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LA HORA DE LA VERDAD (Antonio Orozco )

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 LA HORA DE LA VERDAD

 
Antonio Orozco
Arvo.net, 14.12.2010
 
                Sin la verdad moriría el pensamiento. Si no conociéramos con certeza ninguna verdad, viviríamos en una zozobra perpetua y angustiosa. «¿Dónde estoy? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Estoy despierto o soñando? ¿Es azul el cielo? Serían preguntas sin respuesta».
Lo nuestro sería un caminar en tinieblas; la vida, tragedia sin remisión; laberinto sin salida. Si no supiéramos nada cierto del "más acá", ¿cómo podríamos saber algo cierto del "más allá"?. Mayor angustia, pues. Y si no supiéramos nada del "más allá" ¿cómo aventurar el sentido del "más acá"?
 
¿Qué pasa cuando «se pasa» de la verdad?
 
                Hay un cierto tipo de gente que aparenta no interesarse en absoluto por la verdad de las cosas; incluso hay quien niega que se pueda saber nada acerca de la verdad.
 
                Sin embargo, en la práctica, a todo el mundo, incluso los que mienten casi por sistema, le importa mucho que no les mientan (que no les mienta su mujer, o su abogado, o su banquero, o su jefe o su súbdito, o su peluquero)
 
                Los tópicos al uso son de estilo «qué más da», da lo mismo; todo es opinable. Sin embargo, en flagrante contradicción, no se admite nisiquiera como opinión que se diga que hay algo que no es opinable. Cada uno tiene "su" verdad. «Paso de tu verdad». Todo es según color del cristal con que se mira. Todo cambia, nada es, como sostenía el viejo Heráclito.En consecuencia, nada me interesa realmente, salvo lo que ahora me apetece. En la práctica se funden relativismo, subjetivismo y escepticismo en un cóktel estupefaciente. Pero también explosivo, porque del que «pasa de la verdad» se puede esperar cualquier cosa. Si hace crisis la distinción entre verdadero y falso, lo mismo sucedo con bueno y malo. Dará igual hacer el bien que el mal.
 
                Es muy peligroso para el que pasa. Porque si tú pasas de la verdad, también puedo pasar yo. Y pasar de la verdad es tanto pasar de deberes como de derechos. Si pasas de la verdad, no tienes nunca razón, ni siquiera razones para reclamar derechos. Los derechos o son verdad o no son nada. Y entonces uno queda inerme ante sí mismo, ante los demás, y ante una sociedad a su vez indefensa ante a los que pasan de ella, de los que cabe esperar cualquier cosa.
 
                Si se generaliza el pasar de la verdad, entonces la vida en sociedad es «el infierno son los otros» de Jean Paul Sartre, quien negaba en absoluto la existencia de la verdad. Si tus derechos no son verdad, yo puedo pasar de tus derechos y en cuanto te descuides y casualmente me apetezca, puedo romperte la crisma o hacerte cualquier barbaridad sin que puedas reclamar ningún derecho, ni siquiera el derecho de defensa. La ley del más fuerte está servida y los tribunales de «justicia» están de más.
 
                La vida humana no puede prescindir del concepto de verdad y nadie en su sano juicio se puede permitir el lujo de pasar de la verdad. Pasar de la verdad es pasar de que te pasen a cuchillo, o por la cámara de gas, o por el psiquiátrico con una camisa de fuerza; o de que te apeen de este mundo y te encuentres sin darte apenas cuenta en "la otra orilla". Bastaría que apareciera alguien con precedentes al estilo de un Hitler o un Stalin. Cuando parecía que se habían acabado en Europa, salió Milosevic y nunca se va a saber.
 
La verdad es que no se puede "pasar" de la verdad
 
                Quizá sean pocos los capaces de pegarse por la verdad, como pretenden incansablemente aquellos locos creados por Chesterton en La esfera y la cruz. Pocos están dispuestos a dar su vida en defensa de la verdad. No se quiere decir aquí que sea bueno pegarse. Pero ¿no es bueno sentir la tentación de hacerlo, cuando se niegan ostentosamente, con alardes de intelectualidad y "normalidad" verdades que afectan a la dignidad de la persona humana y sobre todo a la dignidad y el honor de Dios?
 
                ¿No será, la indiferencia, un síntoma de indigencia intelectual, de carencia de vida auténticamente personal, de voluntad enferma, de libertad encadenada, de persona moribunda...? Pasando de la verdad ni siquiera es posible ser coherente.
 
No basta la coherencia del discurso
 
                Cierto día, en la década de los noventa, vi en un telediario que un alto personaje de la vida política, interrogado sobre otro que acababa de fallecer, declaraba, con énfasis elogioso: "era una persona coherente; sí, coherente". No supo, no pudo o no quiso decir más, con lo cual nada quedó dicho; quedaba, eso sí, abierta la posibilidad de que el difunto hubiera sido un estafador muy coherente. Y he observado que se continúa con el mismo expediente en circunstancias semejantes. Se elogia la coherencia como si fuera un valor supremo.
 
                Sin embargo, uno puede instalarse en una mentira muy coherente, en el escenario de un teatro de una obra muy coherente, en un mundo lógico muy coherente, en una borrachera muy coherente... Pero la coherencia no nos dice si es verdad o no lo que se nos ofrece. Ese pensamiento coherente que pretende interpretar la realidad -esa ideología- ¿responde a la realidad, o es una elucubración elaborada al margen de lo real? ¿Trata de lo que pretende tratar o de alguna otra cosa ignota o arcana?
 
                La coherencia no nos dice si es verdad o no lo que se nos ofrece. Depende del punto de partida. Si parto de que dos más dos son cinco, quizá puedo construir una aritmética coherente, pero lo seguro es que será absolutamente ajena a la realidad.
 
                La Lógica racional es una de las disciplinas filosóficas de enorme importancia, porque de las reglas del pensamiento depende que sea correcto o incorrecto. Si yo digo: dos y dos son cuatro, luego tres y dos son seis, hago un razonamiento incorrecto y la conclusión es falsa. Si en cambio concluyo que tres y dos son cinco, la conclusión es correcta. Pero si antes no he arrancado de la realidad, no podré decir que mi conclusión es verdadera. Es por supuesto, coherente, pero ¿se ajusta a la realidad? Dos manzanas y tres manzanas, ¿realmente hacen cinco manzanas? He aquí la cuestión nuclear de una teoría del conocimiento.
 
Lo que llamamos corrientemente "realidad", ¿realmente lo es?
 
                Esto ya no es una cuestión lógica, es la cuestión de la adecuación del entendimiento y la realidad, según el concepto clásico de verdad, precisamente como adecuación o conformidad de lo afirmado por el cognoscente y la realidad conocida.
 
                Que conozco, parece incuestionable. Y además, conozco (sé) que conozco. Algo aparece en mi subjetividad que representa algo que no es un producto mío, sino "otro", que está ahí, fuera de mí, con una existencia independiente de la mía, que yo no he puesto, no la he elaborado, no la he formado ni mucho menos creado. La cuestión es: ¿mi conocimiento del tú y del yo y del ello -del mundo, del cosmos-, corresponde a la realidad?¿La expresa tal como ella es? ¿Cómo puedo saberlo, si es que puedo? ¿Cuál es la capacidad y el límite de mi capacidad de conocer la realidad? Estas son cuestiones de Gnoseología.
 
Vínculo entre verdad y vida
 
                Hay un vínculo muy estrecho entre verdad y vida, porque lo hay entre verdad y bien. La verdad es el bien del entendimiento y el entendimiento es la mayor fuerza vital que tenemos. La persona es tal por su entendimiento, la única facultad de conocer las cosas en sí, la verdad en sí, el bien en sí, la belleza en sí. Porque tenemos entendimiento, al menos en potencia, tenemos voluntad y libertad.
 
                Los animales no conocen el bien en sí, por eso están totalmente condicionados por el bien inmediato y por el instinto de la especie. El hombre es el único animal que puede negarse al imperio del estímulo inmediato, porque no sólo conoce que "esto" es bueno para mí aquí y ahora, sino también si es bueno con vistas a un futuro más o menos próximo; y no sólo para mí sino también para la sociedad entera, para el mundo.
 
                En rigor, el hombre siempre se gobierna por la razón, a no ser que haya perdido la razón y con ella el gobierno. O haya perdido libremente el vigor nativo de su entendimiento por abandono a las pasiones.
 
                Jesucristo dice de sí mismo que es la Verdad «y» la Vida. Vida y Verdad en él se identifican plenamente. En las criaturas, la vida puede desconectarse - psicológicamente, no ontológicamente - de la verdad. Pero entonces se produce un desgarramiento íntimo, una división interior que no puede tener buenas consecuencias para el equilibrio psíquico ni, en consecuencia, para la felicidad de la persona.
 
                En la entraña del espíritu humano hay una exigencia de plenitud y de unidad. Como es sabido, el que no vive como piensa acaba pensando como vive. Por eso, negar una verdad en la práctica, conlleva negarla también un poco, más o menos, tarde o temprano, en la teoría. Y esto es como apagar una luz, que inclina a apagar otra, y luego otra, y otra, hasta que ya todo queda envuelto en penumbras y todos los gatos son pardos: nada se ve con claridad.
Se puede vivir algún tiempo en desacuerdo con lo que se sabe y conoce como verdad, pero al final triunfa el error o se impone la verdad.
 
                No debiéramos olvidar que la forma más plena de vida es la del pensamiento, la vida intelectual, que es lo diferencial humano. Pensar es vivir. Hay más vida en una sola idea o concepto, que en todo el mundo irracional. El hombre o se realiza por la vida intelectual o no se realiza de ninguna manera. El camino hacia la vida plena se inicia en la vida de la razón y no se alcanza perfección humana alguna sin ella.
 
                No es que la vida humana se reduzca a vida intelectual, porque el hombre también es libertad y amor y cuerpo; pero lo segundo pende de lo primero. No hay amor sin conocimiento. Ojos que no ven corazón que no siente.
 
                De ahí que "pasar" de conocimiento intelectual, de ejercicio del intelecto especulativo es empobrecer infinitamente, reprimir y acaso sofocar, lo más humano de la vida personal; lo cual no puede conducir más que a la frustración de la personalidad.
 
La actitud ante la verdad, sin duda, afecta profundamente a toda la vida personal. Se requiere un modo de vida acorde con la verdad para sostenerla y reafirmarla, y otro para rechazarla.
 
Caminamos de la verdad hacia la verdad
 
                De otra parte, todo hombre en el mundo está en camino. ¿Hacia dónde? Hacia la verdad. La última hora es "la hora de la verdad", en la que nadie podrá decir "yo paso de la verdad", porque ya nada pasará, todo quedará, será el momento de la eternidad, de rendir cuenta de los talentos recibidos, el mayor de los cuales es "el talento", la capacidad para conocer la verdad y hacerla.
 
                No hay nadie que no vaya "a ninguna parte". Todos, de grado o por fuerza, nos encaminamos a la verdad. El más allá no es la nada, sino el lugar donde se verifica la verdad, donde se valora todo con la medida de la verdad absoluta.
 
                El tema de la verdad es ciertamente el tema de la vida: es un asunto de vida o muerte, algo sumamente vital. Por eso se lee en un gran libro: "no temas a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte". Porque la muerte por la Verdad es vida, mientras que la vida sin la verdad es la incoación de la muerte eterna, o más exactamente, la incoación de una angustia irreversible.
 
 ¿Existe algo (verdadero)?
 
                Realmente es preciso reconocer que muchas veces no es fácil dar con la verdad de las cosas. Pero ¿es razonable la actitud que desespera o desiste de conocer la verdad, al menos las verdades fundamentales que ilustran sobre el sentido de nuestro vivir? Lo cierto es que hay verdades, y verdades fundamentales que no son tan difíciles, con tal de aceptar la posibilidad de conocer alguna verdad. También sucede que "existen verdades tan evidentes que no hay posibilidad de hacer que penetren en los cerebros" (H. MARET, Pensées et opinions, 1)
 
                Hay unas palabras de Jesucristo en el Evangelio, que vienen aquí como anillo al dedo. «Decía también a la gente: "Cuando veis una nube que se levanta en el occidente (poniente), al momento decís: va a llover, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: viene bochorno, y sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis discernir por vosotros mismos lo que es justo?"» (Lc 12, 54-57)
 
                Sucede que para discernir lo justo, tanto para mí como para los demás, he de suponer que existe lo justo, lo cual supone que existe verdaderamente y que hay una verdad sobre lo justo y lo injusto.
 
                A quien el Evangelio inspire alguna confianza, puede permitirse el lujo de desconfiar de los que desconfían de la posibilidad de conocer la verdad, al menos de las verdades fundamentales. ¿Y qué puede haber más fundamental que conocer lo que es justo y lo que es injusto conmigo mismo, con los demás y con Dios? ¿No puede ser cierto que sea una hipocresía exagerar las dificultades para discernir lo verdadero de lo falso, al menos por lo que se refiere a lo fundamental?
 
                Se puede fingir «pasar» de la verdad. Lo que no se puede es «pasar» verdaderamente. Y tampoco se puede «pasar» de los que «pasan», porque lo pasan muy mal; si no, al tiempo.
Escribía Julián Marías en "tercera" de ABC (28.VII.1990) que le sorprendía e inquietaba que cuando se habla de filósofos o de sus obras, rarísima vez aparece la palabra "verdad", como si fuese indiferente que lo que se llama filosofía sea verdad o no. "Ahora bien -añadía- la filosofía ha sido siempre la busca de la verdad; en ocasiones se la ha identificado con esa palabra, en griego "alétheia", que ha sido una de las denominaciones de la filosofía. Y no una verdad cualquiera, porque ésta puede tener muy distintos orígenes y por tanto justificaciones. La verdad de la filosofía procede de la razón, palabra que pocas veces se usa; y se busca la verdad que responda a las cuestiones más fundamentales y vitales: qué pensar sobre la realidad, qué hacer, cómo vivir... Entender lo real, discernir entre la verdad y el error o la mentira...
 
                ¿Por qué el papa Benedicto XVI insiste tanto en la necesidad de razonar, incluso la fe? Porque la fe, se incluye la respuesta en la pregunta, es razonable. Y después de siglos de racionalismo, resulta que se pasa de la razón. Y así se cae en el fideísmo o en el nihilismo. El fideísmo no es cristiano y no entramos ahora en él. La renuncia a razonar en busca de la verdad es el camino hacia el caos personal y social. El pensamiento débil está debilitando a la humanidad de forma alarmante.  Invito a la lectura de un par de páginas del excelente libro de Carlos Llano Viaje al centro del hombre (Ed. Rialp, Madrid 2010, pp 67-71):
 
¿En qué momento nos encontramos?
Carlos Llano
Viaje al centro del hombre (Ed. Rialp, Madrid 2010, pp 67-71)
 
                ¿En qué momento nos encontramos? ¿Cuál es el concepto del hombre que tiene ahora nuestra sociedad? Quizá las concepciones del hombre que hace apenas unas décadas impresionaron al mundo, no sólo de un modo intelectual, sino vital e históricamente, pueden ser declaradas ahora obsoletas.
 
                En efecto, se ha rendido el concepto marxista del hombre, no porque haya triunfado su contraparte capitalista, sino, como lo dijeron Karol Wojtyla y Octavio Paz -cada cual en su momento-, el marxismo ha fallecido de muerte natural.
 
                Además, también se ha firmado ya el acta de defunción del concepto freudiano del hombre. Se pensaba que, liberados de las arcaicas represiones sexuales, los seres humanos podríamos entrar en un ámbito vital de felicidad. Sin embargo, nunca antes en la historia hemos gozado o padecido de mayor libertad en el sexo, y jamás se había dado esta masiva epidemia psíquica, que ahora recibe los más engañosos nombres: deprimidos, neuróticos, psicópatas, paranoicos, que son casi siempre modos de aludir a quienes antes eran calificados como egoístas, mal educados, libertinos o estúpidos. Digo casi siempre, pues hay también enfermos mentales que merecen mis respetos. Pero esto no me obliga a confundir los unos con los otros, no me fuerza a identificar a los verdaderos enfermos con los que apostaron erróneamente, como aquellos jóvenes de las playas argelinas de Albert Camus, que pensaban que podían alcanzar la plenitud con la carne. El propio autor nos cuenta después, melancólicamente, cómo terminan en el ocaso de la vida con la profunda melancolía de haber equivocado la apuesta.
 
                Por último, se encuentra absolutamente derrotado el concepto conductista del ser humano, defendido por Skinner. Si lográramos convencernos -se dijo entonces- de que el hombre no es más que un animal, un animal complejo, pero un animal, entonces nos comportaríamos como buenos animales domésticos. Las técnicas pedagógicas del conductismo, aplicadas hoy en buena parte de las escuelas del mundo occidental, asumen que el hombre es un animal complicado y que hay que educarlo como tal. Casi un siglo después, podemos comprobar que el hombre no es esencial o fundamentalmente un animal, pero terminará siéndolo -aunque solo sea accidentalmente- si nos empeñamos en considerar que lo es.
 
                Ni Marx, ni Freud, ni Skinner, ni Stalin, ni Hitler acertaron con sus hipótesis. Hemos necesitado cerca de un siglo para comprobarlo. Estamos en un momento propicio para enfrentarnos con un panorama nuevo, con una reformulación de nuestro concepto de hombre. Quienes siembran hipótesis cosechan conjeturas. Sólo con el paso de los años sabemos si las conjeturas son falsas o verdaderas. En estos casos resultaron evidentemente falsas.
 
                La gran grieta de la cultura contemporánea se debe al hecho de haber separado, por una parte, el acopio de unos conocimientos cada vez más abundantes y profundos y, por otra parte, la formación del carácter. De tal manera que el portentoso poder actual de la técnica ha llegado a ponerse en manos de personas caracterológicamente depauperadas. La voluntad de dominio pertenece a las personas que no tienen dominio de la voluntad. Nos encontramos ante un hombre invadido por la presunción y por la soberbia que desencadena, por ejemplo, la inexplicable guerra del golfo Pérsico. Siempre estará presente en nosotros el temor por el insoldable hueco que hay entre la debilidad de nuestro carácter y el extraordinario poder de destrucción del que disponemos.
 
                En La búsqueda de un nuevo inicio, Gorbachov cuenta cómo durante el tiempo en que fue el Premier ruso tenía a su lado a un soldado, a un sargento y a un general, que llevaban un portafolio en el que se encontraban las claves con las cuales se podía desatar inmediatamente una guerra nuclear. Pero por lo que más sufría era por tener que convivir con estas personas, quienes sabían que llevaban en su portafolio la destrucción del mundo. «No quiero -asevera- que ningún hombre llegue a experimentar la sensación de pesadez que yo tuve, al cargar sobre mis hombros la responsabilidad de la integridad mundial, en el grado en que yo la tuve durante esos años». Nos encontramos, pues, en un momento en el que coexisten un gran desarrollo tecnológico, por un lado, y una gran depauperación de nuestra personalidad, por el otro.
 
                Ante el derrumbe de las ideologías, los modelos antropológicos actuales ofrecen poquísimas opciones. Ser existencialista, marxista, freudiano, conductista... proporciona poco atractivo a la sociedad actual. Aunque no con la misma viabilidad, solamente dos alternativas seofrecen al hombre contemporáneo: el nihilismo y el renacimiento de los valores clásicos.
 
                La primera resulta más peligrosa que las teorías ideológicas y antropológicas ya mencionadas. En efecto, esas concepciones o, más bien, esas conjeturas que a la postre resultaron falsas, al menos estaban definidas. Sabemos qué era el hombre para Marx, para Freud o para el conductista Skinner. Pero ahora no nos enfrentamos a un concepto determinado del ser humano, sino a la falta de ese concepto, a la carencia de un esquema, de una idea del hombre. Es decir, a un estilo vaporoso de vida que carece de fondo intelectual, a una concepción gaseosa de la existencia, a un modo de vivir cutáneo y superficial, sin raigambre, oriundo de ningún sitio.
 
                Cuando esto ocurre, lo más significativo y real de la vida se evapora en abstracciones, en donde las personas pierden su dimensión individual y encarnada. Los valores se evaporan, y nuestra vida personal adquiere un estado delicuescente y gaseoso. Este nuevo estilo de vida carecía de nombre hasta hace poco. A espaldas uno del otro, personalidades de mentalidad y origen tan diverso como el estadounidense William Pafft, del International Herald Tribune, el alemán Robert Spaemann, de la Universidad de Colonia, y el mexicano Octavio Paz, han coincidido curiosamente, bautizándolo con el nombre de «nihilismo». Pero no se trata de un nihilismo profundo, que parte del drama consciente de que la existencia carece de sentido, al modo de Nietzsche, sino de un nihilismo epidérmico, que Robert Spaemann ha llamado con acierto «nihilismo banal». Octavio Paz, nuestro Premio Nobel, califica este concepto como «nihilismo vergonzante», porque no sabe ni siquiera que lo es; tan vergonzante que ni siquiera lo publica, simplemente lo ignora. Si no fuera un pleonasmo, nosotros lo podríamos llamar «nihilismo anodino». No es que la vida sea un dramático, estúpido y carente de sentido «estar ahí», sino que al hombre contemporáneo le importa un bledo buscar tal sentido y prefiere vivir como si no lo poseyera. Esta oposición a los valores profundos de nuestra existencia, no por ser cutánea deja de ser clamorosa; y resulta difícil tratarla intelectualmente, precisamente porque no se le puede asir: se desparrama y dispersa. Sin embargo, a pesar de su carácter amorfo, está dejando en nosotros un poso de aspecto tartárico, como el que se queda pegado en la vasija o en la cuba donde el vino fermenta, aparentemente como parte del valioso proceso de fermentación, pero quedando allá abajo, pegajoso y desagradable, como si fuera la resaca del espíritu.
 
                En un libro reciente (9 CARLOS LLANO, Los fantasmas de la sociedad contemporánea, Trillas, México 1995. 71)  he descrito ampliamente esta corriente difusa y versátil, que constituye una parte importante y peligrosa de nuestra cultura. Me limitaré ahora a dar un resumen de los adjetivos con que esta sociedad se califica:
 
SOCIEDAD HEDONISTA
SOCIEDAD PERMISIVA
SOCIEDAD CONSUMISTA
SOCIEDAD IMPERSONAL
SOCIEDAD PESIMISTA
 
***
 
La Palabra abreviada
 
                Hasta aquí el texto de Carlos Llano. ¿Qué hacer en medio de esta sociedad que es la nuestra? El autor concluye convencido de que las grandes utopía ya no tienen credibilidad. En cambio «las pequeñas utopías de cada uno, esas ambiciones que hacen que la vida valga la pena, son plenamente posibles en el ámbito de la verdadera vida, del ethos vital.... Vale más proponerse la meta de la excelencia y no lograrla, que la de la mediocridad y no conseguirla». Aquí podemos añadir una palabra grande y pequeña a la vez que nos va como anillo al dedo. En medio de nuestra sociedad, especialmente en estos día en los que ahora escribo, se abre humilde paso la Palabra que sostiene el cosmos. La Palabra de Dios encarnada en el seno inmaculado de María Virgen.
 
                Benedicto XVI nos ha recordado que a través de los tiempos, la Palabra que Dios nos ha comunica en los libros de la Sagrada Escritura se había hecho larga. Larga y complicada no sólo para la gente sencilla y analfabeta, sino más todavía para los conocedores de la Sagrada Escritura, para los eruditos que se enredaban con los detalles y sus problemas sin conseguir prácticamente llegar a una visión de conjunto. Pero Jesús ha « hecho breve» la Palabra, nos ha dejado ver de nuevo su más profunda sencillez y unidad. la Palabra eterna se ha hecho tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Todo lo que nos enseñan la Ley y los profetas se resumirá en esto: « Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Mt 22,37-39). Esto es todo: la fe en su conjunto se reduce a este único acto de amor que incluye a Dios y a los hombres. Dios ha cumplido su palabra y la ha hecho breve. Se halla en seno de la Virgen y luego estará en un pesebre, en una cuna y en tus brazos.[Cf. BXVI,  Exhortación apostólica postsinodal «Verbum Domini», 12).
 
                Si somos capaces de predecir el tiempo, podemos también abrazar la Verdad en Persona que es el Niño. En su totalidad. Tomar partido y defenderlo frente a la pretendida abolición del hombre a cargo de la dictadura del relativismo insostenible. La hora de la Verdad, en todo caso, es inminente. A.O.

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