por Raúl Echauri
El viejo y acuciante problema del origen
del ser ha cobrado en los últimos años nuevamente actualidad
gracias a la conocida teoría del big bang, según la cual una
fantástica estampida originaria habría dado lugar al nacimiento
del universo. En tal sentido, S. Hawking habla de un comienzo
del tiempo y, con él, del universo, cuando era "infinitésimamente
pequeño e infinitamente denso" 1.
Dejando de lado todos los interrogantes que pueda suscitar
la existencia de un universo autoconcentrado en un punto preexistente
de energía, la obra de Hawking destaca elocuentemente, por
lo menos en sus primeros pasos, que el universo comenzó a
existir en un momento determinado. Pero luego, el autor se
inclina a pensar, según lo expuesto en una conferencia pronunciada
en el Vaticano, que el universo no tuvo "ningún principio"
y que, por consiguiente, no fue creado (2).
No cabe ninguna duda de que la física actual está rondando
con tales ideas en torno al misterio mismo del ser, a su posible
aurora, a su posible ocaso incluso, ya que si amaneció gracias
a la explosión del big bang, podría también atardecer en virtud
del big crunch o gran implosión. Por otra parte, ¿resulta
correcto afirmar que si el universo no comenzó, carecería
de creador? Como pensamos que tales cuestiones, en última
instancia, son de naturaleza preferentemente metafísica, es
decir, pertenecientes a un dominio que excede la ciencia,
aunque ella los pueda avalar desde su óptica propia, nos permitiremos
recurrir a distintos filósofos, comenzando, con Parménides
de Elea, uno de los primeros que parece haber planteado la
cuestión del origen del ser.
1. Parménides
Sorprendido ante el hecho de que el ente sea, Parménides estima
que él resulta inengendrado e imperecedero; y para reafirmar
su postura, se interroga a sí mismo, en un pasaje notable,
acerca de una posible génesis u origen de lo real, preguntándose
cómo y de dónde habría podido surgir. De haber nacido, tendría
que haber nacido a partir de lo que no es; pero ello resulta
absolutamente imposible, ya que lo que no es, no es ni expresable,
ni pensable.
Nos parece evidente que lo que no es se identifica para Parménides
con la nada, y la nada, como lo había afirmado poco antes,
no es (...). De lo que no es, no puede obviamente resultar
lo que es. Por otra parte, si el ente procediese de la nada,
¿qué necesidad -vuelve a preguntar Parménides- lo habría hecho
emerger antes o después?
En efecto, si el ente hubiese nacido, ¿qué lo habría hecho
nacer? Al no visualizar Parménides ninguna razón que dé cuenta
de un presunto nacimiento del universo, concluye, una vez
más, en la perennidad de todo cuanto existe: "es necesario
que sea absolutamente o no" (fr.8). Desde el momento que el
ente es, resulta imposible que no sea, ni que no haya sido.
El es, por lo tanto, absolutamente y, por ello, sin origen.
De haberse generado, señala Meliso en sintonía con esta postura,
el ente tendría que haber sido precedido por la nada; pero
resulta imposible que de la nada provenga algo: "Siempre fue
lo que era y siempre será. Pues si se hubiese generado, resulta
necesario que antes de generarse no hubiese sido nada; si
antes no fue nada, jamás podría generarse nada de la nada"
(fr.1).
En este espléndido texto, Meliso pone de relieve una de las
convicciones fundamentales de toda la filosofía antigua: el
universo no ha tenido origen, porque, de tenerlo, la nada
lo habría antecedido; pero como de la nada efectivamente nada
puede surgir, él es ingénito, eterno e imperecedero, tal como
lo apunta el segundo fragmento: "Porque él entonces no ha
surgido, él es, fue y siempre será, y no tiene ningún comienzo,
y tampoco ningún fin, sino que es infinito".
Tanto Parménides como Meliso, por lo tanto, han pensado y
planteado la posibilidad de un origen radical del universo,
aunque la han desechado inmediatamente, porque ella supondría
su procedencia de la nada; y lo que es no puede provenir de
lo que no es, tal como también lo reitera por su parte Empédocles
de Agrigento: "Pues es imposible que algo llegue a ser a partir
de lo que no es" (fr. 12).
2. Platón
Por otra parte, es esta última expresión, "lo que no es" (to
mé ón), aquella cuyo sentido trata de dilucidar Platón en
El sofista y ante la cual manifiesta su perplejidad. Si el
no ser no fuera, no se podría explicar a su juicio la existencia
de lo falso, ya que lo falso alude justamente a lo que no
es. Sin embargo, Platón recuerda los versos de Parménides
antes citados, según los cuales es imposible que el no ser
sea. ¿Cómo compaginar entonces la existencia de lo falso,
o sea de lo que no es, con la absoluta inexistencia del no
ser proclamada por Parménides?
Intrigado por esta cuestión, Platón ya no sabe qué designa
el no ser, ni a qué objeto o a qué realidad correspondería
(237 c). Resulta imposible, al respecto, concebir el no ser,
decirlo, pronunciarlo o comprenderlo (238 c). No obstante,
así como lo falso acreditaba, en cierta manera, la realidad
del no ser, también la mentira la respalda, pues el que miente
dice lo que no es. Temiendo convertirse en un parricida, al
contradecir a su padre Parménides, Platón sostiene que lo
que no es, en cierto modo es, en tanto que lo que es, de alguna
manera, no es (241 d). Si lo frío y lo caliente son, prosigue
Platón, ¿qué puede significar el "ser" que conviene a ambos?
Indudablemente, Platón se asocia aquí a lo que él llama una
"lucha de gigantes" en torno a la realidad.
Finalmente, Platón culmina sus reflexiones sobre el no ser,
con una pieza dialéctica, modelo ejemplar de su pensamiento
y que constituye, a juicio de Brochard, la piedra angular
de todo el platonismo. Cinco géneros o ideas supremas participan
mutuamente entre sí: lo que es, el movimiento, el reposo,
lo mismo y lo otro. Indudablemente, el movimiento es, asegura
Platón, en tanto que participa de lo que es, pero no es, en
tanto que participa de lo otro, lo cual lo hace distinto del
ser y, por ello mismo, no ser. "Es por lo tanto inevitable
que haya un ser del no ser, no solamente en el movimiento,
sino en toda la sucesión de los géneros. En toda la serie,
en efecto, la naturaleza de lo otro hace de cada uno de ellos
otro que el ser, y, por eso mismo, no ser. Así todos, universalmente,
bajo esta relación, diremos correctamente que no son, y, por
el contrario, en tanto que participan del ser, diremos que
son y los llamaremos seres" (256 e).
Alrededor de cada forma, por ende, hay multiplicidad de ser,
infinita cantidad de no ser; y dado que el ser mismo resulta
diverso del resto de los géneros o ideas, toda vez que estos
son, el ser no es, y toda vez que el ser es, las otras formas
no son. De esta manera, Platón se ve como forzado a sostener
la realidad del no ser, en un texto incomparable, que señala
un hito en su filosofía: "Cuando enunciamos el no ser ( ),
esto no significa, parece, enunciar alguna cosa contraria
( ) al ser sino solamente alguna cosa distinta ( ) (257 b).
La naturaleza de lo otro hace de cada forma que participa
de él, otro que el ser, y, por ello mismo, no ser. El género
"lo otro" resulta así la condición o el fundamento del no
ser. ¿Se ha convertido Platón realmente en un parricida, al
afirmar contra Parménides la realidad del no ser, que éste
rotundamente negaba? Quizás sea una osadía de nuestra parte
decir que Platón no comprendió la visión parmenídea acerca
del no ser, pues cuando el filósofo de Elea habla del no ser,
se refiere a él como a un vacío ontológico, del cual el ente
no habría podido surgir. En cambio, cuando Platón afirma que
las cosas, al participar de lo otro, no son, no niega que
existan, o sea que no sean en absoluto, sino que son distintas.
Por tal motivo, mientras para Parménides el no ser indica
la nada, para Platón el no ser señala lo otro.
De este modo, tanto la expresión ser como la de no ser poseen
para Parménides un sabor existencial, del que están desprovistas
para Platón. "Uno puede estar seguro de encontrarse en la
tradición del platonismo auténtico -anota Gilson- cada vez
que las nociones de existencia y de nada son remitidas a las
nociones puramente esenciales de lo mismo y de lo otro, de
eodem et diverso".
Platón, por lo tanto, no contraría a Parménides, sino que
utiliza las palabras ser y no ser con un sentido decididamente
esencialista. De aquí, que Platón use indistintamente los
términos ser, ente y esencia, por cuanto para él ser es ser
algo (ov) o algo que se es. Para Parménides, en cambio, ser
no significa ser lo que se es, sino que el ser (E. GILSON,
Le Thomisme, Vrin, Paris 1965, 6ª ed., pp. 54-55) designa
la condición o estado mismo de lo real, pues el ente es o
está siendo, y el no ser la ausencia absoluta de realidad,
pues la nada no es. Por tal motivo, Platón no distingue entre
el "es" copulativo y el "es" existencial; mejor dicho, Platón
reduce el "es" existencial al copulativo, lo cual es otra
manera de decir, que el ser goza para él de un sentido puramente
esencial. Sin duda alguna, el ente es, tanto para Parménides
como para Platón; pero que sea significa para el primero que
está ejerciendo el ser, mientras que para el segundo significa
que es tal o cual cosa. Decir simplemente "la flor es" significaría
para Parménides que ella está siendo, mientras para Platón
que ella es tal o cual cosa o que ella está siendo lo que
es.
3. Aristóteles
Por su parte, Aristóteles estima que el "es" sólo posee una
dimensión copulativa. Las expresiones ser o no ser, "en sí
mismas, en efecto, no son nada (...), pero ellas agregan a
su propio sentido una cierta composición que es imposible
de concebir independientemente de las cosas compuestas".
Nuevamente aquí, igual que para Platón, ser significa ser
esto o lo otro, jamás ser en el sentido fuerte o existencial
del término, tal como era el caso de Parménides. El verbo
ser se reduce a simple cópula verbal, mero nexo de unión entre
un sujeto y su atributo o predicado. Por ello, siempre que
Aristóteles habla de un tránsito del no ser absoluto al ser,
sólo se refiere al paso del no ser tal o cual cosa, al ser
esa cosa. En todos los casos, se trata siempre de la generación,
sea sustancial, sea accidental, que únicamente afecta al rostro
esencial del ente, nunca a su faz existencial.
El no ser aristotélico, por tanto, no indica la nada, sino
la ausencia de una forma, sustancial o accidental, que puede
nacer por generación o morir por corrupción. Como dice Tricot,
no hay para Aristóteles ni generación ex nihilo, ni corrupción
ad nihilum. Por ello, no existe en la obra aristotélica la
más mínima alusión a un origen radical de los seres, ni mucho
menos a su creación, aunque, de hecho, no haya habido en ella
nada que se opusiera a la misma, tal como lo señala Jolivet.
4. Filón
Si bien la idea de creación estaba virtualmente contenida
en el primer versículo del Génesis (Bereschit bara Elohim),
parece haber sido Filón de Alejandría el primero en advertirla,
tal como lo destaca G. Reale: "Filón es el primer pensador
que introduce en la filosofía la doctrina de la creación".
El mismo Gilson, por su parte, corrobora tal juicio, otorgándole
a Filón la paternidad de tal idea, aunque durante los primeros
años de su magisterio se la había negado.
Indudablemente, asistimos con Filón a los primeros albores
de una idea, quizás no completamente perfilada en su pensamiento,
ya que la acción creadora de Dios parece confundirse a veces
con la acción meramente configuradora del demiurgo platónico.
El texto del Génesis utiliza el verbo bara, que la versión
griega de los Setenta traduce por epoihsen. En tal sentido,
Dios hizo el cielo y la tierra; pero el demiurgo también los
hizo, lo cual no significa que los haya creado, ya que su
actividad se reduce a modelar y configurar una materia preexistente.
Por tal motivo, al no existir en el léxico griego el verbo
"crear", Filón tiene que recurrir al verbo que significa "fundar"
y "construir", para expresar el acto creador. Por ello, y
para distinguir la creación, de la mera formación, Filón escribe:
"Dios no sólo ha conducido las cosas a la luz, sino que ha
hecho aquellas cosas que antes no eran; él no es solamente
demiurgo, sino incluso creador.
A partir de este momento, y gracias al contacto con el texto
bíblico, la cuestión del origen del ser, débilmente sospechada,
alcanza una relevancia especialísima. Habiendo desestimado
tanto Parménides como Meliso y Empédocles la posibilidad de
un surgimiento radical del universo, por cuanto nada puede
proceder de la nada, la idea de creación introduce una alternativa
frente a la idea rectora y dominante del pensamiento griego,
tal como lo ha subrayado E. Bréhier: "Nada viene de la nada,
nada retorna a la nada. Este principio, martillado en los
versos del viejo Lucrecio, ha quedado la gran idea rectora
de todos los pensadores griegos, desde los físicos presocráticos
hasta los últimos platónicos".
Dos cosmovisiones se encuentran ahora enfrentadas. El mundo
no ha tenido principio, ni tendrá fin, o, por el contrario,
ha tenido un origen; en otras palabras, o es eterno o ha sido
creado. Pero si el mundo es eterno, su eternidad no puede
ser la misma que la de Dios, dado que el universo visible
está afectado por el tiempo, en tanto que Dios, no. Por ello,
aunque el mundo no haya tenido ni principio, ni fin, no se
lo puede calificar de eterno a juicio de Boecio, porque si
bien posee una duración ilimitada, no abarca todo el pasado
y el porvenir en un solo instante. Sólo Dios es eterno, por
cuanto "en su presente reúne la infinidad de los momentos
del tiempo que fluye". En tal sentido, Boecio atribuye la
eternidad exclusivamente a Dios, mientras que al mundo le
reserva la perpetuidad.
5. Santo Tomás
Santo Tomás, por su parte, se solidariza plenamente con Boecio,
negando la coeternidad del mundo con Dios, ya que "incluso
si el mundo siempre existió, no sería coeterno con Dios" (Deo
coaetemus), pues su duración no sería totalmente simultánea;
lo cual es requerido por el sentido de la eternidad. Pues
la eternidad es, como allí mismo se dice, la posesión totalmente
simultánea y perfecta de una vida interminable. Pero la sucesión
del tiempo resulta causada por el movimiento, como dice el
Filósofo. Por lo cual, lo que está sometido a la mutabilidad,
aunque siempre haya existido, no puede ser eterno; y a causa
de esto, Agustín dice que ninguna creatura puede ser coetema
con la invariable esencia de la Trinidad" (De pot., q.3, a.
14).
Según Santo Tomás, no se puede hablar de una creatura coetema
con Dios, si asignamos a la palabra "eternidad" el mismo sentido,
cuando la atribuimos a la creatura y cuando la atribuimos
a Dios. Primero, porque la duración del mundo, de ser eterno,
no sería tota simul como la de Dios; y segundo, porque las
cosas están sometidas a una mutabilidad completamente extraña
a la esencia divina. Sin embargo, sabemos ciertamente por
la fe, que el mundo no existió siempre; pero ello no se puede
demostrar racionalmente "por cuanto la novedad del mundo (novitas
mundi) no puede recibir una demostración por parte del mismo
mundo" (S. Theol., la., q.46, a.2). Por lo tanto, que el mundo
haya comenzado, y sea una novedad, resulta objeto de fe, pero
no se puede demostrar, ni saber: unde mundum incoepisse est
credibile, non autem demonstrabile vel scibile (S. Theol.,
la., q.46, a.2).
No obstante, Santo Tomás estima que el mundo podría no haber
comenzado, o sea que podría haber sido creado desde toda la
eternidad (ab aetemo). Tal es lo que trata de mostrar en su
penetrante opúsculo De aeternitate mundi, que entre otras
cosas, marca la autonomía del pensamiento filosófico con respecto
a la fe religiosa; y hablamos de la autonomía de la razón,
porque si bien Santo Tomás sabe por su fe que Dios creó el
mundo en el tiempo, o si se quiere, que el mundo y el tiempo
comenzaron, considera racionalmente posible que el mundo y
el tiempo no hayan comenzado, con lo cual creación del mundo
y eternidad del mundo no se excluyen entre sí.
Escrito contra los que murmuran que tales ideas sean compatibles,
Santo Tomás estima plausible que podría haber existido algo
eterno, siempre y cuando toda su realidad hubiese sido causada
por Dios. En tal caso, el universo carecería de un principio
de duración (principium durationis), es decir, no habría comenzado.
Ello podría repugnar al entendimiento por dos razones. En
primer lugar, porque, de ser así, Dios como causa agente,
piensan algunos, tendría que haber precedido a lo creado en
duración. Dicho con otras palabras, como siempre una causa
precede a su efecto, sería menester que Dios antecediese a
la creatura, lo cual no sería posible si el mundo fuese eterno.
Sin embargo, Santo Tomás piensa que un efecto puede ser producido
súbita e instantáneamente por su causa, con lo cual no existe
ningún orden de prelación temporal entre ésta y aquél.
En segundo lugar, dado que el mundo ha sido hecho de la nada,
también repugnaría al entendimiento la idea de su eternidad,
porque, en tal caso, su no ser tendría que haber precedido
en duración a su ser. Haber sido hechas de la nada significa
que las cosas no han sido hechas a partir de algo preexistente,
de modo tal que la nada no ha precedido a lo creado, "como
si fuera necesario que la nada fuese antes de lo que fue hecho
e inmediatamente después exista algo". En todo caso, resulta
lícito decir que primero es la nada que el ser, en el sentido
de que la creatura, considerada en sí misma y por sí misma,
no es nada, "por lo cual hay que decir que naturalmente tiene
antes la nada que el ser".
No existe, por ende, la menor repugnancia en pensar que "algo
ha sido creado por Dios y que este algo siempre existió".
Si hubiese existido alguna incongruencia al respecto, San
Agustín la habría notado, según Santo Tomás, sobre todo porque
habría sido la manera más eficaz para él de negar la eternidad
del mundo.
Sin embargo, a pesar de no haber nunca admitido la eternidad
de la creatura, San Agustín parece no rechazarla, en opinión
de Santo Tomás, por haber citado un argumento usado por los
platónicos, según el cual Dios habría causado desde siempre
a la creatura, sin precederla, tal como acontece con un pie
que deja su huella en el polvo. El pie podría haber estado
posado en el polvo desde toda la eternidad causando su huella;
del mismo modo, Dios podría haber creado las cosas desde siempre,
en cuyo caso la causa y el efecto serían concomitantes.
No obstante, algunos opinan que no puede existir una creatura
coeterna con Dios, como sostienen Juan Damasceno, Hugo de
San Víctor y el mismo San Agustín. Pero la explicación última
de esta postura, según Santo Tomás, la brinda Boecio, cuando
en su Consolación de la filosofía escribe: "Una cosa es ser
conducido a través de una vida interminable, lo cual atribuye
Platón al mundo, otra cosa distinta es que toda la presencia
de una vida interminable sea igualmente abarcada, lo cual
resulta manifiesto que sólo es propio de la mente divina".
En otros términos, mientras la vida de la creatura está extendida
en el tiempo, la vida divina está concentrada en un punto.
La eternidad de la creatura, por lo tanto, afectada por el
cambio, el movimiento y la duración es temporal; por el contrario,
la eternidad de Dios, ajena a ellos, resulta atemporal.
En este sentido preciso, tampoco para Santo Tomás se puede
hablar de una creatura coetema con el creador, porque la eternidad
de la creatura no tiene el mismo carácter que la de Dios.
Sin embargo, se puede hablar de una creatura coetema con Dios,
en el sentido de que la creatura, móvil y temporal, podría
haber coexistido desde siempre con su Creador, inmóvil y atemporal.
El tiempo y la eternidad podrían haber coexistido paralelamente,
no obstante la radical heterogeneidad de sus naturalezas respectivas.
Dicho de otro modo, lo que para Santo Tomás resulta congeniable
es la eternidad de Dios y la perennidad temporal del mundo.
Tal postura no desdice, por otro lado, la doctrina de Santo
Tomás sobre el esse, primer efecto de la causa suprema: primus
effectus est esse et non est ante ipsum creatum aliquid (De
pot.,q.7, a.2). Dado que crear es dar el esse (prima rerum
creatarum est esse), Dios podría haber conferido el actus
essendi a las cosas desde toda la eternidad, o, por el contrario,
ellas podrían haber comenzado a ser. La creación es una relación
de dependencia por parte de la creatura con respecto al Creador,
y esa dependencia pudo haber sido eterna, aunque sabemos por
la Revelación que ha sido temporal: et sic creatio nihil est
aliud realiter quam relatio quaedam ad Deum cum novitate essendi
(De pot., q.3., a.3).
El universo, por tanto, de ser eterno, no habría tenido principio
de duración, pero aun en este caso, habría tenido principio
de origen (principium originis), ya que Dios lo causa y produce.
Podría haber carecido de un inicio temporal, pero nunca de
origen, porque él depende totalmente de Dios.
6. Leibniz
Como señala Leibniz al respecto en su opúsculo De rerum originatione
radicali, aunque el mundo sea eterno, debe haber una razón
última de su existencia. En tal sentido, existen cosas más
bien que nada, dado que cada esencia posible tiene la pretensión
de existir según el grado de realidad o perfección que encierra.
La existencia, por ende, resulta algo exigido por aquellas
esencias aptas para alcanzar su actualidad. Pero Dios se manifiesta
como la razón última y como la fuente misma tanto de los seres
posibles como de los actuales.
Leibniz habla, en este sentido, del "gran principio", según
el cual "nada se hace sin razón suficiente". "Asentado este
principio, la primera pregunta que tenemos derecho a formular
será por qué hay algo más bien que nada. Pues la nada es más
simple y más fácil que algo". Lo que nos llama la atención
en este notable texto, no es tanto la formulación de lo que
se ha llamado "la cuestión fundamental de la metafísica",
sino más bien su referencia: la simplicidad de la nada, con
la cual, por otra parte, debería haber comenzado el texto,
ya que más que una conclusión resulta una premisa. En este
sentido, dado que la nada es más simple y fácil que algo,
¿por qué hay cosas? Dicho de otro modo, sería más lógico o
más comprensible que no hubiese nada en absoluto, ya que la
nada es más simple y fácil que el ser. Sin embargo, hay ser,
y éste resulta, obviamente, mucho más difícil de justificar
que la nada.
No obstante, lo más maravilloso que hace un ente es ser. Y
el ser que el ente ejerce lo constituye y establece como tal,
ya que si no lo ejerciera no sería y no habría entonces nada
en absoluto. En tal sentido, Leibniz parece inscribirse en
la nómina de aquellos pensadores que lo han detectado, al
interrogar por qué existen las cosas y no más bien la nada,
tal como también lo presume Gilson: "Por haber escrito esa
frase, es necesario, sin duda, que Leibniz se haya sorprendido
y admirado, al contacto con el acto misterioso que llamamos
el ser, aquél en virtud del cual uno dice de los entes que
ellos son".
Pero la diversidad de los espíritus es una cosa admirable
y para verificarlo bastará que nos remitamos al filósofo de
la duración, para quien el problema del origen del ser resulta
un problema fantasma por cuanto la idea de nada es, a su juicio,
una pseudo-idea.
7. Bergson
Al comienzo de su recordado análisis de esta cuestión en L"évolution
créatrice, Bergson escribe: "La existencia se me aparece como
una conquista sobre la nada. Yo me digo que podría, que debería
incluso no haber nada, y me sorprendo entonces que haya alguna
cosa. 0 bien, me represento toda realidad como extendida sobre
la nada como sobre un tapiz: la nada era en primer lugar y
el ser ha venido por añadidura. 0 bien aún, si siempre ha
existido alguna cosa, es necesario que la nada le haya siempre
servido de substrato o de receptáculo y sea, en consecuencia,
eternamente anterior".
Según Bergson, resulta imposible imaginar la nada, pero podríamos
tratar de concebirla, al pensar en un objeto inexistente.
Pensemos, en primer lugar, en un objeto existente. La idea
de este objeto no es más que la representación pura y simple
de ese objeto, pues no se puede representar un objeto "sin
atribuirle por eso mismo, una cierta realidad. Entre pensar
un objeto y pensarlo existente, no hay absolutamente ninguna
diferencia".
Pero si pensamos el objeto como inexistente le agregamos algo,
a saber, "la idea de una exclusión de este objeto particular
por la realidad actual en general". Representarse un objeto
como inexistente implica conferirle, por lo menos, una existencia
puramente ideal, la de un puro posible; negada la existencia
sustancial del objeto, aparece la existencia atenuada de lo
simplemente posible, con lo cual resulta absolutamente imposible
pensar en un objeto inexistente y, con ello, pensar en la
nada.
“En otros términos, y por extraño que pueda parecer nuestra
aserción, hay más, y no menos, en la idea de un objeto concebido
como "no existente" que en la idea de este mismo objeto concebido
como "existente", pues la idea del objeto "no existente" es
necesariamente la idea del objeto "existente" con la representación,
además, de una exclusión de este objeto por la realidad actual
tomada en bloque".
Entre pensar un objeto y pensarlo existente no hay para Bergson
ninguna diferencia, siempre y cuando la reducción que él propone
de lo realmente existente a lo pensado, o la identificación
del ente actual con su idea sea genuina. En efecto, no hay
ninguna diferencia desde un punto de vista puramente conceptual;
pero si lo real encierra además de su esencia, objeto de concepto,
el ser o la existencia como algo no incluido en la esencia
o distinto de ella, la realidad no se identificaría, ni coincidiría
con su idea o concepto. La realidad no es reductible a mera
idea, o, dicho de otro modo, ella excede el plano lógico,
dado que el misterio de la existencia no es susceptible de
ser apresado por un concepto.
Por otra parte, "creemos figurarnos -apunta Bergson- que el
ser ha venido a llenar un vacío y que la nada preexistía lógicamente
al ser". Bastaría, sin embargo, recordar a Parménides y a
Meliso, para invalidar tal aseveración. Ni el ser ha venido
a colmar un vacío, ni la nada lo ha precedido, como también
lo asegura Santo Tomás.
Su noción de la nada, por tanto, como un vacío ontológico
previo al ser, no tiene la vigencia que Bergson parece asignarle.
Por otra parte, ¿cómo imaginar o concebir lo que no es, tal
como lo propone? ¿Qué otra cosa se puede decir de la nada,
sino que ella no es? Pero aunque la nada no sea ni pensable,
ni imaginable, ella es una idea exigida por el pensamiento
cuando éste se aboca a la cuestión del origen del ser. Por
tanto, ella ha jugado un papel relevante no sólo en las concepciones
creacionistas del universo, sino también en aquellas cosmovisiones
que, sin afirmar la creación se asomaron al problema de un
presunto advenimiento del ser.
8. Heidegger
Pero la pregunta fundamental de la metafísica ha sido retomada
en nuestros días por Martin Heidegger, sin brindar, por otra
parte, no obstante la expectativa suscitada, ninguna respuesta
satisfactoria al respecto.
En primer lugar, Heidegger estima que un cristiano no puede
acceder a la cuestión planteada, porque de antemano tiene
la solución, ya que cree que Dios creó al principio el cielo
y la tierra. Prescindiendo de que esa proposición sea "verdadera
o falsa para la fe", ella no se relaciona, por lo tanto, con
la pregunta fundamental, ni la admite, porque el creyente
queda dispensado por su fe de tal interrogación.
Sin embargo, lo absolutamente importante, a nuestro juicio,
consistiría en saber si tal idea, verdadera para la fe, es
también verdadera para la razón, en cuyo caso la creación
explicaría el origen radical del ser, satisfaciendo la pregunta
fundamental. Rechazar la idea de creación, porque ella está
asociada a una determinada Revelación, implica un cierto filosofismo,
desde el momento que el pensamiento, en tal caso, está decidido
a no aceptar otras ideas más que las que él mismo descubre.
Si la idea de creación le brinda al filósofo una respuesta
atendible al problema del ser, sería absurdo despreciarla
por el solo hecho de no haber sido advertida por su reflexión.
Por otra parte, la creación es una verdad de orden natural,
a juicio de Santo Tomás, que la inteligencia humana habría
podido conquistar, aunque de hecho ella la deba a la Revelación.
En tal sentido, Dios no sólo ha revelado verdades de carácter
sobrenatural, como su paternidad o la Trinidad, sino también
de índole natural por ser de difícil acceso a la razón, tales
como la creación.
Pero nuestro filósofo está reñido con tal idea; incluso, en
uno de los poquísimos textos sobre el particular, Heidegger
atribuye al tomismo una visión hylemórfica del acto creador.
En tal sentido, lo creado es lo confeccionado, y crear significa,
por ende, según Heidegger, fabricar. Conviene recordar, sin
embargo, que para Santo Tomás, Dios no procede como un artesano,
porque el objeto inmediato del acto creador es el esse, el
ser mismo del ente, el cual actualiza a la materia y a la
forma, esto es, a la esencia, resultando a su vez restringido
y limitado por ella.
Pero los equívocos de Heidegger abundan. Tal como lo señala
en Was ist Metaphysik?, el pensamiento cristiano considera
a la nada como la ausencia total de realidad, lo cual implicaría,
en su opinión, que Dios, al crear, tendría que haberse vinculado
con ella. Sorprende bastante que un metafísico de su talla
piense que Dios pueda relacionarse con la nada, como si ésta
fuese una zona sin ser que coexistiría con Dios.
Antes de la creación, no existían simultáneamente la nada
y el ser, como lo asienta Santo Tomás, sino sólo Dios, el
ser mismo puro y subsistente, que todo lo llenaba y todo lo
inundaba; y si El todo lo colmaba antes de su fiat creador,
también lo sigue colmando después, pues Dios está presente
en todas las cosas (adest omnibus) como causa de su ser. Por
otra parte, Parménides, Meliso y Empédocles tuvieron mil veces
razón, al negar que el ente pudiese provenir de la nada. Y
Santo Tomás los confirma plenamente, porque el ente no procede
de la nada, sino de Dios como fuente absoluta y única de todo
lo que es. Sólo el Ser puede engendrar el ser. En tal sentido,
la creación tiene el carácter de un acontecimiento constituido
por el don del ser, aunque tal don no presuponga evidentemente
un receptor.
A nadie se le puede escapar la resonancia heideggeriana de
estas ideas, por lo menos tal como se pueden apreciar en Zur
Sache des Denkens. Sin duda, la noción de Ereignis ocupa allí
un lugar central entendida como el acontecimiento que trae
aparejado el obsequio del ser: "El don (Gabe) del estar presente
es lo peculiar del acontecer". Pero una vez que el suceso
tiene lugar, el ser desaparece como tal, y sólo queda en la
superficie el ente: "Cuando el ser es visualizado como el
acontecimiento, desaparece como ser”.
Estas reflexiones heideggerianas, un poco esotéricas, pueden
ser esclarecidas a la luz de la doctrina tomista de la creación.
Indudablemente, la creación ha constituido un acontecimiento
fundamental, ya que gracias a ella ha comenzado realmente
a existir lo que no existía. Pero el esse mismo, lo más íntimo
y profundo del ente, se disimula en el seno de éste. Sólo
podemos percibir el ente, pero el ser mismo en virtud del
cual él es o existe, se sustrae a la captación tanto sensible
como conceptual. Si bien el ente indica "lo que es", el espíritu
humano recala espontáneamente en el "lo que", sin reparar
en el "es", o sea en el ser. Y es natural que así sea, porque
el "lo que" señala la esencia del ente, y ésta constituye
el objeto adecuado y connatural del entendimiento humano.
Sin embargo, resulta necesario exceder la esencia, el "lo
que", para divisar el esse como la raíz secreta de todo cuanto
existe. Expresado ahora en términos heideggerianos, "el ser
es, con respecto al ente, aquello que muestra, que hace visible,
sin mostrarse a sí rnismo”.
También el esse toniista hace visible al ente, por cuanto
lo hace existir; y también él, igual que el Sein heideggeriano,
no se muestra a sí mismo, ya que se entraña íntimamente en
el seno del ente como el fundamento invisible de la realidad
visible. Este parentesco entra la idea tomista de creación
y la noción heideggeriana de Ereignis, que ha acudido espontáneamente
a nuestro espíritu, también ha sido advertida por J. Lotz
en un texto que nos complace citar: "Reencontramos aquí una
vecindad profunda entre Heidegger y Santo Tomás, en cuanto
que el evento original de aquél y la creación de éste, indican
simplemente la comunicación del ser”.
Efectivamente, creatio y Ereignis designan el acontecimiento
del ser, o, si se quiere, ambos han tenido como objeto la
dádiva del ser, obsequio admirable que nos permite contemplar
el fantástico espectáculo de los entes y cuyo misterio siempre
estimulará la reflexión del espíritu humano.
Algunas obras citadas por el autor:
S.W. HAWKING, Historia del tiempo, Grijalbo, Buenos Aires 1988,
p. 26.
G.W. LEIBNIZ, Escritos filosóficos, Charcas, Buenos Aires 1982,
p. 601.
E. GILSON, Constantes philosophiques de l"étre, Vrin, Paris
1983, p. 147.
H. BERGsoN, L"évolution créatrice, P.U.F., Paris 1948, p. 276.
H. BERGSON, La pensée et le mouvant, P.U.F., Paris 1950, p.
65.
M. HEIDEGGER, Introducción a la metafísica, Nova, Buenos Aires
1956, p. 43.
M. HEIDEGGER, Zur Sache des Denkens, Max Niemeyer, Tubingen
1969, p. 22.
J.B. LOTZ, Il valore religioso nella filosofía dell"essere di
M. Heidegger, «Sapienza», 3 (1978) |