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EL BAUTISMO DE DEL SEÑOR EN EL JORDÁN (Antonio Orozco )

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EL BAUTISMO DEL SEÑOR EN EL JORDÁN

Antonio Orozco

Arvo.net, 8.01.2011
 

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: -«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. » Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: - «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». (Mateo 3,13-17).

 

Dios Hijo «se vacía»

 

Jesús está en medio de una muchedumbre pero no le conocen. No ha hecho todavía nada que llame la atención, ningún milagro, ninguna palabra más alta que la otra. Pasa por uno de tantos y así se acerca al bautismo de Juan. El Emmanuel –Dios con nosotros- solicita aquel rito que no era un sacramento, destinado a los pecadores (CEC 1224), como un pecador más. Allí no se recibe otra cosa que un bautismo de penitencia ¿Por qué hace esto el Santísimo? Para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15).

 

¿Esto es «justicia»?

 

Sí, es una justicia nueva, insospechada. La justicia de la Nueva Alianza entre Dios y los hombres consiste básicamente en que el Justo paga por los pecadores, los injustos con Dios y con el prójimo. El gesto de Jesús en el Jordán es una manifestación de su "anonadamiento" (kénosis) (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende ahora sobre Cristo, como preludio de la nueva creación. Y el Padre señala a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17). (cfr. CEC 1224). Debe cumplirse «toda justicia», es decir, todos los detalles que el Padre ha dispuesto para que la obra de la Redención se cumpla del modo más hondo y exhaustivo, aunque pudiera haberse hecho de otra manera. Jesús respeta y ama la libertad de su Padre, sapientísima y amorosísima, aunque Juan no la comprenda.

Por eso, cuando Juan Pablo II sugiere la contemplación del Bautismo de Jesús en el Jordán como primer misterio luminoso del santo Rosario, se refiere a la asombrosa expresión de san Pablo a los de Corinto: (Dios) lo hizo (a Cristo) por nosotros, pecado: «Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace "pecado" por nosotros (2 Co 5, 21), entra en el agua del río...». Es evidente que el sentido del texto no puede ser que Jesús haya cometido pecado alguno, ni el más leve, puesto que es Persona divina, la Segunda de la Trinidad. Los actos han de atribuirse a los sujetos. Los actos del hombre Cristo son humanos, pero quien los realiza es Dios. Por tanto son «teándricos». Por eso la Iglesia entiende que cuando Jesús nace es Dios quien nace y cuando Jesús llora o ríe es Dios quién llora o ríe. Si Jesús pecara de algún modo, sería Dios quien pecaría, lo cual es en absoluto imposible y afirmarlo resulta blasfemo (hay versiones literarias y cinematográficas que lo son). San Pablo dice que Dios Padre «lo hizo pecado» (sustantivo). Con otras palabras –según el ritual de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento- «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado».

Ante la ofensa que el hombre hace a su Creador y Padre, Dios establece que se cumpla toda justicia. Y –esto lo más asombroso- al modo de la misericordia infinita. No toma a un ser humano cualquiera como «chivo expiatorio», sino que envía al Hijo de sus divinas entrañas, Dios Hijo. Éste carga con los pecados de toda la humanidad para expiarlos con su vida, pasión y muerte. Es el colmo de la humildad, del «vaciamiento» (kénosis) de cualquier destello de la divinidad e incluso, más tarde, en el bautismo de sangre, de cualquier signo de dignidad humana. Para redimir la soberbia locura humana, elige el ofrecimiento de la humildad más profunda. Jesús es el manso y humilde de corazón, verdadero hombre, pero no mero hombre, Dios verdadero que pasa por el pecador más abyecto en la cruz. «Pues lo que era imposible para la Ley al estar debilitada a causa de la carne, lo hizo Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora y por causa del pecado condenó al pecado en la carne» (Rom 8 3-4)

 

 

¿Era necesaria tanta humillación y el sufrimiento de la vida de Jesús, su pasión y muerte para expiar el pecado del hombre?

 

Algunos piensan que es una crueldad que Dios Padre «castigue» a su Hijo-Dios de esta manera y permita el sufrimiento del hombre. Tal actitud, ¿no revela una gravísima impiedad con Dios, una insensibilidad de piel elefantiásica? ¿Quién es cruel, Dios que salva o el hombre que niega el amor de Dios, le vuelve la espalda, le odia y odia a sus hermanos? ¿No van las gentes quejándose constantemente de las crueldades, de los genocidios, de los crímenes sin cuento de la humanidad despiadada? ¿No están llenas de lamentos las páginas de los periódicos y de todos los medios, por las crueldades, las injusticias constantes del género humano? Hace dos mil años que Dios Padre entrega a su Hijo a la Humanidad, para decirles "He aquí al hombre". Ved lo que hacéis con mi Hijo, el Justo, el Amado, cuando viene a darlos luz, vida, amor infinitos, hasta la última gota de su sangre.

Sí, el Padre hizo al Hijo encarnado, pecado por nosotros. No fue por castigo, sino por incomprensible amor misericordioso. En el Hijo se da a Sí mismo. ¿O no se entrega a sí mismo un padre que entrega a su hijo más querido para salvar a los demás hijos? ¿No es esto la prueba del amor supremo por los hijos? ¿Es tan difícil de entender? ¿Preferiríamos que Dios hiciera la vista gorda y realizara el imposible milagro de convertirnos a todos en buenos y santos del cielo y de la tierra contra nuestra voluntad? Dios nos ha creado libres y se toma en serio nuestra libertad.

 

Es curioso que incluso en personas con cierta fe en Dios, se pregunten: ¿dónde estaba Dios cuando la tragedia del 11-M, o del 11-S? Yo me pregunto más bien: ¿Donde estaban, dónde están los terroristas? ¿Dónde, los que causaron aquellas hecatombes? Somos dados a proyectar en Dios el mal que anida en el corazón del hombre, contra el Corazón de Dios y de nuestros semejantes. Nos preguntamos: ¿por qué Dios permite la violencia? Y no nos preguntamos: ¿por qué somos violentos? ¿Puede tener algo que ver la violencia con el alejamiento de Dios o del Dios verdadero?

 

En el Jordán se pone de manifiesto, al tiempo que el Cielo se abre, el Amor eterno del Padre al Hijo de sus entrañas divinas. Y, en el Hijo, a todos los hombres por los que éste dará su vida. El Justo por los injustos. Los Inocentes que Herodes pasó a cuchillo no habrán hecho más que adelantarse a todos en la incorporación al Hijo para gozar de la dicha eterna. Bajo coste para tan alto premio.

 

A la vera del Jordán, Juan señalará con el dedo a Jesús, diciendo: «Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Los exegetas estudian la posibilidad de que el sentido de las palabras del Bautista, a la luz de los textos del Antiguo Testamento, bien pudieran traducirse por «Este es el cordero de Dios que carga con los pecados del mundo». Y ciertamente, los quita, cargando con ellos, expiando en su alma, en su carne y en su sangre el pecado de la humanidad en medida que ningún otro mortal podía hacer. Es preciso saber que el pecado es siempre una negación práctica del Amor infinito y por eso supera siempre infinitamente al hombre finito que lo comete. La autorredención es imposible. Por eso el Verbo se ha hecho carne, para sufrir en su carne la medida de la expiación –amor, contrición, penitencia- que ningún otro ser humano puede realizar. En esa medida, que nosotros jamás hubiéramos podido alcanzar, nos sustituye, solidarizado hasta la identificación espiritual, mística, con todos los pecadores que han sido, son y serán. Su amor no tiene medida; su entrega es total. Él es el Redentor del mundo. Sólo Él puede cargar con todo el pecado, con cada pecado del hombre y, por eso, quitarlo. Para liberarnos de nuestros pecados, el único camino es la correspondiente incorporación a Cristo, la identificación con Él en la humildad y el sacrificio. Haciendo lo que está de nuestra parte, porque la sustitución no es suplantación. Él colmará con creces la medida necesaria para la absolución y, además, nos conseguirá la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Él es el Hijo Unigénito del Padre.

 

Nadie lo sabía, porque había mantenido hasta ahora lo que podríamos llamar «el principio de asimilación» o «la lógica de la Encarnación»: identificación con la existencia humana, sin trampa ni cartón, sin aprovecharse de su omnipotencia divina, sin guardarse ninguna ventaja mientras recorre el camino de su vida terrena, con la más humilde normalidad. No ha hecho nada extraordinario. Incluso hace un momento se ha puesto entre los que se bautizan en el río sagrado.

 

Epifanía mesiánica y trinitaria

 

Pero va a comenzar la proclamación del Evangelio - la Gran Noticia de la liberación de los pecados del mundo junto a la llamada universal a la santidad: todos podremos ser santos, libres de las ataduras del pecado, del demonio y de la muerte, con la libertad de los verdaderamente hijos y, en consecuencia herederos de la eterna gloria.

 

Jesús bautizado emerge de las aguas del Jordán, permanece recogido en oración, y entonces «se abre el cielo», se hace una luz increíble, procedente de la «luz inaccesible» en la que habita el Padre. Y se oye su voz: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco». Nunca se ha oído una música igual en el mundo, ni se oirá (sólo en el Tabor, cuarto misterio de luz). Por eso es preciso guardar esas palabras únicas como el tesoro más preciado, tanto en su música –toda palabra es música y el pensamiento también- como en su letra. Nunca se ha oído a un padre, a una madre, a unos abuelos, pronunciar palabras tan cargadas de ternura. «Este es mi Hijo, el Bien-Amado, en quien encuentro mis delicias». Este Hijo es la completa felicidad del Padre. Este Hijo ha sido -¡es!- engendrado en el seno eterno del Padre: «Hoy te he engendrado yo» (Lc, 3, 22; Sal 2), dice la voz, significando el hoy eterno, sin comienzo ni término. El Amor infinito habla de su Bien Infinito, infinitamente amado. ¿Cómo no conmoverse? ¿Cómo no «en-amorarse» de este Hijo unigénito del Padre? 

  

Por Él, con Él y en Él

 

¿Cómo resonaron en el corazón de la Madre de Jesús, al saberlo, las palabras del Padre Dios? ¿No se las había dicho Ella a sí misma muchas veces?: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien encuentro mi felicidad, mi alegría... No hay otro amor para mí..., a no ser por Él, con Él, en Él». Este es precisamente el modo que han de alcanzar nuestros amores buenos. Todo lo que no sea «por Él, con Él, en Él» se distancia del modo divino y del modo mariano, de la verdad de Dios Uno y Trino y de la verdad de la criatura inteligente. «Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1, 3). Por Él han sido hechas todas las cosas que ha hecho el Padre celestial, es decir, todas las cosas. Y al estar llamados a ser «perfectos como el Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), es preciso asemejarnos todo lo posible. Y lo primero es hacerlo todo por el Hijo, para su gloria, con Él y en Él. Y como Él, que «todo lo hizo bien».

En ocasiones parece que los amores humanos -limpios y santos-, se tambalean, se cuartean, corren el riesgo de frustrarse. Es la hora de mirar el rostro de Cristo y escuchar las palabras del Padre y concluir: amo por Él, con Él, en Él. Así se alcanza la raíz y fuente de todo amor y - por Él, con Él, en Él - se salvan todos los amores buenos.

Es probable que nuestra mente y nuestro corazón se encuentren lejos de ese orden perfecto del amor y de la felicidad. Quizá, en la práctica, solemos hacer las cosas «por mí, para mí y conmigo». Parece imposible desprenderse del yo y alcanzar en todo y siempre aquel amor específico y necesario del cristiano. ¿Cómo avanzar, cómo acercarnos a la cumbre?

  

El Espíritu Santo

 

Junto a la voz que sintetiza la reciedumbre y la ternura del Padre, sucede otro misterio de luz: desciende el Espíritu Santo en forma de paloma, indicando reconciliación gozosa y paz inmensa: es la Persona-Don o Amor en persona. hacedora del prodigio de la Encarnación del Verbo, de la alegría de Juan cuando aún se hallaba en el seno de su madre, porque María –portadora del Espíritu- había entrado en su casa y saludado a Isabel.

Ya tenemos ante nuestros sentidos, en nuestra imaginación, las tres Personas de la Trinidad. Se puede subir sin esfuerzos jadeantes la escalera que sube al Padre. Tenemos dos alas para volar, dos brazos para abrazar: el Hijo y el Espíritu. Lo tenemos todo.

La mejor manera de conocer es «en Cristo»; la mejor manera de amar es «en Cristo». Luego, es preciso conocer y amar a Cristo ante todo y sobre todo, para superar la mediocridad, el crepúsculo, la indiferencia, la medida mezquina del amor. ¿Cómo? Tratándole de tú a Tú, conviviendo con María, contemplando con Ella el rostro de Cristo, dejándose llevar por el Espíritu, que clama dentro de nosotros, como Jesús: Abbá!, Padre mío...!.

  

Conclusión

 

Ante la epifanía trinitaria y la revelación del Amado –Cordero de Dios que carga y quita los pecados del mundo, hermoseándolo todo-, es natural rezar con María como el Espíritu inspire:  -Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo... Y gloria a ti, Santa María. -Dios te salve, Llena de Gracia, muéstranos al Jesús del Jordán. Que yo comprenda que en las aguas del Bautismo renací por Él, con Él y en Él; que fui santificado del todo para que mi santidad vaya in crescendo, sin límite. Creciendo en la fe, en la esperanza y en el amor. Que yo comprenda que el compromiso bautismal se llama santidad, unión con Dios a toda hora, en medio de todas mis actividades, con una vida coherente. - «Dame, Señor, el amor con que quieres que te ame» (Forja, n. 270). Desde ahora, «te seguiré adonde quiera que vayas». (Mt 8, 19) -Tú eres el Amor hecho verdadero hombre, Tú eres la Alegría, el Camino, el Descanso, la Verdad, la Vida. -«Quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo..., como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle.» (Forja 1008) [...] "Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso" -¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor! [...] (Forja 541). «Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos» (Es Cristo que pasa, 90). En fin, «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado» (Cant 2, 16). «Perseverar es persistir en el amor, "per Ipsum et cum Ipso et in Ipso...", que realmente podemos interpretar también así: ¡El!, conmigo, por mí y en mí.» (Surco 366)

 

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P.D. No dejen de leer los documentos de Benedicto XVI sobre el Bautismo del Señor (Vatican.va, zenit.org, etc) 

 

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