«Es mágico» decimos hoy, sin referirnos precisamente a sacar conejos de una chistera o a que desaparezca la estatua de la libertad de la vista de los espectadores en un santiamén. Todo es truco. La gracia y la «magia» está en que el espectador, por mucho que cavile, no es capaz de descubrir el truco. En la Biblia aparecen algunos magos de este estilo. Hacen cosas fascinantes y los crédulos se imaginan que los magos poseen poderes sobrenaturales o paranormales. Sin embargo, cuando el Evangelista Mateo nos habla de unos «magos» que han visto una estrella en el Oriente que les guía hasta Belén y, tras avatares diversos, encuentran al Niño Jesús en brazos de su Madre, se está refiriendo a hombres procedentes de un medio cultural en que se daba el nombre de «magos» a una clase sacerdotal que cultivaba, entre otras saberes, la astrología, la astronomía, la medicina, la botánica, la aritmética, la geometría, etc. Eran consultores habituales de reyes y de personajes poderosos. La cultura mesopotámica es muy antigua. Ha quedado en gran parte sepultada. Pero quedan testimonios de ella y seguramente se irá sabiendo más con el tiempo (cfr. la obra de José María Casciaro, que fue profesor de Filología Semítica en la Complutense de Madrid, Jesús de Nazaret, Alga Editores, Madrid 1994, pp. 49-52). La «magia» de los Reyes Magos, sacerdotes sabios, poderosos, ricos, lo que fascina de ellos, es su humildad personal, intelectual y de corazón, su apertura a la trascendencia, a la verdad, venga de donde venga. Su capacidad de postrarse ante un niño al que reconocen como Rey de un pueblo extranjero y Salvador del mundo.