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LA CON-PASIÓN DE JESUCRISTO EN SU PASIÓN (Antonio Orozco )

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Continuación de INTRODUCCIÓN A LA PASIÓN DE JESUCRISTO, por Antonio Orozco Delclós. Lucas 22, 39-46. (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42). Texto de Lucas 22: 39 Salió y como de costumbre fue al monte de los Olivos. Le siguieron también los discípulos. 40 Cuando llegó al lugar, les dijo: —Orad para no caer en tentación. 41 Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, de rodillas, oraba 42 diciendo: —Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 43 Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. 44 Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo. 45 Cuandose levantó de la oración y llegó hasta los discípulos, los encontró adormilados por la tristeza. 46 Y les dijo: —¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación.

 

LA COMPASIÓN DE JESUCRISTO EN SU PASIÓN

Antonio Orozco
Arvo.net, 22.04.2011

(Este texto no es la transcripción del vídeo pero corresponde al mismo tema del título)

 Pedro, Santiago y Juan oyeron en aquella noche del Jueves al Viernes Santo, cómo Jesús llamaba a Dios, Abbá. Oraba postrado, hincadas las rodillas en la roca, postrado, con una angustia tal que los grandes hematíes de su cuerpo presionaron tanto contra los finos poros de su piel que se deformaron máximamente y los traspasaron. Este fenómeno patológico, «sudor sanguíneo» o «de sangre», solo puede ser consecuencia de un estrés extraordinario. No solo emanó sangre de los poros de su piel, sino sudor y sangre, «gotas espesas de sangre» que llegaron hasta el suelo (Lc 22, 44-45). Este fenómeno insólito debe entenderse en conexión con la palabra «agonía» que utiliza Lucas. Esta palabra no tenía el sentido actual que significa el estado del moribundo en su hora postrera, sino algo diferente: la tensión de los que se encontraban en la inminencia de un combate a muerte, como los gladiadores o púgiles. Sin embargo Jesús no iba a pelearse físicamente con nadie. Su lucha iba a ser contra el mal moral que vino a vencer con su sagrada pasión. El mal físico que iba a sufrir sería  intensísimo. La crueldad de las torturas que le infligieron fue máxima. Sin duda en la agonía de Getsemaní había tensión por el sufrimiento físico y en su oración una súplica al Padre para soportarlo todo hasta el final. Pero el combate esencial del Huerto fue contra otros adversarios. Ese combate es un misterio inescrutable. Nunca nos quedamos satisfechos de las explicaciones que nos ofrecen los eruditos. Tampoco nosotros pretendemos  desentrañarlo. Solo podemos dar algunas vueltas en torno y lo mejor sería hacerlo en diálogo íntimo de cada uno con Cristo que, por la fe, habita en nuestros corazones (Ef 3, 17), y por la transustanciación se encuentra con su cuerpo y sangre en el Santísimo Sacramento del Altar.

 En cuanto se me alcanza, después de leer tantas cosas acerca de la Pasión, retener unas y olvidar otras, pienso que en el núcleo de la Redención se encuentra un ver, un conocer único. Un conocimiento nítido de la verdad que a nosotros nos horroriza pero no lo suficiente: el pecado. No queremos hablar de Él, no queremos reconocernos en él. Como el que lleva consigo un tumor y se niega a reconocerlo y no acude al médico, al contrario, alimenta el cáncer. Ningún hombre puede imaginar lo que fue la Pasión de Cristo. Solo Él lo sabe, porque el Hombre-Dios es el único en el mundo que ve nítidamente, de una parte el infinito amor de la Trinidad y, en consecuencia, el valor de la ofensa a Dios, tanto en conjunto como en detalle. Y de otra parte, Jesús es el único que ve la enormidad del pecado, siempre infinitamente superior al hombre finito que lo comete. Negro sobre blanco. El ha venido a expiarlo.

 CLAVES DE LA PASIÓN

 Si Tomás de Aquino tiene razón y la Iglesia lleva siete siglos dándosela, para expiar el pecado y satisfacer la Justicia ultrajada bastaba una sola gota de la sangre del Hijo de Dios (Himno Adoro te). Entonces, ¿a qué viene ese despilfarro del Huerto y las siguientes torturas? ¿No podía haber dicho basta antes de padecer tanto? Desde luego que sí: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy libremente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo…» (Jn 10, 17-18). Jesús dará su vida en un acto supremo de libertad. No por necesidad, sino por amor: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Ni el Padre tiene necesidad de enviar al Hijo a la muerte de cruz ni el Hijo tiene necesidad de morir en cruz. Es una decisión libre tomada en el diálogo eterno de las tres Personas divinas, donde todo es Amor.

 Por tanto una clave de la Pasión, además del Amor, reside en la libertad del Padre y la libertad del Hijo. La libertad es dominio, posesión de sí y encuentra su sentido en la plenitud del amor correspondido. La suprema libertad se cumple en el supremo amor y viceversa. El amor no se conforma en dar lo suficiente, se excede. Amor y libertad, en la verdad, son claves.

 Otra clave. Se ha dicho que la persona «no existe, co-existe». Quiere subrayarse así que la persona no tiene sentido si no es viviendo en relación con otras. Se entiende que se trata de existir y convivir no solo en relación con, sino también en buenas relaciones, de amistad, comprensión, ayuda, etc. Una persona en rigurosa soledad, no tendría sentido. Nacemos gracias a un complejo de relaciones con nuestros padres, antepasados, el mundo, la sociedad, los planetas, el universo… Las personas no somos «mónadas» (Benedicto XVI), vivimos para «con-vivir». La condición relacional del ser la tenemos por naturaleza. En definitiva nacemos «personas», inteligentes y libres, para el amor. El amor implica alteridad y consiste en sentir-con el amado, pensar-con el pensamiento del amado, alegrarse-con las alegrías del amado, sufrir-con el sufrimiento del amado. En una palabra ser-con el amado. Con la encarnación, el Verbo que habita eternamente «en el seno del Padre» (Jn 1, 18), más allá de cualquier ente creado, viene a «ser-con» cada ser humano, como insistió Juan Pablo II desde su primera Encíclica, Redemptor hominis. El Verbo se desposó con la humanidad, se unió a cada hombre, con cada uno en particular. «Porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este misterio».  Cada uno ha sido "querido" por Dios, lo ha "elegido" y eternamente llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es precisamente "cada" hombre, el hombre "más concreto", el "más real". «Este es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes en nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la Madre» (RH, 3, 13). Queda claro que no se habla solo de los bautizados o de los santos. Con todos y cada uno de los concebidos en el linaje de Adán se ha unido Cristo. Con cada uno se alegra por su bien y con cada un sufre por su mal. Cristo, con su corazón humano de Dios, me ama más que yo a mí mismo, sufre más por mi mal que yo mismo.

 Misereor super turbas, tengo compasión de las muchedumbres, dijo Jesús en cierta ocasión: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer» (Mc 8, 2). «Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”»(Lc 7, 12-13). Son momentos en los que Cristo manifiesta su padecer-con, más o menos redundante en su sensibilidad. El conoce, es el que sabe lo que hay en el fondo del hombre, es la sabiduría. El apóstol Santiago dice algo al respecto: «La sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión…»(St 3, 17).  Cuando alguno va de visita al campo de Auschwitz siente pena por las víctimas y repugnancia por los criminales. Muchos no pueden soportarlo. Algo les asfixia. Hay gente que no puede soportar una película de guerra o de otros crímenes. Otros se marean con un poco de sangre a la vista. Ahora, en Getsemaní, se presenta ante la mirada de Jesús todo el horror del mundo, todos los holocaustos de la historia humana de principio a fin, todo el odio a Dios, todas las luchas cainitas, toda la soberbia, con nombres y apellidos… ¡Siente com-pasión!, una compasión indecible, como nadie la ha sentido jamás porque nadie ve como él ve. No es ira, no es sed de venganza, es compasión por la suerte de unos y de otros. No ha venido a condenar al mundo sino a salvarlo. Y una buena parte se empeña en condenarse. Se autoexcluye de la salvación. Le vuelve la espalda

 Ciertamente la humanidad de Jesús, su mente, su corazón, sufren tanto que su alma está triste, como para morirse de tristeza (Mt 26, 38). Carga sobre él un peso sobrehumano, que nadie puede soportar, ni siquiera el corazón del Hijo de Dios. Experimentó por el sufrimiento lo que cuesta obedecer, dice la Carta a los Hebreos (5, 8). Sufre ahora, experimentándolo en su carne, en sus nervios, en sus venas, lo que es compartir el dolor del pecado del mundo. El dolor físico de la Pasión fue tremendo. Pero mayor fue su dolor de amor. Puede parece al revés, pero todo parece indicar que el mayor sufrimiento de la Pasión es la «compasión». Porque su amor, su identificación con el pecador, su sentido de la fraternidad es tan real y vigorosa como su filiación divina. Pensemos en el dolor de la Madre de Jesús al pie de la Cruz. Sufre más en su amor que si ella estuviera clavada en el madero. Preferiría ser torturada en lugar de Cristo. Su com-pasión con Cristo la convirtió en Corredentora, Madre de los vivientes en Cristo. Análogamente, Cristo, ama indeciblemente a cada uno de sus hermanos los hombres. Los ve enfrentados a Dios, pervertidos, cometiendo crímenes como quien bebe un vaso de agua, desencadenando guerras y holocaustos entre pueblos y familias, odiadores pertinaces, lobos entre sí, injustos en casi todo. Pocos son los que se toman a Dios en serio y éstos tampoco suelen ser un prodigio de santidad. San Juan dice que si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1, 8). Si no creemos esto, no estamos en la verdad. No es políticamente correcto hablar de pecado, aunque todo el mundo se queja de injusticias, de corrupciones, de crímenes sin cuento. Pero ¿quién reconoce el suyo propio? ¿Quién ama al prójimo como a sí mismo, de verdad, en toda su amplitud? ¿Qué hombre alejado de Dios reconoce la dignidad de todo ser humano? Muchos de los que se consideran cerca, lo mismo. Podemos tener talentos, virtudes envidiables y a la vez ser profundamente injustos. ¿Quién da a Dios lo que es de Dios, es decir, todo? Nosotros no vemos claro. Dios sí y Jesús también y éste es su máximo dolor, expresado en la entrega a la tortura de la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Una gota de su sangre bastaba para redimir mil mundos, pero llega al  extremo de la cruz. Si es verdad lo que dice Tomás de Aquino entonces hemos de reconocer que la entrega de Jesucristo a la pasión hasta la cruz es una locura de amor.

 Nosotros estamos ciegos. El es el que ve, el que siente. Cuando nosotros sufrimos, El sufre más. Tanto más cuanto menos vemos el mal que más nos aflige, el mal moral. El ve que la mayor parte del sufrimiento humano es evitable. Culpable. Consecuencia de la injusticia derivada del alejamiento de Dios. El amor a su Padre y a cada mujer, a cada hombre, la posible perdición de muchos, el sufrir con el sufrimiento de la humanidad es la mayor causa de su sufrimiento, de la tremenda agonía de Getsemaní. Por amor al decreto trinitario reflejado en las Escrituras, a todos y cada uno de los hombres, Jesús de Nazaret, verdadero hombre, con subsistencia en la persona de Dios-Hijo, sigue adelante, se abraza a la cruz hasta la más alta cumbre del dolor.

 ¿Esta expiando nuestros pecados? Sí. ¿Está pagando el preciso de nuestro rescate? Sin duda. ¿Está restaurando la justicia quebrantada? Desde luego. Pero mucho más que todo esto. Está ejerciendo el oficio del Sumo Sacerdote según el rito de Melquisedeq. En el altar de la cruz ofrece al Padre el cosmos entero, un holocausto que cumple sobradamente todo lo exigido por la Alianza. Celebra una liturgia cósmica. Y no podemos dejar de pensar: te has excedido. Tú, o el Padre, o la Trinidad entera… se ha excedido. No era necesario llegar a tanto. Sin embargo, si lo has hecho, es por algo. Nada haces en vano. Una mirada al mundo, y aún así vemos que muchedumbres enteras no responden. Andan distraídas en mil fruslerías o agobiadas sin tener ni idea del sentido de su existencia. No saben de dónde vienen ni a donde van. Este hecho actual debe de ser la razón por la que, misteriosamente, Getsemaní y el Gólgota continúan. Sigues sufriendo una compasión presente en todas las misas, en todos los sagrarios, en todas las guerras, en todos los corazones sin espacio para ti. Sigues sufriendo en silencio humillaciones intolerables. Permites la ridiculización de los tuyos. Toleras que la cizaña abunde en el campo de trigo bueno que has sembrado en tu Iglesia santa. Sufres el martirio de tus miembros… Se entiende bien la oración de san Josemaría: «Amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: ...Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña...» (Via crucis, XI, 2). Y antes, había escrito: «Jesús ora en el huerto: "Pater mi" (Mt XXVI,39), "Abba, Pater!" (Mc XIV,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? / Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como El, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: "Pater mi, Abba, Pater,...fiat!" (Via crucis, I, 1).

 Pero la vida del cristiano no es una tragedia. Cristo ha transformado desde dentro todas las cruces en el triunfo de la resurrección gloriosa. El proceso está en marcha y nada ni nadie podrá pararlo. Su humanidad santísima muere como el grano de trigo y renace a una vida gloriosa. Es elevada a lo más alto del Cielo, introducida a lo más hondo del Ser trinitario. Toda la creación es atraída por ese torrente de amor humano-divino que tiene su máxima expresión visible en la Cruz. En la tierra, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Estamos salvados. Más que salvados. No solo se ha cumplido toda justicia, no solo se ha restablecido en la nueva Cabeza de la humanidad el orden quebrantado por el pecado. No solo se ha pagado el precio de nuestro rescate. Levantado en la cruz, Cristo ha elevado a la humanidad a un nivel de gloria muy por encima de la que hubiera recibido sin el pecado Adán. «Siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen…» (Hbr 5, 8-9).

 Había una perfección a la que llegar mediante la obediencia sufriente. Tendemos a revelarnos ante este medio de maduración de nuestra personalidad humana y cristiana que es el dolor.  No conseguiríamos, como no hubiera conseguido Cristo, la perfección y la gloria que conquistó combatiendo durante toda su vida, en especial desde Getsemaní hasta el Calvario. No sería lo mismo su vida humana en la eternidad. Lo que pasó es horrible, pero fue durante «un poco de tiempo»:  «’Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver’. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: ‘¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre"?  Y decían: « ¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: ‘¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’ En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 16-24).

 Siempre nos parece mucho el tiempo del dolor y de las preguntas sin respuesta. Por eso Cristo se ha excedido en su entrega. Para que veamos que Él, como buen pastor, va por delante. ¿No entiendes el dolor? Mírame. Yo soy el que Soy y estoy en la cruz. Te aseguro que vale la pena. Ten fe, créeme. Si no, no hubiera llegado hasta aquí. Mi yugo es suave y mi carga es ligera… Otra cosa admirable y muy de agradecer en el misterio de la Pasión de Cristo es que con la sobreabundancia de dolor y de gracia todavía falta algo. Falta alegrarnos por algo. La redención de cada persona no es arte de magia ni mera sustitución. Cristo ha muerto por todos, luego todos estamos potencialmente justificados, salvados y en Él glorificados. Ahora bien, como san Pablo dice: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Falta la alegría en nuestra correspondencia a la llamada a la santidad. Nuestro cumplimiento fiel del deber de cada momento. Nuestro llevar con garbo las contradicciones de la jornada. Nuestro trabajo realizado en la justicia y en la caridad como servicio a los demás. Nuestro comprender las fatigas, la enfermedad y la muerte dentro de la Pasión de Cristo. Nuestro dar a Dios lo que es de Dios y a césar lo que es de césar…

 «Queridos, dice san Juan, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2). Semejantes al Resucitado, sentado a la derecha del Padre, con todo el honor y la gloria, más allá de la que tuviera sin la pasión y muerte. No hay palabras ni conceptos que lo puedan expresar. Lo cual ya se anticipa aquí en la tierra. San Pablo nos remite al «ser-con» del que hablábamos más arriba, pero con una profundidad sobrenatural. Pues estando muertos por nuestros delitos, Dios, rico en misericordia, nos co-vivificó con Cristo  y nos co-resucitó con El y nos hizo co-sentar con Cristo en los Cielos a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús (cfr. Ef 2, 3-6). «Es cierta esta afirmación: Si hemos co-muerto con él, también co-viviremos con él» (Cfr. 2 Tim 2, 11-12).

 Conclusión: «Fuimos, pues, co-sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4-5). «Así pues, si habéis co-resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1).

 Libros de lectura reciente:

Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 1 y 2. Ed. Encuentro. El tema de Getsemaní, en vol. 2, pp. 173-192.
Javier Echevarría, Getsemaní, Ed. Planeta. passim.
Romano Guardini, El Señor, Ed. Rialp
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Via crucis. Ed. Rialp.

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