Mucho se ha publicado en la prensa internacional, durante los últimos días, acerca de algunos casos de abusos sexuales o pederastia o cosas más o menos semejantes con referencia a la Iglesia católica. En concreto, esta vez, en Alemania.
Y en concreto, buscando relacionar e implicar de refilón a Benedicto XVI a través de su hermano Georg, que dirigió el coro en el que algunos de tales hechos históricos tuvieron lugar (nota bene: es curioso observar que entre tantos "presuntos hechos" referidos por la prensa, éstos de contexto católico casi nunca resultan ser "presuntos").
Pues bien, sea de ello lo que fuere, parece que la prensa (presuntamente) no quiere darse cuenta, o quizá no quiere dar cuenta del contexto en que se sitúan los hechos que refiere, ni tampoco parece haber visto la actitud de trasparencia que -desde hace años- la Iglesia promueve y practica, hacia dentro y hacia fuera.
En el caso de estos últimos días, por ejemplo, basta leer el razonamiento que hoy mismo publica mi admirado colega y amigo Diego Contreras, acerca de la Admirable operación-limpieza de Benedicto XVI, que transcribo por entero:
Desde 1995 se ha denunciado en Alemania 210 mil casos de abusos sexuales de algún tipo. De ellos, 94 (noventa y cuatro) afectan a personas o instituciones de la Iglesia católica. Eso supone el 0,044 por ciento. El dato lo ofrece el veterano periodista Luigi Accattoli en un artículo publicado en Liberal (9 de marzo -file en pdf). (El cálculo del porcentaje es mío).
Antes de seguir adelante, subrayo -para evitar equívocos- lo que ya he dicho aquí varias veces: un solo caso ya es demasiado. No se trata, por tanto, de hacer un ranking ni de ver quien se ha comportado peor. Pero al mismo tiempo, es preciso reconocer que -a juzgar por los titulares de prensa de estos días-, se diría que la gran bestia negra es la Iglesia católica y sus depravados ministros.
“Es fácil explicar el ensañamiento de los medios sobre el clero católico”, dice Accattoli. “El mundo de los periodistas apoya espontáneamente la 'revolución sexual' e individua fácilmente en el clero católico la mayor resistencia a tal orientación, de aquí el ímpetu con el que da resalto -si puede- a las contradicciones”. Es una observación interesante de una persona que lleva cuarenta años trabajando en diarios como La Repubblica y Corriere della Sera.
Dejando de lado lo que puedan decir o hacer los demás, resulta admirable la "operación limpieza" que está llevando a cabo Benedicto XVI, de la que ya habló en el memorable Via Crucis de 2005 (escrito por el cardenal Ratzinger y seguido por Juan Pablo II, pocos días antes de morir, desde la capilla de su apartamento).
Hasta aquí lo publicado por Diego Contreras.
¿Tan difícil resulta documentarse -como hacen Accattoli y Contreras- y dejar de lado el sensacionalismo que supone alimentar indiscriminadamente el morbo periodístico (ver, p.e., en diverso grado: aquí, aquí, aquí, aquí o aquí)? Porque eso -que sin duda aumenta lectores on-line y las ventas de ejemplares y la publicidad- es una falta de profesionalidad: destacar sin contexto apreciable unos datos que -en este caso- así parecerán referidos y aplicables a toda la Iglesia católica.
Aunque en sí mismos tales datos sean verificables, bien es sabido que lo que hoy en día cuenta, además del famoso "fact checking", es el "fact selecting" y el "fact assemblig": el seleccionarlos, juntarlos y organizarlos de una u otra manera cambia la sustancia de lo que se comunica. El cómo se dicen las cosas es lo relevante, a partir de los mismos datos comunes.
Y desde luego que no hace falta ser una lumbrera de la Teoría de la Comunicación para saber o al menos intuir cómo se leen los medios por parte del ciudadano de a pie, espeso y municipal, de ordinario confiado y desprovisto de referencias de contraste o de distancia crítica.
Hoy, con internet y google a mano, tales comprobaciones y contextualizaciones están al alcance de cualquiera. Pero casi nadie las hace: se prefiere el morbo que destilan no pocos periódicos a la genuina transparencia periodística.
En estas andamos aún: procurando las autoridades políticas que los ciudadanos no sepan mucho de cómo funciona la retórica -en ocasiones, la sofística- de la comunicación periodística, publicitaria, institucional, etc. Cierto que así la ciudadanía resulta más manejable. Y, de paso, más degradada.














