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DESEOS DE NAVIDAD (Antonio Orozco)

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 DESEOS DE NAVIDAD

Antonio Orozco-Delclós

Arvo.net, 21.12.2011

 

No se debe improvisar. Es necesario predisponer el espíritu para vivir intensamente este gran misterio de la fe que celebramos en Navidad, decía Juan Pablo II. El ejemplo de la Madre de Jesús, continuaba, «nos ayuda a comprender las palabras claves del misterio del nacimiento de su Hijo: humildad, silencio, estupor, alegría». «Si queremos comprender el auténtico significado de la Navidad, tenemos que fijar en ella la mirada e invocarla». Se oye el eco de palabras antiguas y nuevas, las del mensajero angélico que anuncia a los pastores de Belén «una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto aparece junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, alabando al Señor: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». En seguida los ángeles desaparecen y los pastores se dicen unos a otros: «Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado» (cfr. Lc 2, 10-15).

¡Vayamos a Belén y veamos…! ¿Ver, cómo? Con la imaginación, con el pensamiento, con el deseo. Cada año vemos que el Creador del universo, de una manera misteriosa, pero real, afectiva y efectiva, se hace Niño. El deseo puede ser una realidad muy densa en el alma y transformar nuestras vidas. «Encenderse en deseos», si son buenos, hace crecer al hombre, a la mujer, eleva el espíritu a cotas insospechadas. Toda la vida cristiana –decía Agustín- consiste en «un santo deseo», uno solo. Un deseo santo es justamente el deseo de santidad, de proximidad e intimidad con Dios, que se humana para curar nuestras heridas y suplir nuestras carencias, para divinizarnos con su vida de Dios Hijo.

 Deseos de salvación, deseos de santidad, deseos de amor pleno, deseos de ver a Jesús, deseos de Jesús. Deseos de contemplar su rostro -el rostro humano de Dios-, igual al Padre. Deseo único que engloba todos nuestros buenos deseos; los reúne todos y ninguno queda fuera. Así todo deseo queda santificado por el deseo esencial. Así puede resumirse el vivir cristiano y sin esto no hay vivir que lo sea realmente.

 Comentando unas palabras de la Escritura, en este tiempo de Adviento, san Agustín nos dice: «que tu deseo esté siempre ante él; y el Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Tu mismo deseo es tu oración; si el deseo es continuo, la oración es continua. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos sin interrupción, y por eso dice el Señor: orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Aunque hagas cualquier otra cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo. Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua… » (De los comentarios sobre los salmos, Salmo 37,13-14).

 El papa Benedicto XVI, en su Encíclica Spe salvi nos habla también de esta forma de oración de que habla Agustín: «El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. 'Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]'. Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. 'Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?'. El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados» (Spe salvi, 43,44).

 Volvamos al «santo deseo». Este deseo es deseo de encontrarse siempre «ante Dios» que es Amor y ahora nos llega encarnado: Jesús. Estamos de hecho siempre ante El, en su presencia, y es bueno actualizar el deseo de que sea así. Es deseo de estar «junto a» Jesús -Dios Hijo, Hermano, Amigo-, que viene a entregar por nosotros su vida. Él está siempre junto al Padre y junto nosotros, nos pone en la presencia del Padre. Es el deseo de «ser en Cristo». ¡Cuántas veces lo proclama el apóstol Pablo! Por la fe, la esperanza y el amor, como el sarmiento se une a la vid, la gracia nos introduce en la vida de Cristo y por tanto en la vida de la Trinidad.

 «Deseos de tener deseos, al menos», instaba san Josemaría. Deseos fuertes de amor, que cuajen en obras vivificadas por el amor. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (Camino 814). ¿Qué es pequeño ese acto «hecho por amor»? Es hacer no sólo algo bueno, sino con el deseo de agradar a la persona que se ama. Por eso se cuidan detalles que por otra razón quizá no se cuidarían.

 ¿Cómo estoy ahora para recibir al Jesús que viene y llama a mi puerta? ¿Estoy «presentable», bien vestido, bien arreglado, con buena cara…? ¿Hay algo en mi porte exterior o en la disposición de mi ánimo que pueda desagradarle? ¿No lo hacemos así en nuestras relaciones humanas? ¿Y con nuestro Amor-Dios? ¿Ahora mismo, estoy «presentable»? Sí, también externamente. ¿Sentiría vergüenza Jesús de ir conmigo tal cómo voy vestido ahora? No tratamos de lujos sino de la sencillez requerida por la verdadera elegancia. En la calle, en casa, en la sala de fiestas, en el baile, en la playa, en la montaña, en el campo de deporte, ¿se nota el aire de familia cristiana, también por mi atuendo?

 ¿Y por dentro, cómo estoy? ¿Estoy revestido de la gracia de Dios? ¿Voy bien confesado? ¿Estoy bien dispuesto, disponible para lo que Dios quiera confiarme? ¿Estoy dispuesto a seguirle y crecer con Él? ¿Deseo agradarle en mi trabajo y en mi descanso?

 ¿Afirmativo? Si es así, toda mi vida es oración y todos los días encontraré detalles que mejorar, en lo humano y en lo divino. Todo se hará por amor.

 En fin, estos últimos días de Adviento corren bien con una oración de san Anselmo: ¡Jesús, «enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrare si tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote; amándote te encontraré, encontrándote te amaré»! (Proslógion, cap. I).

 

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