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DECORO
Por Antonio Orozco-Delclós
Leo hoy en el Evangelio (Lucas 21, 5-19) que Jesús predice guerras tremendas, epidemias, hambrunas, persecuciones. Ahí lo tenemos. No hay que angustiarse, sino trabajar con perseverancia (san Pablo). Por lo demás, la Iglesia es incombustible. La barca de Pedro innaufragable. Aquellos primeros no tenían necesidad de estudiar respuestas, el Espíritu las ponía en su boca. Nosotros sí. Tenemos Sagrada Escritura. Tenemos Sagrada Tradición. Tenemos Magisterio. Tenemos bibliotecas. Tenemos maestros. Tenemos Pastor y pastores…
Pero hay un detalle conmovedor: «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». El cabello, complemento del rostro (espejo del alma, de la persona). Hay tiendas de «complementos». El cabello es decorativo. Lo decorativo, el decoro, es importante. El Padre lo cuida. No se cae ni uno sólo sin que lo permita mi Padre. Pero se cae. Cuando yo era pequeño me aterraba quedarme calvo. Pero ya hace años que luzco una calva rotunda y no pasa nada. Y la palabra de Dios me dice que ni uno solo de mis cabellos perecerá. O sea que mi terror adolescente era infundado y mi calva presente una ilusión…
¿Qué galimatías es éste?. El «galimatías» de una existencia provisional vulnerada que existe en función de otra definitiva invulnerable. El cabello es símbolo a la vez de la importancia y de la caducidad de lo decorativo, del decoro. Tiene su importancia, pero relativa. Despreciarlo sería despreciar al Padre celestial. Aferrase a él sería sobrevalorar lo provisional. El cabello resucitará.
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