Miércoles - 17.Septiembre.2014

Grandes Secciones
Actualidad
NUESTROS TEMA DE HOY Temas de portada
Relativismo Relativismo y verdad
Ideologías Ideologías
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

FILANTROPÍA MASÓNICA (Julio de la Vega-Hazas)

ver las estadisticas del contenido enviar a un amigo

 LA FILANTROPÍA MASÓNICA

Autor: Julio de la Vega-Hazas
Arvo.net, 1 enero 2010 

         En Italia, era corriente, en los entierros de los cementerios civiles, oír elogios fúnebres centrados en una sola frase: era un uomo di cultura, “era un hombre de cultura”. Buena parte de los difuntos eran masones, y entre ellos la costumbre sigue; en diciembre de 2009, Gustavo Raffi, Gran Maestre del Gran Oriente de Italia, despedía a su Gran Orador Adjunto Bent Parodi di Belsito como un giornalista, un uomo di cultura, un massone eccellente (“un periodista, un hombre de cultura, un masón excelente”). Suena bien lo del hombre de cultura, ¿a quién le disgusta serlo? Ahora bien, también es cierto que toda esta altisonancia que tanto gusta a los masones va acompañada de la ambigüedad. ¿Qué significa ser un hombre de cultura? ¿Ha hecho aportaciones a la cultura, ha creado cultura, o simplemente era culto? Pero, sobre todo, lo que resulta más sospechoso es el hecho de decir bellas generalidades sin referencia alguna a hechos concretos. Al final, queda la impresión de que se utilizan este tipo de frases cuando no hay nada más que elogiar. En el caso de Parodi, su contribución a la cultura puede resumirse en un premio recibido en 1980: el premio Nietzsche por sus artículos disolventes de la religión. Y nada más.

         ¿Se trata de un caso aislado, o de un rasgo común? Posiblemente, la mejor manera de verlo es el análisis de la noción que, según la masonería, resume su moral: la filantropía. El término, que significa “amor a la humanidad” se remonta a la tragedia Prometeo encadenado del griego Esquilo, en la cual Prometeo salva de la ira de Zeus a la humanidad por amor a la misma, por ser philanthropos. Fue repescado por el racionalismo, y sobre todo por los exponentes de la Ilustración, como una alternativa a la caridad cristiana que, en teoría, no desmerecía de la misma sino que igualaba su altura o incluso la superaba. Por lo que parece, la masonería misma fue la que lanzó el concepto, con un trasfondo claro: una noción que sustituyera a la caridad, sin dependencia de una religión. En cualquier caso, lo cierto es que desde entonces utiliza el concepto como rasgo definitorio.

         No es sencillo encontrar una definición de filantropía que especifique un poco en qué consiste. El diccionario de la Real Academia despacha la voz con un sencillo “amor al género humano”. Nos puede servir mejor lo que figura al respecto en un diccionario online: “preocupación altruista por el bienestar y avance de la humanidad, normalmente manifestada en donaciones de dinero, terreno o trabajo por los necesitados, o el apoyo a instituciones educativas y hospitales, y generosidad para con otros fines sociales”. A diferencia de la primera, esta última definición pone de manifiesto algo muy importante: que, para ser auténtico ese declarado amor al género humano, se tiene que traducir en hechos concretos. Lo de menos es que se llamen obras de caridad, de misericordia, asistenciales, benéficas o filantrópicas; lo que verdaderamente cuenta es que exista ese dar y ese darse a los demás, a un prójimo que no es abstracto sino muy concreto.

         Con respecto a la masonería, podemos leer en un prospecto de la misma lo siguiente: “La masonería es filantrópica, aun cuando no hace pública esta actividad. Esto no se realiza como sociedad benéfica, sino como una actividad de conciencia en toda la extensión de su significado”. Resultan un poco desconcertantes estas palabras: la susodicha actividad, ¿no se hace pública o no existe? Si es una actividad de conciencia es difícil que tenga unos beneficiarios directos, por mucho que se tome en toda la extensión de su significado. Si los tuviere, no es fácil imaginar cómo no se hace pública la actividad. Quizás lo más sencillo es pensar que el autor de esa presentación no se expresaba bien, y en realidad quería decir que la masonería como tal no emprende obras asistenciales, sino que la tarea que se propone es concienciar a sus miembros para que sean ellos quienes a título personal ejerzan esa filantropía del modo que crean más conveniente. Y es que, efectivamente, salvo en Estados Unidos –y de forma más bien modesta, aunque la propaganda se empeñe en lo contrario- no se conocen iniciativas institucionales de la masonería que tengan como objeto la práctica directa de alguna modalidad de esta especie de “caridad laica”. Si la responsabilidad de esta práctica se traslada a los miembros, habrá que buscar en ellos ejemplos de filantropía en acción.

         Tomemos por tanto una muestra: las dieciséis personas que en los últimos cien años han sido Gran Maestre del Gran Oriente de España. La muestra obedece tanto a la importancia del cargo –que presupone tratarse de masones considerados ejemplares-  como por la fiabilidad: las listas de miembros ilustres que dan los masones incluyen personas que han pasado por la masonería y la han dejado más pronto o más tarde –a veces, ni eso-, pues no reconocen las bajas como tales (los llaman “durmientes”). El primero, Miguel Morayta, se dedicó a fomentar la revolución en España y Filipinas (contra España), y lo que fundó no fue una sociedad asistencial, sino la Liga Anticlerical Española. Su sucesor, el médico Luis Simarro, sí que fue hombre de bastantes iniciativas, pero su Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se dedicaba sobre todo a difundir el ideario masónico, su Asociación para el Progreso de las Ciencias a difundir el positivismo empirista, y su colaboración altruista se limitó a dar clases en la declaradamente elitista Institución Libre de Enseñanza. Dos fueron políticos relevantes en la II República: Augusto Barcia y Diego Martínez Barrio; pero de ninguno se conoce actividad alguna fuera de la política o como escritores. En el polo opuesto estaba Demófilo de Buen, pero en el sentido de que se opuso a la politización de la masonería, no en el que nos ocupa, pues su actividad fue la de jurista y defensor de la filosofía krausista. El oficial de la Marina Ángel Rizo es conocido por la creación de “logias flotantes” en los buques y la creación de una red masónica de subalternos que se hicieron con muchos barcos al estallar la guerra, así como por una vida nocturna escandalosa, pero no se sabe que hiciera otra cosa. Del resto, prácticamente apenas se conoce algo más que los cargos que ostentaron, o son perfectos desconocidos para la Historia. En ninguno hay rastro alguno de manifestaciones concretas de ese amor a la humanidad, no digamos ya de asistencia al necesitado, fuera de la propagación del ideal masónico y de la defensa de una política supuestamente acorde el mismo, si es que a esas actividades las consideraban filantrópicas.

         El mismo resultado se obtiene si se elige otra muestra, sea de los políticos de conocida afiliación masónica, o bien sea de conocidos masones ilustres. Hay personas influyentes, personas brillantes, personas que han destacado en sus especialidades. Pero es raro encontrar quienes hayan plasmado la declarada filantropía en ayudar al prójimo desinteresadamente, y más raro aún quienes hayan sobresalido en ello. Algo tiene que fallar aquí. ¿Qué es?

         De entrada, una declaración de amor a la humanidad, si no va acompañada de alguna concreción, no deja de ser una abstracción de significado incierto. Los grandes crímenes en masa del siglo XX han sido cometidos en nombre de la humanidad. El nacionalsocialismo pretendía prestar un servicio a la humanidad, a la especie humana, potenciando las razas superiores y librándola de las consideradas inferiores. Las masacres de regímenes marxistas como las de Stalin o Pol Pot en Camboya eran consideradas como el inevitable precio a pagar para el logro de un paraíso comunista donde la humanidad sería feliz. Es cierto que ni Hitler, ni Stalin ni Mao se declararon nunca filántropos, pero en todas las utopías late la idea de filantropía, de búsqueda de la sociedad feliz por amor al género humano. Y en todas, de forma más o menos consciente, en la medida en que se intenta poner en práctica ese servicio a la humanidad lleva consigo el atropello de personas concretas. En el caso masónico se puso de relieve en la Revolución francesa, donde el camino hacia la libertad, igualdad y fraternidad estuvo jalonado de cabezas cortadas por la guillotina, llamada así por su introductor en Francia, Joseph Ignace Guillotin, médico, diputado y masón.

         Por contraste, el cristianismo no habla de amor a la humanidad, sino de amor al prójimo. La diferencia es el énfasis que se pone en el hombre concreto. “Prójimo” viene del latín proximus, el que está al lado, la persona concreta que uno puede ver y oír, y a la que por tanto se puede servir. Cuando un fariseo preguntó a Jesucristo quién era su prójimo –cuestión que se debatía entonces y se sigue debatiendo en círculos farisaicos-, la respuesta fue la conocida parábola del buen samaritano. El prójimo era ahí el pobre hombre que uno se encontró, sin importar que fuera miembro de un grupo de considerados indeseables. Es indudable que el amor cristiano se debe extender a la humanidad entera, pero ese amor solamente será sincero si empieza por los que uno encuentra a su lado. Si se buscan ejemplos de generosidad concreta con el prójimo entre los masones, algo se encuentra. En España, por ejemplo, encontramos la figura del alicantino Julio María López Orozco, médico y un político no muy conocido de la Segunda República. Atendió por igual a ricos y pobres, regalaba medicinas a estos últimos, buscó más el servicio que la gloria, e incluso intentó impedir la quema de una iglesia por los anarquistas. Pero no deja de ser una rara avis si se compara con los demás diputados masones –algunos de los cuales estaban detrás de la destrucción de templos-, y cabe sospechar la influencia de una familia fervorosamente católica –dos de sus hermanas eran terciarias carmelitas-, una educación católica y una esposa ejemplarmente católica en esa conducta. Más llamativo es el hecho de que un ejemplo tan edificante de filantropía no haya sido apenas ensalzado por sus correligionarios masones. Si se quieren buscar detalles sobre su vida, hay que acudir al Archivo de Salamanca, sobre todo a las actas del Tribunal para la Represión de la Masonería, y no a nada que tenga que ver con la masonería, por irónico que parezca.

         No cabe duda de que proponerse ser filántropo es una buena intención. Pero la cuestión radica en ver si hay algo más que una buena intención. Las éticas basadas en la pura buena intención siempre han fracasado, precisamente por presuponer que una buena intención es suficiente para mover al hombre hacia el bien. Demasiado fácil. La realidad es que, siendo indudablemente la intención un elemento imprescindible, necesita ser completada por el hábito adquirido, por la virtud. El problema es que esa adquisición es ardua, cuesta esfuerzo, no resulta en la práctica compatible con una vida cómoda o fácil. De ahí que siempre haya sido tentador recurrir a una moral de buenas intenciones cuando el estilo de vida que se quiere sea aburguesado o placentero. Es una manera de engañarse, incluso ante la evidencia de un mal comportamiento: “pero la intención era buena...”, “no podemos juzgar las intenciones...”.

         En el terreno católico, la encíclica Veritatis splendor se redactó para, entre otros motivos, salir al paso de una moral de intenciones. Consistía ésta básicamente en una así llamada “opción fundamental”, la asunción de una intención recta, siendo lo demás un mero cálculo de consecuencias para no hacer daño al prójimo. En la práctica, ha servido para justificar cualquier cosa. La filantropía masónica, nacida en el llamado siglo de las luces, no deja de ser una ética propia de un iluminismo: con encenderse una luz interior que mueve a hacer bien a la humanidad entera se consigue transformar al hombre en un filántropo. Pero la realidad es tenaz, y esas éticas casan mal con los hechos. Por eso, en las semblanzas de la gran mayoría de los masones, seguiremos viendo alusiones, no a hechos concretos, sino a altisonantes principios huecos: era un filántropo, un amante del progreso, un hombre de cultura.♦

Compártelo:
meneame digg delicious technorati google bookmarks yahoo blinklist twitter Facebook
Enviado por Arvo.net - 01/01/2010 ir arriba

v02.14:0.33
GestionMax
Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós