puede significar "pensó dejarla libre", "dejarla ir" en secreto (sin decir nada a nadie).

 

Si seguía adelante hasta la boda, se pensaría que el hijo de María era también de él, como así sucedió, y continúa el error hoy; lo cual le parecía injusto, como una especie de suplantación del Espíritu Santo.

 

Si anunciaba su marcha, «denunciando» así, o más claramente en castellano, «desvelando» el misterio sobrenatural que María silenciaba, tampoco parecía justo. Nadie le había otorgado una misión profética en el caso.

 

Ponderó las cosas en su corazón, escuchó atento la voz de su conciencia.  Y llegó a pensar que era preciso «separarse», «alejarse», «abandonar»  a su «Desposada», sin decir nada a nadie. La perturbación seguiría su curso pero, al menos, desapareciendo, no añadiría supuestos males. Dios haría el resto. Esta interpretación es conforme al texto original del Evangelio de Mateo.

 

Dios permite a veces la confusión, la perplejidad o incluso el error de buena fe en la conciencia de los santos;  y el juicio de la conciencia moral ha de ser seguido siempre. Siempre ha de haber buena voluntad, amor a la verdad, análisis de la situación en la medida de su complejidad, no precipitar el juicio por pereza mental o pasión por una opción predeterminada. Cuando faltan datos, saber esperar. Si aparecen nuevos, saber rectificar.  José decide en conciencia, en plena conformidad con los datos que tiene. José es un hombre «justo». No actúa a la ligera. A semejanza de María, «pondera las cosas en su corazón». Esta es, en este sentido, la primera verdad de José: José es un hombre de conciencia. En conciencia decide hacer lo más costoso para él: abandonar a María, cuando ya era toda la razón de su vida, de cada uno de los latidos de su corazón, de cada uno de sus pasos en la tierra.

 

Su conciencia parece dictarle un mandamiento no escrito explícitamente en las tablas que recibió Moisés: el llamado «undécimo mandamiento», que dice así: «el undécimo, no estorbar». La segunda verdad de José es esta: José es el héroe del Undécimo mandamiento. Por así decirlo: ¡antes morir que estorbar!. Y esto ha de ser así, sin paliativos, cuando se trata de los designios divinos. No estorbar los planes de Dios, no oponerse, no esquivarlos, no soslayarlos, no verlos como enemigos, sino como expresiones de un amor infinito en el que no cabe engaño ni  traición.  No estorbar es la formulación negativa de una profunda ansia positiva del ser humano: ayudar, colaborar, servir, construir. Hay quienes se afanan en destruir hasta el pensamiento, con filosofías deconstructivas o con políticas intrínsecamente dialécticas y agresivas sin aportar nada a cambio. La verdad de José es no sólo no estorbar sino servir, cuidar, sacar adelante la familia de Nazaret, protegerla en tiempo de persecución, proveer en todo tiempo. Por algo ha recibido el título de «providencia de la Providencia» y «criador del Creador».

 

Inmenso dolor el de San José, que la Providencia amorosa del Padre celestial no quiso evitarle. Le dejó con el problema sin mostrarle todos los datos. Permitió por un breve tiempo la confusión de su juicio. Pero pronto le envió un ángel para resolver cualquier sombra de duda. Dios siempre tiene un ángel para sus hijos.

 

Inmensa fue su alegría al recibir la noticia: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido [en efecto, como tú bien sabes] es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y [lo que ahora te revelo es que] le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 20-21)

 

 Por este dolor y este gozo, los hijos de Dios –hermanos de Jesús- le pedimos a José su asistencia en nuestras grandes o pequeñas noches oscuras del alma, cuando no entendemos los designios de Dios o no sabemos descubrir su amabilísima Voluntad en los sucesos de cada día. Nos ayuda a ser humildes, a permanecer en oración, hasta de noche, para que -fieles- alcancemos la gracia de la perseverancia final. Cada momento de nuestra existencia y de la de los demás, pase lo que pase, siempre esconde una dimensión relevante en la economía de la Redención. Esa es la verdad de cada momento.

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(*) Para más detalles sobre el tema de este artículo, ver mi libro -con sus notas a pie de página- Madre de Dios y Madre Nuestra. Introducción a la Mariología, 10ª ed. ampliada, Rialp, Madrid 2008, cap. IX.
 

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 Actualizado: 19/03/2017


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Enviado por Arvo Net - 27/02/2017 ir arriba

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