24 octubre 2011. Robert Spaemann

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Quien se abre a la dimensión del Absoluto y se deja provocar por el antiguo rumor sobre la existencia de un Dios creador, no tendrá miedo de que la ciencia espere encontrar la causa suficiente del origen de las formas vivientes. Donde encuentre bondad, belleza y santidad, descubrirá un mensaje en un código totalmente diverso
Si con las letras que sacamos de una bolsa y echamos al suelo se forma el prólogo del Evangelio de san Juan, puede tratarse de una casualidad. Toda combinación es posible y tiene las mismas probabilidades que cualquier otra. Pero en ese caso —si tenemos en cuenta la llamada “navaja de Ockham” (el principio según el cual no hay que multiplicar los elementos sin necesidad, ndr)—, nadie pensaría en una casualidad: todos buscarían dónde está el truco.
En la evolución, el truco está en la selección. Pero la selección sólo puede favorecer lo que ya existe. No es un principio creativo que explica la formación de algo verdaderamente nuevo en un nivel categorial, de aquello que, enlazando con Hegel, llamo negatividad. La configuración de las letras del prólogo del Evangelio de san Juan puede ser, en efecto, una casualidad. Es decir, puede ser una combinación “indiferente” al significado del mismo texto. Esta combinación constituye un texto sólo en la mente del lector. Pero es completamente diversa la formación del significado en base al cual leemos esta configuración de letras como un texto. Aquí no ocurre una emancipación de todas las condiciones de formación y desarrollo.