“La ruptura entre
Evangelio y cultura”. “El drama de nuestra época”
Por Tomás Melendo Granados
Catedrático de Metafísica
Universidad de Málaga
De todos es conocida la insistencia con que los últimos Papas,
y en particular Pablo VI y Juan Pablo II, se han preocupado
por denunciar “la ruptura entre Evangelio y cultura” como
“el drama de nuestra época”(1) Entendemos entonces sin dificultad
el impulso constante del actual Pontífice para que se “lleve
a cabo una obra de inculturación por parte de la fe,
que alcance y transforme, mediante la fuerza del Evangelio,
los criterios de juicio, los valores determinantes, las líneas
de pensamiento y los modelos de vida actuales, de suerte que
el cristianismo siga ofreciendo, también al hombre de la sociedad
industrial avanzada, el sentido y la orientación de su existencia”(2)
Se trataría, con palabras de Giuseppe Savagnone, de una misión
perfectamente adecuada al cristianismo. Porque, “parafraseando
el gran principio de la tradición católica según el cual la
gracia no elimina la naturaleza, sino que la sana, la potencia
y la eleva sobre sí misma, podríamos decir que la gracia no
sustituye a la cultura; al contrario, la purifica de las escorias
que le impiden reflejar adecuadamente la identidad del hombre
y del mundo, libera sus recursos más profundos y da valor
a cuanto de verdadero, bello y bueno semejante cultura contiene,
abriéndola a perspectivas ilimitadas, que no sólo no menoscaban
su impulso, sino que lo exaltan e intensifican”(3)
Estamos, pues, ante el influjo benéfico de lo sobrenatural
sobre la naturaleza humana, de la que la cultura es parte
integrante e irrenunciable. Pero en estas páginas me gustaría
detenerme más bien en otro extremo, en parte contrario, y
analizar las condiciones que ha de cumplir una cultura para
ponerse con eficacia al servicio de la fe y de la religión.
Pues es bastante patente que no todas las manifestaciones
culturales gozan de idéntico vigor para realizar esa tarea,
como tampoco lo poseen las distintas filosofías.
Dentro ya de este contexto, y dejando de lado cuestiones incluso
de más envergadura, expondré en el cuerpo de mi intervención,
con relativa amplitud, el sentido en que la metafísica se
establece como criterio para medir la idoneidad de una cultura
y como impulso para alzarla hasta un rango propiamente humano.
Y sólo más tarde, al final del trabajo, indagaré brevemente
si en el actual estado de naturaleza caída semejante tarea
de purificación enaltecedora puede o no ser cabalmente realizada
al margen de la gracia.
1. Cultura y «contracultura»
Como acabo de insinuar, entre las múltiples maneras al uso
de entender hoy la cultura(4) pretendo retener ahora sólo
su aspecto más sólido y nuclear: a saber, la aspiración a
la excelencia(5)Ya aludamos a un proceso interno al
sujeto, ya a los elementos exteriores que lo hacen posible,
ya al resultado de semejante despliegue en el hombre y en
su entorno…, considero —con Juan Pablo II— que algo entra
en el ámbito de la cultura en la medida en que contribuye
a empinar a la persona humana hasta la plenitud de su ser.
En caso contrario, por más que «aquello» manifieste una huella
incluso muy definida de «roce» con el hombre, su calificación
como cultural obedece a un uso del vocablo o depauperado o
engañoso o fraudulento.
De resultas, la discriminación de lo que cabe aceptar como
“cultura” depende de una adecuada concepción de la persona
humana. Y entre las muchas posibles, siguiendo sugerencias
que se remontan por lo menos hasta Heráclito, estimo más adecuada
para nuestros fines la que la describe como “animal metafísico”,
como «logos» o lugar del ser: es decir, como aquella
realidad a la que lo real se le hace patente justo en cuanto
real. Por tanto, como alguien en íntima relación con los
atributos que la realidad ostenta precisamente por ser real:
la unidad, la verdad, la bondad y la belleza; o, mejor todavía,
como un ser vocacionalmente orientado a hacer presentes y
encarnar en sí mismo tales propiedades, de modo que sólo crece
y se perfecciona en la proporción en que se desenvuelve
y vive en lo uno, verdadero, bueno y bello, apreciados
en su valor intrínseco y elevados hasta sus expresiones cimeras(6).
Tal vez quepa encontrar aquí, por contraste, la clave de fondo
de algunas de las distorsiones y debilitamientos que aquejan
a «lo cultural» en nuestros días. Prescindiendo de la retórica
grandilocuente y de ciertas pretensiones totalitarias con
que a menudo se ve acompañada, la denuncia del olvido del
ser compone, a mi parecer, uno de los indicadores todavía
válidos para comprender la situación del hombre en el siglo
XXI.
¿Por qué motivos?
Apropiándome más de la expresión y de la concepción medular
que de la configuración concreta que posee en Heidegger, considero:
1) Que el núcleo de la desatención y el menosprecio
a lo real estriba en prescindir de las exigencias que las
personas, las cosas y las instituciones plantean por su misma
naturaleza (por ser lo que son), para atender
en exclusiva a lo que cada uno de nosotros «sienta», «piense»,
«desee» o «ambicione» respecto a ellas. 2) Que tal
actitud se encuentra tremendamente arraigada en la actualidad.
Y 3) que en virtud de semejante desestima no sólo peligra
la unidad del universo y la del propio sujeto humano —hoy
declarado por muchos inexistente—, sino que lo verdadero
en sí tiende a ser reemplazado por lo que yo pienso u
opino, por la verdad-para-mí, para cada uno; lo bueno en
cuanto tal se ve desplazado por los «me gusta», «me apetece»,
«me interesa», por lo agradable o placentero para mí, en definitiva;
y la genuina belleza, reconocible sin apenas titubeos
y casi unánimemente durante centurias por las personas con
cierto grado de cultivo interior, va dejando su puesto a las
apreciaciones estéticas epidérmicas y subjetivas, que acaban
incluso por entronizar un culto a lo feo y grotesco y a lo
macabro y monstruoso.
En definitiva, y con expresiones un tanto alambicadas, el
papel hegemónico de la realidad en cuanto tal —que, en fin
de cuentas, remite a Dios como a su Fundamento ineludible—
ha sido reemplazado por la tiranía de la conciencia humana,
por la subjetividad; por un «yo» caprichoso y arbitrario:
«ametafísico» o «sin ser», podríamos decir, por cuanto lo
importante, en la medida en que ese ego se impone,
no es tanto lo que soy o hago o tengo,
sino que cada una de estas cosas las soy «yo» o resultan «mías».
Todo lo cual ha producido, naturalmente, si no una modificación
sustancial, sí un cambio profundo en la entraña más
íntima y en el despliegue perfectivo de quienes conformamos
nuestro mundo, originando a menudo manifestaciones que en
un sentido nada figurado cabría calificar como «contraculturales».
Pues si, por utilizar de nuevo una terminología ya clásica,
el hombre se define como realidad «onto-lógica» —«pastor del
ser» lo llama Heidegger y recordó Karol Wojtyla en una de
sus primerísimas intervenciones como Papa—, el oscurecimiento
y la puesta entre paréntesis de semejante ser, con el consectario
desdén hacia la metafísica, propios de las últimas centurias,
por fuerza ha de haberle afectado en su fibra más íntima.
En cierto modo, semejante quiebra cristaliza en una carencia
profunda de unidad, en una disgregación del comportamiento
humano y de sus principios rectores, que a menudo va acompañada
por un hondo sentido de frustración y en ocasiones por peligrosas
rupturas de la personalidad. En consecuencia, estimo que la
instauración y consolidación de la unidad del sujeto humano
en los ámbitos que prioritariamente forjan su condición personal
—teorético, ético y estético, no tomados aisladamente sino
en su recíproca conjunción enriquecedora—, compone el objetivo
por excelencia de quienes, de manera más directa, aspiran
a elevar el tono «cultural» —¡humano!— del mundo de hoy. Y
que para alcanzar semejante fin es menester que la labor integradora
a que acabo de referirme se vea flanqueada por la correspondiente
tarea de revitalización de las propiedades con cuyo contacto
el hombre se enriquece como hombre: verdad, bondad, belleza,
tal como nos las presentan las metafísicas de mayor raigambre.
En eso consiste, en substancia, “hacer cultura”.
2. La verdad maltratada
La esfera teorética, en primer término. Porque, en efecto,
la crisis relativista de la verdad constituye una de las lacras
más devastadoras del momento presente. Tal vez la más
perniciosa de todas, al situarse hasta cierto punto en la
raíz de las restantes. Como explica la Fides et ratio,
en la actualidad se encuentra muy difundido el convencimiento
de que nuestro intelecto resulta incapaz de alcanzar por sí
mismo la certeza de las verdades fundamentales sobre la existencia
humana. No se trata en absoluto de una afirmación libresca,
ajena a la vida cotidiana. En las conversaciones con alumnos,
colegas y amigos es fácil encontrar diálogos similares al
que sigue: «la razón, de acuerdo; ¿pero qué razón, la tuya,
la mía…?, ¿existe una sola razón, o dos, o tres… o tantas
como individuos?, ¿cómo puedo estar seguro de que lo que conozco
es lo mismo que advierten los demás?, ¿no tenemos cada uno
una particular visión de la realidad, válida para nosotros
mismos, pero distinta en todo caso de las de las restantes
personas?…».
Repito que tal vez estemos ante el problema
o, por lo menos ante uno de los primeros, del hombre
contemporáneo. En cualquier caso, se cuenta entre las dificultades
más graves a la hora de hacer que bastantes de nuestros conciudadanos
entiendan cabalmente, por ejemplo, que existen unos
modos de vida acordes con nuestra condición constitutiva (y
que, por tanto, engendran perfección y dicha) y otros que
no lo son (y conducen casi sin remedio a la insatisfacción
y, con frecuencia, a la ruina personal). Es difícil, por poner
algunos casos paradigmáticos, que admitan sin discusión y
con sinceridad —¡o, más bien, que comprendan efectivamente,
con honda persuasión inteligente, capaz de traducirse en obras
duraderas!— que el matrimonio indisoluble, la amistad desinteresada
y sin componendas y el trabajo acabado y silencioso se encuentran
entre los primeros, entre los que ensalzan al ser humano;
mientras las relaciones extra- o contra-matrimoniales, la
homosexualidad, el uso de contraceptivos, la búsqueda desenfrenada
del placer, la utilidad, el éxito o el dinero, el arribismo
o la competitividad a ultranza, el encerramiento ensimismado
en uno mismo, y otras realidades por el estilo, se alinean
por naturaleza en el segundo grupo y contribuyen a
deshacer al varón y a la mujer… aun cuando sean voluntariamente
escogidas (porque el de la libre decisión aspira a imponerse
hoy como «argumento» capaz de legitimarlo todo).
Junto a causas más profundas que el propio Pontífice y otros
estudiosos han señalado, semejante descalabro viene fomentado
por la creciente proliferación de prácticas que, día a día,
erosionan el sentido de la verdad en quienes alguna
vez lo han poseído… o tornan imposible que se instaure en
el resto. Cito sin orden ni afán de ser exhaustivo: i)
la ausencia de distinción entre realidad y ficción, tal como
se ofrecen sobre todo a través de los media y notablemente
agravada por la pródiga e indiscriminada multiplicación de
las realidades virtuales; ii) el ensayismo excesivo,
en el que la verdad, cuando desempeña algún papel, resulta
tratada con una tremenda ligereza subjetiva; iii)
la carencia de diferenciación entre lo que es susceptible
de un conocimiento verdadero y aquello que, por su misma naturaleza,
permanecerá siempre en los dominios de lo opinable; iv)
la abundancia de debates en que los distintos pareceres se
muestran al mismo nivel y como indiscernibles; v)
la presentación como ciertos de hechos no comprobados que
tantas veces se demuestran falsos… sin que a ello respondan
normalmente los creadores o difusores del bulo con un esfuerzo
proporcionado por restaurar la verdad; vi) la
imposibilidad de diferenciar a quienes son competentes en
determinada materia y, por tanto, dignos de crédito, de quienes
no lo son; vii) el multiplicarse de encuestas
que entronizan la supremacía del «dato» y en las que cualquier
persona —como ya denunciara Kierkegaard—, sepa o no del asunto,
se ve instada a pronunciarse…
No es difícil advertir, por otra parte, hasta qué punto muchas
de estas tendencias han tomado cuerpo en los centros occidentales
de formación. Según he explicado otras veces(7), la estructuración
oficial y la práctica de las tareas educativas, en los niveles
básicos y en la misma enseñanza universitaria, no ayudan siempre
al niño ni al joven a descubrir e incorporar a sus convicciones
básicas que el papel de la educación es hacer brillar en él
lo humano, sino que a menudo se limitan a capacitarlo
para desempeñar una función en el desenvolvimiento económico-laboral
de una sociedad que ha perdido penosamente la conciencia de
que sus integrantes son, antes que nada y en todo momento,
personas. Lo cual, como es obvio, dificulta enormemente el
desarrollo de la cultura, concebida como despliegue
personal encaminado a la perfección.
3. El bien escamoteado
También la actitud de nuestros contemporáneos respecto al
bien, la libertad, la felicidad y el modo de concebir su autorrealización
pueden estudiarse desde la óptica «contracultural» y antimetafísica
del relativismo, centrándola en un par de aspectos estrechamente
interconectados: la indiscriminada exaltación del yo y el
imperio veleidoso de las propias apetencias.
a) El egoismo. En concordancia con la doctrina
agustiniana de las «dos ciudades», cabe sostener que a lo
largo de su existencia todo ser humano se encuentra impelido
a realizar una elección básica entre una pareja de extremos:
i) la realidad o el ser, por un lado; y ii)
el yo, en el polo opuesto. Según insinuaba, nuestra civilización
parece haber optado de forma prioritaria por la segunda, por
el yo. Lo demuestran desde el «egoísmo» que preside una proporción
respetable de las relaciones entre Norte y Sur o, si se prefiere,
entre las multinacionales o los países desarrollados, de una
parte, y el tercer o cuarto mundo, por otra, hasta —en un
tono menor, pero tanto o más corrosivo— el sinnúmero de anuncios
gráficos o de spots televisivos que nos invitan a concedernos
un capricho, a pensar en nuestro propio bienestar, a darnos
cuenta de que «nos merecemos» este o aquel extra gratificante,
etc.
Las consecuencias de esta polarización en torno a uno mismo
amenazan con alcanzar dimensiones universales. Por ejemplo,
son ya demasiadas las personas incapaces de concebir que algo
sea bueno si no le produce a ellas —a cada una en particular—
un provecho. No se trata propiamente de que antepongan en
la práctica el beneficio puntiforme del propio yo al bien
común o al de los demás, sino que ni siquiera están capacitadas
para entender el sentido en que algo puede calificarse
como bueno y serlo efectivamente si no lleva aparejada alguna
satisfacción para ellos (muchas veces de orden material).
De esta suerte, de los tres tipos de bienes que distinguían
los clásicos —el honesto o digno, el placentero y el útil—,
el primero, el de más valor, parece haber desaparecido de
la escena: no se entiende que algo sea bueno en sí mismo…,
como la muerte de Tomás Moro, que en el sentido actual no
reportó al santo ninguna ventaja, o la cúpula de San Pedro
del Vaticano, que bastantes de las tendencias contemporáneas
se inclinarían a sustituir por una simple techumbre. En cuanto
intrínseca y autónomamente buenas, estas y otras realidades
por el estilo resultan en la actualidad opacas al conocimiento;
la mayoría de nuestros contemporáneos sólo son capaces de
percibir el bien para mí, lo que a cada uno le resulta
útil o agradable.
A este respecto, se muestra muy esclarecedora la hoy tan difundida
impotencia para concebir a una persona capaz de ejercer acciones
desinteresadas, que busquen sólo el bien de los demás. Lo
he podido comprobar multitud de veces, al intentar explicar
que la felicidad deriva del real olvido de sí por atención
exclusiva al bien del otro. Resulta más que sintomático que
una muy alta proporción de quienes escuchan semejante doctrina
consideren sencillamente imposible que alguien pueda obrar
sin perseguir el propio provecho: “en el fondo —sostienen
obstinados, invirtiendo radicalmente los términos de la cuestión—
actúan de esa manera porque así se sienten a gusto”. Lo cual,
como es patente, elimina de raíz cualquier criterio objetivo
para discernir lo bueno y lo malo, encerrando al sujeto en
la relatividad de su yo.
b) La tiranía de los deseos. Semejante relativismo
alcanza una cumbre muy peligrosa cuando desemboca en el repudio
también teórico de la naturaleza humana: en la pretensión
de que no existe un modo estable de ser propio del hombre.
Pero eso es lo que ocurre hoy en muchos lugares. En el momento
actual, no sólo se propende a negar una similitud de naturaleza
para los representantes de la humanidad en los distintos períodos
de la historia o en las diversas latitudes y civilizaciones,
sino incluso para los miembros de una misma comunidad y etnia.
En definitiva —sostienen algunos—, cada individuo posee
una configuración particular y propia… y ni siquiera ésta
es fija, sino que puede irse modificando y volviendo a definir
a tenor de las circunstancias y de los intereses de cada instante.
La consecuencia es muy neta y devastadora. Durante siglos
la ética se ha sustentando en el conjunto de inclinaciones
naturales del sujeto humano, entre las que ha ido adquiriendo
preponderancia el impulso a entregarse a los demás, definitorio
de la propia índole de persona. Esas tendencias determinarían
sus deberes y prohibiciones, indicando el camino para su perfeccionamiento.
Hoy, desaparecida la naturaleza, se eliminan también los indicadores
universales y permanentes y sólo queda como punto de referencia
el deseo. Y la autorrealización tan en boga se concibe
substancialmente como dar rienda suelta a tales apetencias,
al margen del signo que posean… ya que no pueden en realidad
tener ninguno puesto que no se cuenta con un canon para establecer
ni su categoría ni su legitimidad. De ahí la primacía tan
extraordinaria concedida a coleccionar experiencias
de cualquier género (preferentemente «estético-sentimentales»):
todas gozan del mismo valor, pues no existe discriminación
entre lo acorde con la esencia del hombre y lo que no lo es.
Desde semejante punto de vista, ni el varón ni la mujer disponen
de un norte, de una meta a la que deban dirigirse:
vivir es vivir —¡sentir!—… y basta.
En el caso de bastantes jóvenes, esta desorientación se acentúa
por dos causas:
i) La falta de modelos claros a lo largo de
casi todo el proceso educativo, pues quienes tendrían que
proponerlos —en el ámbito de la familia o en el de la enseñanza
institucionalizada— no se atreven a hacerlo, engañados por
una falsa idea de la libertad o por un ingenuo o cómodo miedo
a inmiscuirse en la vida de los chicos, a traumatizarlos y
a equivocarse.
ii) La ausencia de conocimiento propio. Buena
parte de los jóvenes actuales, y una porción tampoco despreciable
de los adultos, carecen de las herramientas imprescindibles
para conocerse interiormente, pues no han aprendido
a identificar las emociones, los impulsos o apetitos, etc.
¿Por qué? Tradicionalmente, ese adiestramiento se llevaba
a cabo, sobre todo, a través de la literatura. Gracias a ella
el lector anticipaba su propia vida: «se enamoraba» cincuenta
veces antes de enamorarse en la realidad, y otras tantas experimentaba
el miedo a ser descubierto o la zozobra ante un peligro inminente,
la duda a la hora de decidir, el deseo de «volar» más alto,
la vergüenza y la angustia o el arrepentimiento por el mal
cometido… Hoy los puntos de referencia para entender al ser
humano son los presentados por la televisión y demás medios
de comunicación de masas: en el perfil de los personajes que
ofrecen influye vigorosamente el siempre más amplio multiculturalismo
y la oportunidad de que los programas se adapten a todos los
niveles de comprensión, motivos derivados a su vez de la necesidad
de captar audiencia y, con ella, prestigio, publicidad y recursos
económicos. Y el producto resulta muy rudimentario: los sentimientos
de los nuevos héroes y protagonistas quedan prácticamente
reducidos a la atracción sexual, la ambición de dominio, el
anhelo de venganza, el afán incontrolado de éxito… y poco
más, todo ello expuesto a su vez de una forma primitiva, sincopada,
brusca y carente de matices... ya desde los mismos dibujos
animados.
De esta suerte, sin los instrumentos mínimos ineludibles para
explorar su alma y cultivarse, el muchacho e incluso el adulto
de hoy aparece ante sí mismo como un auténtico desconocido.
Desorientado, sin estrella polar que marque el camino de su
propia plenitud, es incapaz de discernir lo que, en el sentido
que le atribuye Machado, haría de él o de ella un hombre o
una mujer buenos; y se ve condenado a acumular experiencias
inconexas, que no sabe si lo construyen o lo destruyen… porque
a menudo ni siquiera tiene clara conciencia de que la libertad
se le ha dado para edificarse y autoconducirse hacia su perfección
como persona: acaso porque —al haber desaparecido el ser de
su horizonte vital— también ignore que existe esa posible
perfección.
Todo lo cual, a pesar de lo que a veces pretenden hacernos
creer, parece bastante incapaz de engendrar auténtica y positiva
cultura.
4. La belleza «subjetivizada»
La afirmación «sobre gustos no hay nada escrito», que puede
tener vigencia en ciertas esferas, ha adquirido un valor prácticamente
universal, e incluso un tanto agresivo, aplicándose al entero
ámbito de la belleza, entendida a su vez en un sentido muy
depauperado, casi exclusivamente sensible e incluso sólo artificial
o producida por el hombre… que es justamente donde lo bello,
por su menor categoría o «densidad ontológica» resulta más
difícil de distinguir de lo que no lo es. Se trata de un fenómeno
al que no se concede excesiva importancia, porque se interpreta
como cuestión de gustos, de épocas, de modas…, pero que incide
de una manera insospechada en la formación o, a veces, en
la ausencia de formación de las personas de menor edad… y
de todas.
¿En qué sentido?: i) siguiendo las apreciaciones
de Mouroux, estimo “que [la belleza y] el arte, bajo cualquiera
de sus formas, es una necesidad esencial del hombre: que ejerce
una influencia enorme sobre él y que plantea graves problemas
a la sociedad moderna”(8); ii) considero asimismo
que, igual que para descubrir la verdad y para amar y procurar
el bien, para apreciar la belleza es necesario un empeño
continuado, tendente a la adquisición de un conjunto de hábitos
que nos connaturalicen con lo hermoso; gracias a ellos se
instaura además en quien los cultiva lo que conocemos como
buen gusto, mesura, delicadeza en el trato con las personas
y cosas, prestancia, pudor, elegancia, compostura en las situaciones
más diversas, etc.; iii) me temo, por fin, que,
como esa formación interior sólo se lleva a cabo en contadas
ocasiones, buena parte de lo que hoy se ofrece a nuestros
semejantes como «arte» y «cultura» los incapacita para apreciar
el genuino y más hondo valor de la realidad o,
si se prefiere, para el goce contemplativo de bellezas
de más alto rango que las que frecuentan normalmente, y capaces
de enriquecer de manera soberana su humanidad, a veces un
tanto maltrecha o deteriorada.
La idea de fondo ha sido gráficamente expresada por Inger
Enkvist: “las personas que no llenan su cerebro —sostiene
la especialista sueca— están «vacías». No disponen de la herencia
cultural que deben conocer para poderla usar; […] tampoco
pueden buscar experiencias gratas, por ejemplo a través del
arte, ya que también el arte exige aprendizaje y entrenamiento
[…]. De lo único que pueden disfrutar es de las vivencias
que crean éxtasis, por ejemplo las drogas, puesto que es la
única clase de deleite que no reclama ninguna forma de disciplina
o adiestramiento anterior”(9).
La cita, con los armónicos que evoca y a los que apunta, admitiría
un cúmulo de comentarios. Basta señalar: i)
por una parte, el desorbitado acostumbramiento de bastantes
de nuestros conciudadanos a un bombardeo de impresiones, a
veces desgarradas, en todos los ámbitos de la sensibilidad:
desde el monótono mascar chicle o distraer el gusto con alimentos
o bebidas más o menos exóticos, pasando por el sucederse de
sonidos estentóreos, imágenes y cambios de luz en los momentos
de diversión… o incluso en los de pretendido trabajo, hasta
la exposición a sensaciones fuertes —el gusto por lo terrorífico,
lo violento o lo macabro—, que despiertan y activan pasajeramente
su emotividad; y ii), por otra, la proporción
en que ese conjunto de incitaciones, que llegan a ser imprescindibles,
contribuye —en su ausencia o incluso provocado por ellas mismas—
a aletargar su inteligencia y, por ende, al aburrimiento
casi endémico de tantas personas dentro y fuera del ámbito
escolar y laboral. Tedio que, según han comentado filósofos
como Kierkegaard o Camus y psiquiatras como Frankl, constituye
una de las plagas más devastadoras del mundo presente y una
de las claves para comprender actuaciones aparentemente inteligibles
de algunos de nuestros contemporáneos y explicar la ausencia
de auténtico crecimiento —de desarrollo cultural— de
bastantes de ellos.
5. Metafísica y fe, a favor de la auténtica cultura
a) Inmersión en la realidad. Llegados a este punto,
y tras lo que llevamos visto, no creo exagerar si sostengo
que para contrarrestar las derivas contraculturales a que
antes me refería es menester empeñarse por hacer crecer
en nuestros conciudadanos, desde los años más tiernos, su
condición estricta de personas. Y tampoco extrañará que
defina esa tarea como una honda y progresiva recuperación
del ser; como una saludable inmersión en
la realidad, unificada en torno a los tres polos ya
mencionados y en última instancia equivalentes: la verdad,
el bien y la belleza, descubiertos y acogidos unitariamente
con todo el vigor que les es propio. «Saciar de realidad»:
ahí se compendia, en definitiva, la entera labor de formación
de cualquier persona. Y eso es, en consecuencia, lo que deberíamos
ahora esclarecer: la manera más eficaz de poner al ser
humano en contacto fecundo y unificado con lo verdadero, bueno
y bello, en todos los ámbitos y niveles en que éstos se manifiestan.
En otros lugares he desarrollado con bastante extensión tales
procedimientos, como respuesta a los déficits señalados hace
unos instantes. Me excuso sinceramente porque aquí y ahora,
al carecer de tiempo para exponerlos, habré de limitarme a
esbozar ligeramente el asunto, al hilo de dos advertencias
que considero fundamentales. La primera, que, si queremos
suscitar con eficacia ese sumergirse comprometido en lo real
a que vengo aludiendo, cada uno de nosotros hemos de luchar
y esforzarnos antes que nada, con denuedo personal y seriamente,
por descubrir a fondo la unidad articulada y las inefables
maravillas reales del universo: adquirir vívida
conciencia de que todo cuanto es —reflejo más o menos intenso
y unitario del Dios tres veces Uno— deleita por su verdad,
cautiva por su bondad, embelesa por su hermosura.
Apreciarlo con hondura convencida y saber contagiar semejante
persuasión con nuestras fibras vitales más vibrantes, sin
dejar que se pierda ninguna de esas maravillas: ninguna.
Lo cual implica, como sugería al principio, un esfuerzo notable
de penetración en la realidad y otro no menos poderoso de
integración de los logros así obtenidos. Ambos empeños tienen
por fuerza que dejar su huella en la propia manera de obrar
y relacionarnos con nuestros semejantes, en aras de una mayor
y más recia unidad de vida.
-Es menester, por ejemplo, para recuperar la «pasión
por la verdad» a que nos anima Juan Pablo II, que cada uno
de nosotros ahondemos en la experiencia de conocer,
como medio privilegiado para descubrir el sentido de la propia
existencia y función en el universo, y de introducirnos en
la realidad y alimentarnos de ella. Ya que el convencimiento
implícito o expreso de que el mundo no puede ser conocido
equivale en la práctica a comportarnos como si ese mundo no
existiera sino en la estricta medida en que se relaciona con
mi yo y de éste obtiene su sentido y consistencia; lo
que a su vez conduce a quedarnos a solas con nosotros mismos,
descontextualizados, y a privar de valor y enjundia al entero
universo, reduciéndolo a su relación conmigo, a una «prótesis
de mi ego»… con todo el efecto esterilizador y frustrante
que semejante aislamiento origina.
Para evitar este riesgo y realizar personalmente la experiencia
de la verdad, así como para ayudar a otros a llevarla
a término, resulta imprescindible, en primer término, adoptar
la perspectiva adecuada: a saber, entender y vivir la formación
intelectual —tarea que nunca ha de darse por concluida— como
conocimiento unificado de la realidad, y no
como estudio inconexo de simples materias: como aprendizaje
de una serie de «asignaturas», que constituirían un coto aislado
y fraccionario en la vida, recluido en una especie de existencia
paralela —el centro de formación—, que difícilmente puede
atraer a una persona de hoy, acostumbrada a vivir en la calle
y en los media.
Refiriéndome en concreto a quienes de una manera u otra dedicamos
o dedicaremos parte de nuestros esfuerzos a formar a otros,
estoy plenamente convencido de que sólo cuando logramos transmitir
lo que sabemos como noticias sobre la magnificencia del
mundo y de nosotros mismos—y no, repito, como meras «disciplinas»—
podemos despertar en los chicos el sentido y la inclinación
hacia lo real, imprescindibles para que su vida obtenga
peso específico y no quede, como antes sugería, a merced absoluta
del mudable sucederse de los deseos y de las epidérmicas pero
insinuantes solicitaciones del ambiente.
-En relación con la bondad, el objetivo imprescindible
para que los jóvenes y menos jóvenes se perfeccionen y alcancen
su respectiva plenitud consiste en ponerles en condiciones
para apreciar y querer lo bueno en sí y, por ende,
lo bueno para otro en cuanto tal, superando la tendencia
culturalmente hoy arraigada a perseguir de manera casi exclusiva,
o al menos preponderante, el propio beneficio y placer (bien
para mí)… que encelda al sujeto humano en los angostos
moldes de su subjetividad.
Según sostiene Cardona, “educar, formar hombres íntegros,
buenas personas […], es esto: enseñar y ayudar al niño y al
adolescente a que se olviden de sí mismos y de sus apetencias,
para darse generosamente a los demás. Ayudarles a salir del
estadio animal de las «necesidades» (reales o artificiales),
para entrar en el estadio espiritual de la «libertad», del
amor electivo, respondiendo así al precepto primordial de
toda la ley ética natural: amar a Dios con todo el corazón
y sobre todo, y al prójimo como a uno mismo”(10).
Hacia ese objetivo, la modelación de personas cabales y no
de simples elementos del engranaje laboral y social que actúa
—o se prepara para actuar— en su propio beneficio, debe
encaminarse conscientemente toda la tarea desarrollada en
los centros de formación. Y para lograrlo, para que el joven
de hoy descubra la maravilla de su condición de persona y
que el único comportamiento adecuado a esa grandeza es el
de abrirse amorosamente a los otros —también en el ejercicio
de su tarea profesional, cuando haga rendir los conocimientos
adquiridos en el largo proceso de formación—, cabría hacerles
reflexionar sobre lo que sigue, de la mano de uno de los maestros
en humanidad más notables de la historia de Occidente: Tomás
de Aquino.
Según comenta este autor, existen dos tipos fundamentales
de operaciones: una, por la que quien actúa busca su propio
acabamiento o su simple conservación; y otra segunda, más
noble, que atiende de forma expresa al bien ajeno.
La primera —continúa el santo Doctor— es propia de los agentes
imperfectos; la segunda, de quienes gozan ya de una cierta
plenitud. Cosa que, en términos coloquiales, aunque cargados
de resonancias bíblicas, podría resumirse en la certera y
muy conocida expresión: es más perfecto dar que recibir.
Por eso, cuanto más elevada se encuentra una realidad en la
jerarquía de los seres, las operaciones más propias para alcanzar
su cumplimiento se van acercando progresivamente a la dádiva
pura, que es el tipo de actividad más sublime: al amor.
No caminan ciertamente en esta línea algunas de las tendencias
predominantes en el actual mundo civilizado. Lo que hoy se
ha consagrado bajo la apelación de consumismo —que tiende
a englobar dentro de su valencia mercantil hasta las manifestaciones
más altas del espíritu, incluidas la educación y la cultura—
concibe y propugna la felicidad mediante operaciones de acopio
y uso-destrucción reiterativos que se sitúan infinitamente
por debajo de la grandeza del varón y de la mujer y, en consecuencia,
resultan incapaces de hacerlos progresar y experimentar la
dicha que ese crecimiento lleva consigo. Conviene por eso
ahondar en las ideas expuestas en el párrafo anterior para
transmitirlas con fuerza y gancho a quienes pretendamos ayudar,
evitando en lo posible que se vean arrastrados por el dinamismo
del consumo… que siempre desemboca en una honda frustración
personal. Pues, como afirma Ballesteros, “el hedonismo, al
oponerse al control de los instintos, niega la diferencia
cualitativa entre el hombre y el animal”(11), impidiendo de
este modo el perfeccionamiento propiamente humano que surge
de la búsqueda de ideales sublimes.
Para llevar a cabo esa labor enaltecedora puede servirnos
de guía la famosa afirmación de la Gaudium et spes:
“El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado
por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si
no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”(12).
En ella, con palabras expresas de Juan Pablo II, “se compendia
toda la antropología cristiana: la teoría y
la praxis fundada en el Evangelio”(13). Y es ella, por tanto,
la que debe marcar el fin y orientar la entera labor educativa
en todos y cada uno de sus detalles.
A la hora, pues, de plantear a cualquier ser humano su propia
grandeza y el sendero seguro que lo llevará a la perfección,
conviene dejar muy claro —de acuerdo con las exigencias de
una ética anclada en la metafísica— que de lo que se trata
es de amar desinteresadamente a los demás. Aunque tal
vez convenga también insistir, al mismo tiempo y con idéntica
energía, en que semejante altruismo no implica en absoluto
el rechazo de la propia mejora y satisfacción. Podemos e incluso
debemos esperar la felicidad, como plenitud y como gozo: estamos,
en definitiva, ante una inclinación natural que, en ese nivel
de la naturaleza, no cabe rechazar. Pero justo para lograrla,
lo que nunca hemos de hacer, en el ámbito reflejo y libre
del amor electivo, es transformarla en objeto explícito y
obsesivo de nuestras pretensiones. Ni perseguirla desaforadamente,
de manera refleja, ni repudiarla: más bien, si cabe, ignorarla,
dirigiendo toda nuestra libre capacidad de
amar hacia el bien de los otros, de modo que no quede
espacio para nosotros mismos. Que es, me parece, en virtud
de nuestra propia excelencia, lo único capaz de perfeccionarnos
como personas y procurarnos una felicidad estable y duradera.
Pues, según afirma Tolstoi, “en el sentimiento del amor existe
algo singular capaz de resolver todas las contradicciones
de la existencia y de dar al hombre aquella felicidad total
cuya consecución es el fin de la vida”. Y la contradicción
antropológica clave es que una persona, que se encuentra llamada
por su misma grandeza a darse a los demás, se empequeñezca
y deshaga por estar sólo pendiente de sí misma.
De ahí que el amor, al abrirnos a los otros, introduzca en
nuestras existencias la dicha.
-Por fin, resulta necesario adquirir personalmente,
y transmitir a quienes deseemos formar, la persuasión de que,
cuando lo hermoso se entiende como es debido, la educación
para captarlo resume y eleva todas las potencias humanas
y las lleva hasta su cumbre, conduciendo el alma hacia Dios.
No debe, pues, despreciarse, sino muy al contrario, el contacto
con lo bello, siempre que éste se conciba correctamente, con
toda la profusión de armónicos que encierra.
Es decir, siempre que se advierta que la hermosura acompaña,
con matices propios en cada caso, a la totalidad de lo existente,
desde la realidad más nimia hasta Dios(14); y con la conciencia
también de que lo bello no es una suerte de «adorno» agregado
y externo a los seres que gracias a él resplandecen, sino
más bien la culminación de todas y cada una de sus perfecciones
más caracterizadoras: de los trascendentales, por emplear
términos metafísicos. En concreto, “la belleza, adecuadamente
entendida, se debe contemplar junto con la verdad y la bondad
[…]. Para que una forma sea bella, como opuesta a meramente
bonita, necesita ir asociada a otros valores como la verdad
o la integridad. Estos dos valores de belleza y verdad son
distintos, aunque en el fondo inseparables. Ambos forman una
unidad como el agua y la tierra en el barro […]. Toda forma
de arte hace referencia a la verdad: la verdad de la vista,
del oído y del espíritu. La verdadera belleza es inseparable
de la búsqueda de la verdad. Cuando se intenta crear algo
bello separado de la verdad, el resultado es el sentimentalismo”(15).
Y lo mismo hay que sostener, según sugiere el comienzo de
la cita, respecto a la bondad (y a la unidad, aunque no se
afirme explícitamente). Pero, por desgracia, entre las carencias
más hondas y menos señaladas en el mundo de hoy se cuenta
la de no saber conservar la plenitud de lo bello —a la par
uno, verdadero y bueno—, sustituido a menudo por manifestaciones
superficiales de lo que hemos oído calificar como simplemente
«bonito», o reducido drásticamente en aras de un culto a lo
feo y grotesco, que acerca imperceptiblemente al «padre de
la mentira».
Estamos ante un aspecto no despreciable de la muy perjudicial
fragmentación de la persona contemporánea en su contacto con
el universo y con los restantes componentes de la especie
humana. Algo que, según apuntábamos y ha desarrollado cabalmente
Carlos Cardona, compone una de las carencias más extendidas
y alarmantes de la formación actual, con impresionantes y
deletéreas repercusiones en la vida de nuestros conciudadanos.
Semejante descomposición personal, probablemente el defecto
más profundo que aqueja a la educación contemporánea, deja
sentir también sus consecuencias en la esfera de lo bello.
Así lo explica Harries: “Una de las desafortunadas características
del mundo moderno es la escisión que se da entre pensamiento,
sentimiento y moralidad. A menudo se piensa en la belleza
únicamente en términos de respuesta emocional. Se suele entender
que la conciencia es un sentimiento de culpabilidad, mientras
que el pensamiento en estado puro se reserva para la ciencia.
En contraste con esta interpretación separada de sentimiento,
pensamiento y moralidad, nuestros antepasados cristianos
mantenían una visión unitaria en la que los procesos mentales
siempre tenían un papel que desempeñar y la belleza era un
aspecto de la realidad objetiva”(16) y, por ende, algo en
lo que apoyarse a la hora de incrementar, junto con la estima
del mundo que lo circunda, el crecimiento que todo hombre
ha de experimentar en contacto con ese universo.
b) Potenciada por la gracia. “Nuestros antepasados
cristianos...”, sostenía Harries y he subrayado con toda intención.
Y es que tal vez ahí resida el secreto para superar ciertos
planteamientos meramente formales, fragmentarios y a veces
un tanto burocráticos de la inculturación contemporánea,
y para ponernos y poner a quienes nos rodean en condiciones
de crecer personalmente, advirtiendo, apreciando y
gozando en plenitud con el esplendor de los existentes, al
haber aprendido a descubrir todos los tesoros que encierran
en su seno.
Pues me atrevería a sostener que nada de ello es hacedero
sin el influjo de la fe y de la gracia. No puedo fundamentar
ahora con el rigor oportuno semejante convicción, y por eso
me circunscribo a mostrar tres indicios «concatenados» en
defensa de ella. 1) El primero, de carácter universal,
toma nota de la fractura introducida en la naturaleza humana
por el pecado original y los yerros personales. 2)
El segundo, por el contrario, se aplica particularmente a
nuestra situación actual, tal como ha quedado esbozada en
la primera parte de mi exposición, al amparo de Heidegger;
refiriéndose a ella, sostiene Heinz Schmitz que “la razón
moderna está establecida tan profundamente y desde hace tanto
tiempo en la oposición al ser, que es incapaz de volver
a encontrar su rectitud sin la ayuda de las luces que vienen
de más arriba que la naturaleza”. 3) Y ambas cuestiones
parecen confirmadas por una de las más drásticas afirmaciones
de la Fides et ratio: “La Revelación cristiana es la
verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre
los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las
estrecheces de una lógica tecnocrática; es la última posibilidad
que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario
de amor iniciado con la creación”(17).
“La última posibilidad”… sin la que nadie está capacitado
para descubrir el sentido definitivo y más radical del universo,
y que el cristiano, por el contrario puede y debe aprovechar
sin límites. Por contar con ese auxilio extraordinario y hoy
inesquivable, nadie más capacitado que el cristiano para descubrir
el fondo de maravilla, reflejo de un Dios infinitamente deslumbrante,
que cela en su corazón incluso la menos vistosa de las criaturas;
nadie con más aptitud que el cristiano para advertir y gozarse
en la gloria de lo creado, empleándola al mismo tiempo como
trampolín para ascender y reposar en su Hacedor. Pues, según
afirma Savagnone, “muy lejos de constituir una renuncia al
deseo, el Evangelio es una invitación a dejar que, por debajo
de la engañosa proliferación de los pequeños apetitos que
aturden y obsesionan sin superar en ningún momento la mera
superficie, crezca con toda su fuerza el ansia profunda, radical,
que surge del corazón de todo hombre y lo impulsa a buscar
sin descanso en las cosas, en los otros seres humanos,
Alguien cuyo nombre no conoce”(18).
Perseguir a ese Alguien en una ascensión sin desmayo, añadiría
por mi cuenta, aunque esto exija una mayor fatiga: ya que,
como antes sugería, el deleite engendrado por realidades cada
vez más sublimes implica una educación y ordenación de las
facultades no reclamada sin embargo por los atractivos que
ofrece la sociedad de consumo (aunque éstos, como contrapartida,
acaban por embotar la capacidad de goce y no perfeccionan
a quienes se entregan a ellos).
6. La unión entre lo divino y lo humano como plenitud de
la cultura
Resumiendo y adentrándome con ello en las consideraciones
finales que anunciaba en la presentación de este trabajo,
apuntaré tres nuevas ideas: i) al sanar la naturaleza
humana, la fe consolida y unifica, con vigor inusitado,
el universo de quien goza de ella; ii) al elevarla,
amplía ese mundo hasta límites impensables; y iii),
prosiguiendo su tarea, se acerca al objetivo último de la
inculturación cristiana; es decir, logra una creciente
y honda penetración recíproca entre el ámbito natural
y el sobrenatural, y hace posible conocer, amar y apreciar
con la máxima intensidad absolutamente todo lo que
existe: lo h
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