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CUANDO DIOS ANDA DE INCÓGNITO (Juan Luis Gallardo)

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CUANDO DIOS ANDA DE INCÓGNITO

"Me impresionó andar, durante un trecho, algunos pasos detrás de Dios que, inadvertido, recorría la ciudad entre los transeúntes apresurados..."

Por Juan Luis Gallardo
Escritor


Hace un rato, mientras venía caminando a mi trabajo, el portafolios en una mano y el saco en la otra (está haciendo calor en Buenos Aires), oí que me saludaban. Me di vuelta y advertí que quien se dirigía a mí era un sacerdote amigo, buena pinta de vasco grandote, genealogista y pintor aficionado en sus poquísimos ratos libres.

Al advertir de quién se trataba retribuí el saludo y, cuando me disponía a entablar un diálogo peripatético caminando a la par, el cura me interrumpió con un gesto dirigido a su pecho y me informó que llevaba el Viático a un enfermo. Dejé entonces que superara mi línea de marcha y lo seguí discretamente a lo largo de una cuadra, hasta que él y su augusto pasajero cruzaron la calle, continuando yo mi camino en otra dirección.

Me impresionó andar, durante un trecho, algunos pasos detrás de Dios que, inadvertido, recorría la ciudad entre los transeúntes apresurados, entre el tráfico de automóviles, entre las actividades y los afanes cotidianos de la gente. Y me puse a escribir esta nota con tal impresión fresca.

Caminaba normalmente mi amigo el cura, a trancos largos, derecho dije que es un hombre elegante, de buena estampa , el sol de verano plateándose en su pelambrera entrecana. Pero yo adiviné que rezaba por lo bajo, conversando con ese interlocutor divino que carga a la vez leve e inmensa llevaba colgando del cuello, cerca del corazón.

Y, al lado del sacerdote, a la vera de Dios viandante, de Cristo que pasa, iba una vieja con su carrito rumbo al mercado; y un chico silbando una balada de moda; y un empleado con varias carpetas bajo el brazo; y un jubilado que no parecía dirigirse a ninguna parte; y una mujer bonita, de pelo rubio; y permanecía de facción un vigilante que custodiaba el edificio de cierta embajada.

Después, como dije, el cura cruzó la calle, gambeteando un taxímetro, una camioneta de reparto, un auto deportivo. Ganó la vereda opuesta y se perdió entre el gentío.

Me emocionó seguir a Dios que pasaba entre los hombres. Que pasaba oculto, de incógnito, recibiendo apenas el homenaje de un cura y de un periodista que, incidentalmente, supo de su tránsito por la ciudad. Y recordé las recepciones ofrecidas en esa ciudad a tantos y tantos personajes que la visitaron: fachadas embanderadas, cortejos de motocicletas, tráfico desviado, sirenas, escuadrones de granaderos, música de fanfarrias. Y recordé asimismo el protocolo de las recepciones y los banquetes y la primera plana de los diarios y los lamparazos de los fotógrafos y la proliferación de micrófonos...

No cabe desde luego establecer comparaciones entre Dios y cualquiera de aquellos ilustres personajes recibidos con bombos y platillos. Porque no hay comparación posible. Sin embargo, esta mañana, Dios pasaba inadvertido entre el trajín habitual de la gente común. Y señalarlo no implica un reproche a esa gente, ajena al hecho portentoso de que Dios pasara a su lado. Ya que Dios, con humildad que nos cuesta entender, no quiere manifestarse en su esplendor. En su esplendor que no podríamos soportar.

Si bien nada se ha de reprochar a esa gente, podríamos sí reprocharnos cada uno por la manera cómo ignoramos a Dios, aún cuando sepamos de su presencia próxima. Pues, en efecto,

somos muchos los que reconocemos explícitamente que Dios está realmente presente en numerosos sagrarios que permanecen solitarios. Comportándonos así en forma incongruente. Pues se puede admitir que un ateo confeso, negador de la existencia de Dios y, por ende, de su presencia eucarística, se mantenga indiferente ante el prodigio de un sagrario habitado. Pero si, formalmente cristianos, aceptamos la realidad de tal prodigio, resulta disparatada nuestra indiferencia.

¿Cuándo nos tomaremos en serio aquello que decimos creer? Cómo cambiaría el mundo por este simple hecho. Por el simple hecho de que seamos sencillamente consecuentes con lo que manifestamos creer. Y no me refiero a conversiones radicales, a transformaciones violentas, a giros en redondo. No me refiero a que los musulmanes se hagan católicos y se bauticen los judíos y acepten los protestantes la presencia de Cristo en la Eucaristía. No, nada de eso. Me refiero solamente a que quienes ya nos declaramos católicos actuemos en consecuencia.

Desde luego que, si todos los católicos adoptáramos una postura meramente coherente en este aspecto, muy otro sería el panorama del mundo, como dije. Sería un mundo poblado por mucha gente consciente de su filiación divina. Un mundo transformado por la conversión de los Hijos de Dios. Tal vez, para comenzar dicha conversión, bastaría con que, al pasar frente a una iglesia donde sepamos que hay un sagrario habitado, interrumpamos brevemente nuestro diario ajetreo para decirle a Dios allí presente: Jesús, aquí estoy, para hacer tu voluntad. Aquí está tu hijo para saludarte. Aquí está Pepe, el jardinero; o Andrés, el periodista; o Matilde, el ama de casa; o Juan, el lechero...

© l998 Juan Luis Gallardo (escritor, poeta, columnista)
© l998 Ediciones Vórtice, Buenos Aires, Argentina.
© 2003 Edición digital de Arvo Net.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

02/07/2005 ir arriba
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