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EL DILEMA DE LOS INDIGNADOS (Francisco de Borja Santamaría)

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 El dilema de los indignados

Francisco de Borja Santamaría

Arvo.net, 20.10.2011

       El movimiento del 15-M ha alcanzado una asombrosa proyección internacional –global, habría que decir quizá- con las manifestaciones celebradas a los cinco meses de su nacimiento, el 15-O. La indignación fluye por el mundo, especialmente por Occidente, porque la primavera árabe es otro asunto.

Como es sabido, la diana a la que apuntan los indignados son fundamentalmente los bancos y la clase política (en alguna medida también los medios de comunicación), que son considerados los responsables de un sistema socialmente injusto y políticamente incompetente. A ellos se les atribuye la principal responsabilidad de una crisis económica sin parangón, que azota con especial fuerza a los más débiles, con el sangrante contrapunto de ganancias millonarias para los principales responsables del descalabro que se sufre. Al capitalismo financiero se le atribuye la injusticia que reina en el mundo y a la clase política se le achaca tanto su incapacidad para embridar la voracidad de una economía globalizada y sin reglas, como un lamentable ensimismamiento que le aleja de los problemas reales de los ciudadanos mientras gasta sus energías en estériles luchas intestinas.

En mi opinión, el mayor interés del 15-M, de “Democracia Real Ya”, “Ocupa Wall Street” y de otras versiones de la indignación popular reside en hacer aflorar un vivo sentimiento de injusticia ante la organización de la actividad económica y un grave problema de representación en los países en que supuestamente gozamos de una organización política aceptable en cuanto a sus ideales de justicia y de participación democrática.

La cuestión es que salir a la calle no es, por sí sólo, una solución a los problemas, aunque puede ser una manera muy adecuada de comenzar a abordarlos. Pero si el déficit de representación que aqueja a las instituciones políticas es grande, el de los indignados es todavía mayor. El movimiento de los indignados ha de institucionalizar el ejercicio del liderazgo y de la representación, así como los mecanismos para la adopción de sus decisiones. Lo quiera o no, este movimiento ha de entendérselas con los cauces actualmente existentes de participación política y ha de asumir que antes o después ha de formar parte de los engranajes del poder, algo que quizá ponga nerviosos a algunos indignados, pero cuyo descuido equivaldría a instalarse en la utopía o, al menos, en la marginalidad.

El riesgo mayor que, a mi modo de ver, le acecha al movimiento de los indignados es el de transitar por la minoría de edad política. No me refiero con ello a la novedad o inexperiencia del movimiento, sino a la falta de realismo en su comprensión de la política, una actividad en la que lo deseable ha de entrar en diálogo con lo posible y en que la negociación –que siempre implica una disminución de las expectativas y pretensiones- se encuentra en su ADN.

Quizá la mayoría de los indignados no deseen “mancharse” con un sistema que consideran corrupto y no estén dispuestos a participar del “poder”. En ese caso, la indignación permanecería sólo como un sentimiento y, en el mejor de los casos, como una referencia ética, como una conciencia paralela al “sistema”. La cuestión es si un fenómeno de este tipo puede perdurar.

El dilema con el que se enfrentan, en mi opinión, los indignados es si apuestan por intentar transformar la política desde dentro o si deciden permanecer como una especie de conciencia ética, pero marginal. Entiendo que se trata de una disyuntiva difícil, porque o bien renuncian a algunas de sus pretensiones y a su actual esquema asambleario para articular sus propuestas con la política “convencional”; o bien se instalan en la marginalidad, con el riesgo de acabar desvaneciéndose.

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20/10/2011 ir arriba

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