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DIOS EN EL MUNDO DE LOS SÍMBOLOS
Autor: José Miguel Odero
Fuente: Arvo.net 2005
El siglo XX contempló un interés intelectual inusitado en el mundo de los signos, los símbolos, las señales y los sistemas de codificación donde todos estos elementos se integran.
Así surgieron la Lingüística general, la Semántica y la Semiología. El impulso académico de estas nuevas disciplinas científicas fue espectacular.
El manicomio de los signos
Sin embargo, el espíritu escéptico y relativista de la cultura occidental en este período permeó considerablemente la metodología de estas investigaciones y, en fin, propagó en el ámbito de la divulgación científica unos nuevos tópicos marcadamente reduccionistas. El estructuralismo, el postmodernismo y el deconstructivismo llegaron hasta poner en solfa de modo radical que las ideas, los palabras y cualquier tipo de signos tuvieran el sentido que las personas les atribuyen en la vida cotidiana.
En la vida social este clima de relativismo condujo a un vivo desprecio de “los signos convencionales”. Las nuevas generaciones rechazaban el lenguaje de las anteriores y forjaban diversas jergas propias: la de los rockeros, la de los hippies, la de la movida, el cheli, la de los pasotas o la de los yonkies…
Aunque el efecto más preocupante de la revolución lingüística fue la incapacidad de muchos jóvenes para interesarse, entender y disfrutar el arte de hablar en público. Lecciones magistrales preparadas por buenos especialistas en una materia y dotados de facilidad de palabra sonaban a mucha gente joven igual que un mal discurso político: todo eran rollos…
Desde comienzos de 1960 se elevaron voces cargadas de razones previniendo sobre una disminución preocupante entre los estudiantes, cada vez menos capacitados para la comprensión del lenguaje ordinario, tanto en su forma oral como escrita.
Otros signos, de menor calado que el lenguaje y la palabra, eran rechazados más radicalmente; un campo de batalla fueron las normas de vestir.
Es obvio que las formas de vestir varían con frecuencia de acuerdo con las modas. Ya nadie piensa que el sombrero es una prenda necesaria para salir a la calle; y la tradicional expresión “El que lleva los pantalones en esta casa” ha pasado a ser un anacronismo. Pero estos y otros muchos ejemplos son anécdotas que ilustran el peso de la moda y de su volubilidad: un fenómeno inevitable, como bien lo documenta la Historia social.
Neocinismos
Pero en las últimas décadas del siglo XX el repudio de las normas de vestir no consistía en adoptar nuevas modas. Por el contrario, se trataba de dar la espalda al llamado mundo de la moda, un fenómeno comercial y convencional. Lo importante era cambiar el sentido mismo del vestido y del vestirse. Por ejemplo, en lugar de ver en las prendas de ropa un complemento razonable al cuerpo humano, en ocasiones se las interpretó como formas de fetichismo sexual. Vestirse para “dejar al descubierto” o el estilo “unisex” no han sido solamente modas, sino expresiones provocativas, estrechamente ligadas al rechazo de algunas normas éticas de conducta.
Igualmente dejaron de existir de repente lo que se denominaban “normas de educación” o de urbanidad. Costumbres como acoger amablemente a personas conocidas, tratar con respeto y paciencia a los ancianos o andar por la calle sin arrollar a otros transeúntes eran consideradas como formalismos hipócritas y fueron sustituidas por un neocinismo.
Los antiguos filósofos cínicos invitaban a los hombres a vivir según su animalidad, a dejarse llevar por los sus impulsos (sin detenerse a considerar que algunos pudieran ser degradantes), a desenvolverse tan espontánea y desvergonzadamente “como los perros” (kynikos) lo hacen en la calle. Los cínicos opinaban que era perjudicial contener o encauzar cualquier tipo de necesidad física, aunque ello pudiera ser repugnante para otros que se encuentran cerca.
El neocinismo se manifestó en ponerse mil días seguidos los mismos tejanos sucios y en disfrutar enristrando los “tacos” más soeces, dignificados como expresiones espontáneas de los propios estados de ánimo. También cristalizó en un tuteo indiscriminado (racionalizado a veces como signo de la igualdad humana y de la sociedad sin clases). En ocasiones el buen deseo de rehuir la hipocresía cuajó, sin embargo, en una mayor deshumanización del vivir. Bastantes años antes Antonio Machado había advertido que es perjudicial desechar por principio la contención: “Uno de los signos que más acusan un cambio de clima espiritual es la constante degradación de lo cómico y su concomitante embrutecimiento de la risa. La verdad es que nunca ha habido en el mundo, como hay en nuestros días, tantas gentes que parezcan rebuznar cuando ríen” (Juan de Mairena).
En realidad, quien se detenga a analizar estas y otras muchas manifestaciones de la rebeldía contra “los signos establecidos”, caerá en la cuenta de que el proceso conllevó la consagración de nuevos signos, que sociológicamente eran tan convencionales como los anteriores; porque los nuevos revolucionarios actuaban en grupo y sólo en el calor de su grupo encontraban impulso para nuevos experimentos vitales.
Todo ello confirma que el hombre es un animal simbólico: los signos y los símbolos nos resultan tan necesarios como el aire que respiramos.
Hoy, quien se viste para salir de copas o para una fiesta, sabe cuáles son los límites en que deben moverse sus elecciones, para que en el ambiente de sus amistades uno o una puede ser considerado normal y aceptable. Quien se sienta inseguro quizá busque su toque individual dentro de esos límites, algo vistoso para realzar una personalidad que corre el peligro de pasar inadvertida; pero todo se desarrolla dentro de límites bastante netos.
Los signos y la religiosidad
Desde sus orígenes paleolíticos la creación artística de formas mediante la pintura o la escultura, así como la edificación (pensemos, por ejemplo, en los monumentos megalíticos) ha sido un proceso de creación de signos. Hoy, milenios más tarde, resulta difícil determinar el significado preciso de esos signos, pero la mayor parte de los estudiosos coinciden en que tenían a menudo un sentido religioso.
Se denomina símbolo a alguna cosa material, sensible y perceptible, que gracias a alguna convención social nos lleva a representarnos otra realidad distinta. Por ejemplo, en la actual sociedad urbana, el color rojo de los semáforos o de otras señales viales significa no circular, o bien circular con alguna precaución.
Los símbolos son signos artificiales cuyo significado es advertido por un grupo de personas, que comparten unas enseñanzas, una tradición.
En las relaciones del hombre con Dios, que es Espíritu invisible, y en las conversaciones de las personas sobre Dios, los símbolos son inevitables. La misma palabra Dios es un símbolo. Más tarde o más temprano alguien tiene que enseñarnos qué se entiende por Dios, cuál es el significado de ese término.
Dios es el Creador de todo lo visible, pero entre las realidades creadas hay algunas que resultan más aptas para simbolizarlo. En la Biblia observamos cómo Dios mismo escoge algunas de esas realidades privilegiadas: la roca y el monte simbolizan a un Dios que es fiel a sus Promesas de salvación; el arroyo o manantial (“agua viva”) representan a Dios como fuente de la vitalidad, como Aquel que nos da vida eterna; el firmamento y sus astros luminosos simbolizan la trascendencia de Dios, que Él es la fuente de la verdad capaz de guiar nuestro camino. El hombre, capaz de comprender y amar, es el ser visible más significativo de Dios, su símbolo más adecuado.
Y, cuando el Verbo de Dios se hizo hombre para habitar entre nosotros, Jesucristo se convirtió así por antonomasia en “el signo” que Dios nos ha dado de Sí mismo (Luc 2,12; 2,34). Jesucristo es verdaderamente Dios, pero además es un verdadero hombre y su humanidad visible nos da a conocer al Dios invisible.
Tras su Ascensión al Cielo, Cristo continúa ejerciendo su función como Signo de Dios: nos lleva al conocimiento del Padre. Esto es posible porque Cristo vive y está presente en su Iglesia. Dicho de otro modo, la Iglesia —Cuerpo místico o misterioso de Cristo— es una realidad visible. De este modo, cuando la Iglesia ora o celebra la Eucaristía y los demás Sacramentos, allí está Cristo actuando, allí podemos ver al Símbolo perfecto de Dios.
En este sentido el filósofo Josef Pieper subrayaba que el sentido del culto cristiano posee siempre un cierto carácter sacramental, pues “tiene lugar de un modo materialmente visible en signos: ut dum visibiliter Deum cognoscimus, per hunc in invisibilium amorem rapiamur (Prefacio de Navidad y del Corpus Christi); es decir, con el fin de que por lo visible de este sacramento primario seamos arrebatados al amor de la realidad invisible”. Y concluía que de este modo “el hombre nacido para el trabajo es transportado de la fatiga del día de esfuerzos a un interminable día de fiesta, arrebatado de la angostura del ambiente laboral y centrado en el mundo” (El ocio y la vida intelectual).
La Biblia describe la gloria de la vida futura como una liturgia celestial, donde todas las criaturas contemplan con inmensa alegría la Verdad y la Bondad y la Belleza de Dios. La gloria de Dios será entonces perfectamente realizada.
El Nuevo Testamento afirma con rotundidad que la liturgia actual de la Iglesia es la incoación de esa liturgia celeste, la cual ya de algún modo se hace presente en la historia ante la creación entera.
He leído relatos emocionantes de muchas personas no católicas que, entrando algún día en un templo católico, al presenciar la Eucaristía oyeron en lo hondo de su alma la voz de Dios. Son testimonios recurrentes de que en la Eucaristía Cristo sigue siendo el Signo del Padre. Una mujer —recuerdo—, al ver entrar en procesión al Obispo de San Francisco en la Catedral, oyó dentro de sí con gran viveza unas palabras: —Este es tu padre. Más tarde, al ser recibida en la Iglesia, comprendió que había encontrado su familia, la familia de Dios.
Símbolos de Dios
“Mi alma tiene sed del Dios vivo” (Salmo 41,3). Hemos nacido de Dios y nuestro destino es vivir con Él en intimidad; por eso los Salmos repiten una y otra vez esta imagen: el hombre tiene sed de Dios. Y por esa razón la tarea más importante de la vida consiste en buscarlo, encontrarlo, conocerlo y enamorarse de Él.
Subrayábamos antes que Dios es invisible; pero lo cierto es que el mundo está lleno de símbolos suyos, de realidades que nos lo hacen presente, que nos hablan de Él. Las cosas creadas —afirmaba San Juan de la Cruz— son huellas que permiten seguir el rastro de Dios; y todas ellas nos gritan:
Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
Lamentablemente no todos los seres humanos poseen la finura y sensibilidad para detectar e interpretar esas huellas. Juan de la Cruz o Francisco de Asís podían hacer oración ante un arroyo, y en aquel agua vivaracha vislumbraban el ser de Dios y el rostro de Cristo. La mayoría de los mortales, sin embargo, carecemos de una piel tan fina y necesitamos símbolos más fácilmente legibles.
El arte ha sido y sigue siendo una fuente creadora de símbolos divinos. Nosotros no hemos visto, como los Apóstoles, el cariño de Jesús por las gentes sencillas que lo rodeaban; no hemos tocado como Tomás el Cuerpo de Cristo resucitado; ni asistimos como el Apóstol Juan a la pasión de Jesús en la Cruz, donde libremente entregó su vida por nosotros.
Sin embargo el genio de los artistas puede poner ante nuestros ojos relatos, pinturas, esculturas y películas que posean la eficacia de los mejores signos, que sean capaces de llevarnos a revivir esos momentos de la vida de Jesús. La gracia del Espíritu Santo, Espíritu de Cristo y Espíritu de Verdad, puede capacitarnos para llegar por este camino a convivir con Cristo, a familiarizarnos con su Persona, a encariñarnos con Él.
El hombre necesita símbolos de Dios. Y entre los símbolos más eficaces y expresivos se cuentan –como hemos visto– el culto cristiano y la representación artística de Jesús.
El templo cristiano, signo de Cristo
A la luz de estos grandes principios se entiende una consideración que escribía el beato Josemaría Escrivá de Balaguer el primer día del año 1932: “No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de meterte dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o las torres de las casas del Señor. —Él te espera.” (Camino, n. 269).
El templo católico suele ser usualmente una casa del Señor, porque en él se conserva reservado en el Sagrario el Cuerpo de Cristo, verdaderamente presente bajo la humilde apariencia de pan. Es decir, esos templos no sólo cumplen la función de servir como lugares de reunión para celebrar en ellos la Eucaristía. Si la Eucaristía está reservada en el Sagrario, entonces esos templos merecen ser denominados con más propiedad casas de Dios.
Son entonces símbolos muy vivos de Jesucristo, de Dios presente entre nosotros. Son signos del misterio de la Iglesia, porque los cristianos somos ante Dios “piedras vivas” santificadas para “la construcción de un edificio santo” (1 Pedro 2,5), para la edificación de una Humanidad nueva, la gran obra de arte divino, el Pueblo sacerdotal de Dios.
El arte sacro —y con él la arquitectura de templos— ha pasado en tiempos modernos por un momento de crisis. ¿Cuales deben ser las nuevas formas de los templos cristianos, unas formas adecuadas a nuestra cultura y no simple plagio de estilos góticos o barrocos de tiempos pasados? Muchos somos optimistas al respecto y pensamos que la creatividad de los artistas encontrará más y mejores formas.
En cualquier caso, como ya ahora resulta necesario construir nuevos templos de acuerdo con urgentes necesidades pastorales, habrá que velar para que esos templos adopten siempre formas adecuadas a su función simbólica: símbolos de Dios y de Cristo. La nueva evangelización que exige cada generación histórica ha de ofrecer también sin ambigüedades ese testimonio sensible de Dios y de la presencia de Cristo entre los hombres.
Una consecuencia obvia de esta función simbólica y evangelizadora consiste en que los templos cristianos no deben quedar camuflados en el conjunto de la arquitectura civil. Lógicamente y por muchas razones el estilo de cada uno habrá de integrarse urbanísticamente en su entorno, sobre todo en armonía con tradiciones culturales valiosas. Pero es igualmente razonable que su función peculiar —casas de Dios— se exprese en formas simbólicas también peculiares, significativas, claramente discernibles e incluso —siguiendo el consejo de Cristo— intencionadamente resaltadas: “Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo del lecho, sino que la pone sobre un candelabro, para que los que entren vean la luz” (Luc 8,16).
Los cristianos que construyen esos templos saben que el fin de la historia es el Reino de Dios, por este motivo la actitud sensata por su parte será hacer destacar simbólicamente en los templos cristianos ese Señorío de Dios sobre las criaturas.
El esplendor de estos edificios significa exclusivamente la grandeza y belleza sublimes que sólo son propias de Dios; por eso mismo sería ridículo que alguno viera en ellos una autoglorificación de las comunidades que los elevan.
El templo cristiano no es tanto una representación de la Iglesia como institución (ecclesia in terra) sino de la futura comunión de los hombres con Dios (ecclesia in coelis), cuando “Dios será todo en todas las cosas” (1 Cor 15,28).
Cruces y santos
Entre los actos de Cristo la Iglesia siempre ha destacado que su muerte en la Cruz posee una significatividad única. Pues fue Jesús mismo quien describió ese alzarse en la Cruz como la realización de su gloria (Lc 24,26): “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Por esta misma razón es un símbolo tan revelador de Cristo que los cristianos hagan la señal de la cruz: es una confesión de fe en Cristo, Dios que nos salva.
También portar el signo de la cruz (una pequeña cruz o un crucifijo colgado al cuello) o colocar la imagen de Jesús crucificado en los lugares donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo (el propio domicilio, nuestro lugar de trabajo) son actos que el Espíritu de Cristo utiliza para despertar en los hombres la esperanza de Dios. Ahora bien, para que se desate esta actuación del Espíritu Santificador es necesario, al colocar la Cruz de metal sobre el pecho, aprestarse para cargar con la Cruz de Cristo cada día siguiendo de cerca sus pasos, su ejemplo (Luc 9,23). Como aconsejaba el Beato Josemaría Escrivá: “la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia” (Camino, n. 929).
Porque, como ha recordado vivamente el Concilio Vaticano II, la santidad a la cual está llamado todo cristiano es el símbolo más eficaz y atractivo del que cada uno de nosotros disponemos para hacer presente a Cristo en el mundo. Cada cristiano es, de una forma mistérica, una obra de arte del Espíritu Santo, que va modelando a Cristo en nuestro ser, que nos da a participar la misma vida de Cristo, que nos otorga la misma perspectiva de la realidad que tuvo y tiene Cristo (mediante la fe), sus mismos deseos y sentimientos (a través de la esperanza y la caridad.).
Es un cristiano fiel aquel que es dócil a las inspiraciones del Espíritu del Hijo. Pues bien el discípulo fiel de Cristo, al ser santificado por el Espíritu de Dios, va siendo transformado en una de esas “piedras vivas” que edifican la Iglesia de Cristo (cf. 1 Pedro 2,5). En palabras del Fundador del Opus Dei, llega a ser “otro Cristo, el mismo Cristo (alter Cristus, ipse Christus)” y se convierte para quienes lo rodean en un símbolo luminoso de “Cristo que pasa” junto a cada persona humana.
Modos de significarse la santidad en la Iglesia
Los fieles cristianos corrientes, que se ganan la vida y sostienen a sus familias mediante un trabajo profesional, revelarán a Cristo mediante su buen hacer, su ejemplaridad como esposos, padres, trabajadores, vecinos y ciudadanos. Así sus “buenas obras” (Mat 5,16) —su santidad— serán percibidas por quienes los rodean como “el buen olor de Cristo”(2 Cor 2,15), como “un algo santo, divino —decía el Beato Josemaría—, escondido en las situaciones más comunes” de la vida (Conversaciones, n. 114). Dios se revela de esta forma como alguien que nos mira con cariño a a cada uno, que se hace presente a nuestro lado y vela por nuestro bien
En especial, el cariño familiar auténtico, el afecto sincero y eficaz hacia amigos, compañeros de trabajo, conocidos, etc. será el mejor signo de Cristo (Jn 13,35), el más convincente y amable.
Obviamente algunos cristianos tienen una responsabilidad añadida a la hora de hacer presente ante los hombres a Cristo, Símbolo de Dios. En efecto, los medios de comunicación juzgan a la Iglesia fijando su atención tan sólo en la conducta de los religiosos y de los sacerdotes (los curas).
De quienes Dios ha llamado a un estado peculiar de “vida consagrada”, es decir los religiosos (monjes, frailes o socios de cualquier instituto de vida consagrada), la Iglesia —como ha explicado el Concilio Vaticano II— espera de modo especial un testimonio público de heroicidad en los votos que han contraído: pobreza, castidad y obediencia. De esta manera recuerdan a sus contemporáneos que la plenitud del Reino de Dios “no es de este mundo” (Jn 18,36). Cuando los hombres distinguen el hábito de una monja o de un religioso y ven su vida ejemplar, entonces sus ojos son elevados por el Espíritu hacia la vida futura, hacia el Señorío de Cristo que será manifestado en el éschaton, el Último Día.
Los responsabilidad especial de los sacerdotes seculares a hora de ser con sus vidas Signos de Cristo está en correspondencia con el don que han recibido mediante el sacramento del Orden. Desde ese momento han sido constituidos para siempre como instrumentos de Cristo que perdona los pecados, otorga la gracia mediante los sacramentos y se entrega a Sí mismo en la Eucaristía para edificar la Iglesia. Como ya advertía San Jerónimo, es propio de su llamada divina que el presbítero imite al mismo Cristo que actúa dispensando la santidad mediante su persona.
Los hombres tienen derecho a esperar del sacerdote esa misma disponibilidad ilimitada manifestada por Cristo para aconsejar, enseñar, exhortar y comunicar la gracia sacramental. No por otra razón la Iglesia ha dispuesto que los presbíteros vistan del modo que sus Obispos determinen, un modo que manifieste inequívocamente ante la humanidad su condición sacerdotal. La vestimenta del sacerdote es una expresión pública de su servicio y un componente necesario del modo específico que Dios ha elegido para que sus ministros sean Símbolos suyos. Anteponer razones de menor orden a este querer divino fundamental conlleva siempre una injusticia. Injusticia con Dios e injusticia con los hombres, pues entonces la lámpara encendida que es Cristo “se cubre con una vasija” y es colocada “debajo del lecho”. Por el contrario, cuando el presbítero se esfuerza por ser santo y obedece a la Iglesia manifestando de modo visible su condición ministerial, entonces la luz de Cristo relumbra “sobre un candelabro, para que los que entren vean la luz” (Luc 8,16).
El hábito no hace al monje, pero…
En este siglo XXI se oyen voces en la sociedad pidiendo de modo casi unánime mayor presencia policial en las calles, que se vean más uniformes, porque la gente quiere sentirse protegida cuando pasea por su ciudad.
¿Y qué sucede con los signos religiosos? De vez en cuando algún alcalde retira subrepticiamente un crucifijo de la sala consistorial. Pero, si nos remontamos a una perspectiva más amplia, la de último siglo ya transcurrido, lo que llama poderosamente la atención es el hecho obstinado de que la fe católica no haya desaparecido. A la vista de las profecías de los grandes intelectuales de hace 100 años, el historiador Paul Johnson señala que esta vitalidad de la fe cristiana constituye “el hecho más destacado de los tiempos modernos”. Y lo explica así: “Nietzsche, que tan exactamente pronosticó la transmutación de la fe en fanatismo político y en voluntad totalitaria de poder, no atinó a ver que de un modo absolutamente ilógico el espíritu religioso podía coexistir con la secularización y por esa vía resucitar al Dios moribundo. Lo que parecía anticuado e incluso risible en la década de los noventa no fue la creencia religiosa sino la confiada predicción de su derrocamiento, formulada anteriormente por Feuerbach y Marx, Durkheim y Fraser, Lenin, Wells, Shaw, Gide, Sartre y muchísimos otros. Hacia final de siglo incluso el término secularización estaba en tela de juicio. El movimiento secularista, es decir el ateísmo militante, parece haber culminado en occidente durante la década de 1880. De modo que Lenin fue un sobreviviente y no un precursor” (Tiempos modernos, 2ª ed. 2000).
Si de modo tan patente los vientos huracanados de la historia contemporánea no han podido desarraigar a Dios de los corazones humanos, ¿no deberíamos en consecuencia anunciar a Dios con mayor certeza y energía, más íntegramente y sin falsas vergüenzas?
Cuando el Sucesor de Pedro nos invita en nombre de Cristo a “remar mar adentro”, hemos de comprender que parte de esa travesía consiste en ir plantando a nuestro alrededor esos símbolos de Dios que finalmente son siempre imágenes de Cristo, la “Luz de los hombres” (Luc 2,32), el Faro que nos guía hacia Dios salvador.
En este mismo sentido, muy recientemente el periodista Jeremy Lewis reconocía que el hábito de las religiosas británicas —el que se dejaba ver en las calles sin complejos antes de 1970— era para la inmensa mayoría de los ingleses un factor reconfortante; tanto como hoy en día lo es para un enfermo doliente advertir cerca de sí la bata blanca de un médico o el uniforme de una enfermera: “El modo de vestir —explica— es impactante y muy revelador. Tiendo a dar mayor importancia a cómo viste una persona que a lo que afirma sobre sí misma. El vestido posee una eficacia social que los iconoclastas de los años sesenta ignorábamos. Expresa cómo se ve uno a sí mismo y cómo desea que los demás nos miren; (…) nos permite asumir —a veces erróneamente— lo que podemos esperar de alguien”. Por todos estos motivos, concluía su artículo propugnando “el resurgir del respeto a uno mismo”, es decir, de la autenticidad sin complejos que va unida a vestir un hábito (Daily Telegraph 24/08/2002).
* * *
La corta vida del hombre —escribía el joven Karol Wojtila— no es sino “el tiempo indispensable, para podernos orientar en el complicado mapa de los signos y los símbolos” (El taller del orfebre). Como los Magos de Oriente, cada uno hemos de encontrar esa estrella que nos permita encontrar y amar a Dios, encarnado en Jesús.
Y es característico de nuestra naturaleza humana esa necesidad de símbolos visibles del Dios invisible. Como apuntaba Chesterton, la energía que anima nuestra religiosidad emana sobre todo de símbolos visibles y concretos, más que de ideas abstractas; esa presencia rotunda de lo concreto “es la que hace que los hombres sientan que la verdad es un hecho; la que trata de hacer que las cosas abstractas parezcan tan sencillas y sólidas como las concretas, la que trata de que los hombres, no sólo admitan la verdad, sino que la vista, el olfato, el tacto y el oído devoren la verdad. Toda la Biblia invita a saborear las cosas y no a demostrarlas, a paladearlas y no a examinarlas” (Alarmas y digresiones).
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