Viernes - 25.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
NUESTROS TEMA DE HOY Temas de portada
Relativismo Relativismo y verdad
Ideologías Ideologías
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

«ROSARIUM VIRGINIS MARIAE» Y «SANTO ROSARIO» (Antonio Orozco )

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo

 LA CARTA APOSTÓLICA  DEL PAPA JUAN PABLO II «ROSARIUM VIRGINIS MARIAE» Y «SANTO ROSARIO» DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ.

 

 

Antonio Orozco-Delclós

 

Hace algún tiempo escribí un prólogo  a la Carta Apostólica Rosarium Mariae Virginis, del papa Juan Pablo II, que este año 2010 ha editado Ed. Promesa, seguido de unos comentarios teológicos a los misterios de luz, redactados por las mismas fechas. Algunos se encuentran en esta misma página ARVO.NET. En el momento en que me dispongo a ponerlo en la Red, me encuentro, por cortesía de Rialp, «Santo Rosario. Edición crítico-histórica», preparada por Pedro Rodríguez, Constantino Anchel y Javier Sesé, segundo volumen de la colección de Obras completas de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Más de 340 páginas de una edición espléndida. Comprenderá el lector avezado que mi escrito ha palidecido hasta el extremo. Sin embargo, como es tan reciente esa edición y la difusión de las grandes obras suele ser lenta, venzo la resistencia y lanzo mis breves consideraciones, la cuales incluyen por cierto una buena referencia al libro de san Josemaría, Santo Rosario, que, según los autores es, sin duda, la expresión emblemática de la piedad personal y de la doctrina espiritual de San Josemaría en torno a esta práctica mariana (pág. 77).

 

***

 El 16 de octubre de 2002  - coincidiendo con la celebración del inicio de su XXV año de pontificado -, el papa Juan Pablo II firmó la Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», en la misma Plaza de San Pedro. En ella asombraba con una cierta «transfiguración» del Santo Rosario – para algunos instrumento arcaico y desvencijado – capaz de catalizar, más aún, de intervenir como factor implicado en la plena configuración con Cristo, que es meta del vivir cristiano. A la vez, proclamaba  «Año del Rosario», el tiempo que mediaría entre el mes de octubre de ese año al mismo mes del año siguiente y lo esgrimía como «arma poderosa» para ganar una nueva batalla para la paz, tan amenazada para el mundo y para la familia.

El documento pontificio tiene el estilo de una carta de familia, en la que el padre abre su corazón y descubre a sus hijos una perla cultivada durante años con exquisito cuidado: el amor a la Madre de Dios y Madre Nuestra. Asume e integra lo mejor de la secular tradición y desvela la hondura teológica que esconde el Rosario, su «oración predilecta» (n. 25). Enseña que la reiteración de padrenuestros y avemarías en los distintos ciclos – misterios gozosos, dolorosos y gloriosos- no sólo no comporta aburrimiento o hastío sino que se convierte –cuando se reza bien, con fe amorosa- en la música de fondo de una singladura fascinante, la del Hombre-Dios acompañado de su Madre Virgen, desde la Encarnación hasta la entrada definitiva en la Gloria. En el fondo, de lo que se trata – en palabras del mismo papa - es de «favorecer entre los fieles el compromiso de contemplación del rostro de Cristo, al que invité al final del gran jubileo del año 2000».

 ¡El rostro de Cristo!, es decir, el «rostro de Dios», en expresión de los Padres, del Verbo hecho carne, espejo del gran misterio de la Trinidad. Rostro elaborado en el interior de la Santísima Virgen, físicamente en su seno,  idealmente en su mente desde el instante del Hágase!. Ella lo contempló por primera vez en Belén y sus pupilas ya no lo perdieron de vista jamás. Sus ojos conocen perfectamente cada uno de los rasgos y gestos del semblante de su Hijo, en toda circunstancia, en cada momento de su existencia. Nadie como Ella sabe, nadie como Ella puede mostrar a Jesús, fruto bendito de su vientre.

 Si no me equivoco, la gran aportación de Juan Pablo II a la comprensión del Santo Rosario, no es tanto el modo o método que sugiere, como el descubrimiento para todo el mundo de esa oración dirigida no sólo «a María», sino «con María». A Ella dirigimos palabras sublimes, inspiradas por el Espíritu; pero «con Ella», con la luz de su mirada, contemplamos el rostro de Cristo en cada uno de los varios misterios que resumen su vida, pasión, muerte y gloria.

             Guardamos unos instantes de silencio antes de comenzar a recitar cada decena, para situarnos en la santa casa de Nazaret, en el pesebre de Belén..., Getsemaní, el Calvario..., el Cielo. Ya tenemos en la imaginación a Jesús en su contexto adecuado y a los principales personajes que le rodean. Algunas veces junto al rostro del Hijo aparece explícitamente el de la Madre –Belén, el Templo, el Calvario...- y enseguida nos damos cuenta de los sentimientos de ambos. En otras ocasiones, no vemos a María junto a Jesús, pero la sabemos cerca, junto a nosotros. Entonces entramos en el misterio de la mano de Nuestra Madre, que mira, ve y nos enseña a ver y a mirar.

             Hay un libro que facilita muchísimo esta «puesta en escena» que tanto gusta a Juan Pablo II. Me refiero a «Santo Rosario», de san Josemaría Escrivá de Balaguer publicado por primera vez en 1934, cuenta con más de cuarenta ediciones, donde dice:

 «—¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

 Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! —¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar.

 —Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

 Hazte pequeño. Ven conmigo y —este es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José.

 Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad... Asistiremos a su Pasión y Muerte... Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección... En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús.»

 El Papa también reza el Santo Rosario metiéndose en la escena, ponderando en su anchuroso corazón la enjundia divina y humana de cada uno de los misterios que se contemplan, con sus ricas interconexiones, orientado siempre a un punto focal: el rostro amabilísimo de Cristo. El Papa nos subraya el significado cristológico del Rosario, porque María «es», esencialmente, «misterio cristológico»; misterio que sabe a Cristo y conduce a Cristo. No sólo no aparta de Jesús, acerca a Él; no es obstáculo para la unión, al contrario, nos muestra, como Madre, al Salvador de todos, nos lo da abrazando a todos.

 A través de lo humano, alcanzamos lo divino del Hijo Unigénito del Padre, que ha venido a la tierra para padecer la tortura de la cruz y, así, redimir a la humanidad para que, muerto en el Calvario, muramos con Él, y con Él co-resucitemos y co-ascendamos a la derecha del Padre y convivamos eternamente en el seno amoroso de la Trinidad.

 Vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo es la sustancia del vivir cristiano: configurados con Cristo. Nadie lo ha hecho ni lo hará jamás como María. María es modelo y molde de vida cristiana, ha pisado cada una de las huellas del paso de Dios por la tierra. No todas se pueden descifrar a la primera. Ella tampoco comprendió siempre de inmediato lo que hacía o decía Jesús. Hubo de ponderar mucho los hechos y palabras de su Hijo. Juan Pablo II nos enseña a meditar con María lo mismo que Ella meditó en la tierra y sigue ponderando maravillada en el Cielo. Ella reza con nosotros el Padrenuestro y así, ¡qué de sabores nuevos se aprecian!

 Con María se hace la luz. Es la criatura que ha alumbrado a Dios, ha dado a luz LA LUZ del mundo. Luz significa verdad - la verdad es luz -; y luz significa belleza - la belleza es el esplendor de la verdad. La luz nos permite ver las cosas en su color y relieve; nos indica el camino que hemos de andar y nos veda el equivocado. Con la verdad de la Belleza y la belleza de la Verdad alcanzamos la Vida en plenitud.

 «En Él estaba - ¡está! - la Vida». Y la vida personal - ya lo hemos apuntado- se manifiesta con especial intensidad y riqueza en el rostro. En la mirada, en la sonrisa, acaso en unas lágrimas. En el gesto que se ve, asoma el alma que no se ve, el espíritu, el meollo de la persona, el talante, la emoción, los sentimientos, la alegría, el dolor, el cansancio, el amor. A través de lo material alcanzamos lo espiritual. Hay rostros que no nos cansaríamos de mirar y admirar, porque son ricos en interioridad; entonces, las pupilas, como aguas tranquilas y limpias de alta montaña, nos permiten ver nítido el fondo. El rostro personal es «resplandeciente», aún cuando esté triste y bañado en lágrimas. Nos manifiesta la «verdad» de la persona. El rostro es espejo del alma.

 Escribí hace años una broma: «quien tiene cara de malas pulgas es que las pulgas las lleva dentro». Al margen de lo teatral o histriónico, el rostro distendido, sereno, afectuoso, emite una luz fascinante. Bien lo saben las madres y los enamorados: el rostro amado es siempre el mismo y siempre distinto.  Por eso no se cansan de contemplar, al contrario. ¿Cómo será el Rostro de Dios? Sin duda, de belleza infinita, océano de maravillas, de miradas luminosas, de sonrisas y besos encendidos. Si Cristo  - hemos dicho - es el Rostro de Dios, nada hay más amable, nada más admirable, nada más enamorante. Esto lo saben bien los santos, y Juan Pablo II es muy santo. Por eso repite con pasión de enamorado los versos del Salmo: «¡Buscaré siempre tu rostro, Señor!». Y como el que busca encuentra, más aún, de algún modo ya ha encontrado, las horas de oración del Papa son tan largas, al menos, como su desbordante actividad. Cuando se conoce, aunque sea muy borrosamente el rostro de Dios, ya no hace falta otro; o más bien, en todos se descubre a Dios, porque ahí está realmente su imagen, y, por lo demás, ya no se puede vivir sin Él. Pues bien, la más bella imagen del rostro de Cristo es el rostro de María. En su mirada pueden descubrirse incluso tonos e intensidades que más difícilmente – por nuestra limitación - apreciamos en el rostro de Jesús. No se conoce del todo a Dios sin conocer a la mujer y, singularmente a «La Mujer» que es María, «belleza única», imagen transmisora de valores que sin Ella permanecerían ocultos u opacos a los hombres, sean varón o mujer. El Papa ha comprendido a fondo que para conocer el Rostro de Dios es indispensable conocer tanto el rostro de Cristo como el de María. Y ha visto en el Santo Rosario, el camino para contemplar, a diario y contemporáneamente, ambos amadísimos semblantes.

 *  *  *

 Para destacar el carácter cristológico del Rosario (n. 19), la Carta Apostólica integra los tres ciclos tradicionales de misterios - gozosos, dolorosos y gloriosos-, con un ciclo nuevo: los «misterios luminosos», misterios de luz, que se refieren a la vida pública de Cristo: el Bautismo en el Jordán; la automanifestación de Jesús en las bodas de Caná; el anuncio del Reino y la llamada a la conversión; la Transfiguración; y, finalmente, la institución de la Eucaristía.

 De este modo, el rezo de padrenuestros y avemarías, combinado con la contemplación de tales misterios, se convierte en memoria habitual de un estupendo y oportuno resumen de la vida de Cristo y María. El Papa subraya que el hacer memoria de los misterios que se contemplan en el Rosario es algo más que recordar hechos sucedidos en un pasado lejano o ajeno. La imaginación sirve de vehículo que nos traslada a Belén, a Nazaret, al Calvario ..., al Cielo. Lo «vemos» con la fantasía, a voluntad –está al alcance de todas las fortunas-, pero el resultado no es una simple imaginación, como la imagen inoperante reflejada en un espejo. Es un contacto real con la colosal virtud salvífica de cada misterio.

 El Papa nos dice que «la contemplación de María es ante todo un recordar»; y añade algo verdaderamente interesante y fecundo: «Conviene entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: "hacer memoria" de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.».

 Advertimos así una razón profunda y vigorosa para comprender el sentido del Santo Rosario y vivirlo con gran gozo y provecho espiritual. Aunque no se trata de una oración litúrgica, posee una virtud análoga a la fuerza de la liturgia. La Misa - enseña el Catecismo de la Iglesia Católica - nos hace presente, real, verdadera y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies del pan y del vino, de tal modo que el mismo sacrificio que Cristo realizó en el Calvario se nos hace actual, en nuestro hoy y ahora; en la comunión sacramental, su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Nos hacemos con-corpóreos y con-sanguíneos con Cristo, y nos incorporamos real y verdaderamente al mismo sacrificio de la Cruz, participando así también de la gloriosa resurrección. Es un misterio impresionante de vida. «En la Liturgia de la Iglesia –se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica,  n. 1085-, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los  demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida» (CEC, n. 1363 y s).

 Ahora, cuando – por ejemplo - hagamos memoria de la Institución de la Eucaristía al contemplar el quinto misterio de luz, claro es que no se producirá de ningún modo la transustanciación que tiene lugar sobre el altar cuando se celebra la Santa Misa, pero al «hacer memoria» con fe amorosa, nos estaremos abriendo - enseña el Papa - a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con el misterio de su Sacrificio eucarístico. Es decir, estaremos recibiendo gracia, fuerza salvífica, que nos encenderá en deseos de acudir nuevamente a la comunión sacramental, nos dispondrá a recibirla con más humildad y amor, con más grandes deseos; en cierta medida se anticiparán las gracias del sacramento, como sucede en la comunión espiritual. La contemplación con María de la Última Cena, nos hará partícipes de sus sentimientos ante Jesús Sacramentado. Meditaremos con Ella el amor inmenso, «hasta el extremo», del corazón de su Hijo y lo tocaremos de algún modo; mejor dicho, «nos tocará». Antes, habremos considerado el anuncio del Reino y la llamada a la conversión; habremos hecho memoria del sacramento de la Penitencia y ahora, en la Última Cena, recordaremos que hemos de acercarnos a la Eucaristía con la mayor pureza posible.

 Pero las luces y mociones que vendrán a la mente y al corazón es imposible inventariarlas en un libro ni en una biblioteca, porque el Espíritu soplará– en plena libertad – con su brisa suave o su viento impetuoso y en el corazón del cristiano sucederán cosas que no podrá, no sabrá decir.

 Lo importante es el reposo, en el repaso diario de tan luminosos misterios (veinte). Dejemos pues que el Espíritu sople con su libertad sorprendente, leamos y meditemos con devoción filial esta Carta Apostólica que nos llega, a cada uno, del Vicario de Cristo, no sin la acción amorosa y expectante de Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo y de Santa María.

 Así, no hay duda, ganaremos la paz para nuestros corazones, para el mundo, para las familias de la tierra. El Rosario es una «oración orientada por su naturaleza hacia la paz» (n. 40)...

---------------------

RELACIONADOS:
SECCIÓN: SANTO ROSARIO

Compártelo:
meneame digg delicious technorati google bookmarks yahoo blinklist twitter Facebook
13/10/2010 ir arriba

v01.99:0.34
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós