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MARÍA, MADRE DEL AMOR HERMOSO (Jutta Burggraf)

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MADRE DEL AMOR HERMOSO 

 

Una reflexión teológica profunda, inteligible y bellísima sobre cómo se encuentra y desenvuelve el «amor hermoso» en la «escuela de María» a la que todos somos convocados.

 

Autora: Jutta Burggraf *
Arvo.net, 21/01/08

 

      Observamos en nuestras sociedades una cierta insatisfacción sorda y camuflada. En el fondo, deseamos algo más que la mera vida, por grandes que sean sus promesas, sus atracciones y distracciones. No queremos sólo ser ricos y estimados; queremos amar y ser amados, deseamos ser “lo más importante” para alguien y acoger a otro alegremente en el corazón. “Toda la existencia humana es un grito hacia un tú,”[1] es una búsqueda del otro. Por la misma constitución de nuestra naturaleza tenemos la vocación de ser amantes, en el sentido más pleno y profundo de la palabra.[2] “El hombre no puede vivir sin amor –destaca el Papa Juan Pablo II–. Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente.”[3] 

El cristiano es aquel que ha encontrado el amor de su vida. Comprende que Dios mismo quiere colmar sus necesidades más vitales, y le invita a una íntima amistad con Él. Se da cuenta de que “Dios es Amor”[4], es el gran Amante, el primer Amante, que dijo al comienzo de su vida: “Yo quiero que seas; es bueno, muy bueno que existas... Qué maravilloso que tú estés en el mundo.”[5] Por eso, puede exclamar Juan Pablo II: “¡El hombre es amado por Dios! Éste es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre.”[6] Es un mensaje que estamos llamados “a acoger y gritar” a nuestros contemporáneos.[7]

 

Entrar en la escuela de María

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo podemos corresponder a ese gran amor divino? ¿Cómo podemos amar con un corazón puro, que no defrauda ni traiciona? Para aprenderlo, es preciso acudir a las personas que lo han conseguido en su vida, y que ya están eternamente unidas a Cristo. Así, la mirada del creyente se dirige espontáneamente a la Virgen María, a la “llena de gracia”,[8] la más bella de todas las criaturas. María es bella porque es amada; y es de aquella hermosura que llamamos santidad.[9] El esplendor de Dios se refleja en ella. Juan Pablo II afirma que “la historia del amor hermoso” comienza precisamente con ella,[10] con esta mujer simpática y sencilla que irradia bondad. A través de su fiat, María se ha convertido en Madre de Dios, y el Amor infinito se ha hecho visible en nuestro mundo.[11] En el mismo acto, María se ha convertido también en Madre nuestra, ya que por la gracia somos hermanos de su Hijo divino.[12] Ella nunca ha dicho no al amor y –movida por la fuerza del Espíritu– ha vivido su vida terrena en Dios y para Dios y, al mismo tiempo, ha tenido desde siempre un amor verdadero, profundo y real a cada uno de los seres humanos. 

Como una buena madre, la Virgen quiere enseñarnos el arte de amar.[13] Si entramos en su escuela y

 nos dejamos guiar suavemente por ella, se ensanchará nuestro corazón y nos enamoraremos, cada vez más, de la vida, de los demás y de Dios.[14]

 

Encontrar el amor

Para Dios sólo hay hijos únicos. Cada hombre es un “agraciado”, es un elegido entre millones. El amor divino, como todo amor, es puro regalo, que no podemos ni merecer ni exigir. Estamos hechos para recibirlo de lo alto, estamos llamados a acogerlo agradecidamente y colaborar en su desarrollo.[15] Cabe también rechazarlo, como lo hacen aquellos “hombres ambiciosos” de los que habla Nietzsche –aquellos hombres autosuficientes y cerrados– que “son rebeldes al amor y no se dejan querer.”[16] Aquí se ve que el amor es don y tarea a la vez; y nunca sabremos dónde termina el don y dónde comienza la tarea. Del mismo modo, si remo a favor del viento, no puedo distinguir qué porción de la rapidez se debe a mis brazos y qué porcentaje al empuje del aire.

Lo que Dios quiere darnos –aclara Juan Pablo II–, no son bienes que prometen una vida exitosa y satisfactoria: tan poco no nos ama. Él mismo quiere entrar en nuestro corazón, quiere limpiarnos y renovarnos desde el núcleo más íntimo de nuestro ser, comunicándonos su gracia, que es luz y vida, “el comienzo del cielo en la tierra”.[17]

Si aceptamos el don –con la fuerza de la fe–, el encanto del amor llega directamente a nuestro alma. Entonces podemos experimentar la alegría de existir y de ser tratados como una excepción. Podemos superar la soledad originaria y radical que sufre cada ser humano.[18] El encuentro con el amor hace a una persona consciente de su propio valor, de su propia belleza, le hace “crecer y florecer” –como se suele decir–, de modo que puede responder al otro con toda verdad: “Te necesito para ser yo mismo.”[19]

Cuando oímos decir que una persona “es distinta desde que se enamoró”, tenemos una guía para comprender lo que puede acontecer a un cristiano: queda “marcado” por la bondad divina y, por eso, cambia su modo de juzgar y de obrar. El amor afecta todo su ser.

Sin embargo, este primer amor deslumbrante debe ser continuamente purificado y cultivado. Para lograr la pureza del corazón, no hacen falta, en primer lugar, muchas acciones exteriores que pueden incluso llegar a agobiar y obsesionarnos. Hay gente que se pasa la vida atentísima a “cumplir” con sus obligaciones y a luchar tercamente por barrer cada día sus defectos, hasta que comprende que, si se encendiera dentro de su corazón el fuego de un gran amor, todo sería más fácil: el fuego carbonizaría los defectos con gran sencillez. La cuestión no es: ¿Qué puedo hacer por Dios?, sino ¿Cómo me dejo amar por Él?[20] No tenemos que lograrlo todo por nosotros mismos;podemos ser débiles.[21] El hombre no agrada a Dios tanto por sus méritos y virtudes, sino ante todo por la confianza sin límites que pone en Él.

De la mano de la Virgen –destaca Juan Pablo II– descubrimos las lecciones del amor hermoso.[22] Aprendemos que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. A veces huimos de estas citas, no queremos comprometernos, estamos cansados. Precisamente en estos momentos, María está a nuestro lado: conoce nuestra necesidad, alienta nuestras ilusiones nobles, comprende nuestras flaquezas y escucha nuestras palabras. La Virgen nos ama incondicionalmente tal y como somos, y nos estimula a ser lo que podemos ser.

 

Experimentar la hermosura del mundo

Amar significa estar vivo para el bien y experimentar el mundo de un modo más bello y luminoso.[23] Cuando amamos, vemos todo con buenos ojos, y queremos cada cosa como Dios la quiere; más aún, descubrimos las huellas de Dios en cada ser, hasta en una brizna o en un diente de león: “Sin ti, un árbol dejaría de serlo; sin ti, nada sería lo que es,” dice el poeta.[24]

La “vida en plenitud” no se refiere a la cantidad de experiencias que acumulamos, no se trata de probarlo todo: uno puede ir a mil congresos científicos y conservar un carácter infantil. Por el contrario, otro puede no haber salido nunca de su aldea y llegar a ser un sabio. No se trata de hacermás, sino de ser más: estar realmente presentes, dispuestos a aprender y a crecer. Admirarse cuando salen los primeros crocos en primavera, o cuando se visten de color los bosques en otoño, poner la cara en el viento, saber disfrutar de una canción, de un poema y de la presencia de un amigo.

En ocasiones, no se ha entendido bien este gozar de los bienes terrenos. La tradición nos cuenta un episodio de la vida de Petrarca. Este famoso poeta renacentista se encontraba en una ocasión en las altas montañas de Italia y consideró desde allí arriba el grandioso espectáculo que le ofrecían los valles y cuestas florecientes, se quedó entusiasmado de tanta belleza y exclamó: “Señor, ¡qué bello es tu mundo!” Pero en el mismo momento se asustó, se santiguó y tomó su breviario para rezar. No quería poner su corazón en este paisaje, sino sólo en Dios. No se sabe si esta anécdota es real, o si ha sido elaborada para inculcar a los cristianos de otras épocas un menosprecio a este “valle de lágrimas” en el que, supuestamente, nos encontramos.[26] En la Sagrada Escritura, sin embargo, se encuentran otros consejos bien distintos: “Anda y come tu pan con alegría, y bebe tu vino con buen corazón,”[27] se puede leer en el Antiguo Testamento. También Jesucristo disfrutó de la naturaleza y de la arquitectura del templo.[28] Amaba la armonía y la belleza,[29] y prefería que le llamasen un “comilón y bebedor” antes de ser tomado por un asceta triste.[30]

A veces, olvidamos contemplar las cosas bellas. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que aprendemos en el trato con María: detenernos y mirar lo que Dios ha hecho. Admirar las obras del Creador.[31] Querer el mundo con pasión.[32] Porque el mundo es “el escabel de sus pies”.[33]

Ver las cosas así es verlas no sólo con una nueva luz, sino también en un nuevo marco: no desde la perspectiva del tiempo, sino desde la eternidad.[34] Si nos encerramos en nuestras propias posibilidades, el gozo más pleno suele mezclarse con la triste experiencia de la fugacidad: todo pasa, todo termina, la vida es un continuo “decir adiós”. Ciertamente, no podemos eliminar del todo este “dolor de la partida”, tan propio de nuestra existencia. Pero cuando nos unimos a Dios, participamos de algún modo en su eterno presente: no hay pasado ni futuro en Dios; todo lo que existe, está eternamente albergado en su pensamiento y en su corazón. Así, un momento de nuestra “felicidad pasajera” está siempre presente al Creador. Por tanto, cuando participamos en la vida divina, disfrutamos, en cierto sentido, de esta permanencia; podemos superar los sinsabores del tiempo y adquirir la paz que “el mundo no puede dar”. Si todo mi amor en esta tierra es parte de mi amor a Dios, entonces la alegría que tengo no se perderá jamás, ni será afectada por la distancia temporal: porque el eternamente Nuevo vive en mí, y yo en Él.[35]

Si aprendiéramos a ver cada cosa, cada acontecimiento, cada momento que pasa, como viviendo siempre en los brazos de Dios, sentiríamos menos tristeza por su caducidad, y nos sería más fácil desprendernos del mundo. Y entonces, paradójicamente, nos sería posible amar de verdad, dejando de lado los propios intereses.

 

Amar a los demás

María nos enseña a amar el mundo y alabar a su Creador. Y nos enseña, sobre todo, a amar a los demás hombres. Todos estamos creados para la luz, y podemos ser mutuamente fuente de vida y salvación los unos para los otros.

 

Amor realista

Para poder realizar nuestras posibilidades más altas, es importante aceptar primero nuestras necesidades básicas y elementales, la “tierra” de la que estamos hechos. Conviene, por tanto, no cerrar los ojos ante nuestros anhelos y frustraciones, la cólera y las decepciones, el miedo y el desamparo, y tampoco ante la pesadez y la falta de lógica que se encuentran, después del pecado, en cada corazón humano.[36]

Ninguna vivencia humana es despreciable para un cristiano, ya que todas –menos el pecado– fueron asumidas e iluminadas por Cristo. No se puede “saltar” la situación terrena para llegar a lo divino. Viene a la memoria la leyenda griega del gigante Anteo, que era invencible mientras tocaba el suelo, mientras estaba sobre la tierra.[37]

El trato con María, la Madre, que conoce muy bien la debilidad de sus hijos, hace al cristiano realista y comprensivo. Le lleva a sentirse solidario con los demás, y a mostrarles la alegría de estar a su lado. Le lleva a ayudar y ser ayudado, a dar y a recibir. No le basta dar “cosas” al otro. En analogía a su Señor, quiere dar algo de sí mismo, de su propia vida, de lo que está vivo en él.[38] Comparte sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y desilusiones, sus experiencias y planes para el futuro, en una palabra: se da a sí mismo, ofrece amistad. Hay personas que trabajan fervorosamente en labores sociales, pero que nunca han podido realizar un verdadero encuentro con otra persona, en el que cada uno se da a conocer al otro tal como realmente es.[39]

Una ayuda desde arriba, de modo unilateral, no sirve mucho. Una limosna puede ofender, y el modo de dar un consejo puede hundir a otra persona en la miseria. Jesucristo, que pidió agua a una mujer samaritana,[40] ruega a todos sus seguidores que salgan del baluarte de su superioridad. Cualquier persona merece respeto y admiración, y de cada una se puede aprender mucho. Sólo con esta actitud uno puede hacer verdadera amistad con otro, que siempre beneficia a ambos.[41]

 

Perdonar y pedir perdón

Un escritor cristiano afirma: “Sé amable, sé amable, y serás santo.”[42] Es fácil ser afable con nuestros amigos, ¿pero dónde encontraremos la fuerza para serlo también con aquellos que nos irritan y atacan, desprecian y calumnian? De nuevo, nos ayuda mirar a la Virgen. “En ella, no hay nada de severo, nada de terrible; todo es dulzura,” afirma San Bernardo.

En la escuela de María aprendemos que una de las novedades del mensaje cristiano es el amor a los enemigos.[43] El “enemigo” del que habla el Evangelio no sólo existe en la guerra. Está muy cerca de nosotros. Es aquel que ha pasado de largo ante nuestras necesidades, que nos ha hecho algún daño o que amenaza nuestra libertad. Es aquel de quien huimos y con el que no nos queremos comunicar.

A lo largo de la vida, todos recibimos heridas que nos van marcando. Podemos esconderlas y sepultarlas en lo más profundo de nuestro ser, detrás de barreras que levantamos para protegernos. Pero tal actitud no nos llevará a la felicidad. El odio es como una gangrena que nos carcome. La venganza y el rencor envenenan la vida. Hacen que las heridas se infecten en nuestro interior, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.”

Conocemos testimonios impresionantes de personas que sabían perdonar. Unas eran cristianas, otras no. Pero en el corazón de todas ellas actuó –de un modo misterioso y oculto también para ellas– el amor iluminador de la Virgen. En su libro Mi primera amiga blanca, por ejemplo, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, “porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado.”[44] La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubría que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser libre.

Conviene considerar con valor la verdadera causa de una herida: no es una circunstancia exterior, por hiriente que sea, sino el hecho de que una persona se cierre al amor, se resigne en la lucha por entregarse al otro, se canse de perseguir el bien, se desilusione: en una palabra, no quiera amar más. Su corazón se transforma, en consecuencia, en árido, apagado, sin afecto ni esperanza.[45]

Los motivos pueden ser sumamente comprensibles. Sin embargo, en último término, no importa tanto lo que los otros me han hecho, sino mi propio actuar: “no estoy en este mundo para odiar, sino para amar,” afirma Antígona en la obra clásica de Sófocles.[46] Algo parecido confesó Etty Hillesum durante la Segunda Guerra Mundial a su diario. Cuando esta joven mujer judía experimentó la presencia de Dios en medio de un campo de concentración nazi, empezó a mirar a sus carceleros con misericordia: “Si un miembro de la SS me pisoteara hasta matarme –afirma–, yo lanzaría una última mirada hacia su rostro y me preguntaría con estupefacción y un arranque de humanidad: ‘Dios mío, ¿qué cosas tan terribles has podido vivir, pobre muchacho, para hacer semejante cosa?’.”[47]

En 1994, un monje trapense llamado Christian fue asesinado en Argelia junto a otros monjes que habían rechazado dejar su monasterio, situado en una región peligrosa. Christian dejó a su familia una carta para que la leyeran después de su muerte, en la que daba gracias a todos los que había conocido: “En este gracias por supuesto os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy... Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo. Que se nos conceda volvernos a ver, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios nuestro Padre.”[48]

No es fácil superar las dificultades para amar; pero es posible con la fuerza de la gracia. La Virgen nos lo ha mostrado en la situación más extrema de la historia. Unida a Jesucristo, nos ha dado el ejemplo más profundo de un amor sin condiciones. Cuando oyó rezar a su Hijo moribundo: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen,”[49] comprendió lo que Dios esperaba también de ella, e hizo lo mismo que Jesucristo: perdonó. Superó la amargura, el rencor y los deseos de venganza que pueden surgir cuando se sufren injusticias e incomprensiones tan fuertes, y rezó por los asesinos de su Hijo.

“Con mi Dios, salto los muros,” canta el salmista. Es como si el mismo Dios nos dijera: “Aunque te hayan dado golpes, te amo y te deseo. Quiero habitar allí donde has cerrado tu corazón. Porque tu corazón me pertenece. Quiero entrar en mi casa.”

Nosotros, además, no solamente debemos perdonar, sino también pedir perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder. Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta.

La verdadera culpabilidad va a la raíz de nuestro ser: afecta nuestra relación con Dios. Y es justamente ante Dios donde un cristiano puede experimentar la alegría de ser perdonado. Mientras en los Estados totalitarios, las personas que se han “desviado” –según la opinión de las autoridades– son metidas en cárceles o internadas en clínicas psiquiátricas, en el Evangelio de Jesucristo, en cambio, se les invita a una fiesta: la fiesta del perdón. Dios siempre acepta nuestro arrepentimiento y nos invita a cambiar.[50] Su gracia actúa profundamente en nosotros: nos libera del caos interior y sana las heridas. Mirando a María, la Madre de Misericordia, tenemos el consuelo y la esperanza de que somos, con todo, algo más que simples pecadores.[51]

 

Amar a todos

Como Dios nos ama a nosotros, así queremos amar a los demás. Según la parábola del buen samaritano, el prójimo no sólo es el que sufre, sino también el extraño.[52] Es el que pertenece a otro grupo social, a otra profesión, otro partido político, otra cultura, nación o religión. No debemos poner etiquetas ni clasificar a nadie. “Dios me ha mostrado que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre,” dice San Pedro.[53] La caridad no tiene límites.

En efecto, sólo miramos bien a otra persona cuando la amamos. Entonces aparecen las mejores cualidades que tiene, cualidades a veces insospechadas. Nadie se queda igual cuando es mirado con amor, porque quiere merecer esa mirada que parece descubrir lo que nadie antes ha descubierto, y saca a la luz lo mejor que uno lleva dentro. A veces impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los demás a ser mejores, a través de una admiración discreta y silenciosa. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, que, con paciencia y constancia, animan y ayudan a desarrollar. María, la Virgen discreta, nos enseña que, normalmente, no hace falta decir muchas palabras.[54]

Si nos dejamos formar por María, podemos aprender lo que quiere decir “amar a todos”. El amor materno es incondicional: no hace falta “ganárselo”, y tampoco hay nada que lo haga perder.[55] Para la Virgen, nada es demasiado pequeño, demasiado pobre, débil o pecaminoso.[56]

María nos enseña a amar con el amor de Dios, que se dirige directamente a cada ser humano: “Te he llamado por tu nombre –dice Dios a cada uno–. Tú eres mío... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero... Mira, en la palma de mis manos te tengo tatuado.”[57]

Si bien es verdad que cada persona es amada por Dios “por sí misma”,[58] es igualmente importante considerar que estamos intrínsecamente relacionados los unos con los otros: amándonos a nosotros, Dios ama también a los demás, y amando a los demás, nos ama a nosotros. Su amor abarca en un único acto grandioso a toda la humanidad.

Salvando todas las diferencias, podemos observar una experiencia parecida en los grandes amantes.[59] Cuando una persona amaprofundamente a otra, con un amor que le llena hasta los bordes y parece no dejar espacio para nada más, entonces su corazón se hace amplio y universal: tiene ganas de “abrazar a todo el mundo”. Es precisamente esa intensidad del amor dirigido a una persona concreta la que hace brillar ante nuestros ojos la bondad y la amabilidad de todos los demás seres humanos, incluso de todas las cosas. El amor nos da una visión amplia y nos mueve a decir con sinceridad: ”¡Qué maravilloso es el mundo!”[60] En este sentido, Goethe afirma que “un corazón que ama a una persona no puede odiar a nadie.”[61] Y Dante destaca lo mismo con respecto a Beatriz: “Cuando ella aparecía, no había enemigos ya en mi vida.”[62] Un gran amor impide al hombre de ser enemigo de nadie.

 

Amistad con Dios

Andando de la mano de la Virgen por los caminos de la vida interior, aprendemos poco a poco a amar el mundo y a los hombres. Si somos dóciles, como ella, a las mociones del Espíritu, aprenderemos también la lección más importante de la vida: referir nuestra capacidad de amar directamente a Cristo; ser amigos de Dios.[63]

 

Amor recíproco

Lo característico de un amor pleno es la reciprocidad.[64] Cada uno de los amantes, de alguna manera, vive en el otro; y cada uno se recibe de nuevo del otro. No deja de ser él mismo, pero es profundamente marcado por el milagro del amor; hay en él una armonía que repercute en su vida entera. “Por eso a los amantes los quiere todo el mundo.”[65]

Algo parecido se puede decir de los amigos. También ellos son felices mirando el uno por el otro, protegiendo el uno al otro, buscando cada uno el bien del otro. Pero, ¿se puede afirmar lo mismo del amor o de la amistad entre el hombre y Cristo? Nosotros, ¿podemos darle algo a Dios que no sea ya suyo, podemos “ayudarle”? Ciertamente, María –Madre y Amiga por excelencia– ha buscado día tras día el bien para su Hijo divino: le ha llevado en sus brazos, nutrido, bañado y cantado; le ha protegido de los peligros y enseñado las costumbres de su pueblo; le ha acompañado en su vida pública y consolado en la hora de la muerte... Pero ahora, Cristo está resucitado, está sentado a la derecha del Padre y sumamente feliz en la comunión trinitaria. ¿Podemos, realmente, ser amigos suyos que buscan su bien? ¿No somos más bien unos pobres mendigos que reciben todo de Dios y no pueden devolverle nada en absoluto?

Si miramos a María, el misterio no se disuelve, pero sí se esclarece. Dios, en su omnipotencia, tampoco ha “necesitado” la ayuda de una mujer para salvarnos. Sin embargo, quería depender del amor de su Madre, quería contar con ella para la redención del mundo.[66] De un modo análogo, quiere contar con cada uno de nosotros para realizar el bien en nuestras sociedades.[67] Quiere salir a nuestro encuentro, nos ofrece verdaderamente su amistad, que sólo puede existir “entre iguales”: por esto, nos “eleva” por la gracia, y “se rebaja” a sí mismo por amor. Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios –la grandeza, la belleza y el poder absoluto– se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más – y hasta en el Pan eucarístico.[68]

Los hombres solemos admirar a una persona importante y grande, pero también la tememos. Ordinariamente es más fácil amar a alguien que es débil y que nos necesita. Quizá sea esta una de las razones por las que Jesucristo se hace pequeño y vulnerable: quiere entrar en comunión con nosotros. Nos enseña así que la lógica del amor es distinta de la de la razón o del poder: amar es ponerse al alcance del otro.[69]

Cuando Dios entra en nuestro corazón, podemos hablar de Él como nuestro otro yo, como nuestro mejor amigo, podemos participar de sus “intereses” y “preocupaciones” y querer lo que Él quiere. Y es en estos diálogos íntimos, “donde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma,” en frase de santa Teresa de Jesús.[70]

Mostramos amistad con Dios cuando intentamos hacer su voluntad en la tierra. Así, de un modo misterioso y completamente gratuito, en nuestra relación con Dios hay también un intercambio de amor, una reciprocidad, buscamos lo que más ayuda a establecer su reino, y Él procura lo que es mejor para nosotros.[71] Como amigos tenemos una conversación continua y trabajamos juntos por el bien del otro, teniendo las mismas preocupaciones y los mismos ideales.

 

Unidad de destino

No podemos amar a Dios y permanecer indiferentes. Es propio del amor que el amante llegue a ser más genuinamente él mismo; pero le es igualmente propio que el amante se asemeje cada vez más al amado.

Una persona que vive con Cristo, está dispuesta a ir por donde Él quiere, aunque a veces no entienda todo lo que le ocurre en el camino. A este respecto, un escritor alemán advierte con acierto: “Es digno de atención que justamente acerca de la persona que amamos, podemos decir menos cómo ella es. Simplemente la amamos. En esto consiste el amor, la maravilla del amor, que nos dispone a seguir al otro a donde sea, en todos sus desarrollos y en todos sus caminos.”[72]

Si todo lo que Dios nos pide sólo nos causara felicidad, si nunca sufriéramos contradicción entre los deseos del corazón y la decisión de nuestra voluntad, entonces, deberíamos preguntarnos si nuestra vida de fe es realmente viva. ¡Tal vez seguimos a Cristo de muy lejos! De tan lejos, que no experimentamos ni rastro de su cruz.

Por el contrario, si nos asombramos de que, al seguir a Cristo, nos encontramos con su cruz y, más aún, si nos quejamos de ello, puede ser ésta también una señal de que no estamos aún lo suficientemente cerca del Señor. Un cierto tono de queja se encuentra en contradicción con la esencia del amor. El amante acepta gustoso el sacrificio, y no reprocha al amado lo que él le pide. Desde el fondo de su ser, dice alegremente que sí a ese dolor, saluda la cruz que le une con Cristo.

Mirando a la Virgen, comprendemos, poco a poco, que no podemos pretender tener una vida más fácil que su Hijo, si queremos estar cerca de Él. Si la gente ha flagelado y escupido a Cristo, no es preciso desear que a nosotros nos den honores. Queremos vivir con Él y como Él. Juan Pablo II insiste: “No tengáis miedo de vivir contra las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios. La valentía de la fe cuesta mucho, pero no podéis perder el amor.”[73] En la misma línea escribió Clemente de Alejandría hace siglos con sereno entusiasmo a sus contemporáneos que “es una bella aventura ir voluntariamente al campo de Dios.”[74]

María es la persona que ha tomado parte del modo más completo en el destino de Cristo. Ha aceptado durante toda su vida las consecuencias de su fiat. Las reconocería inmediatamente en la pobreza de Belén, en la huida a Egipto, en el destierro, en la pérdida del Niño en el templo; las advertería también en el ambiente hostil que rodeaba a su Hijo durante su vida pública; y las experimentó plenamente en el Calvario.

         Pero el dolor y la muerte no tienen la última palabra en el mundo. Después de la cruz viene la alegría de la Resurrección, una alegría que no tiene fin. Quien posee una confianza tal, es invencible, invulnerable en su interior. Nadie puede vencer a una persona unida a Cristo, ya que su derrota es el paso previo a su triunfo definitivo.

 

Nota final

 En la escuela de María aprendemos a amar al primer Amante. Aprendemos a ser para Dios lo que Él siempre ha sido para nosotros: un amigo que busca el bien del otro. La “historia del amor hermoso” puede considerarse, por tanto, como la historia de nuestra salvación.[75]

Por eso, Juan Pablo II nos anima a no dejar de contemplar a la Virgen de Nazaret, “la Madre del amor hermoso, que acompaña a los hombres de todos los tiempos... hacia la casa del Padre.”[76]


* JUTTA BURGGRAF (Hildesheim, Alemania).

Doctora en Pedagogía (Universidad de Köln).

Doctora en Teología (Universidad de Navarra),

donde es Profesora de Teología.

 

 


[1] J.RATZINGER, Introducción al cristianismo, 8ª ed. Salamanca 1996, p.80.

[2] El hombre busca a Dios porque en Él, sólo en Él, puede encontrar su realización, la realización de sus aspiraciones a la verdad, al bien y a la belleza.” JUAN PABLO II, Dichosos los limpios de corazón Homilía en la Misa del 12-VI-1999, n.2.

[3] IDEM, Encíclica Redemptor hominis, n.10. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n.18.

[4] Cfr. 1 Jn 4,8.16 y BENEDICTO XVI, Encíclica Deus caritas est.

[5] J. PIEPER, Las virtudes fundamentales, Madrid 1976, pp. 436, 440 y 445. Cfr. Gn1,31.

[6] JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n.34.

[7] IDEM, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n.9. Cfr. IDEM,Dichosos los limpios de corazón, cit., n.1: “Sí, el hombre busca verdaderamente a Dios; lo busca con su mente, con su corazón y con todo su ser.”

[8] Lc 1,28. JUAN PABLO II, Enc. Redemptoris Mater (= RMa; 25-III-1987), n.8.

[9] JUAN PABLO II, Carta a las familias, n.20: “Cuando hablamos del amor hermoso, hablamos, por tanto, de la belleza: belleza del amor y belleza del ser humano que, gracias al Espíritu Santo, es capaz de este amor.” Cfr. Ez 16,8ss. Ct 4,1. RMan.8.

[10] JUA

N PABLO II, Carta a las familias, n.20.

[11] Cfr. Lc 1,38. Si 24, 24-26.30: “Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Venid a mí cuantos me deseáis y saciaos de mis frutos. El que me obedezca no se avergonzará, y los que obren por mí no pecarán.”

[12] Juan Pablo II desarrolla que “la maternidad de María... es un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre.” Determina una relación única e irrepetible entre cada persona y la Virgen. RMa, n.45.

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