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LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA, 8 de septiembre (Antonio Orozco Delclós)

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8 de septiembre, La Natividad

 UN 8 DE SEPTIEMBRE

EN LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA
 
¿Quién puede predecir lo que será una criatura recién nacida? Lo cierto es que un sí o un no a Dios siempre tiene alas de mariposa, efectos desmesurados, maravillosos, increíbles.
 
Por Antonio Orozco
Arvo Net, 05.09.2006
 
 
Es sabido que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de un sistema dinámico pueden producir grandes modificaciones en su comportamiento a largo plazo. La realidad no es mecánica, lineal, existen secuencias de acontecimientos aparentemente aleatorios. El hombre no es capaz de predecir exactamente y menos aun controlar la realidad macrocósmica. De ahí la «teoría del caos». Parece ser que el meteorólogo Edward Lorenz fue el primero en analizar este concepto en un trabajo para la Academia de Ciencias de Nueva York  (de 1963). Lorenz tratando de predecir el clima a través de formulas matemáticas que relacionaban variables como tiempo y humedad, lograba prever el tiempo atmosférico del día siguiente. Al estudiar más advirtió que haciendo pequeñísimos cambios se lograban resultados del todo diferentes. Esto sucede porque las variables meteorológicas están todas relacionadas. Es famosa la sentencia: El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York: En China se dice que «el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Es el llamado «efecto mariposa».
 
Existe un orden espléndido en el cosmos («cosmos», en griego, significa «orden»). Es terrible cuando se producen catástrofes, maremotos y cosas así. Pero habitualmente es maravilloso. Nos habla de un sabiduría magnífica y trascendente. También en ese microcosmos que es el hombre, un pequeño fenómeno, como el despliegue –o contracción- de mínimos músculos del rostro puede producir resultados tremendos en un corazón que lo capte. Puede hacerle feliz o desgraciado, acaso para siempre. Los efectos mariposa son constantes entre las gentes y las más de las veces ni pensamos en que nuestros pequeños gestos siempre tienen consecuencias enormes.
 
Asociación de ideas en un 8 de septiembre.
 
Estas ideas vienen a la mente un 8 de septiembre. Poco importa que se trate de una celebración en fecha convencional. Se conmemora el nacimiento de una niña que nadie sospechó el efecto que una palabra suya, un monosílabo, tendría para la Humanidad entera, desde Adán al último de los mortales. Si en el orden natural un pequeño evento produce efectos colosales -¡la fisión de un minúsculo átomo!-, no es de maravillar que en el orden sobrenatural donde existe una estrecha comunión de lo santo entre todos los santos –desde Jesucristo al último bautizado-, sucedan maravillas superiores a todo lo imaginable.
 
No parece que nada extraordinario sucediera aquel día, hace unos dos mil años, en Nazaret. El alborozo natural en una familia santa. - ¡Es una niña! se oyó por fin en la casa de Nazaret. El eco lleno la aldea. -¡Mirad qué ojos, son los de su padre...! - Y la barbilla, de su madre... Cosas así. La Niña encantaba nada más verla. Le pondrían por nombre María, y llegaría a ser -a la sazón nadie lo hubiera dicho- Madre de Dios y Madre nuestra.
 
Todos los padres se equivocan cuando les parece que el hijo que les nace o ven crecer a su lado es la criatura más graciosa del universo. Pero Joaquín y Ana no se equivocaban, porque lo confirmó el Ángel el día de la Anunciación: «¡Alégrate!, Llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28).
 
Llena de gracia
 
Un poco de exégesis bíblica, de buena mano, nunca viene mal: «Llena de gracia»: esta palabra dirigida a María se presenta como una calificación propia de la mujer destinada a convertirse en la madre de Jesús. […]. El hecho de que el mensajero celestial la llame así confiere al saludo angélico un valor más alto: es manifestación del misterioso plan salvífico de Dios con relación a María. La plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María al haber sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Llena de gracia es el nombre que María tiene a los ojos de Dios. El ángel lo usa incluso antes de pronunciar el nombre de María, poniendo así de relieve el aspecto principal que el Señor ve en la personalidad de la Virgen de Nazaret. La expresión «llena de gracia» traduce la palabra griega "kexaritomene", la cual es un participio pasivo. Para expresar con más exactitud el matiz del término griego, no se debería decir simplemente llena de gracia, sino «hecha llena de gracia» o «colmada de gracia», lo cual indicaría claramente que se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. El término, en la forma de participio perfecto, expresa la imagen de una gracia perfecta y duradera que implica plenitud.»[1].
 
Hay sinergia entre las tres palabras del saludo angélico que viene de parte de Dios. «Alégrate» es una palabra que suena a amor. Benedicto XVI dice «María es llamada la 'llena de gracia' (charis). La palabra griega que significa «gracia» (charis) procede de la misma raíz verbal que las palabras 'alegría', 'alegrarse' (chara, charein). Así, aquí se hace más visible [que] la alegría proviene de la gracia. Quien está en la gracia puede alegrarse con la alegría que llega a lo más profundo y permanece. Y al revés: la gracia es la alegría»[2]. Además, Kexaritomene indica un hacer, un transformar por la «gracia», que en el fondo es amor de Dios colmando… «El Señor es contigo»,  es una fórmula que prácticamente sólo se utiliza cuando se trata de un mandato difícil de cumplir [3].
 
La propuesta a María excede a cualquier poder creado. El poder del Espíritu va a obrar en Ella un gran milagro, un misterio enormísimo. La niña nacía, como dice Cervantes expresando genialmente esa grandeza, en «el mismo aposento y estancia donde se relató la más alta embajada y de más importancia que vieron y no entendieron todos los cielos, y todos los ángeles y todos los moradores de las moradas sempiternas»[4].
 
Es la Aurora que anuncia el gran Día, Nuestra Señora de la Alborada, «la luz que anuncia la proximidad del Sol a punto de nacer, Cristo. Donde está María, aparecerá pronto Jesús. […]» ([6]). «¿Quién es ésta que avanza cual aurora, bella como la luna, distinguida como el sol?» (Cant. 6, 10). ¿Quién es ésta? Nunca llegaremos a dar una respuesta cabal. No es otra sino la gran señal que apareció en el cielo: «Una mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza» (Αpοc. 12, 1)»[7], vencedora del dragón infernal.[8]
 Ab aeternodesde la eternidad, antes de la creación del mundo ya estaba la Llena de Gracia, destinada a ser la que en el Espíritu Santo concebiría a Cristo, el cual a su vez, por el mismo decreto divino, sería Emmanuel, Dios con nosotros, verdadero Dios y verdadero hombre: por el mismo decreto predestinados Hijo y Madre; la Madre por el Hijo, como enseña la Bula dogmática Ineffabilis Deus[9]. Nadie se daba cuenta, pero la Niña poseía tal gracia y santidad que «nadie puede concebirla mayor bajo Dios o imaginarla fuera de Dios» [10]. Conviene pararse a pensar en esto. En Ella se escondía toda la gloria de la gracia.«Con un don de gracia eximia, antecede con mucho todas las criaturas celestiales y terrestres»[11]. 
La primera Aurora es también la Primogénita del Padre. Cristo, el Unigénito, es llamado Primogénito, porque en Él «todas las cosas fueron hechas» (Jn 1, 3), por tanto «visto todo en Él, Verbo eterno y futuro Cristo… por el cual es también el primero de todas las personas y cosas creadas […] con anterioridad a cualquier otra persona o cosa creada, viene María, su Madre»[12]. De intento, la Iglesia le aplica reiteradamente las palabras del libro de los Proverbios: «El Señor me proveyó en el principio de sus caminos, antes de que crease cosa alguna. Desde la eternidad fui ordenada, desde el comienzo, antes de los orígenes del mundo… Cuando creaba los cielos, estaba yo presente…» (Prv 8, 22-30). Y del Siracida: «Yo salí de la boca del Altísimo, primogénita con anterioridad a todas las criaturas» (Sir 24, 3). Cierto que todos hemos sido «pre-destinados» antes de la creación del mundo, creados para alcanzar la plenitud de la filiación divina. Ella es la Primogénita, la Eximia… Engendraría a alguien que era Dios, en cuanto a su naturaleza humana asumida. Hija de Dios, Madre de Dios, Señora de su Señor. Su dignidad es «singularísima, sublime y casi divina»[13], roza lo infinito [14].
 
Pero nació con naturalidad, un día corriente, no tan lejano, tras haber llovido mucho desde el pecado de los orígenes que dejó como descabezada a la estirpe humana. Misterios del entreveramiento eternidad - tiempo. Un «sí» de María cambió el rumbo de la Historia. El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir con Juan Pablo II que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad. La eternidad nos abraza. Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» [15]Era necesario «re-capitular» (cf Ef 1, 6), poner nueva cabeza a la Humanidad, digna de los hijos de Dios: un nuevo Adán y… una Nueva Eva.
 
La primera Eva fue causa de ruina, madre de los mortales. El Sí de la Anunciación inauguró la Nueva Alianza, marcó el comienzo de la plenitud de los tiempos. María es la Madre de los vivientes. Según la simbología bíblica la primera Eva procede de Adán (de su «flanco»); según la realidad de la Historia de la Salvación, el nuevo Adán procede del seno de la Nueva Eva: «concebirás en tu seno», le dice el Ángel. ¿Por qué lo dice precisamente así, «en tu seno», cuando es el único sitio dónde se puede concebir y la única vez que en la Biblia se usa esa expresión? Cierta exégesis actual dice: porque el Ángel está diciéndole a María que sólo la delicadeza infinita del Espíritu Santo tocará con su «sombra» su seno inmaculado y Ella será madre permaneciendo virgen para siempre, como era su deseo profundo.
 
Todas las palabras del Ángel guardan una estrecha conexión, porque el Hijo que María va a concebir no será primero hombre y después Dios, sino verdadero hombre y verdadero Dios (encarnado en Ella) desde el momento de la concepción. Concebirá a una Persona que es Dios. Por eso su mismo cuerpo -el de María- había de estar predispuesto, transformado, elevado, por la gracia: kexaritomene; había de estar, de algún modo que no sabemos decir, asumido por la Trinidad. Con su sí -se diría- se incoa en la tierra cierta asunción de María entera en Dios. Para poder concebir en y por el Espíritu Santo. Tal asunción alcanzó la plenitud en el misterio de la Asunción en cuerpo y alma a los Cielos. Por eso a algunos teólogos les parece ver en el fiat de María (momento de la Encarnación) ya virtualmente su Asunción celestial. Me parece que algo de cierto ha de haber en ello. ¿Quién lo hubiera dicho al verla en la cuna, como una niña más?
 
 
Nunca se sabe
 
¡Nunca se sabe!. ¿Quién puede predecir lo que será una criatura recién nacida? Lo cierto es que un sí o un no a Dios siempre tiene alas de mariposa, efectos desmesurados, maravillosos, increíbles. Más aún el de María, criatura purísima, Hija, Madre y Esposa de Dios. Desde su concepción, sin apariencia alguna, era ya una nueva creacióninmaculada, la primera redimida por quien de Ella había de nacer [16], pues la Eternidad domina sobradamente el tiempo y la Trinidad quiso hacerle, y hacernos, ese don inmenso de hacerla tal como es: pura transparencia creada del Amor.
 
¡Nunca se sabe! Sólo Dios lo conoce. Quizá por eso, porque nunca se sospecha que algo más grande que el universo sucede cuando una persona –niña o niño- llega a la existencia. El nihilista no se entera. El egoísta tampoco. Los que impiden o eliminan por cualquier razón vidas humanas, grandes o pequeñas, ancianas o embrionarias, ¿se atreven a pensarlo?. Les debe de cegar algún maléfico hechizo.
 
A quienes se les hunde el ánimo - el alma - porque hay sufrimientos en la tierra, no saben que la vida de este mundo es, cuando peor, «una mala noche en una mala posada» (Teresa de Jesús). Sólo ven el rostro malo de la historia, sin pensar o sin saber que hay eternidad, resurrección de la carne, aquellos «cielos nuevos y nueva tierra» de que habla la Escritura, donde Dios mismo «enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y ya no habrá muerte ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá pasado» [Apc 21, 4]. Una nueva froma de existencia que no es utópica, ya existe: Cristo ha resucitado y María está en cuerpo y alma en los Cielos.
 
Cuando Dios crea a un ser humano se compromete a acabar la obra buena que comenzó. Reclama, es natural, el concurso de nuestra libertad; no quiere esclavos ni robots, sino hijos. «Quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él» [2 Cor 4, 14]. Los que ahora padecen hambre –o cualquier otro sufrimiento-, serán hartos, estarán satisfechos de haber sufrido [Cfr. Lc 6, 21]. «Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» [Rom 8, 18]. Creer en esto es saber que vale la pena pasar mil años de sufrimientos, hambre, frío, calor, enfermedad, por llegar un día a gozar de la inefable contemplación de la Esencia divina, inmersos en el Amor infinito. Por eso, y por muchas otras razones, siempre –siempre, siempre, siempre- el nacimiento de un ser humano es una gran fiesta.
 
Grandeza de la vida corriente
 
Qué asombro si por milagro los padres de la Niña recién nacida hubiesen visto la eficacia de aquel corazón diminuto que comenzaba a latir por cuenta propia entre sus brazos. Dios, por primera vez desde el pecado de origen, sonreía abiertamente ante una pureza inmaculada. Aunque a otra escala, también es inconmensurable la eficacia del paso por la tierra de cada criatura humana, el efecto de un gesto, de una mirada, de un detalle de cariño, de una oración. Una oración es como el vuelo de una mariposa. Desencadena una grandiosa tormenta de amor en el corazón de Dios.
 
Una de las homilías publicadas de san Josemaría lleva por título La grandeza de la vida corriente: «Convenceos –dice - de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis  a Jesucristo. También en lo diminuto, comenta  San Jerónimo, se muestra la grandeza del alma. Al Creador no le admiramos sólo en el cielo y en la tierra, en el sol y en el océano, en los elefantes, camellos, bueyes, caballos, leopardos, osos y leones; sino también en los animales minúsculos, como la hormiga, mosquitos, moscas, gusanillos y demás animales de este jaez, que distinguimos mejor por sus cuerpos que por sus nombres: tanto en los grandes como en los pequeños admiramos la misma maestría. Así, el alma que se da a Dios pone en las cosas menores el mismo fervor que en las mayores»[17].
 
¡Cuánto puede hacerse en un breve espacio vivido cara a la eternidad! Porque «eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. Produce, con tu ejemplo y tu palabra, un primer círculo..., y éste, otro..., y otro, y otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?» [18]. ¿Qué puedo hacer yo para tener la eficacia de esa piedra? La Virgen alumbra el misterio de nuestra vida personal, quizá oscura, corriente, y sin duda oculta en lo más valioso a la superficial curiosidad de las gentes. Puede tener una eficacia colosal si la vivimos a su modo, con un sí -¡hágase!- permanente en el corazón. Poco importa lo que somos delante de los demás. La verdad es lo que somos ante de Dios.
 
 
El valor de una vida
 
La Virgen enseña el valor inmenso de una sola vida humana. Madre del Verbo de Dios, Asiento de la Sabiduría divina. Por ser más madre que todas las madres juntas, sabe que un hijo, entre millones, permanece siempre único y vale tanto como todos los demás juntos. Como solía decir el ilustre escritor André Frossard, «Dios sólo sabe contar hasta uno». Y esa sabiduría divina la posee como nadie la Madre de Dios, porque en cada hijo ve el Rostro de su Unigénito y tiene siempre presente su parto singular, más que en Belén, en el Calvario.
 
¡Lo que vale una persona humana! ¡Lo que vale traer al mundo una persona más o una persona menos! ¡Lo que vale cuidarla hasta el último aliento de su vida natural! Dios hubiera creado el universo por una sola, por un instante de una sola vida humana, porque luego es inmortal. Dios se hubiera hecho hombre por una sola. El Hijo de Dios encarnado ha derramado por cada una –por tanto, «por cada una, sola»- toda su Sangre, Sangre que procede entera de María Santísima. Ella bien lo sabe.
 
¡Felicidades, Madre de Dios! ¡Felicidades, Madre Nuestra! En esta época de pensamiento débil y, en consecuencia, de voluntades volubles y de vínculos inestables, de vidas leves, descafeinadas, insípidas, que no satisfacen, que no valen la pena; ayúdanos a vivir un pensamiento profundo, con voluntad fuerte y vínculos inquebrantables, una vida intensa, plena, con dimensión y vibración de eternidad.
 
En esta fiesta de la Natividad, de efectos desmesurados, dan ganas de escribirte un poema. Y si uno no es capaz de crearlo, ¿qué hacer si no robarlo? Si hemos comenzado hablando de mariposas, acaso valga el siguiente:
 
Mariposa del aire,
qué hermosa eres,
mariposa del aire
dorada y verde.
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!...
No te quieres parar,
pararte no quieres.
Mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!...
¡Quédate ahí!
Mariposa,
¿estás ahí? [19]
 
La respuesta es «sí». Si Dios no sabe contar más que hasta uno, la Reina del Cielo y de la tierra, vestida de sol, dorada y azul, la luna a sus pies, la que vuela por todas partes y en todas partes se queda, hermosea cuanto mira y cuanto toca, solo conoce una palabra: «sí». Mariposa del aire, ¿estás ahí?... ¡Sí!
 
----------
[1] Juan Pablo II; cfr. RM, 7 y 8. «Redimida de modo eminente» (Pio IX, Ineffabilis Deus; cfr. LG 53).

[2] Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), María, Iglesia naciente, Ediciones Encuentro, 4ª ed. Madrid 1999, pp. 50-51.

[3]  Cfr. I. de la Poterie, María en el misterio de la Alianza, BAC, Madrid 1993, 50. Todo el libro es de gran interés; Juan Pablo II; cfr. RM, 7 y 8. «Redimida de modo eminente» (Pio IX, Ineffabilis Deus; cfr. LG 53); Joseph Ratzinger–Hans Urs von Balthasar, María, Iglesia naciente, Ediciones Encuentro, 4ª ed. Madrid 1999, pp. 50-51.
 
 [4] Miguel de Cervantes, en El Licenciado Vidriera, lo dice de la Santa Casa de Loreto.
 
[5] De un himno de la Liturgia de las Horas
 
[6] Paulo VI, Marialis cultus, 25
 
[7]J uan Pablo II, Homilía en El Santuario de Nuestra Señora de la AlboradaGuayaquil, jueves 31 de enero de 1985.
 
[8]Miguel de Cervantes, Persiles, L. III., cap. V. "Brinco de Dios", expresión de origen portugués, que significa joya preciosa que las damas solían ponerse en las tocas.
 
[9] Pio IX, Bula Ineffabilis Deus, p. 6.
 
[10] Cfr. Pio IX, Bula Ineffabilis Deus, p. 6.
 
[11] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater 9.
 
[12]Joaquín Ferrer, La Mediación materna de la Inmaculada, Ed. Arca de la Alianza, 2006, p. 24.
 
[13] Pio XII, Enc. Ad Coeli Reginam, 11-X- 1954.
 
[14] Cfr. Sto. Tomás de A., S. Th. I, 25, 6, 4.
 
[15] Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, 22.
 
[16] «Efectivamente, la preservación de María del pecado original, desde el primer instante de su ser, representa el primero y radical efecto de la obra redentora de Cristo y vincula ala Virgen, con un lazo íntimo e indisoluble, ala encarnación del Hijo, que, antes de nacer de Ella, la redime del modo más sublime» (Juan Pablo II, Alocución en la oración del «Angelus», 8-XII-1983).
 
[17] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 9.
 
[18] Id., n. 831.

[19] Federico García Lorca, Mariposa. 



                           

 

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Enviado por Arvo Net - 08/09/2016 ir arriba

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