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MARÍA BUSCA A SU HIJO (Azorín)

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MARÍA BUSCA A SU HIJO

 

Hay un dolor más hondo que el más grande dolor humano y allí -parece decir Azorín en este cuento- hay luz. "La Virgen parecía sonreír; sonreír con una infinita sonrisa de piedad de los dolores del mundo..."

 

 

Autor: Azorín 


Cuando era niña, niña de ocho o diez años, la recogieron en el caserón que los señores habitaban en la ciudad. Ella era hija de unos servidores antiguos de la casa; su padre, jornalero del campo, había trabajado durante treinta, cuarenta años, en las huertas de los señores próximas a la casa, en las afueras de la ciudad; su madre había sido criada, recadera, asistenta, en la misma familia. Cuando la niña tenía ocho, diez años, murieron sus padres; la recogieron en la casa; le dieron por vivienda un cuartito en una accesoria, al lado del huerto. Desde su ventanita la niña veía a lo lejos, por encima de los árboles del jardín, la torre de la catedral.

A los veinte años, un labrador que venía a la casa todos los sábados desde un lejano heredamiento, se enamoricó de la muchacha. Estuvieron en relaciones un año. No había tenido la niña todavía en la vida ni un momento de gozo, de alegría.. Había trabajado mucho: hasta medianoche la hacían coser, zurcir, componer las ropas de la casa. Palabras dulces no había nunca para ella; su cara era pálida; anchas ojeras cercaban sus ojos.

En la pared, encima de una arquita con su ropa, tenía una estampa religiosa: una Virgen, vestida de negro, juntaba sus manos sobre el pecho. Y en el mismo pecho se veía un corazón atravesado por siete espadas.

Durante años, a lo largo de su adolescencia, la moza había contemplado, al levantarse, al acostarse, a todas las horas del día, esta Dolorosa. Y, sin querer, muchas veces, como componemos instintivamente nuestro rostro sobre otro rostro acongojado, la moza se ponía triste sin saberlo, sin quererlo, al contemplar el semblante triste, trágico, de la Virgen. Y el rostro de la Virgen, en este minuto de ignorado dolor-de ignorado dolor para la moza-, parecía animarse y sonreír con una sonrisa de bondad suprema y de inefable melancolía.

Los amores de la muchacha y del jayán fueron turbulentos, borrascosos. El mozo era violento y áspero. Gritaba y se encorajinaba por cualquier futesa. Las lágrimas asomaban a los ojos de la niña; las palabras de amor iban mezcladas con sollozos. Y, tras estas horas de recriminaciones y de violencias, cuando la moza miraba a la Dolorosa de las espaditas, la Virgen parecía sonreír dolorosamente y decir que aún había más, mucho más, en la región de los dolores.

El matrimonio no fue feliz. Los recién casados dejaron la ciudad y se marcharon al campo. Habitaban, en lo alto de la montaña, una casita estrecha. Los señores de la ciudad habían cedido al mozo en arrendamiento un rodal de terrazgo con un mísero cobijo. La buena mujer tenía su cuartito en el único alto de la casa. La estampa de la Virgen, con sus siete espaditas, se veía en la pared. Desde la ventana se columbraban las cimas de los montes lejanos. Dos meses después del matrimonio, un día en que el marido se sintió poseso de una terrible cólera, le dio un ataque de perlesía. Un año estuvo paralítico en un sillón; vociferaba el enfermo y se agitaba en violentas convulsiones de furor. Cuando la buena mujer se quedaba sola allá arriba en su cuartito, miraba a la Dolorosa, y la Dolorosa, con una sonrisa inefable -bondad, piedad-, parecía decir que todavía, en el número de los dolores humanos, había más, mucho más...

El marido murió. Del matrimonio había nacido un niño. E1 niño era enfermizo. Tenía la misma cara pálida, afilada, de la madre; pero sus ojos -ojos azules, melancólicos- relucían de inteligencia. La madre concentraba toda su vida en la vida del niño. Trabajaba ahora la madre más que había trabajado nunca; cuatro o seis labriegos cultivaban las tierras; la buena mujer trabajaba también con ellos y cuidaba de que no granjeasen dañinamente en su hacienda. La hacienda era del niño, para cuando fuera hombre, y la madre, que no había pensado nunca en sí misma, pensaba en el niño. Un día, sin saber cómo, comenzaron a arder las mieses en la era; otro día, unos labrantines colindantes le pusieron pleito por los hitos de la heredad; otro día, del corto hato de ganado que la viuda tenía, desaparecieron cuatro o seis ovejas. La buena mujer era una mujer sola. Todo el mundo se le atrevía. Los jornaleros no quisieron venir a trabajar sus tierras. Se vio sola, desamparada. Y cuando miraba al levantarse, al acostarse, la imagen de la Dolorosa, una sonrisa de bondad, de inefable bondad, parecía animar el rostro de la Virgen. En la tierra, en el planeta, entre los hombres, todavía había más, muchos más dolores. Y la Dolorosa, la triste, trágica Virgen, los había sufrido todos.

Y otro día -entre tantos días de amarguras y de desastres-, el niño se fue a la montaña con el pastorcito que cuidaba del ganado. Por la noche, cuando volvió el zagal con su ganado, el niño no volvió. Se había quedado atrás, y no acababa de llegar. Y la madre sufrió una congoja terrible. Se marchó también por la montaña. Daba gritos angustiosos en la soledad y en las tinieblas. Flotaba sobre sus hombros su cabellera deshecha. No aparecía el niño ni por las lomas ni en lo hondo de los barrancos. Y a la mañana, tras una noche trágica, cuando el alba iluminaba vagamente el paisaje, la madre encontró al niño. Lo encontró dulcemente dormido debajo de un árbol frondoso.

De retorno en la casa, la madre, en su cuartito, tenía en su regazo al niño, apretado contra su pecho. Estaba pálida la cara del niño. Estaba pálida la cara de la madre. La madre contemplaba la imagen de la Dolorosa. La Virgen parecía sonreír; sonreír con una infinita sonrisa de piedad de los dolores del mundo. En el mundo había más, todavía más dolores. El dolor de una madre cuando ha perdido a un hijo -extraviado en una populosa ciudad, descaminado en el campo- no es el dolor supremo. Todavía hay más en el mundo. El niño puede parecer, parecerá seguramente. Hay más dolores aún. La Dolorosa, triste, trágica, los ha sentido todos en su corazón; siete espadas traspasan su corazón... Y cuando, después de haber encontrado al niño, la buena mujer piensa que todavía hay más dolores en la tierra, que todavía el Destino puede guardar más amargura para este niño, lo aprieta convulsamente en su pecho y pone una mirada suplicante, de infinita imploración, en la otra Madre que ha pasado por todos los dolores.

***

 

 

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15/09/2011 ir arriba

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