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CELIBATO SACERDOTAL Y EUCARISTÍA (Antonio Orozco Delclós)

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LAS RAZONES PROFUNDAS DEL CELIBATO SACERDOTAL
Y LAS RAZONES DEL ESCÁNDALO MEDIÁTICO

CELIBATO SACERDOTAL Y EUCARISTÍA

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo.net, 2006-2010



 En 1906, cuando tenía apenas 37 años Gandhi - Mohandas Karamchand Gandhi (n. 1869-1948) - hizo junto con su mujer un voto de castidad. No parece que influyera en tal decisión el hecho de que no hubiera sabido llevarse del todo bien con su esposa (el matrimonio en la pubertad de los 13 años le despertó un deseo carnal exacerbado, celos y ambición de posesión que lo convirtieron en un pequeño déspota). Tampoco estoy seguro de que lo hiciera sólo por quedar más libre para dedicarse a la lucha por la justicia. Gandhi se acercó al cristianismo, pero era un místico indú. Sin duda fue un hombre excepcional, de libro. Quiso alcanzar el más alto grado de pureza y para ello adoptó el singular método de dormir rodeado de jóvenes doncellas, con la sincera y firme voluntad de permanecer incólume. Sin duda lo consiguió. Pero no es ese el estilo católico de entender el asunto de la castidad y del celibato. Sin embargo podemos ver en el admirado Mahatma (Alma Grande) un testimonio –una tanto pintoresco, desde luego-, de que el celibato y la continencia total pueden tener sentido también extra muros de la Iglesia católica y también de que es posible vivirlo en cualquier circunstancia, eso sí, siempre que se entienda desde una perspectiva trascendente. No hace falta ser católico para entenderlo, sobre todo cuando no se teoriza en abstracto, sino que se trata el asunto al modo del científico: ateniéndose a los hechos y reflexionando en torno a datos ciertos, vengan de donde vengan.

Pero Jesucristo nos advirtió que no todos entenderían el celibato «por razón del Reino de los Cielos». Cuando explica que «quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio», los discípulos –con mentalidad no tan lejana a la de nuestro tiempo como se supone- replican: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Contrariamente a lo que se suele pensar, la dificultad de entender la indisolubilidad del matrimonio no es signo de la «adultez» de nuestra cultura. Pero él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda. » (Mt 19, 9-12)

Esta última frase, según se lea, da la impresión de que a Cristo no le preocupa mucho el déficit de entendederas que padece buena parte de la humanidad, lo cual sucede en modo especialmente vasto, en el sector posmoderno: «el que pueda entender que entienda», y punto. Creo que la Iglesia que vive en el mundo debe compartir esa cierta dosis de indiferencia  del Maestro e ir a lo que debe, a donde debe, sin preocuparse ni poco ni mucho del «qué dirán». No quiero decir que no se esfuerce en dar explicaciones lo más claras posibles, pero sin agobios innecesarios. Al que no es católico, poco debiera importarle que los curas sean célibes o no. Por eso no entiendo por qué algunos ateos o agnósticos se meten con tanta vehemencia en polémicas sobre el asunto si no es por agredir. Por lo demás, también se comprenderá que las confesiones cristianas que no tengan la Eucaristía, o no la entiendan bien, tampoco entiendan la gran conveniencia e incluso la relativa necesidad del celibato sacerdotal.

A los católicos, debiera importarles mucho el asunto. Hay razones muy poderosas que éstos, los católicos, sí pueden y deben entender. Si no se entiende el celibato sacerdotal significa que no se entienden muchas otras cosas de gran relevancia teológica, cuyo conocimiento proporciona enorme gozo. Por supuesto es preciso partir de la trascendencia, en concreto, de la luz que proporciona aquella divina revelación que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos ha traído al mundo hace unos veinte siglos. Fue una auténtica revolución, en el sentido de que introdujo en el pensamiento sobre toda la realidad una cierta inversión de valores, a la vez que un enriquecimiento inconmensurable del conocimiento sobre el mundo, el hombre y Dios, empezando por lo último que acabo de mencionar: Dios.

El cardenal Ratzionger, hoy papa Benedicto XVI, lo explicaba breve y claramente en un libro que escribió junto al teólogo H. Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60 (Ed. Encuentro). Tiene unos párrafos de densa reflexión histórico-teológica: «Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente que la revelación de la Biblia hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios. Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión. En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa, escribe Orígenes a este respecto [H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 286].

 Este párrafo me parece luminoso, es como un síntesis de la historia de la reflexión teológica sobre la esencia de Dios y sus atributos, que no pueden entenderse sobre la base de la categorías aristotélicas, al menos tal como se presentan en cierta escolástica que ha lastrado buena parte de la reflexión filosófica y teológica hasta nuestros días, como si el «ser» sólo pudiera ser «sustancia» o «accidentes». No vamos ahora entrar en detalles, pero es claro que el «Ser» divino no cabe en categorías obtenidas desde el conocimiento del mundo físico. Desde un esquema semejante cualquier cosa que dice la Escritura sobre lo que «hace o deja de hacer» Dios sería un paso de la potencia al acto, una mutación, una negación del dogma de la inmutabilidad. No cabría en absoluto «pasión» alguna en Dios ni nada análogo; y entonces habría que echar la Biblia a la papelera.

De ahí la dificultad que, según Joseph Ratzinger, se encontraron incluso algunos Padres de la Iglesia. Pero añade el entonces cardenal: «En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios» [«In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243)].

Sucede que «Dios es amor» (1 Jn 4, 3): «es»; lo es por esencia. Su esencia es Amor, todo Él es Amor. En términos coloquiales cabría decir que el amor es la pasión de las pasiones. Cuando el amor es auténtico, cuando una persona está propia y profundamente enamorada, sufre -¡goza!- una pasión más fuerte que todas las pasiones, que va de persona a persona y alcanza la belleza del alma más que la apariencia física. El amor verdadero y pleno es más fuerte que la muerte.

Dios es una pasión a la que hay que negar toda imperfección y afirmar toda perfección, más allá de lo que podamos imaginar y pensar. Una pasión que alcanza lo «increíble». Cuando Jesús, Dios Hijo hecho carne, habiendo llegado «su hora» se sentó con los Apóstoles para celebrar la Pascua suprema, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). ¿Hasta qué extremo? La respuesta puede resumirse en una palabra: EUCARISTÍA. Les amó hasta la Eucaristía. Anticipó su sacrificio del Calvario entregando su cuerpo y su sangre bajo las figuras de pan y vino. Y así, transustanciando el pan y el vino en su carne y sangre nos entregó todo lo que se contiene en su Misterio Pascual: Pasión, Muerte y Resurrección. ¡Misterio de fe! El misterio que supera infinitamente todas las categorías del pensamiento humano y encierra la pasión infinita, más fuerte que todas las demás pasiones habidas y por haber.

«Pasión» en un doble sentido: pasión de amor inmenso y pasión de cierto sufrimiento inaudito por los amados que sufren. Com-pasión. Una combinación tan impresionante como misteriosa. El vigor, la fuerza de esa pasión es irresistible y está atrayendo a Sí todo, todas las cosas y todos los hombres, es el centro de la Historia de la humanidad y del cosmos. En la Eucaristía se centra y concentra todo. Supera toda pasión; y toda pasión noble en ella encuentra su último y definitivo sentido. En cierto modo, el primer atraído e inmerso en el Misterio es el sacerdote que celebra el Sacrificio Eucarístico, la Santa Misa.

Por eso, a mi modo de ver, el papa Benedicto pronuncia una palabra definitiva, tras múltiples intentos a lo largo de la historia de la teología. Las palabras son éstas, breves, sintéticas, formidables: «Sobre el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo» [Homilía de la Clausura del Sínodo de los obispos y del Año de la Eucaristía (23.X.2005).

Nada se plantea aquí sobre la «utilidad» del celibato en función de la eficacia o ineficacia «pastoral». El celibato no se exige al sacerdote en la Iglesia para que pueda «hacer» más o menos cosas. No es esa la cuestión. No debiera entrarse en semejante polémica.

La Eucaristía encierra la Gran Pasión de Cristo Sacerdote (permítase el doble sentido con que me he referido a la palabra «pasión»). El sacerdote católico es el hombre de la Eucaristía. Se ordena principalmente para confeccionar y dar Eucaristía: la Santa Misa y los demás sacramentos, que todos a ella se ordenan. «No cabe duda -afirmaba Mons. Álvaro del Portillo- de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «mediante nuestra ordenación ‑cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico‑ nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto modo, por ella y para ella»» (Vd. Una vida centrada y enraizada en la Eucaristía)

El sacerdote católico está primordialmente para vivir en «la Gran Pasión» de Cristo y ser testigo y transmisor de ella. La recibe, y recibe ese don de modo absolutamente inmerecido. El sacramento del Orden le convierte en alter ego de Cristo. Es un hombre como los demás (la naturaleza no cambia), pero no es una persona como las demás: la persona queda modificada, ha sido asumida desde lo más íntimo de su ser para poder actuar in persona Christi capitis, en la Persona de Cristo Cabeza de la nueva humanidad por Él redimida.

«El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», [42] que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi».[43] Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.» [JPII, Dominicae Cenae, n. 8]

El sacerdote católico se encuentra diciendo en el momento de la Consagración: «Esto es mi cuerpo que se entrega…». Juan Pablo II escribe: «Accipite et manducate... Accipite et bibite... La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.» [Cartas a los Sacerdotes para el Jueves Santo, n.3]

Quien transustancia el pan es Cristo, pero no sin la intervención del sacerdote, que dice las palabras consecratorias «en» y «con» Cristo. No se trata de una simple representación en el sentido teatral, es un misterio grandísimo en el que se halla implicada la persona del sacerdote; cabe decir, todo él. Cristo quiere que su cuerpo sea cuerpo de cada uno de sus fieles, pero muy especialmente de aquél que ha escogido para decir en Él y con Él (y viceversa) «Esto es mi cuerpo que se entrega…».

Que se entrega ¿a quién?  ¿a una mujer? Huelga la respuesta. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25). La Iglesia es todos y cada uno de los miembros del Cuerpo de Cristo, es decir todos y cada uno de aquellos que comen –y los que no comen pero debieran comer, todos los que están llamados a comer- del mismo Pan eucarístico. Ese otro Cristo y aun el mismo Cristo que es el sacerdote católico no conviene que se particularice, no conviene que –en expresión de Pablo- se «divida». No es cuestión de dedicar más o menos tiempo al ministerio sacerdotal. Se trata de una entrega del espíritu en la Persona de Cristo a Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- y a toda persona humana, de un modo intencionalmente omniabarcante y, en la medida de lo posible, de un modo material en el cotidiano servicio propio del ministerio, hasta donde pueda alcanzarse.

El sacerdote católico, en coherencia con lo que es y hace, es y ha de esforzarse para ser testigo cada día mejor de la Gran Pasión de Dios, por Dios y por la humanidad entera. Está llamado a vivir una pasión más fuerte que cualquier pasión, incluida, por supuesto, la sexual y la del corazón de varón. Para esto se prepara durante años. Insisto. El fundamento del celibato no es que «pueda hacer más cosas». Este debate no tiene sentido… católico. El sentido del celibato sacerdotal se encuentra fundamentalmente en el ser sacerdotal.

«"Haced esto en memoria mía". La Eucaristía no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el sacerdote, repetir cada día, in persona Christi, las palabras del «memorial» es una invitación a desarrollar una «espiritualidad de la memoria». En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y todo su misterio» [JPII, Cartas a los Sacerdotes para el Jueves Santo,, n. 5). El celibato sacerdotal es memoria de Cristo y de su Misterio Pascual; es vida para la memoria eucarística, memoria para la memoria de del sacerdote y para la memoria de los demás fieles. Y aquí podríamos hacer un inciso sobre la necesidad de un atuendo visiblemente sacerdotal, para la memoria de todos, que es muy flaca y requiere estimulación constante. «Ser sacerdotal» - «atuendo sacerdotal»- «memoria eucarística», nexo ineludible.

Memoria del Memorial, memoria del Sacrificio: de la entrega de cuerpo y alma por todos. Ciertamente, el celibato es una llamada que incluye el sacrificio de la tendencia normal al matrimonio. Pero sobre todo, es una vocación a vivir un tipo especial de amor que se realiza en la amistad intimísima humano-divina con Jesucristo, en quien se encuentra toda Verdad y Sabiduría, Belleza, Bondad y Amor encarnado. Hay toda una teología que el papa Juan Pablo II ha impulsado sobre el carácter esponsal del cuerpo humano y toda una teología fundada en numerosos elementos bíblicos sobre la analogía de la relación esponsal aplicada a la de Cristo y la Iglesia. Cristo es el «Esposo», la Iglesia es la «Esposa» de Cristo. La analogía está en relación con la expresión bíblica de la más profunda relación esponsal: «serán dos en una sola carne:  duo in carne una». Con el cuerpo y por medio del cuerpo los esposos se entregan a sí mismos, enteramente el uno al otro y en esa entrega, cuando es auténtica, encuentran el éxtasis amoroso que, por trascender el mero impulso sexual, crece de día en día (lo meramente sexual satura enseguida). Y, por trascenderlo, se llega a vivir cada vez más intensamente en un amor «suprasexual».

El sacerdote católico no necesita, si vive en coherencia con lo que es y hace en la Misa, de la vida matrimonial, la cual –está claro ya en nuestros días- para otros es sacramento, camino de santificación, algo maravilloso, una vocación divina. Pero para el sacerdote católico - esencialmente eucarístico -, no es necesario porque la perfección de la persona se encuentra en el amor: cuanto mayor es el amor, mayor es la riqueza personal, mayor el gozo de vivir; la madurez del humano vivir sólo se encuentra en el amor. Y en la Iglesia católica Cristo ofrece a sus sacerdotes la increíble posibilidad de vivir un creciente amor que podríamos llamar, con los debidos matices, «teándrico», es decir, humano y divino a la vez.

Prescindiendo del matrimonio según la «carne», el sacerdote se hace apto para vivir – sin necesidad de sensiblerías – el éxtasis místico del momento supremo de su vida en la tierra: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros…». «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí», dirá san Pablo. El apóstol sacerdote se encuentra asumido por Cristo de un modo esencialmente superior a la de los demás fieles no ordenados. Hay una diferencia esencial –es verdad de fe- entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común.

Se dice, por ejemplo: «la raíz y la fuente de este compromiso hay que buscarlas en la preocupación por cómo agradar al Señor» (1 Co 7, 32). Bien, hay que agradar al Señor, pero parece un lenguaje light, si tratamos de la fuente y raíz. El preciso ahondar hasta el «ser eucarístico», que implica vivir totalmente de y en la Eucaristía, ser para la Eucaristía, servir a la Eucaristía, conducir a la Eucaristía. Lo cual significa vivir inmerso en el «amor extremo» puesto por Cristo en la Eucaristía, para enamorar en primer lugar a quien la «confecciona» y enseguida a todo el «pueblo de Dios», su Cuerpo Místico. No se olvide por lo demás, que en el amor de Cristo se halla inseparable el amor del Padre y el del Espíritu Santo; en rigor son un solo Amor, el Amor de la Trinidad. Con su cuerpo y sangre Cristo se nos entrega entero, y con Cristo entero nos entrega la entera Trinidad. Son indisolubles.

Todo el ministerio sacerdotal es eucarístico o, si se prefiere se ordena a la Eucaristía, la Gran Pasión. ¿También, por ejemplo, cuando se promueve la justicia social? También, porque todo lo justo, todo lo bueno, todo lo honrado encuentra su sentido en el punto omega Cristo, en quien Dios quiere ser y será «todo en todos». Sin Él nada tiene sentido y su «doble Pasión» por la humanidad no ha admitido un nivel inferior al supremo, es decir, al nivel del extremo eucarístico.

No puede sorprendernos -dice McGovern- que los Papas hayan sentido la necesidad de reafirmar el valor del carisma del celibato. Por un lado, la sabiduría del mundo ha sido siempre hostil a la virtud cristiana de la castidad, y al celibato sacerdotal en particular, y por eso el sacerdote necesita que se le recuerde el sentido de este don y su significado esencialmente sobrenatural. Por otro lado, precisamente porque el celibato es un compromiso que afecta a la raíz misma de la existencia sacerdotal, el sacerdote necesita reflexionar frecuentemente que el celibato «por el Reino de los Cielos» es una fuente de energía espiritual que, con la ayuda de la gracia de Dios, le capacita para ejercer un sacerdocio fecundo.

Pues bien, para superar todas las posibles dificultades que pueden surgir para vivir fielmente este compromiso, cabe recordar: ¿Cómo se vence una gran pasión? Respuesta: con una pasión más fuerte. El sacerdote es el testigo de la existencia de la pasión más fuerte de todas las pasiones humanas, por invencibles que puedan parecer, por violentas que puedan resultar en momentos concretos de la existencia humana.

Juan Pablo II ha subrayó que «las razones últimas para la disciplina del celibato no se pueden fundamentar en el campo psicológico, sociológico, histórico o jurídico, sino, esencialmente, en el teológico y pastoral, en el mismo carisma ministerial». Tampoco se pueden fundar en el hecho de que «hay mucho que hacer», lo cual es bien cierto. Y se hará, si el sacerdote es fiel a su «ser» sacerdotal.

Recientemente, el 14 de junio de 2010, el papa Benedicto XVI, en un coloquio que mantuvo con cinco sacerdotes de los cinco continentes, en representación de los miles de presbíteros presentes el pasado jueves 10 de junio en la Vigilia de Clausura del Año Sacerdotal, en la Plaza de San Pedro, el representante de los europeos le dirigió la siguiente pregunta:

P. – Padre Santo, soy don Karol Miklosko y vengo desde Europa, precisamente desde Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la Santa Misa me encuentro a mí mismo y comprendo que allí encuentro mi identidad y la raíz y energía de mi ministerio. El sacrificio de la Cruz me revela al Buen Pastor, que lo da todo por el rebaño, por cada oveja, y cuando digo: “Éste es mi cuerpo … esta es mi sangre" dada y derramada en sacrificio por vosotros, entonces comprendo la belleza del celibato y de la obediencia, que prometí libremente en el momento de la ordenación. Aún con las naturales dificultades, el celibato me parece obvio, mirando a Cristo, pero me siento trastornado al leer tantas críticas mundanas a este don. Le pido humildemente, Padre Santo, que nos ilumine sobre la profundidad y sobre el sentido auténtico del celibato eclesiástico.

La respuesta es profunda y bellísima:

R. – Gracias por las dos partes de su pregunta. La primera, en la que muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda que muestra todas las dificultades en las que nos encontramos en nuestro tiempo. Es importante la primera parte, es decir: el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración cotidiana de la Santa Eucaristía; y aquí son centrales las palabras de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi Sangre”; es decir, hablamos in persona Christi. Cristo nos permite usar su “yo”, hablamos en el “yo” de Cristo, Cristo nos “atrae hacia sí” y nos permite unirnos, nos une con su “yo”. Y así, a través de esta acción, este hecho de que Él nos “atrae” a sí mismo, de forma que nuestro “yo” queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su Sacerdocio; así Él es realmente siempre el único Sacerdote, y aún muy presente en el mundo, porque nos “atrae” en sí mismo y así hace presente su misión sacerdotal. Esto quiere decir que somos atraídos al Dios de Cristo: es esta unión con su “yo” que se realiza en las palabras de la consagración. También en el “yo te absuelvo” – porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados – es el “yo” de Cristo, de Dio, el único que puede absolver.

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Enviado por Arvo Net - 17/06/2010 ir arriba

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