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EL ROSARIO DE MARÍA VIRGEN (Benedicto XVI, Juan Pablo II, A. Orozco)

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 Comentarios teológicos a los misterios
que se contemplan en el Santo Rosario de María Virgen

[Ver en Arvo.net:  VIRGEN MARÍA>SANTO ROSARIO]

 


PRIMER MISTERIO DE GOZO

El Ángel del Señor anuncia a María el misterio de la Encarnación del Verbo

Un texto del papa Benedicto XVI y otro de su predecesor S.S. Juan Pablo II, nos permiten asomarnos a la hondura de este misterio, inicio de los  veinte que se contemplan en el Santo Rosario.

BENEDICTO XVI, ÁNGELUS, 25 de marzo de 2007

 La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto —nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María—, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su "sí" al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como "nueva y eterna alianza".

En realidad, el "sí" de María es el reflejo perfecto del de Cristo mismo cuando entró en el mundo, como escribe la carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39:  "He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre, y así, gracias al encuentro de estos dos "sí", Dios pudo asumir un rostro de hombre. Por eso la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación.

"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". La respuesta de María al ángel se prolonga en la Iglesia, llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. De este modo, el "sí" de Jesús y de María se renueva en el "sí" de los santos…

JUAN PABLO II, AUDIENCIA GENERAL, 23 de marzo de 1983

la Encarnación, en efecto, es el comienzo de la Redención, y en ambos misterios el protagonista es uno solo, es el mismo (unus idemque), es decir, "Cristo según la carne, que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos" (Rom 9, 5).

2. Jesucristo —conviene ponerlo de relieve— es el protagonista, es siempre el único y verdadero protagonista en toda la obra de la Redención humana. Él lo es desde el primer momento, que es precisamente el de la Encarnación, puesto que, inmediatamente después del anuncio que trajo el Ángel a María Santísima y, a consecuencia de la adhesión que Ella dio al mismo anuncio, "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14).

La Encarnación, pues, es primicia de la Redención: el Verbo encarnado ya está dispuesto para la obra. Efectivamente, Él, al entrar en el mundo, puede decir con toda verdad a Dios Padre: "No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo... Entonces yo dije: Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad" (Heb 10, 5-7; cf. Sal 39, 7-9). Y lo mismo que puede nacer verdadero hombre en Belén. así también puede morir verdadero hombre en el Calvario. La Redención del Señor está preparada por la Anunciación del Señor.

Allá en la tierra de Galilea, dentro de la humilde casa de Nazaret, junto al Arcángel Gabriel que trae el anuncio (sujeto) y junto a María que recibe el anuncio (término), está Él a quien hay que entrever con los ojos atentos de la fe: Él es precisamente el contenido del anuncio (objeto). Nosotros invocaremos, pues, y bendeciremos al Ángel de la Anunciación. Invocaremos en particular, y bendeciremos a María, llamándola y venerándola con el hermoso apelativo de la "Anunciata", tan entrañable a la piedad popular; pero en el centro de estos dos personajes, como huésped augustísimo ya presente y operante, deberemos percibir siempre, invocar, bendecir, más aún, adorar al anunciado Hijo de Dios. "No temas, María... Concebirás y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo..." (Lc 1 30-31). Esto es, en síntesis, en la sobria sencillez del lenguaje evangélico, el anuncio: concepción y parto virginal del Hijo mismo de Dios.

Este anuncio, traído primariamente por el Ángel a la Virgen María, es comunicado luego a su esposo José (cf. Mt 1, 20-21) y transmitido también a los pastores y a los magos (cf. Lc 2, 10-11; Mt 2, 2 ss): el que es anunciado o está para nacer, o ha nacido hace poco, es el "Salvador", y precisamente de acuerdo con lo que su nombre significa, "porque salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21).

Por lo tanto, el mismo anuncio, en la perspectiva teológica de la salvación, está dirigido a toda la humanidad, a lo largo de todo el curso de los siglos, como anuncio de inefable gozo, donde se concentra y se realiza a la letra la "bondad" del mismo Evangelio ( = buen anuncio).

3. El misterio de la Anunciación ha llamado siempre la atención de los artistas y ha inspirado frecuentemente páginas célebres. Es sugestiva —me limito a este solo caso— la tabla del Beato Angélico que reproduce el arcano encuentro entre Gabriel y María. Parece como que el cielo y la tierra están en espera de esta respuesta en la sublimidad inenarrable de una comunicación trascendente. Y, sin embargo, allí no está visiblemente Jesús: está, sí, su Espíritu, que va a realizar el gran milagro fecundando el seno virginal de María; está, sí, la potencia del Altísimo, para la que nada es imposible (cf. Lc 1, 35-37). Pero Jesús, al menos en el plano de las apariencias no está todavía. Se diría que, lo mismo que el cielo y la tierra esperan la respuesta de María, así también el Verbo la espera oculta y trémulamente para realizar enseguida el eterno designio del Padre.

De este modo, el esperado mismo, Aquel a quien la Ley y los Profetas habían presentado como "el esperado de las gentes" (cf. Gén 49, 10; Is 9, 5; Jn 1, 45), está en espera: de Él hablan ya los dos augustos interlocutores, y apenas venga la respuesta, esto es, cuando resuene el fiat en los labios de la Virgen, vendrá inmediatamente Él mismo.

4. Misterio grande, hermanos queridísimos, misterio sublime es el de la Encarnación, cuya comprensión no alcanza ciertamente la debilidad de nuestra mente, incapaz como es de entender las razones de la actuación de Dios.

En él debemos ver siempre, en posición de evidencia primaria, a Jesucristo, como al Hijo de Dios que se encarna, y junto a Él a Ella que coopera en la Encarnación dándole con amor de Madre su misma carne. La Anunciación del Señor, de este modo, nada quita a la función y al mérito de María, que precisamente por su maternidad será bendita por los siglos juntamente con su Hijo divino.

Pero debemos contemplar siempre este mismo misterio no ya separado, sino más bien coordinado y unido con todos los varios misterios de la vida oculta y pública de Jesús, hasta el otro y sublime misterio de la Redención. De Nazaret al Calvario hay, en efecto, una línea de ordenado desarrollo, en la continuidad de un indiviso e indivisible designio de amor. Por esto, en el Calvario volveremos a encontrar también a María, que allí se afirma precisamente como Madre, vigilando y orando junto a la cruz del Hijo que muere, y al mismo tiempo, como "socia", esto es, como colaboradora de su obra salvífica, "sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente" 

Ver en Arvo.net:  VIRGEN MARÍA>SANTO ROSARIO

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