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EL PORVENIR DE LA UNIVERSIDAD (Alejandro Llano)

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 El porvenir de la Universidad

Sus ideales han comenzado a dejar de valorarse.

Alejandro Llano
Gaceta.es

De la universidad como institución se pudo decir, siguiendo a Gilson, que “entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix”. A lo largo de sus ocho siglos de existencia, la universidad ha sobrevivido a ataques capaces de reducirla a escombros. Lo grave de su actual crisis consiste en que, dentro de ella misma, sus propios ideales han comenzado a dejar de valorarse. El martilleo del pragmatismo y la superficialidad, característicos de esta “era del vacío”,  ya afecta a los tímpanos de quienes habitan la fortaleza largo tiempo asediada.

 ¿Quién cree hoy entre nosotros en el saber por el saber? Que no son muchos los creyentes —y menos los practicantes— se aprecia, no sólo en la marginación de las humanidades, sino también en la general huida de las carreras teóricas de ciencias: Matemáticas y Físicas, sin ir más lejos. El dogma de la “empleabilidad” (¡horrible palabra!) se impone a la hora de diseñar grados inverosímiles y de nulo valor formativo. En cambio, las carreras acrisoladas durante siglos, a las que se debe gran parte de los más rompedores avances contemporáneos, se consideran erróneamente como decorativas. El furor entusiasta con el que se pretende imitar a las universidades anglosajonas, pasa por alto el secreto de su éxito. Cualquiera de las grandes instituciones internacionales de enseñanza superior dedica lo mejor de sus energías al cultivo de las lenguas clásicas, y a la investigación y transmisión de la ciencia más ininteligible para un ejecutivo convencional.

 Desde el interior de la universidad, se ha acogido con la habitual resignación y docilidad el bajón presupuestario en enseñanza y, muy señaladamente, en investigación. ¿Qué se hizo de la renovación de nuestra economía, la cual se iba a orientar hacia la sociedad del conocimiento? Los profesores universitarios no pueden mantener el tipo ante los políticos si también ellos descreen del valor que tiene el saber en sí mismo, antes y aparte de su eventual aplicación. El actual ministro de Educación ha concedido recientemente entrevistas en las que hace insólitos quiebros para no reconocer la grave depreciación oficial de los estudios superiores y de la alta investigación. ¿Qué hacer entonces?

 Una dirección es aquella hacia la que sopla el viento y otra aquella hacia la que navega el barco. Si la suerte de la universidad dependiera de los cambiantes y oportunistas presupuestos, no habría mucho que hacer. Pero, afortunadamente, la realidad es distinta. El porvenir de la universidad está en función de los propios universitarios: de su amor al saber, de su libertad insobornable, de su capacidad de trabajo, de la inteligencia que aplican a la organización de sus tareas. El futuro de la universidad se encuentra en la misma universidad. Y esto no es una tautología, precisamente porque la academia no es un ámbito productivo ni comercial: es el espacio de la creatividad y del crecimiento intelectual, que no tienen límite ni están condicionados por los recursos materiales.

 Los universitarios sólo merecerán el respeto y aliento de la sociedad si están verdaderamente convencidos de la dignidad de lo que hacen. Si se limitan a rogar que se les perdone la vida, no tardarán en ser sometidos y, más pronto que tarde, en ser considerados irrelevantes. Nadie lo va a hacer por ellos, mejor que ellos, si ellos no lo hacen.

 La España actual necesita perentoriamente que alguien promueva los valores sustantivos de tipo cognoscitivo y ético. Y la universidad está obligada a hacerse cargo de estos decisivos intangibles. La condición imprescindible reside en su propia capacidad de regeneración. Los académicos maduros pueden aportar su experiencia y su solidez intelectual. Pero son las nuevas —y numerosas— promociones de profesores más jóvenes las que han de distanciarse del narcisismo legalista y de la autorreferencialidad gremial, para lanzar proyectos realmente innovadores. Sin olvidar que la universidad imprime carácter y, por lo tanto, que cuantos han pasado por ella siguen siendo universitarios y deben velar por la vitalidad de la institución en la que cual crecieron.

Alejandro Llano es catedrático de Metafísica.

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14/10/2009 ir arriba

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