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Terciodequites
Miguelín
ANDRÉS OLLERO TASSARA
«El efecto de estas pacíficas bombas de racimo, aparentemente inofensivas, está acentuando una ira ciudadana cuya magnitud es difícil de calibrar» (Vicente Verdú ‘Protesta a pleno sol’)
L a espontaneidad no siempre es apreciada como virtud en el redondel. La figura del espontáneo es más bien la del metepata, que rompe el hilo de la faena, pone en peligro a la gente de a pie y puede acabar resabiando al morlaco. Por eso resulta notablemente llamativo que tal desbarajuste lo provoque un profesional, salvo que tenga cuentas pendientes con algún colega. Es lo que ocurrió en plena feria de San Isidro con el bueno de Miguel Mateo, escocido porque El Cordobés se había apropiado de los toros previstos para su corrida, para sustituir a los de la suya desechada por los veterinarios. Miguelín se tiró al ruedo con hechuras bien distintas de las de los espontáneos del montón, siempre menos preocupados del toro que de no pisar la muleta en su enloquecida búsqueda del soñado encuentro. Se le vio manejarse con seguridad por el albero con Álvarez de la Chica: las manos libres; no pretendía instrumentar lance alguno, sino amartelarse confianzudamente con la res, echándole el bracete por el lomo a la vez que gritaba que aquello era una burra. Lo mismo ha ocurrido en la Puerta del Sol, kilómetro cero de las Españas y plaza de carros improvisada para la ocasión, y en algunas sucursales de provincias; la antitaurina Barcelona incluida, porque lo del Estado de las Autonomías encierra siempre más de un misterio.
Una epidemia de organizada espontaneidad ha poblado tales plazas de desarrapados dispuestos a denunciar que nuestra política está en manos de lidia burras; las mismas que ellos habían deseado lidiar. No faltará quien tache de falta de respeto que me atreva a comparar con Miguelín a estos pioneros del vanguardismo democrático, legítimos herederos del mítico 68. Sirva de excusa que lo de Miguelín ocurrió un 18 de mayo; el de 1968… El batallón de espontáneos ha acabado instalándose en jaimas que les emparenta con el mismísimo Gadafi. Quizá por ello se han comparado sus fervores democráticos con los manifestados en países árabes; se ve que vamos mejorando. Bien es verdad que un aficionado tan experto como Felipe González, evocando quizá los cohíbas de cuando el hemiciclo era tan democrático que hasta se podía fumar, se ha permitido dejar caer que en Egipto los ocupas democráticos pedían elecciones, mientras los futuristas de la andanada de Sol pasaban de ellas; no parece lo mismo… ¿Qué pretendían los de las pacíficas bombas de racimo de la “democracia ya”? Vaya usted a saber. Lo que sí parece claro es que consiguieron anular una campaña electoral que para el PSOE se había convertido en un calvario. Un día y otro “Zapatero pincha por allí”, “Barreda se desmarca por allá”; vaya semanita. El asunto no dio para más, porque la segunda semana se dedicó por entero a glosar las hazañas de tan oportunos espontáneos, acampados frente a Esperanza Aguirre en Madrid, frente a Pepe Torres en Granada y lo más lejos posible del Ayuntamiento sevillano, quizá para erigir en símbolo de nuestro feliz futuro democrático a las castizas setas de la Encarnación. Al final no consiguieron ni que el personal pasara de votar; se elevó el índice de participación. Por no poder no pueden ni apuntarse los votos nulos o en blanco, creciditos sin duda, que les recuerdan que la democracia desde hace tiempo pasa siempre por las urnas y no por la algarada callejera. Todo hace pensar sin embargo que el parque temático de la Puerta del Sol está llamado a convertirse en franquicia. Los futuros gobernantes del PP podrán gozar de cómodas mayorías parlamentarias, pero el entretenimiento extraparlamentario lo tienen garantizado. No le arriendo las ganancias al futuro Ministro del Interior.
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Ver también: ABC.es, 4.06.2011

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