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CENIZA, SÍ; CENIZOS, NO (Antonio Orozco)

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 CENIZA, SI; CENIZOS NO

 
Cenizo: «Aguafiestas, persona que tiene mala sombra o que la trae a los demás.» (DRAE) ¡Aguafiestas! ¡Existen! Los hay, ciertamente.
    
Ayer me comprometí públicamente a desarrollar el tema “Ceniza sí, cenizos no”. En ocasiones me arrebata el sentido del humor y me mueve a propósitos, dichos o hechos descabellados. Luego me arrepiento y no sé cómo salir del atolladero. Temo como aquel padre de un niño que murió en el parto y temía no contener la alegría ante conocidos y desconocidos porque le tomarían por loco. El sabía que su hijo, bautizado, estaba en el Cielo y esto era un certeza absoluta y por tanto una alegría inmensa, difícilmente contenible. Le daban el pésame y él tenía que disimular. Paradojas del Cristianismo. Con lo cual no quiere decirse que todos los padres, todas las madres, hayan de reaccionar igual de inmediato. La realidad de la muerte es seria, vista de tejas abajo, y es natural que impresione profundamente incluso a una persona de gran fe en la dimensión espiritual-inmortal del ser humano. Pero bien mirado, bien ponderado, para un cristiano, como sucedía a los primeros, el día de la muerte es el día del nacimiento, el nacimiento a la vida eterna en Cristo Resucitado, por tanto en Dios Uno y Trino: Vida de Amor infinito. 
 
     Por eso el miércoles de ceniza es un día que se puede enfocar de muchas maneras. Tiene una dimensión profundamente seria. El sacerdote –como yo hice ayer por la mañana- espolvorea en la cabeza de los fieles una pequeña porción de ceniza. Y una opción es recordarles que «tú eres polvo y en polvo te has de convertir». Naturalmente estas palabras deben ser ponderadas en el contexto cristiano, de preparación para la Pascua de Resurrección. Así que, por dentro, el sacerdote, durante la celebración del rito, bien puede traducir libremente de esta manera: «hermano mío, por favor, no me seas cenizo».
 
Me ha venido al recuerdo el entrañable Mr Chips, que intentaba demostrar con multitud de argumentos a su futura esposa que no debía casarse con él. Uno de los argumentos apodícticos se fundaba en el hecho de que sus alumnos le llamaban cenizo. ¿Qué quiere decir cenizo? Pues uno que da mala suerte. Con más precisión, dice RAE: «Aguafiestas, persona que tiene mala sombra o que la trae a los demás.»
 
     ¡Aguafiestas! ¡Existen! Los hay, ciertamente. Son legión. Estás contento, feliz, la vida te sonríe o tú le sonríes a la vida y así la transformas, te optimizas y optimizas el mundo. Eres optimista. Entonces llega el cenizo y hace una mueca que fisiognómicamente podría simular una sonrisa, pero es todo lo contrario. Va a unida a una mirada como de soslayo que significa: ¡ingenuo!, la vida es oscura y opaca, una pocilga, las cosas van mal, pero aún pueden ir peor y si pueden ir a peor, ¡seguro que irán a peor!. Encima exagerando, o formulando hipótesis derrotistas que seguramente no se realizarán. ¡Ah, ¿y si suceden?! El cenizo es implacable. ¡Hombre, no me seas cenizo!, le dices. Pero él sigue en sus trece.
 
     El cristiano es realista, sabe que ha de morir y convertirse en una porción de polvo. Me cuentan que en el Museo de Historia de Washington, hay una sala dedicada a “El Hombre”. Una lámina presenta la figura de un hombre, de estatura proporcionada al peso de 77 kg. Al lado hay una especie de árbol metálico y recipientes de cristal de distintos tamaños. Estos recipientes contienen productos naturales y químicos: 48 litros (= kilos) de agua, 17 de grasa, 4 de fosfato de cal, kilo y medio de albúmina, una placa de gelatina de 5 kilos. Otros frascos más pequeños corresponden al carbonato cálcico, almidón, azúcar, cloruro de sodio y de calcio... ¿Eso es el hombre? El que lo crea es un perfecto cenizo. Porque entonces la vida humana no tiene sentido, no es más que la ceniza del miércoles. Comamos y bebamos que mañana moriremos. Todo da igual. Es el nihilismo. Un montón de cenizas. Lo mejor, entonces, es no pensar, no recordar, ni el pasado ni el presente ni el futuro ni lo que pasa en el tiempo ni mucho menos en la eternidad que no existe. Nada existe, todo es ceniza. Los cenizos imaginan que piensan, pero no piensan, imaginan... ¿Qué imaginan? ¡Cenizas! ¡Todos cenizos!.
 
     El rito de la ceniza no es para aguarnos la fiesta sino para alegrarnos la vida, porque es para prepararnos para la fiesta de la Vida, la Pascua, la Resurrección del Señor, que no será, ya ha sido. Por eso el papa Benedicto XVI ha podido escribir una Carta Encíclica titulada Spe salvi, ¡Estamos salvados, en esperanza! Pero no en una esperanza de futuro, sino de presente. Si vivimos en Cristo, ya hemos muerto en Cristo y hemos resucitado en Él, poseemos vida eterna. No seamos cenizos, por favor, ni siquiera en los entierros, ni junto al lecho de un enfermo terminal, que esto no acaba aquí, no ha hecho más empezar. No se trata pues del comamos y bebamos como tontos, sino sobria y templadamente. Para vivir y resucitar con Cristo, hemos de andar como Él anduvo, dice san Pedro en sus Cartas.
 
   Ahora tengo que terminar de escribir. En www.arvo.net hay mucho sobre estos asuntos. En cierta medida he cumplido mi palabra y quizá un propósito antiguo: no ser cenizo.
 
Antonio Orozco
Valladolid, 26 de febrero de 2009
Enviado por Arvo.net - 05/06/2009 ir arriba

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