Los
Beatles
son ya –sólo cuarenta años después-- unos clásicos
de la historia de la música. La simplicidad de las
letras de sus canciones es compatible con sus muchos
significados. Y no es que tuvieran una “inspiración”
especialmente grande, sino que más bien les movía su
afán de perfeccionismo. Pero nadie puede dudar que
ellos supieron transmitir los sentimientos más
universales –clásicos--, con unas interpretaciones
llenas de sencillez y eficacia.
Pero si algún tema
expresa sus canciones, es la necesidad de la
cercanía para mantener el amor: para quererse hay
que rozarse,
“…as long as I/have you near me”; por
otro lado exponen su experiencia de tener el amor
como alternativa universal al lenguaje de la
violencia (“All
you need is Love”). Porque, como también
cantaron ellos, el trabajo cansa muy poco cuando se
hace por amor; porque al final de esas fatigosas
jornadas, “tú
sabes que me siento bien al llegar a casa,
You know I feel alright”). Porque allí está la
familia, que es “un
fantástico cuento
de hadas” (Chesterton).
La vida moderna –y más
en las grandes ciudades actuales-- no facilita que
los integrantes de una familia estén mucho tiempo
juntos. Y las otras formas de familia no son la
solución, como dicen las frías estadísticas. Tal vez
por eso hay más violencia en la vida del hogar y en
el conjunto de la sociedad: vemos que las
estadísticas de separaciones, de violencia doméstica
y de delincuencia callejera se disparan. Y es que,
como afirma el filósofo
Alejandro
Llano,
“el modo de
pensar aún dominante recoge los restos de las
ideologías decimonónicas: todo lo serio en la vida
se reduce a dinero y poder”. Para y por
eso se trabaja, … y no se hace por amor, por
donación desinteresada al otro, al ‘tú’. Todo se
supedita a esos dos aspectos que, por ser tan
limitados, no dan la felicidad, porque no llenan.
Por eso Los
Beatles son ya unos clásicos, de los que
todavía tenemos mucho que aprender. No pasan de
moda, como tampoco lo hacen los temas de hondo
contenido humano.
Los
Beatles:
sus letras, su mensaje. El amor. Continúo: ellos
proponen la necesidad del diálogo para arreglar los
problemas. Hablando se entiende la gente. Porque no
vale la pena pelearse, viendo la fugacidad de la
vida (“Life is
very short and there’s no time/ for fussing anf
fighting”); que también es bueno
superar el egoísmo del ciego, que sólo ve lo que le
interesa (“He’s
a blind and he can be/just sees what he wants to see”).
Un pensamiento tan clásico como el que no hay peor
ciego que el que no quiere ver.
El grupo de Liverpool
cantó que hay que saber rectificar continuamente el
rumbo de la propia vida, y pedir perdón, superando
los propios vicios egoístas. Todos nos equivocamos,
porque no hay nadie que sea perfecto. Y tampoco se
trata de pretender hacerlo todo uno sólo (“don’t
carry the world upon your shoulders”),
como si fuéramos
Hércules en sus míticos trabajos. O
considerar algo tan básico como el influjo de las
condiciones climáticas sobre el estado anímico de
las personas
(“Here Comes the Sun”), pensarlo dos
veces y hacer las paces.
Amor. Amor que se
entrega en vez de contradicciones culturales y
tensiones políticas. Ellos ofrecían la otra cara de
la moneda: la optimista, la esperanzada. Cantaban la
imposibilidad de comprar el amor (“I
didn’t care too much for money”), que no
tiene precio; la experiencia durable de la donación
total, que eso es la esencia del matrimonio (”All
my Loving”), frente a lo efímero del amor
de “un día”,
que deja el regusto amargo del egoísmo, de cosificar
al otro, de usarlo y tirarlo.
Y la consecuencia de
esa entrega, que provoca que el amor sea siempre
nuevo (novios =
os novos, los nuevos, en Portugal), a
pesar del tiempo transcurrido: “When
I think of Love / all something new”. Y
que también cada día sea novedoso, que sorprenda,
donde no cabe la rutina.
La producción
discográfica de
MacCartney, Lennon, Starr y
Harrison
no se ha agotado todavía. Y no me extrañaría que,
dentro de cien años, su música se siguiera oyendo
junto a las de
Mozart, Bach o
Beethoven. El peso de su memoria y de sus
recuerdos en la vida de las personas perdurará, como
dicen en temas tan conocidos como “Yesterday”
o “In my Life”.
Y qué mejor final que
la última frase de la canción final del
postrer disco que grabaron juntos “Los
Beatles”, como una especie de resumen
global de todo su arte. Los cuatro la cantan al
unísono: “Al
final, el amor que recibes es igual al amor que
generas”, que das, que has dado (“And in
the end/ the love you take/ is equal to the love you
make”). Por eso hay que tomar la iniciativa, abrirse
al ‘otro’: esa generosidad es la que llena. Por eso
el cuarteto de músicos no es un residuo del pasado.
Tienen magia porque hablan de lo único esencial.