Un amable lector me pide o sugiere escribir sobre el cambio de gobierno de Zapatero, dado que en junio pasado algo dije acerca de que Felipe González ironiza a placer sobre la crisis de Zapatero.
Puesto que aquello no supone que tenga autoridad para hablar demasiado acerca del asunto, pienso que puedo destacar un aspecto que salta a la vista, y luego remitir a una fuente que me resulta fiable en lo que dice y justo hoy desarrolla algunos pormenores del asunto.
En pocas palabras: Zapatero quiere enrocarse (anclarse, atarse bien y seguro, más que la jugada de ajedrez) en el poder. Y piensa que necesita de la capacidad sofística de Rubalcaba. Que es quizá útil para sorber el seso de ciudadanos y votantes espesos, pero resulta peligrosa para la salud cívica y democrática de la vida pública y para el sentido de la realidad de los restantes ciudadanos, no tan espesos.
1) El aspecto que salta a la vista
Salta a la vista que Zapatero quiere hacer las paces o algo semejante con González, y de paso con sus grupos mediáticos (ya que los inventados por Zapatero no han terminado de salir bien del todo), y para eso pone de bisagra o de "pontífice" (en cuanto hacedor de puentes) o de segundo de a bordo a Rubalcaba.
Esto, desde luego, poco tiene que ver con pensar en la ciudadanía y sus problemas inmediatos más bien agudos o graves, según quiera decirse.
Poco tiene que ver, desde luego, con resolver la horrible crisis económica y de paro laboral que sacude al país. No tiene que ver, incluso a pesar de todos los esfuerzos que se han puesto (incluida esta nueva cortina de humo, la de los cambios y expulsiones vergonzantes de ministros) para que la gente se distraiga y mire para otro lado (si no hay pan, al menos que haya circo) y -si fuera posible- vote socialista dentro de un año y pico.
No tiene que ver, porque el nuevo gobierno ya sabe que no sabe hacer algo para remediar la crisis, y renuncia casi explícitamente a hacerlo, y queda en dedicarse a manejos de imagen y opinión pública, en espera que algo o alguien por ahí cambie el viento de la historia, para seguir navegando al pairo.
Todo esto salta a la vista y es un engorro repetirlo, y más leerlo. Pero el caso es que también salta a la vista la personalidad política de Rubalcaba, quizá olvidada -como la lira- del salón de la memoria, en el ángulo oscuro.
La personalidad política de Rubalcaba destaca por su gran categoría sofística. No es algo necesariamente admirable o encomiable, dicho así, en directo, pero pone sobre el tapete el genuino tenor político -no hablo de la persona- del elegido de Zapatero como segundo y portavoz.
Para acortar la descripción neutral del carácter sofístico que domina la gran retórica de Rubalcaba, basta mencionar algunos rasgos implicados con la sofística, en ese modo de no-razonar y sin embargo hablar que prescinde de que haya cosas o asuntos que realmente "sean de suyo" de uno u otro modo, y también prescinde de que haya posibilidad de que exista la "verdad" acerca de algo "real", al margen del discurso hecho desde o hacia el puro poder político. Una descripción de sofística no tan discutible:
Sofística es todo pensamiento que se somete a algo distinto de lo que parece verdadero, o que somete la verdad a algo distinto de ella misma –a la fuerza, el interés, el deseo, la ideología...-. El conocimiento es lo que nos distingue de ella en el orden teórico, como la sinceridad en el orden práctico.
Pues si nada fuera ni verdadero ni falso, no habría diferencia alguna entre el conocimiento y la ignorancia, ni entre la sinceridad y la mentira. Las ciencias no sobrevivirían, ni la moral, ni la democracia. Si todo es falso, todo está permitido: se pueden falsificar las experiencias o las demostraciones, puesto que ninguna es válida; equiparar la superstición con la ciencia, pues ninguna verdad las distingue; condenar a un inocente, puesto que no hay diferencia entre un testimonio verdadero y uno falso; rechazar los resultados de una votación, pues solamente será válida si se conoce su resultado verdadero...
Los peligros que entraña la sofística son evidentes. Si se puede pensar cualquier cosa, se puede hacer cualquier cosa. La sofística conduce al nihilismo, como el nihilismo a la barbarie.














