| Un fragmento de Jaroslav Seifert
Premio Nobel de Literatura 1984
No es que resulte ya muy apreciable en la actualidad el premio Nobel de Literatura –según se comenta-, a no ser desde un punto de vista político. Sin embargo, nos permitimos utilizar todavía el título para indicar a aquel que escribe bien, incluso muy bien, sobre asuntos emocionantes. Nos gustaría saber hacerlo y que lo supieran hacer también nuestros hijos. He aquí lo que hacía sin pensar en el premio, un Nobel llamado Jaroslav Seifert . No era precisamente un dechado de virtudes, pero era poeta, y es autor de un libro en prosa, autobiográfico, titulado nada menos que Toda la belleza del mundo , con páginas deliciosas, que a los padres y educadores pueden recordar sentimientos quizá olvidados, pero que sufrieron o gozaron en su niñez o adolescencia o juventud, y ahora han de recordar para educar a los jóvenes. Seifert escribe con espontaneidad sincera, libre de prejuicios ideológicos, enamorado de la palabra y de la vida.
[….] El chico, un poco jadeante, acabó su narración, cerró la tapa de su cajita y la colocó a un lado, se produjo un momento de emocionado silencio. En medio de la calma, alguien llamó a la puerta de la clase.
¡Fue el capitán Nemo!
Es que empezaba la temporada de los libros de aventuras. ¡Y yo que me preguntaba por qué la infancia suele ser tan movida y rica!
En aquellos años leía cualquier cosa que me viniera a las manos. Sobre todo las novelas de julio Verne, que me entusiasmaban. En cambio, los libros de Karl May no me interesaban demasiado. Es que las novelas del señor Verne eran verdaderas y humanas. Y las de Karl May, no. Como si ya entonces hubiera sabido que eran falsas, que mentían. Pero a los libros de Verne volvía siempre en los momentos en que la tristeza y la desesperación se apoderaban de mí.
-No estés siempre metido entre los libros. Sal a la calle un poco -me solía decir mi madre-. Entonces yo escondía el libro debajo del abrigo, decía adiós a mi madre y me iba corriendo al desván.
Un libro tras otro hacían durar todos mis anhelos y estimulaban mis sueños de chico. Nuestro desván no era cómodo ni acogedor. En los rincones, como fantasmas, había trastos viejos, llenos de polvo y de mugre. Pero cuando abría la pequeña ventanilla del tejado, respiraba un aire libre y embriagador.
Parecía que esta clase de lectura no llegaría nunca al final, pero un día se acabó. Fue en el momento en que, en vez de una novela de aventuras, deseé un librito pequeño en cuya portada roja estaba grabado con letras rojas: «Canciones del atardecer». En el libro había una marca, un trozo de lino con un corazón en llamas bordado en él. Nada más que un pequeño corazón humano de hilo rojo. Y en vez de las pesacuerdas de un barco, deseé tener en la mano sedosas palmas de una mano femenina. Y entonces pasó algo sorprendente. Un día, al abrir la ventana y mirar encima de mi cabeza, me di cuenta de que el cielo era infinitamente bello. Nunca me había fijado en él.
Jaroslav Seifer , Toda la belleza del mundo , Ed. Seix Barral, Barcelona 1995
|