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Lunes Santo: ENVIDIA Y TIEMPO (Antonio Orozco)

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Lunes Santo

ENVIDIA Y TIEMPO

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net

Actualización, Abril 2012

Un cristiano abrió el misal y se metió en el Evangelio del lunes santo, Juan 12,1-11: «Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume». Una envidia súbita, inopinada, estremeció la médula del cristiano, invadido por el deseo de imitar a María. Pero cómo hacerlo sin cabellera ni perfume, con alopecia y desastrado.

 Se sintió vacío, como si nada pudiese hacer por agasajar a Jesús en aquella agridulce celebración: Lázaro había sido resucitado y a Jesús, por ello, se le buscaba para darle muerte. Por si fuera poco, Judas estaba allí, para babosearlo todo con su aparente amor a los pobres. Era ladrón y traidor.

 ¿Qué puede hacer el cristiano en semejante situación? Envidiar lo ajeno es siempre una bobada colosal. Tanto más si es algo específico del sexo complementario. Algo debo de tener yo que pueda emular a María, a mi manera. ¿Qué hace esta mujer? ¿Cuál es la esencia de esa esencia que derrama a los pies de Cristo? La materialización de un amor hermoso, generoso, difusivo. Judas lo calificaría de inútil despilfarro. Materialmente hablando, a los ojos ajenos, ajenos al amor, en buena parte, eso es el amor. Y tiene un sentido oculto a los presente, evidente a Jesús: anticipa los cuidados de la inminente sepultura. Intuye acaso la mujer que le quedan pocos días de vida al Amigo entrañable. Así están las cosas. Es tiempo de darse del todo, sin reservarse nada. Hay poco tiempo para amar. Siempre es escaso. Hay un tiempo en el que parece que hay mucho tiempo, pero llega un día en el que se ve que el tiempo prácticamente no existe. Ya pasó. ¿Qué he hecho con mi tiempo?

 ¿Qué puedo dar yo a Cristo, equivalente al don de María en Betania? ¿Qué tengo entre mis cosas como exclusivo mío, que aprecie mucho y sin embargo pueda poner a disposición de Jesús? Quizá sea éste el regalos más valioso: mi tiempo. Él, que es eterno, concebido en la eternidad en el seno del Padre Eterno, ha entrado en el tiempo y lo comparte con nosotros y le da a cada minuto «vibración de eternidad». Jesús me ha dado, me está dando continuamente su tiempo. Al darme su gracia, me hace partícipe de su vida gloriosa y, en consecuencia, de su eternidad.

 «El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.» (Juan Pablo II, Aud. Gen. 3.12.1997). Principalmente, al darme a comer su carne y a beber su sangre, me hace uno con Él. Así cada momento de mi vida adquiere un valor inmenso a la mirada eterna. Eso le daré: todo el tiempo, todo el tiempo de que disponga. Es un regalo que no lleva tiempo porque, si cumplo el deber de cada momento, el que sea, y le digo: va por ti, le estoy dando mi tiempo. Aunque parezca que solo lo estoy dando a mi familia, o a mi trabajo profesional, al estudio, o a otras personas que me necesitan. Si hago esto con sentido responsabilidad, entregado a los demás, de ordinario, encontraré tiempo para estar a solas con Él, como Él hacía con su Padre, durante largos tiempos.

 Haré como Lázaro, le daré conversación a Jesús: escucharé y le contaré. Me interesaré por sus cosas y le manifestaré las mías –mías, suyas, todas son suyas y mías-, por sus sentimientos, intenciones, horizontes, proyectos. Estaré pendiente de Él y me daré cuenta de que Él está más pendiente de mí que yo de Él; que soy destinatario de todo su amor, de todo lo que ha hecho y de lo que va hacer en la tierra y en el Cielo. Le seguiré a dondequiera que vaya. Iré a donde Él desee. Le invitaré a sentarse a mi mesa e iré a participar de su Mesa, la Misa, la Eucaristía. Crearé un vínculo entre mi mesa y mi Misa, entre la Eucaristía y toda la jornada. Mejor dicho, lo descubriré. Le dedicaré el tiempo que pueda, de verdad, a adorarle en el Sagrario –especialmente el Jueves Santo- y estudiaré el sentido de cada uno de los ritos y ceremonias litúrgicas del Viernes Santo y de Pascua de Resurrección, que no voy a perderme, porque actualizan y me ponen en contacto directo con el Misterio Pascual. Cuidaré mi genuflexiones ante la Eucaristía, dentro o fuera de la Misa, como un hombre, con la rodilla en tierra sin movimientos grotescos, sin caricaturas de gentes desamoradas. Me sentaré en la iglesia no como si estuviera en un club deportivo, sino ante el Señor de los señores. Pasaré ratos de rodillas, imitando la oración de Jesús sobre las rocas de Getsemaní.

 En fin, seguiré dándoles vueltas y encontraré mil cosas más que pueda hacer cada día, emulando a esos grandes amigos de Jesús, Lázaro, Marta y María. Todo lo que Jesús es e hizo en el tiempo supera el tiempo, permanece (cfr. CEC 1085). Si yo vivo en Él, todo mi tiempo superará el tiempo. «A menudo el tiempo es poco estimado. Parece defraudar al hombre en su precariedad, con su rápido fluir, que hace vanas todas las cosas. Pero si la eternidad ha entrado en el tiempo, entonces al tiempo mismo se le debe reconocer un gran valor. Su continuo fluir no es un viaje hacia la nada, sino un camino hacia la eternidad. El verdadero peligro no es el pasar del tiempo, sino el desperdiciarlo, rechazando la vida eterna que Cristo nos ofrece. Se debe despertar incesantemente en el corazón humano el deseo de la vida y de la felicidad eterna…» Es preciso ayudar «a los creyentes y a los hombres de nuestro tiempo a dilatar su corazón a una vida sin confines» (Juan Pablo II  Aud gen 10.12.1997). Es importante comer con la familia y de vez en cuando con los amigos.

 Esto se lo puedo ofrecer a Jesús: un corazón dilatado a una vida sin confines, que en la aparente trivialidad de un comer juntos, vea un trasunto del banquete de las bodas de Dios con la humanidad, un momento que se integra en lo eterno porque participa de la eternidad del Verbo en quien, de quien y por quien yo vivo. La celebración del Misterio Pascual será el centro y culmen al que se oriente todo el vivir y así todo estará centrado en Él, henchido de vibraciones de amor eterno. La Misa será el generador de la vida sobrenatural que me permitirá dar sentido divino a todo lo humano. Y es lógico que esta semana, la Semana Santa sea a su vez el centro y el culmen de todo el año, tiempo eternizado gracias al Verbo y mi modesta correspondencia.- A.O.D

 

 

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Enviado por Arvo Net - 09/04/2017 ir arriba

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