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TODOS PODEMOS BUCEAR (María Merino)

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TODOS PODEMOS BUCEAR

Hans Has, zoólogo y pionero de la fotografía subacuática. Me hubiese gustado acercarme a él, tocarle como si se tratara de una pequeña divinidad y pedirle que me dejara acompañarle a bucear los mares.

Por María Merino

¡Los arrecifes de corales del mar de Australia! ¡Uno de mis sueños! Bucear y bucear por cristalinas aguas, rodeada de peces y corales. Pero mi sueño es más irreal. Me imagino valiente e intrépida, codeándome con todo tipo de animales, como simples camaradas. Más aún. Me veo buceando a pecho, sin bombona, sin necesidad de salir, casi amoratada, a la superficie, y sin aislarme con un neopreno, sintiendo siempre la caricia del agua. Pero los sueños, sueños son y estos míos se ven compensados al contemplar algunos documentales sobre la vida de los animales.

En Valladolid, acaba de clausurarse la XVI Muestra de Cine Submarino. Asistió Hans Has, zoólogo y pionero de la fotografía subacuática. Me hubiese gustado acercarme a él, tocarle como si se tratara de una pequeña divinidad y pedirle que me dejara acompañarle a bucear los mares. Pero unas palabras suyas congelaron las mías. Preocupado por la crítica situación que atraviesas los océanos, aconsejaba con dolor de corazón, que “cada familia debería tener, como mucho, dos descendientes”. ¡Qué problema se me planteó! ¿A quién debería eliminar de mis hermanos? Sin la paciencia y la bondad del segundo, no me habrían dejado los demás acompañarles de caza y no sabría lo que es el canto de una perdiz, ni a escuchar la naturaleza y tratarla de tú a tú. Sin las largas horas pasadas con mi cuarto hermano junto a un riachuelo, no sabría lo que es la pesca. Sin mi quinto hermano, que con sus escasos 10 años y mis 5 recién cumplidos, me introdujo en el mundo de las letras, no sé si hoy sabría escribir. Sin las aventuras inventadas por el sexto y acompañada por la octava y el noveno hermano, no sabría lo que se puede disfrutar con una alameda como único juguete. Sin esa familia, capaz de aislarse de la mundanal ciudad e instalarse, simplemente, en un oasis de sabiduría de la tierra –tierra, árboles, vacas, perros, caballos, huerta, puestas de sol, largas noches estrelladas, amaneceres de caza... – no amaría a la naturaleza con la profundidad de quien ha convivido con ella.

Supongo que fue un error. Que lo que realmente al zoólogo austriaco le preocupará, como a mí, no es el número de hombres que pueden disfrutar buceando los mares del coral, o contemplando sus documentales. Lo que le preocupará, es la irracionalidad que se apodera del hombre, su sed incontrolable de posesión que sobre explota los mares, las tierras y, lo que es peor, al mismo hombre. La utilización de la energía atómica, con las ocultas y nefastas secuelas que va dejando en la vida: ozono deteriorado, calentamiento de la atmósfera, mundo animal desorientado, enfermedades en el hombre... Aclarado este punto, levanto mi estatua personal a Hans Hass, por haber iniciado el camino de filmar la vida marítima. Supongo que nunca bucearé en los arrecifes de coral y que, el simple temor del roce con un pez, seguirá impidiéndome disfrutar de un baño en un río o en un pantano. Disfrutaré con los documentales sobre la vida marina y los rememoraré mientras buceo en una piscina municipal.

Y podré hacerlo, a pesar de ser la séptima de una familia. Una gran familia que me ha permitido aprender a amar la naturaleza con la sabiduría con la que la ama un campesino, sin campañas, ni eslóganes, con sentido común y con un gran respeto hacia todo: lo vegetal, lo animal y, por supuesto, cada hombre.

Arvo Net, 4 de diciembre 2003

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