Por Antonio Millán Puelles
En Léxico Filosófico (Rialp)
LA voz «ente» deriva del término latino ens, que, como el
vocablo griego ón, significa simplemente lo que es, lo que
tiene ser. Ahora bien, la palabra «ser» puede, a su vez, tomarse
en dos sentidos. En efecto, unas veces la utilizamos para
atribuir a alguna cosa un cierto modo o manera de consistir,
que se da en ella; y así, pongamos por caso, aplicamos a Roma
la índole de ciudad, empleando para esto el verbo «ser» en
su tiempo presente («Roma es una ciudad»). Pero, otras veces,
en cambio, nos valemos del verbo «ser» para expresar el hecho
de la existencia, el existir, tal como ocurre, por ejemplo,
al afirmar que «quien piensa tiene, sin duda, ser» (en el
sentido de que, evidentemente, está existiendo). Incluso cabe
que no conozcamos bien qué es una cosa, por no saber con exactitud
en qué consiste y, sin embargo, estemos seguros de que es,
en la acepción de que existe. Y, a la inversa, cabe que sepamos
bien qué es una cosa, sin que estemos seguros de su ser en
tanto que no tenemos la certeza de que realmente exista.
Así, pues, la palabra «ser» puede funcionar como sinónimo
de la voz «consistir» (en esto, o en aquello, o en lo de más
allá) y también puede resultar equivalente al vocablo «existir».
¿En cuál de estos dos sentidos se la toma cuando se dice que
ente quiere decir lo que es, lo que tiene ser?
Supongamos que se la usa en la acepción de existir. En ese
caso, la palabra «ente» significa «existente». Sin embargo,
si nos fijamos bien en este término, comprobaremos con facilidad
que el existir no se presenta en él como algo aislado. «Existente»
no significa «existir», sino algo que existe, algo que tiene
existencia, y ese algo ha de tener también un consistir, pues
no cabe que exista lo que en nada consiste o lo que consiste
en la nada. Por tanto, hay que tener alguna esencia, algún
modo de consistir, para estar dotado de existencia. En el
caso de Dios, que es cabalmente lo más opuesto a la nada,
el consistir y el existir se identifican (véase «Atributos
divinos entitativos»). Pero ello no ha de entenderse en el
sentido de que Dios sea algo así como un puro vacío de esencia,
sino, al contrario, como una esencia infinita a la que nada
le falta.
La índole propia de Dios, la que hay que atribuirle en exclusiva,
debe considerarse como esencia en la más plena acepción de
esta palabra. Cualquier otra esencia, en cambio, sólo puede
tomarse en calidad de limitada o finita. No toda esencia tiene
necesariamente alguna falta, pero la esencia de lo limitado
ha de tenerla. Así, por ejemplo, en la índole o modo de ser
de una naranja no se contiene lo peculiar de la esencia o
índole de un hombre, ni en la de lo finito o limitado se contiene
lo peculiar de la de Dios; pero ello se debe a que todo lo
finito o limitado ha de adolecer de algún defecto, no a que
toda esencia sea una falta o la lleve consigo. Las faltas
no son esencias, sino negaciones de esencias, ni las esencias
son faltas, pues si lo fuesen, toda forma de ser equivaldría
a una forma de no-ser, lo cual sólo tendría una explicación:
la de que el ser y el no-ser fuesen realmente lo mismo.
Pero volvamos al concepto del ente, manteniendo el supuesto
de que la palabra «ser» esté tomada como equivalente de «existir».
Sobre esta base, y como ya se dijo, «ente» equivale a «existente»,
pero no, en cambio, a existencia. La existencia no existe,
ni tampoco puede existir, por la bien clara razón de que no
es una esencia. Aunque en el caso de Dios la existencia y
la esencia se identifican realmente, ello no quiere decir
que la existencia divina exista de una manera necesaria. Lo
que de un modo necesario existe es Dios mismo, no su existir.
Y el tener que afirmar que la esencia divina existe de una
manera absolutamente necesaria no impide la distinción conceptual
entre esta esencia y su absolutamente necesaria existencia.
Esa distinción conceptual es compatible con la identidad real
de la existencia y la esencia de Dios, de un modo análogo
a como la distinción entre el lucero de la mañana y el de
la tarde es perfectamente compatible con la identidad real
de «ambos» luceros porque efectivamente no son dos, sino uno
y el mismo. Por fundado que esté nuestro juicio de que un
solo lucero es tanto el de la mañana como el de la tarde,
nuestros conceptos del lucero matutino y del lucero vespertino
son irreductiblemente diferentes. Cada uno de ellos se refiere
a un aspecto distinto de algo uno y lo mismo.
Salvo en el caso de Dios, la distinción entre la esencia y
la existencia no es conceptual únicamente, sino también real.
Ello se explica en virtud de que todo lo limitado tiene un
modo de ser –una esencia– cuya existencia no es absolutamente
necesaria. Claro que si algo limitado está en efecto existiendo,
es absolutamente necesario el afirmar su existencia, pero
no el afirmar que ella misma es absolutamente necesaria. Esto
último equivaldría a sostener que algo limitado está existiendo
con una completa independencia respecto, incluso, de Dios.
En suma: la tesis según la cual en todo lo limitado la esencia
y el existir se distinguen realmente, tiene su fundamento
en la distinción, también real, entre Dios y cualquiera de
las demás realidades. Para que la esencia y la existencia
se identifiquen realmente, es necesario, de una manera absoluta,
que sean la esencia y la existencia propias del Ser Absolutamente
Necesario.
El concepto del ente es, en principio, el de la estructura
bipolar de la esencia y de la existencia. Esta estructura
es meramente lógica –no real, no ontológica– en el único caso
de la realidad simplicísima de Dios; en todos los demás casos,
es también una estructura ontológica. En ella cabe acentuar
o destacar, como hemos hecho hasta aquí, el polo de la existencia,
pero sin aislarlo enteramente. No podemos por menos de concebir
la existencia como existencia de una cierta esencia, aunque
en el caso de Dios el valor de ese «de» no sea más que conceptual.
Pero, a la inversa, también si se destaca o acentúa el otro
polo estructural del ente, no por ello lo aislamos por completo.
Concebimos la esencia como esencia de un ente, de un existente
en acto o en potencia. No cabe ninguna esencia, ningún modo
de ser, que lo sea de un ente absolutamente imposible. Tal
esencia sería la de la nada, es decir, no sería esencia alguna.
Y aunque una esencia puede ser concebida sin incluirla en
un ente que la esté poseyendo, lo que entonces ocurre es que
la concebimos como una entidad completa: la tratamos «como
si fuera» una esencia existente, no por juzgar que lo sea,
sino por concebirla de ese modo.
De ello resulta que, aunque el concepto del ente nos muestra
una estructura bipolar, es, sin embargo, el más simple de
todos nuestros conceptos. Sólo de un modo aparente son más
simples que él las nociones de esencia y existencia, porque,
como ya se ha señalado, lo más que cabe es destacar o acentuar
una de ellas, sin que la otra deje de estar connotada. De
ahí la clásica distinción entre el ente tomado como nombre
y el ente usado como participio. En cuanto nombre, denota
el ente la esencia, connotando, no obstante, la existencia
(efectiva o posible). Y, en tanto que participio, denota,
en cambio, la efectiva existencia, pero sin dejar de connotar
la esencia. Se trata de algo comparable a lo que ocurre con
la palabra «estudiante» –es el ejemplo que se suele poner–.
Como nombre se aplica a alguien a quien compete estudiar,
aunque no esté estudiando, mientras que como participio se
la usa para destacar o subrayar el efectivo acto del estudio,
aunque sin dejar de connotar en él un sujeto que lo realiza.
Lo mismo puede ocurrir, por poner otro ejemplo, con la voz
«cognoscente». No siempre el cognoscente está ejerciendo el
acto de conocer, pero no cabría llamarle de ese modo si estuviese
privado de la respectiva aptitud. De un modo similar, se llama
ente, tomando esta palabra como nombre, a lo que tiene aptitud
para existir, aunque de hecho no exista, mientras que, usado
como participio, ente denota sólo lo que existe, y justo en
tanto que existe. En ambos casos se da la estructura de la
esencia y de la existencia: algo que puede existir y el existir
de ese algo.
Por el contrario, un absoluto imposible no tiene ninguna esencia
ni ninguna existencia (ni siquiera de un modo potencial).
En virtud de ello, y hablando con propiedad, no se le llama
ente. De un modo impropio, cabe llamarlo así, pero entonces
se trata sólo de un puro y simple «ente de razón» o mera ficción
mental, no de un ente efectivo, por más que lo podamos concebir
–no juzgar con verdad– como si lo fuera. Y de algún modo,
sin duda, hemos de pensarlo, ya que lo distinguimos del auténtico
ente. Lo concebimos «como si lo fuera» (ad instar entis).
De lo contrario, no podríamos juzgar que no lo es (para juzgar
hay que pensar lo juzgado).
En el ente real –o sea, en el que puede, con propiedad, llamarse
ente–, la esencia es a la existencia como la potencia al acto,
salvo en el caso de Dios, que es Acto Puro, aunque también
los dos polos se distinguen en Él, como ya se advirtió, según
nuestra manera de pensarlos. La esencia es lo actualizado
–o, al menos, lo actualizable– por la existencia, y ésta es,
a su vez, el acto correspondiente. Un mero ente posible es
aquel cuya esencia no está existencialmente actualizada. Se
halla sólo en potencia de existir y en esta situación únicamente
se da como objeto de pensamiento. Y, si llega a existir, resulta,
por ello mismo, actualizado, pero sin dejar de ser, en cierta
manera, potencial, ya que no es puramente su existir y, por
tanto, ha de tener también otro componente, a saber: la potencia
de existir, sino que actualizada. Esa potencia es, pues, la
esencia, con relación a la cual la existencia se comporta
como acto. La expresión actus essendi, acto de ser, puede
significar la existencia no como aislada, sino como actualizante
de la esencia. Dicho con otros términos: el ser, simplemente
en cuanto existencia, es sólo acto, pero, en cuanto existencia
de una esencia, connota la potencialidad propia de ésta, sin
confundirse con ella en modo alguno.
La manera en que el ser, como existencia, se comporta respecto
de la esencia es también comparable con el modo en el que
la forma se comporta respecto de la materia. Así, Tomás de
Aquino sostiene que el ser es considerado como algo formal
(ipsum esse consideratur ut formale, Sum. Theol., 1, q. IV,
a. 1, ad 3), de donde resulta que la esencia debe considerarse
como lo material en el sentido de lo actualizado por la forma
(no en la acepción de que consista en un cuerpo, o en la materia
de él, cosa que sólo ocurre cuando se trata de entes materiales).
Ahora bien, aunque el ser, en cuanto existir, se comporta
respecto de la esencia como la forma respecto de la materia,
ello no significa que sea forma. El propio Tomás de Aquino
lo dice de una manera bien explícita: «el mismo ser es la
actualidad de todas las cosas, y también de las mismas formas»
(ipsum esse est actualitas omnium rerum, et etiam ipsarum
formarum; ibíd.).
Como ya se observó, a pesar de tener una estructura (al menos,
lógica), el concepto del ente es el más simple de todos nuestros
conceptos. Por ello mismo, es también el más universal. De
ahí la absoluta imposibilidad de definirlo. En tanto que es
el más simple, está presente sin excepción alguna en los demás,
y es cosa bien conocida que lo definido no ha de entrar en
la definición. Y, por ser el más universal, no cabe encuadrarlo
en otro que fuese respecto de él como el género respecto de
la especie, según el modo en el que, por ejemplo, definimos
al hombre enmarcándolo en el género «animal» y delimitándolo,
a su vez, dentro de éste, en virtud de la diferencia específica
expresada con la voz «racional». En suma: cualquier concepto
que se utilizara para definir el del ente estaría ya suponiéndolo,
tanto según su extensión (es decir, por lo que atañe al conjunto
de todo aquello a lo que cabe aplicarlo) cuanto también según
su comprehensión (o sea, por lo que concierne a las notas
que integran su contenido).
Ello no obstante, cabe una cierta descripción del ente. No
es lo mismo inscribir que describir. Inscribir el ente en
un concepto que le sirva de marco es imposible, por las razones
ya expuestas. Pero, en cambio, es viable el describirlo, y
algo de ello se ha hecho en las consideraciones anteriores,
precisamente al examinar la estructura de la noción de entidad.
Mostrarla como integrada por la esencia y por la existencia
es ya, evidentemente, un cierto análisis y, en consecuencia,
también una descripción. En el caso del ente no es posible
ese otro modo o forma de describir que se efectúa conjuntando
varias notas eventuales, o accidentes, que, por no tener más
que ese valor, no expresan nada radical en lo descrito, pero
que, por el hecho de que sólo en él se congregan, sirven así
para diferenciarlo de cualquier otra cosa. Tal es, por ejemplo,
el caso de la descripción que del hombre se hace con la fórmula
que lo caracteriza como «animal bípedo e implume» (si bien
es cierto que la nota de animal sobrepasa el nivel del accidente).
En el caso que nos ocupa no cabe hacer una descripción de
este tipo, ya que todas las notas que con esa finalidad se
utilizaran estarían implicando el concepto del ente, y porque,
al describirlo en general, no puede emplearse nada que convenga
tan sólo a algún ejemplar de él.
Por otra parte, hay también descripciones imaginarias o imaginativas
del concepto del ente. Podemos representarlo, en cierto modo,
como una especie de isla en el mar de la nada, de forma que
cada ente resultaría, así, pensado como una excepción hecha
al no-ser. Sin duda, la fantasía puede «colaborar», a su manera,
en nuestro modo de concebir los entes en cuanto entes, y ello
tiene, además, en su favor la mayor intensidad con que los
objetos se nos muestran al contraponerlos entre sí (por ejemplo,
lo blanco sobre fondo negro, lo negro sobre fondo blanco).
Pero una vez más hay que advertir el peligro que encierra
el dejarse llevar de la imaginación. Cierto que todo ente
contradice a la nada, mas ningún ente tiene necesidad de ella
en modo alguno. Una cosa es que concibamos cada ente como
contradictorio de la nada, y otra que la nada sea indispensable
para el ser de los entes, tal y como es preciso para el ser
de las islas el del mar. La tensión «conceptual» que se establece
al concebir el ser como opuesto al no-ser no es ninguna tensión
«real» en ningún ente, y el llamarla tensión no sobrepasa
los límites de una simple metáfora, si con ese término se
entiende un conflicto o choque de energías. Pues si la nada
fuese una energía, o de alguna forma la tuviera, ya no «sería»
la nada, sino ese mismo poder, o aquello que lo tuviese.
El filosema de Heidegger, «todo ente proviene, en tanto que
ente, de la nada» (omne ens, qua ens, ex nihilo fit, no es
admisible en su sentido literal, porque la nada, en su más
radical significado, no tiene capacidad para existir ni, por
tanto, para funcionar como un origen del que algo realmente
venga y del cual esté hecho. Ni tampoco se puede interpretar
esa frase de Heidegger como si con ella en definitiva se dijese
lo que afirma Aristóteles al hablar de la privación como principio
del cambio (Phys., 1, 7, 190 b 11). La privación o carencia
de algún modo de ser es necesaria para toda transformación,
porque el sujeto de ésta no cambiaría en modo alguno si no
adquiriese ninguna novedad, es decir, algo que antes del cambio
no tuviera; pero la falta o la privación de algún modo de
ser presupone algún ser, ya que tan sólo se da en algo existente,
no en el no-ser absoluto o pura nada. Así, por ejemplo, la
ignorancia se da en el ignorante y, aunque éste adolece de
ese defecto o falta, no se reduce a un absoluto no-ser. Y
la enfermedad no se da suelta o aislada, sino precisamente
en el enfermo, de tal modo y manera que sin éste no puede
haber ninguna enfermedad; mas tampoco es posible enfermo alguno
que no posea ningún ser, ni a su vez la curación sería posible
si el sujeto de ella no existiese con ciertas determinaciones
positivas. Y, por último, el cambio no es el único modo en
que puede surgir un ente, ni lo creado proviene de la nada
en el sentido de que la nada se comporte como una cierta materia
de la que Dios se sirva para implantar un ente en la realidad
(véase «Creación»).
Queda todavía, sin embargo, otra posible descripción del ente:
la que consiste en analizar sus propiedades. En la terminología
filosófica se da el nombre de «propiedades del ente» a las
características o notas que convienen al ente en general,
o sea, a todos los entes, pero que no aparecen de una manera
explícita en el concepto de lo común a todos ellos. En realidad,
esos atributos o notas son idénticos al sujeto que los posee
y, en consecuencia, también idénticos entre sí. Su manera
de distinguirse unos de otros, y todos ellos del ente, es
sólo conceptual, no real, como corresponde a los diversos
aspectos de algo uno y lo mismo. Por no estar explícitos en
el concepto de lo común a todo ente, derivándose de él, se
les denomina «propiedades», de una manera análoga a como se
llama propiedad de la circunferencia a la igualdad de ésta
con el producto simbolizado en 2pr y que no se da, de un modo
explícito, en el concepto de las figuras de esta clase, aunque
se infiere de esa misma noción.
¿Cuáles son esas propiedades que no dejan de darse en ningún
ente, a pesar de no estar explícitas en la noción de lo común
a todos ellos? Todo ente puede ser considerado sin ponerlo
en relación con ningún otro –de una manera aislada o absoluta–-,
o bien de un modo relativo o comparativo. Considerado de una
manera absoluta, todo ente se nos presenta positivamente como
cosa y negativamente como uno. El concepto de cosa o realidad
es por completo idéntico al de ente. Lo concebido de una manera
explícita en aquél es exactamente lo mismo que lo que en éste
de un modo explícito se concibe. No hay que hacer ninguna
deducción para que un ente aparezca como realidad o como cosa.
Así, pues, el concepto de cosa o de realidad no es ninguna
de esas propiedades por las que nos habíamos preguntado. Por
supuesto, el sentido en que aquí se toma la voz «cosa» es
el más amplio de los que ésta tiene en el lenguaje común,
donde no siempre se hace la distinción entre cosa y persona.
Ese concepto de cosa o de realidad (en latín, res), que puede
aplicarse a todo, es positivo, tanto como el de ente, por
no implicar ninguna negación. «Cosa» es lo que tiene (en potencia,
o en acto) ser (= realidad), no lo carente de ello, y de ahí
que sólo se aplique este concepto a los entes reales. Los
puros y simples entes de razón no son cosas, sino más bien
«cuasi-cosas» o, como quien dice, «quisicosas».
¿De qué manera puede todo ente, en sí mismo considerado, mostrar
una faceta negativa? Ningún ente es negativo de sí mismo,
pero lo sería, sin duda alguna, si se encontrase dividido
en sí, en su propio ser, o, dicho de otra manera, si careciese
de toda intrínseca unidad. La unidad es, en cada ente, la
negación de la división de su ser. Todo ente, en sí mismo,
es uno. Su intrínseca división le convertiría en un imposible.
Por ejemplo, un hierro que sea madera no es un ente ni puede
serlo, como tampoco lo es, ni lo puede ser, un león que consistiese
en una encina, etc. En consecuencia, la unidad, en tanto que
negación de la división intrínseca del ser, es una propiedad
de todo ente, un atributo del que ningún ente puede estar
desprovisto, aunque esto no lo captemos de una manera explícita
en el concepto del ente.
Pasemos ahora a la consideración relativa o comparativa que
de toda cosa cabe hacer. Aun en el caso de que no hubiera
más que una, esa cosa sería distinta de la nada, es decir,
sería algo. La voz «algo» designa lo que no es la nada (non
nihil). Lo que así queda expresado es también una propiedad
de todo ente, ya que ninguno, por muy escasa que pueda ser
su entidad, se encuentra en la situación de no ser algo, y
porque el ser distinto de la nada se deduce de la positividad
de todo ente. Hay también otros dos sentidos de la palabra
«algo»: el de esencia o «quiddidad» (aliqua quidditas) y el
de «distinto de cualquier otro ente». En el primero de estos
dos sentidos, el atributo «algo» está ya explícito en el concepto
del ente, por ser la esencia que en este concepto se enlaza
con la existencia. Y el «ser distinto de los demás entes»
se deduce de la «unidad», por lo cual es más bien una propiedad
de una de las propiedades mencionadas.
Aunque cada uno de los entes se distingue de los demás, puede
existir alguno que convenga con todos, no sólo por ser un
ente, sino por su aptitud para entenderlos y para quererlos.
Todo ente dotado de entendimiento y voluntad se halla abierto,
en principio, a los demás entes. Lo que es cualquiera de ellos
puede también, como objeto de intelección y volición, darse
a su modo en él. Para esto es indispensable que ellos mismos
se presten a ser entendidos y queridos, es decir, hace falta
que ningún ente sea de tal índole que resulte contradictorio
todo entenderlo y quererlo. Mas ningún ente puede estar en
ese caso. Lo que puede ocurrir es que alguno supere la capacidad
intelectiva de un determinado entendimiento y que, por tanto,
no pueda tampoco ser querido por el sujeto de éste. Pero lo
que rebasa la capacidad intelectiva de un determinado entendimiento
no es superior a éste por una falta de ser, sino por tener
más ser que él. Ahora bien, puede existir otro tipo de entendimiento
que lo conozca de una manera cabal. Más aún: ese tipo de entendimiento
ha de existir, porque, de lo contrario, habría algún ente
que de un modo infinito desbordaría toda capacidad de intelección,
lo cual es contradictorio, ya que ese ente habría de ser infinito
y, por tanto, no podría carecer de la capacidad de conocerse
de una manera absoluta.
En consecuencia, todo ente es inteligible (al menos, por el
Supremo Entendimiento). Lo único que no admite intelección
«es» la nada (si bien cabe entender que no es posible entenderla).
Y todo ente es también apetecible por lo que tiene de ente,
no por lo que le falta. Sólo la nada carece, en sentido absoluto,
de razón suficiente para poder ser querida, porque en ella
no hay realmente nada que querer. (Querer la nada no es ningún
querer. Siempre se quiere algo, aunque tal vez ese algo no
sea «nada» de lo que anteriormente se quería.) Pues bien,
a todo ente, en calidad de inteligible, se le denomina verdadero
y, en tanto que apetecible, bueno. También la verdad y la
bondad, tomadas en esta forma irrestrictamente universal,
son propiedades que se dan en todo ente, atributos no explícitos
en la noción común a todas las realidades, pero que se deducen
de esa misma noción.
Examinemos algunos puntos esenciales en el análisis de las
ideas de lo uno, lo verdadero y lo bueno. (El concepto de
algo, como propiedad de todo ente, no plantea otros problemas
que los que surgen de hacer de su contrapelo –la noción de
la nada– un concepto ficticiamente positivo. Para los efectos
que aquí importan, es suficiente esta sumaria indicación.)
a) Salvo en el caso de Dios, la unidad no se opone a una cierta
composición o estructura real. En el Máximo Ente, la unidad
ha de ser máxima también, excluyendo, de esta manera, todo
tipo de partes. Tal unidad es, en suma, absoluta simplicidad.
De ahí que se haya de distinguir entre la «unidad de simplicidad»
y la «unidad de composición». También ésta es realmente una
verdadera unidad si los elementos que implica componen un
individuo. La palabra «individuo» quiere decir, antes que
nada, indiviso, no dividido en sí; mas como quiera que no
es imposible que haya varios, y la experiencia certifica que
los hay, cada ser individual ha de estar, en alguna forma,
dividido de los otros seres individuales (indivisum in sé,
et divisum a quolibet alio).
La diferencia entre ser uno y ser único resulta enteramente
imprescindible para entender la unidad de composición que
se da en cada ser individual que no es Dios, sin confundirla
con la cuasi-unidad que varios de ellos pueden constituir.
El todo constituido por varios seres individuales no es, propiamente,
uno, vale decir, no es, en rigor, un ser, sino varios seres.
Cierto que ninguno de estos seres es el único ser, pero el
conjunto que entre varios forman no está, a su vez, en el
caso de carecer de intrínseca división, sino que está dividido
en los seres individuales que lo integran. Y aunque cada uno
de estos seres –si tiene una naturaleza material– puede llegar
a descomponerse, a dividirse, ello no significa sino que su
descomposición o división les hace dejar de ser como individuos.
Mientras son individuales, su ruptura se da tan sólo en potencia,
no en acto, y cuando su ruptura se da en acto, ya no son individuales.
En cambio, el todo o conjunto integrado por ellos tiene ya
en acto la división que necesariamente se da en él por constar
de individuos.
Como ya se observó, puede ocurrir que varios seres individuales
necesiten los unos de los otros. Tal es, evidentemente, el
caso en el que se encuentran los individuos humanos. Todo
hombre es, por naturaleza, un ser social –tiende, naturalmente,
a convivir–, sin ser una mera parte de la sociedad en la que
existe (véase «Sociedad»). La convivencia implica, por lo
menos, dos individuos reales. De lo contrario, no es, en realidad,
un con-vivir, sino el vivir de un individuo solo, el cual
consistiría en la sociedad. Pero, en tal caso, habría que
considerar ilusoria la conciencia que cada hombre tiene de
su propio ser como individuo. ¿Por qué no hacer otro tanto
con la conciencia, que también cada hombre tiene, de formar
parte de la sociedad? Y a esto debe añadirse que cada una
de las partes integrantes de un individuo humano se encontraría,
en relación a éste, en la misma situación en que él se halla
respecto a la sociedad. ¿Por qué esas partes no tienen conciencia
de sí mismas como individuos y, en cambio, cada hombre se
da cuenta de que él mismo es un ser individual?
b) Todo ente es inteligible y, por ello mismo, verdadero –capaz
de fundamentar una verdadera intelección de la índole que
él posee–. El término «verdadero» se toma aquí en una acepción
distinta de aquella en la que se dicen verdaderos los actos
intelectivos que captan la realidad. Lo que se quiere expresar
al llamar verdadero a todo ente consiste en que cada uno de
los entes tiene toda la aptitud que le hace falta para ser
el objeto de una intelección verdadera. No cabe duda de que
algunos entes se prestan, en cierta forma, a que un entendimiento
limitado y materialmente condicionado, como lo es el del hombre
(véase «Entendimiento»), los tome por otros entes, o sea,
por lo que no son. Una moneda falsa, por su parecido con la
auténtica, da ocasión a que se la juzgue erróneamente, pasando,
de esta manera, inadvertida en su auténtico ser. También ella
es verdadera en su índole propia, no en la que nos «parece»
que es la suya. Incluso su mismo parecerse a la moneda auténtica
es, en efecto, una semejanza real, una verdadera semejanza.
Ello no obstante, la semejanza no es la identidad, y el error
que cabe cometer consiste precisamente en confundir lo uno
con lo otro en algún caso concreto, aunque de un modo abstracto
o general nadie hace ese quid pro quo.
Para que pueda darse la intelección verdadera, hace falta
que el ente al que se refiere tenga en sí un modo de ser que
también pueda estar presente, como objeto, en el sujeto de
la intelección. En consecuencia, todo ente es inteligible
porque su modo de ser está dotado de la aptitud precisa para
que algún ente inteligente lo posea también, no como parte
suya, sino como algo que le está siendo presente. La presencia
de lo entendido es doble: por una parte, se da en alguna cosa
que puede no entender nada, y, por otra, se da, aunque de
otro modo, en el sujeto de la intelección. Y también puede
darse el caso de que en realidad sean uno solo el sujeto que
entiende y lo entendido por él. Ese caso se da, hasta cierto
punto, en el hombre, y de un modo absoluto en Dios.
c) Todo ente posee una cierta aptitud para ser el objeto (no
el sujeto) de un acto de voluntad. Para poder ser querido
no es necesario tener una bondad o perfección absoluta, de
la misma manera en que para ser no hace falta tener una absoluta
entidad, es decir, no hace falta ser Dios. De ello resulta
que en cada uno de los entes hay una cierta bondad, no en
el sentido ético de esta palabra, sino en su acepción ontológica.
La bondad ontológica es la aptitud que todo ente posee, ni
más ni menos que por lo que él mismo es, para poder ser querido.
Esa aptitud, por tanto, se identifica realmente con el ser
en el que se da, de modo que si ese ser es limitado, también
su bondad es limitada; pero no cabe quererlo por lo que en
él haya de no-ser, sino por lo que de ser haya en él mismo.
Se le puede querer con sus limitaciones, pero no en virtud
de ellas o por ellas.
La bondad ontológica y el ser coinciden radicalmente. De ahí
que el mal consista siempre en un defecto, en una cierta privación
de ser.
Por tanto, el mal ontológico absoluto es absolutamente imposible,
como la nada absoluta. Sólo cabe el mal ontológico de índole
relativa, por la misma razón por la que el no-ser es posible
tan sólo en tanto que relativo. De todo lo cual se infiere
que los «valores» (tanto los deseables o de índole positiva,
cuanto los no deseables o dis-valores) no se dan en un plano
diferente del que es propio del ser. Ese plano sería el de
la nada, es decir, ningún plano. Todo valor positivo es tenido
por algún ente (o por un ente en potencia, o por un ente en
acto), y todo valor negativo o disvalor se da también en algún
ente actual o en algún ente en potencia. La distinción de
los planos del «valer» y del «ser», tal como ha sido propuesta
por la «axiología» o teoría de los valores, no puede en modo
alguno mantenerse a la luz de un examen ontológico rigurosamente
efectuado. Cierto que cabe ser, sin tener, sin embargo, un
determinado valor, pero no cabe que un ser no tenga ningún
valor, ni que un valor sea una nada. Incluso los disvalores
son no-seres en un sentido únicamente relativo.
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