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PROBLEMAS DE ATENCIÓN
Paco Sánchez
VAGÓN-BAR
Silencios y miradas
Me gusta ir un poco por detrás. Sólo un poco. Lo justo para que no se me vea y para ver. Raramente leo el último libro, ese del que habla todo el mundo, hasta que alguien en quien confío me lo recomienda.
[...] Con los años, el número de estudiantes con problemas de atención ha ido creciendo. Me dicen que se ha disparado en los colegios el porcentaje de criaturas que tienen que tomar medicación para controlar la hiperactividad. Supongo que la vida real les parece lenta, acostumbrados como están al ritmo de los videojuegos, de los videoclips y de la música que escuchan casi todo el día en sus dispositivos. Si se les obliga a unos minutos de silencio, para que vean una película que es una obra de arte, pero en la que no pasa nada, apenas lo soportan. Al poco, uno empieza a tamborilear sobre la mesa, otro enrosca y desenrosca compulsivamente el tapón de una botella de agua. Treinta minutos más tarde, un tercero pregunta: “¿Cuánto dura?”, e incluso otra: “¿Falta mucho?”, como los niños pequeños a los que se hace largo un viaje en coche. Les dejo. Les dejo irse, si quieren, pero no se van, quizá por miedo a causar mala impresión. Aguantan extrañados la tortura moviéndose en los asientos, consultando los móviles a hurtadillas, incapaces de desconectar todo ese tejido nervioso superpuesto que se han ido confeccionando. También yo sufro. Me entran tentaciones de gritarle a uno, de reñirle a la otra, de cortar la sesión de un modo abrupto y bronco. Pero debo aguantar. La película funciona como una purga y, al final, algunos me miran como animales heridos, con ojos de cómo has podido hacernos esto. Me resulta durísimo.
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