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EL BIG BANG DE LAS OBJECIONES DE CONCIENCIA

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EL BIG BANG DE LAS OBJECIONES DE CONCIENCIA

 El derecho a la objeción de conciencia existe antes que la ley

 Rafael Navarro Valls  catedrático de Derecho Eclesiástico y académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, ha defendido en el I Congreso de Juristas Católicos organizado por la Asociación Católica de Propagandistas y la Fundación Universitaria San Pablo CEU, el derecho a la objeción de conciencia a partir del debate que en estos momentos tiene lugar en España. Afirmó que "se le ha metido en la cabeza a alguna sala de Tribunal Supremo que para que una objeción de conciencia sea efectiva es necesario que haya una ley que expresamente la reconozca".

 Recientemente, en entrevista realizada por Iñigo Salvoch en Diario de Navarra, Navarro Valls ha comentado:  Igual que los astrónomos saben que de un núcleo pequeño surgió una cascada de estrellas, también en el plano jurídico ha ocurrido que de una objeción de conciencia, que era la del servicio militar, se han ido desgajando en una gran explosión la objeción de conciencia al aborto, la fiscal, a no vestir de determinada formas, a contenidos educativos... es la manifestación de un drama que se va produciendo en el campo jurídico y en el fondo de las conciencias. Es el drama de una ley que te obliga a actuar y de una conciencia que se niega.

Continúa la entrevista:

 P. Pero no todas las objeciones son equiparables, ¿no?

 R. No son, desde luego, todas iguales. A la objeción de conciencia del aborto yo le llamo objeción de conciencia a la ilegalidad. Los médicos lo que hacen es ponerse a favor de la Constitución y, por tanto, no infringir la ley.

 P. ¿Y cómo le llama usted a la objeción de conciencia en Educación para la Ciudadanía?

 R. En lo que respecta a Educación para la Ciudadanía ése es un tema que EE UU ya ha resuelto cuando los tribunales han dado la razón al grupo Amish en el derecho de los padres sobre el deber del Estado a imponer determinados contenidos educativos. En España, sin embargo, el Tribunal Supremo ha dado una sentencia ambigua que no ha dejado contento a nadie. Ha obligado a los objetores a entrar en clase, también ha conculcado la libertad de cátedra y los editores no pueden hacer opinión sobre cuestiones controvertidas. Se ha creado tal lío que lo mejor hubiera sido que se hubiera incorporado la asignatura como una materia optativa. Ahora, una nueva sentencia en Zaragoza dice que el Supremo se equivoca y ampara de nuevo a los objetores.

 P. El otro día, a cuenta de la objeción de conciencia al aborto, la consejera de salud navarra decía que se debería regular la objeción por una ley básica (estatal). ¿Por qué no existe aún una Ley sobre objeción de conciencia?

 R. Yo creo que España, salvo Suecia, debe ser uno de los pocos países que no tiene una Ley de Objeción de Conciencia. No se ha visto necesario porque ha sido el propio Tribunal Constitucional el que ha puesto un manto protector sobre los objetores de conciencia creando un marco muy amplio donde se encuentran todos cómodos. Cualquier regulación que se haga desde el poder tenderá a limitar la objeción, lo cual probablemente será inconstitucional. Por eso, creo, los gobiernos no han entrado en este tema.

 P. ¿No es partidario entonces de que lo regule la legislación?

 R. El tema de la objeción de conciencia es algo cuya tutela corresponde más a los tribunales que al legislativo. El tribunal es el que mejor puede conocer la situación concreta, mientras que el legislador al imponer algo rígido encorseta la libertad.

 P. ¿Pero no nos condena esa falta de concreción legal al albur de lo que las sentencias de tribunales autonómicos y estatales van estableciendo, como en el caso de Educación para la Ciudadanía?

 R. La diferenciación de sentencias en los tribunales regionales es una consecuencia del sistema de pluralidad jurisdiccional en España. Es decir, los Tribunales Superiores de cada región tienen una autonomía. Ahora bien, quien unifica todo es el Tribunal Supremo. Y éste, en cuatro sentencias de hace unos meses ha protegido no a los objetores, sino al Gobierno y, como decía antes, eso está produciendo tensiones. Como siempre que se intenta yugular la objeción de conciencia.

 P. ¿Y quién lleva las de ganar?

 R. Con el tiempo la conciencia acaba ganando a la ley, es por lo menos lo que dicta la experiencia en cualquier democracia.

 

***

 

DERECHO SAGRADO A OBJETAR

Por su parte, Jon JUARISTI, escribía en ABC, 1 febrero 2009: «En Estados Unidos la libertad de conciencia y el derecho a objetar y disentir son sagrados. Está en la raíz de la gran revolución democrática americana del siglo XX (me refiero a la de Martin Luther King y el Movimiento por los Derechos Civiles), en la que Obama dice inspirarse.»

 El texto completo es el siguiente:

 «Vamos a ver si lo he entendido. ¿Prohíbe el Tribunal Supremo la objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía? Si así fuera, el Tribunal Supremo resultaría mucho más objetable que la asignatura mencionada. La objeción de conciencia pertenece a lo que en otros tiempos se llamaba fuero interno de la persona, algo en lo que no se metían los tribunales ni Tomás de Aquino, santo que tocaba cuando escribí este artículo, aunque no por ello deba achacársele la responsabilidad de haberlo inspirado (o quizá sí). La objeción de conciencia consiste en el desacuerdo, expreso o tácito, con una ley que repugna a las convicciones o principios éticos o religiosos del sujeto. Generalmente, la objeción de conciencia suele llevar aparejada la voluntad de no acatar la ley en cuestión. La puesta en práctica de tal voluntad, el paso al acto, se llama desobediencia civil, sobre lo que escribió páginas muy sensatas Henry David Thoreau, un anarquista. Thoreau, como se recordará, afirmaba que el Estado no puede enfrentarse a la razón moral o intelectual de un individuo, sino sólo a su cuerpo, porque el Estado es físicamente más fuerte que cualquier ciudadano, pero no superior en inteligencia ni en moralidad (de ahí que, como educador moral, el Estado tenga la misma legitimidad que un burdel).

 Thoreau era de izquierdas, pero de una izquierda que por aquí no se lleva. Como no le iba el gregarismo, jamás se propuso crear un partido, sindicato ni cosa parecida. Tampoco pretendía destruir violentamente el Estado. Recomendaba irse al bosque y vivir lo más lejos posible del control estatal de los cuerpos y del control visual de cualquier vecino. En el caso de no poder hacerlo, la única salida decente estaría en la desobediencia civil, porque no hay mejor lugar que la cárcel bajo un Estado inicuo. Thoreau escribió su ensayo sobre la desobediencia civil en 1849, y el Estado que denostaba era el de los Estados Unidos. A Thoreau le parecían suficientes pruebas de la maldad de dicho Estado la guerra contra Méjico y el mantenimiento de la esclavitud de los negros, pero no le metieron en la cárcel por pensar de este modo ni por publicar lo que pensaba. En los Estados Unidos la libertad de conciencia y el derecho a objetar y disentir son sagrados. Lo encarcelaron por desobedecer a las leyes. Thoreau sabía, por otra parte, que el precio de la desobediencia civil suele ser la cárcel y estaba dispuesto a pagarlo. Como anarquista, exageró quizá la perversidad del Estado, pero está en la raíz de la gran revolución democrática americana del siglo XX (me refiero a la de Martin Luther King y el Movimiento por los Derechos Civiles), en la que Obama dice inspirarse.

 La prohibición de la objeción de conciencia por parte del Tribunal Supremo sería un crimen. La de la desobediencia civil, una estupidez, porque, por definición, la desobediencia civil está siempre prohibida. Pero el problema no es el Tribunal Supremo, que se ha limitado a sancionar con una lamentable sentencia la obligatoriedad de una asignatura, sino los que aplauden el supuesto avasallamiento jurídico de la objeción de conciencia. Que sean los mismos que propugnan la Educación para la Ciudadanía no tiene nada de extraño. Tal materia es un instrumento para la nivelación totalitaria y, a partir de ahora, como ha quedado claro, incluirá la condena de la objeción de conciencia, lo que es infinitamente más grave que la incitación a la sodomía escolar.

 Queda a discreción de los movimientos que se han opuesto a dicha asignatura, cuando se agoten las pocas vías jurídicas que les dejan, emprender o no campañas de desobediencia civil. Thoreau lo habría aconsejado sin esperar a que tomara la iniciativa organización alguna, porque habría intuido en los jubilosos titulares de algunos periódicos de gran tirada, el jueves pasado, una amenaza inminente para la libertad. Pero no estamos en los Estados Unidos, una nación creada por objetores de conciencia, sino en un país de progresismo pecuario al que terminarán rebautizando como Cabrera o cosa parecida.

 

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Enviado por ABC - 26/11/2009 ir arriba

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